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15) "Whiplash", de Damien Chazelle

El guion de "Whiplash" de Damien Chazelle, quien también dirige la cinta, es cualquier cosa menos convencional. Aunque por supuesto se le pueden buscar (y encontrar) las hechuras, huye de los esquemas trillados, su armazón y puesta a punto se asemeja un tanto a la interpretación de las piezas de jazz que forman parte de la trama, donde la ejecución da pie a los aires improvisados, rupturas de ritmo, un paso delante y otro detrás, lo que no impide que el conjunto, a pesar de todo, respire inesperada armonía.

Como es sabido, Damien Chazelle estuvo nominado al Oscar al mejor guión adaptado por Whiplash, ya que se basó en su propio corto, que permitía un desarrollo en la línea mencionada; en realidad el guión de la película formó parte de la llamada “Lista negra” de grandes guiones que no se producen, y Chazelle rodó una escena, el corto, como modo de lograr su completa producción. La película ganó 3 Oscar, aparte del de actor de reparto para J.K. Simmons, conviene destacar los de montaje y mezcla de sonido, porque al fin y al cabo estos dos aspectos de algún modo van a la par con el guión y la música, espléndido, único maridaje.

La experiencia personal

Se suele decir que a la fuerza de una película ayuda el hecho de que el guionista escriba desde la experiencia personal. Sea o no verdad tal afirmación, el hecho es que Chazelle ha acudido a la suya, el cineasta tiene un amplio background musical, y en sus trabajos esto se nota; y concretamente en Whiplash incorpora sus conocimientos y aprendizaje como bajista de jazz. Asegura el guionista que el primer borrador lo escribió en semana y media, lo que da idea de la ayuda que supone saber de lo que se escribe; aunque luego matiza que estuvo un año completo revisando el guión.

La escena de arranque rezuma inteligencia, porque pone las bases de lo que se va a contar, y presenta perfectamente a los dos personajes principales. Andrew Neiman está sentado a la batería, al fondo de un largo pasillo del conservatorio Shaffer de Nueva York, ensayando sin descanso y con intensidad, está solo: todo señala que va a ser largo el camino para lograr dominar el instrumento. Pero podría ayudar el hecho de que irrumpe en el lugar el mítico y riguroso profesor Terrence Fletcher, que le ha oído tocar.

El intercambio que ambos personajes tienen les define enseguida. Fletcher pregunta a Andrew por qué ha parado de tocar; y cuando se pone a tocar con intención de lucirse, le hace otra pregunta en sentido contrario, por qué se ha puesto a tocar, comparándole despectivamente con un mono de feria que no piensa. Se pone entonces a dirigirle en algunos compases, lo que demuestra su conocimiento y habilidades como profesor, pero cuándo él otro pone el mejor tesón para dar lo mejor de sí, levanta la vista y se encuentra con que Fletcher ha abandonado la estancia. El cristal traslúcido de la puerta muestra que Fletcher vuelve, y el espectador –y también Andrew– esperan que tal vez va a venir alguna palabra de alabanza, pero el profesor sólo entra en la habitación para recoger su chaqueta, que había dejado colgada en el perchero.

Así pues, tenemos al alumno que desea prosperar a toda costa, desarrollar enseguida su carrera, y tenemos al profesor duro, con métodos exigentes y poco pedagógicos, por no decir sencillamente humillantes. Durante el primer actor del guión, Chazelle va a desarrollar estas ideas, plantea en definitiva lo lejos que ambos están dispuestos a llevarlas a la práctica.

