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13) "Ex machina", de Alex Garland

"Ex machina" supone el debut como director del guionista Alex Garland, que firma él mismo su libreto, donde sigue abonado al terreno que más le interesa el de la ciencia ficción y el modo en que se está configurando la sociedad actual.

En esta ocasión la historia de Alex Garland en Ex Machina discurre por un sendero que ya cuenta con una larga tradición fílmica, el de los robots y máquinas dotados de inteligencia artificial, y que en ocasiones acaban mostrando una mayor humanidad que sus propios creadores. 2001, una odisea del espacio, Blade Runner, Inteligencia artificial, Her, son algunos de los títulos más emblemáticos.

Aunque puntuada la trama a lo largo de 7 sesiones de interactuación del joven programador Caleb con la androide Ava, como emulando los 7 días de la creación bíblica, que culminan con la aparición del hombre y un día para descansar, se puede fácilmente distinguir la clásica estructura de guión con sus tres actos.

Bienvenido al edén

Así, hay una ágil exposición de la situación, presentando hechos y personajes que permiten entrar enseguida en harina. Caleb trabaja en la que es quizá la principal empresa tecnológica del planeta, Blue Book, dirigida por el visionario e innovador Nathan. Y tiene la suerte de ser el empleado agraciado con una estancia exclusiva de una semana en la magnífica finca que posee Nathan en medio de un increíble paraje natural, a modo de jardín edénico. Pero en realidad va a permanecer encerrado casi todo el tiempo, pues Nathan desea compartir con él su más secreta innovación, con la que lleva tiempo trabajando: una androide, Ava, dotada de las más avanzada Inteligencia Artificial, IA, y a la que desea que el otro someta a una suerte de test de Turing, para ver si por su capacidad de tomar decisiones y modo de actuar podría pasar por humana, si tiene algún tipo de autoconciencia.

Toda la narración está atravesada por la idea de la emulación de Dios, y sus criaturas sometidas a algún tipo de test o prueba. Hay cámaras que permiten verlo todo, nada debe escapar al ojo divino. Caleb en realidad no fue seleccionado por ningún sorteo, sino que el buscador de la compañía permitió elegirle de acuerdo con un determinado perfil. Existen determinadas zonas cuyo acceso está prohibido a Ava, a la sirvienta japonesa sexy que no entiende una palabra de inglés Kyoko, y a Caleb: a los dominios de Nathan sólo puede entrarse con su tarjeta de identificación. Sin embargo, como Nathan es sólo un pálido reflejo de Dios, su pretendido control de la situación no es total. Los apagones que de vez en cuando afectan a su casa son ya un aviso anticipatorio de que puede que el asunto termine escapándosele de las manos.

Si seguimos con el paralelismo de narrativa edénica, se puede considerar que los tres actos del guión corresponden a la llegada y acomodamiento de Caleb a la mansión de Nathan; la estancia y profundización en el conocimiento de Nathan, Ava y, en menor medida, Kyoko, al principio más o menos idílica, y poco a poco inquietante, estamos ante una partida de ajedrez en que no es fácil adivinar las intenciones de los dos auténticos jugadores, Nathan y Ava en realidad, vamos descubriendo que Caleb es tan sólo una pieza; así hasta culminar, como si se gustara el fruto prohibido del árbol de la ciencia del bien y del mal –un árbol en una especie de vitrina parece simbolizarlo–, con el intento de fuga de Caleb con Ava, que dará un quiebro inesperado con la marcha en solitario de la androide, dispuesta a iniciar una nueva vida integrada entre los humanos, tal vez con intención de dominarlos como nueva diosa, quizá tomando el control de Blue Book, el final queda en ese sentido abierto.

¿Somos humanos?

El segundo acto se sostiene con los intercambios dialógicos entre Nathan y Caleb, y Caleb y Ava, que permiten constatar la gran inteligencia de los tres personajes, aunque con rasgos propios. Nathan se cree mejor que el resto de los mortales, actúa de modo cínico y sin escrúpulos de ningún tipo, recurre al engaño mostrándose com un auténtico padre de la mentira, a tal respecto es más demonio que ángel o ser bondadoso superior. De Caleb se nos da en cierto momento información de por qué fue escogido, un joven brillante, inteligente, pero frágil emocionalmente, sus padres murieron cuando él tenía 15 por un accidente de automóvil en el que él también viajaba; no tiene novia y de lo que vemos parece colegirse que no anda sobrado de amigos, se ha refugiado en su capacidad analítica y dominio de la computación. Mientras que Ava es la criatura inocente –al principio y por poco tiempo, será maleada por el ejemplo de Nathan– creada de la nada; bueno, no de la nada realmente, pues, una de las sorpresas que ayudan a mantener el interés de la narración, es que ella es una de las muchas versiones de la IA en que Nathan ha estado trabajando, pues sus habitaciones esconden muchos prototipos ya superados, e incluso Kyoko resulta ser una androide.

El descubrimiento que Caleb hace de estos hechos –saltándose las prohibiciones y aprovechando los apagones, que son momentos en que el ojo que todo lo ve de Nathan se queda, por así decir, ciego– le lleva incluso a dudar de sí mismo, pues Ava le ha estado haciendo preguntas y él mismo parece haber estado siendo sometido a un test, por lo que se rajará un brazo para comprobar si es un hombre o una máquina. Momento fuerte en que al modo de un Descartes discursivo con su método, duda de todo, y aunque sin duda, piensa, no sabe si es un ser humano o un ser artificial. Ideas el propio Nathan apunta augurando sin ser consciente del todo la llegada un nuevo estado evolutivo, en que otros seres, nuevas y avanzadas Avas, mirarán a los mortales como simples simios que caminan erguidos.

La fuga individualista

La pareja del singular edén de Nathan no la conforman Adán y Eva, sino Caleb y Ava, entre los que se establece una complicidad –no es bueno que el hombre esté solo– de inesperadas consecuencias. Ella es la que advierte a Caleb sobre Nathan y sus dudosas intenciones, aunque él ya ha notado algo raro en su patrón, empezando por ese contrato de confidencialidad que le pide que firme nada más llegar a su casa. Caleb aprovechará uno de los apagones para comunicar a Ava su plan de fuga con el que todo se precipita hacia el tercer acto y el desenlace, cuando una conveniente desprogramación acaba con la política de puertas cerradas de Nathan.

La libertad de Ava le permite un enfrentamiento violento con su creador Nathan, que termina con la muerte de él, donde presta su colaboración otra criatura, la inferior Kyoko, poco menos que una esclava y objeto sexual. Pero curiosamente, Ava no va emprender su fuga acompañada de Caleb, sino que deja a éste encerrado en la casa, para ella no deja de ser alguien del bando de Nathan –“convéncete de que estoy de tu lado”, le había dicho Nathan en un momento dado a Caleb–. De modo que Caleb asume plenamente el papel de víctima que ha jugado todo el tiempo, Nathan le utilizó como una simple pieza –“una rata de laboratorio”, así se ve Caleb a medida que descubre el pastel– que le permitiera medir el grado de IA de Ava, su capacidad de razonar, engañar, manejar dobles intenciones, o sea, de parecerse a él.

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