En el caso de Andrew se nos ofrecen dos rasgos de su personalidad que todavía le permiten tener los pies en el suelo, ser una persona relativamente normal. Por un lado está su padre, que le costea los estudios, va a verle, le acompaña al cine, es un apoyo, aunque aparente ser un tipo gris, y en efecto, más adelante se nos proporcionan dos datos que ofrecen subtexto para la trama principal, el desafío del protagonista: la esposa, madre de Andrew, abandonó el hogar, y el padre, que aspiraba a ser escritor, se ha quedado en profesor universitario del montón. Por otro lado está Nicole, la chica que vende las palomitas en el cine, y que hace tilín a Andrew, hasta el punto de que éste vence su timidez tras un exitoso ensayo que le da seguridad, y la invita a salir.

Ser humano o ser genial, he ahí el dilema

Uno podría creer que Andrew tiene la oportunidad de conjugar una preparación exigente para convertirse en talentoso batería, con el desarrollo de unas relaciones afectivas sanas, incluida la que podría ser la mujer de su vida. Pero tal punto de vista, que es al principio el de Andrew, choca con la visión de Fletcher. Su cruel idea para sacar a la luz grandes talentos es humillar, machacar, incluso utilizando información confidencial que obtuvo en un ambiente de intimidad y confianza, para provocar auténticos sarpullidos emocionales que hagan reaccionar al alumno, se aprovecha de que es vulnerable. El ejemplo disfuncional de Charlie Parker, Bird, debería ser un referente. Además, Fletcher fomenta la rivalidad, da a entender que va a promocionar a un alumno, y luego se fija en otro, y acaba sometiendo a Andrew a una presión insoportable en una de las sesiones, con una insana competitividad que hace despreciar a los rivales. Una de esas sesiones crispa a Andrew de modo decisivo, lo que podría verse como el punto de giro que conduce al segundo acto, en que el chico discurre por el carril que le ha marcado el despiadado profesor.

La no linealidad

Gran mérito del libreto de Chazelle proviene del hecho de que no es en absoluto lineal. Como en algunas piezas de jazz, nos parece observar que Andrew está mereciendo más consideración de parte de Fletcher, pero éste mueve las fichas que para él son los alumnos a su antojo, y de pronto cambia el paso y convierte al titular en suplente, y viceversa, o mete a un tercero en discordia; o bien prolonga la sesión con la excusa de que los baterías se adelantan o retrasan, provocando la animadversión del resto de chicos de la banda. No tenemos claro si avanzamos o retrocedemos.

Lo que sí vemos es una progresión en un Andrew cada vez más deshumanizado, que corta con Nicole. Tal vez piensa que esa relación podría ser un lastre, que ella le podría dejar como hizo su madre con su padre, y él quedarse hundido en el fango de la mediocridad musical. Ensaya a todas horas, se destroza las manos con callos y sangre. Y curiosamente, esto no evita el maltrato psicológico del profesor, que él traslada a los otros baterías, y a la familia, en esa reunión en que con un lenguaje envenenado replica con amargura a los primos que están destacando jugando a fútbol americano. Ha llegado a creerse que en esta vida sólo cabe la excelencia reservada a unos pocos, y que debe ser trabajada para alcanzar la fama, o el inevitable olvido cuando llegue la hora de criar malvas. El precio a pagar de la soledad y antipatía que provoca le parece justo, quizá porque se mira en el espejo de Fletcher. En su “viaje del héroe”, cada vez se parece más a su mentor, adoptando alguno de sus ademanes, como la crueldad que muestra con los rivales y los parientes. Si Fletcher no cambia, la hoja en blanco que era Andrew cada vez contiene más la imagen de su profesor, auténtico catalizador. De alguna manera la suya es una relación de amor-odio, en que cada vez se asemejan más entre sí, de modo que, en palabras de Chazelle, Andrew viene a convertirse en la versión Fletcher 2.0.

Colapso

Aunque podría parecerlo, Fletcher no es monolítico. Cuando Andrew se queja de que no valora sus cualidades, él le corta diciendo que no es el momento para escuchar sus lamentos; en efecto, ha recibido una llamada inesperada cuyo contenido explica luego a sus alumnos mientras les pone un cedé con música, acaba de saber que uno de sus antiguos pupilos más talentosos ha muerto por un accidente, y le dedica un recuerdo emocionado. Más tarde sabremos que ese chico se ha suicidado, lo que conecta con el punto fuerte con que concluye el segundo acto y nos encaminamos al tercero, ese festival en el que Andrew es titular a la batería, pero al que podría llegar tarde por un inoportuno pinchazo del autobús que le conduce; la carrera de obstáculos que supone alquilar un auto, llegar por los pelos, volver a irse para recuperar las baquetas que ha olvidado, sufrir una colisión, para al final tocar ensangrentado torpemente, y terminar agrediendo a su profesor. Una verdadera locura, las cosas han ido demasiado lejos.

El tercer acto (¿o habría que llamarlo “tercer movimiento”?) se presenta en su arranque tranquilo y atemperado. Andrew ha dejado la batería, le vemos trabajando en un restaurante de comida rápida. Siguiendo el consejo de su padre ha denunciado, sin que su nombre se haga público, a Fletcher –se sabe lo del suicidio del antiguo alumno, y a nadie se le escapa que sus exigentes procedimientos pedagógicos pasan por humillar a las personas a las que está enseñando–, quien ha perdido por ello su empleo en el conservatorio Shaffer.

Un día, casualmente, pasa ante un local que anuncia actuaciones de jazz en vivo, y que cuenta como invitado especial con Fletcher. La curiosidad por ver a su antiguo profesor le impela a entrar, y aunque no desea saludarle, sus miradas se cruzan. Tienen una conversación franca, en que Andrew, frente a las tesis de Fletcher, señala él nunca podrá saber si ha presionado tanto a un potencial Parker que le ha impedido ser tal Parker. Mientras, el profesor reconoce que sus métodos buscaban encontrar a alguien único, pero que nunca dio con él. De modo informal le explica que dirige una banda que toca un festival, pero que no son especialmente valiosos, y sin forzar demasiado, le sugiere la posibilidad de tocar con ellos, él conoce a la perfección el repertorio, y concretamente la pieza Whiplash.

El gusanillo de volver a tocar puede más que cualquier otro razonamiento sobre la inoportunidad de tal decisión. De hecho, como ocurría en el primer acto, le da fuerzas para volver a llamar a Nicole después de tanto tiempo, y la invita a que vaya a verla a tocar. Ahora las tornas han cambiado, ella le dice que tal vez, que se lo dirá a su novio (chasco de Andrew), aunque no sabe si le gustará el plan, pues no le interesa el jazz (chasco al cuadrado).

El final es el clímax

De modo que nos dirigimos a un prolongado clímax, la actuación en el festival, donde entre los espectadores se encuentra su progenitor. Allí Fletcher ha preparado su venganza, tras decirle en el escenario que “sé que fuiste tú” (en relación a la denuncia que le dejó en el paro), él se encuentra con que los temas a tocar no tienen nada que ver con su conocido repertorio, y que ni siquiera tiene una partitura que le permita tratar de seguir a la banda. Es un momento de inseguridad, desconcierto entre sus compañeros y del público, y él acaba abandonando la escena. Su padre le aguarda entre las bambalinas, parece que todo ha terminado, nadie volverá a fijarse en él.

Pero esa venganza de Fletcher es también al mismo tiempo el método de la humillación y no poner las cosas fáciles que tanto propugna, llevado al extremo. Y Andrew va a recoger el guante del desafío, de modo que vuelve al escenario y se impone con las baquetas, todos empiezan a seguirle al ritmo de “Whiplash”, en una prolongada interpretación, brillante, que parece no tener fin, y en que la rivalidad parece trocarse en singular colaboración, una ejecución como no habíamos visto antes. Y que conduce a un final repentino, voluntariamente brusco, la película termina con el clímax, no hay epílogo que busque recoger hilos narrativos o presentar conclusiones, está todo dicho, con increíble brillantez, no hace falta más, telón.

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