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11) “Nightcrawler”, de Dan Gilroy

No resulta sorprendente que el guión original de “Nightcrawler” haya obtenido una candidatura al Oscar. Dan Gilroy, con muchos años a sus espaldas escribiendo cine (si bien no se prodiga demasiado), parece haber pulido a fondo los detalles de cara a su debut como realizador, y todo indica que ha contado al menos con un poco de asesoramiento por parte de su hermanito mayor, el gran Tony Gilroy, autor de las adaptaciones de la saga de Bourne, aunque éste sólo aparece acreditado como productor ejecutivo. No recrea una historia real, pero como las grandes creaciones artísticas se inspira en hechos auténticos, pues el autor tiene muy cerca el mundo que retrata, ya que su esposa se dedica a los informativos.

Para empezar, Dan Gilroy corre un riesgo al romper la regla de que el cine comercial se rige porque el protagonista debe lograr que el espectador se identifique con él. Al contrario, su Louis Bloom, Lou, incomoda. Atención a la hábil presentación del personaje, que no aparece salvando un gatito precisamente. Se le ve por primera vez en pantalla como una figura inquietante que por la noche intenta romper una alambrada. Enseguida aparece un vigilante de seguridad que intenta identificarle, pero baja un poco la guardia porque parece tener delante a un tipo desvalido, que únicamente se ha perdido. Éste aprovecha para agredirle y robarle su valioso reloj, que no le ha pasado desapercibido.

Enseña Dan Gilroy así las cartas desde el primer minuto. A partir de ese momento, Lou tiene dos caras, la que el espectador realmente conoce, y la que muestra a todos los que se va a encontrar, que le verán como una persona servicial, atenta y educada. Atención porque no mostrará nunca ni un pequeño signo de humanidad, ni estamos ante un relato de redención que le lleve a evolucionar de forma positiva. Todo lo contrario, irá transformándose en un ser cada vez más despreciable conforme se vaya colocando en una posición de poder. Es preciso señalar que fuera del terreno del libreto, el personaje funciona en pantalla porque le encarna un gran actor, Jake Gyllenhaal, que ha sabido defender a una auténtica abominación.

Un diez para Gilroy, pues se pondrá como ejemplo en las escuelas de cine de cómo sacar a la palestra un ‘lobo con piel de cordero’. No estamos ante un Travis Bickle, personaje que conocen al dedillo todos los guionistas, por señalar un claro punto de referencia, pues la creación de Paul Schrader para Taxi Driver (donde también abundan las secuencias de conducción nocturna) es otro alma solitaria que realiza una ronda nocturna, y si allí el realizador Martin Scorsese en realidad lo usaba como excusa para mostrar la inmundicia de la ciudad de Nueva York, aquí se hará lo propio con Los Ángeles. Traumado por la Guerra de Vietnam, el taxista que compuso Robert De Niro trata de encontrar el camino. Aunque ofuscado, tiene su propia concepción de la moralidad, y con sus peculiaridades se dejará la piel para relacionarse con otros seres humanos. Si Lou habla con otras personas o invita a salir a una mujer será únicamente para lograr su objetivo, medrar a nivel económico y subir en la escala social. No parece tener sentimientos ni ningún tipo de empatía. A lo largo del visionado, el espectador se preguntará si no resulta demasiado artificial. ¿Puede existir alguien así? Pero por otro lado se dará cuenta de que sí, pues, ¿qué tipo de monstruo escoge una ocupación como la que va a desempeñar Lou? Los ‘nightcrawlers’ existen en la vida real...

Vampiros nocturnos en busca de sangre

Tras topar casualmente con un accidente, Lou observa en acción a un equipo de “nightcrawlers”, freelances que durante su ronda nocturna piratean la señal de la policía para acudir antes que ellos al escenario de un suceso, con el fin de tomar imágenes para venderlas a las cadenas televisivas. Con su fachada inocente, el personaje central tira de la lengua a Joe Loder (un estupendo Bill Paxton en pantalla), jefe de estos individuos, que le cuente las líneas maestras del negocio. Aquí el guía (el Obi Wan Kenobi que ya ha recorrido el camino por el que va a pasar el personaje central) no es un maestro desinteresado, sino un ególatra que habla demasiado por vanidad y que sin saberlo va a crear un monstruo similar a él que le hará la competencia.

Mediante el robo de una bicicleta que cambia por una cámara barata y un receptor de radio, Lou imita por su cuenta el modelo, y consigue llegar al lugar en el que la policía (no tiene escrúpulos a la hora de estorbarles) trata de auxiliar a la víctima de un tiroteo (su ‘mentor’ ha llegado antes pero no consigue imágenes tan buenas como él). Con sus imágenes acude a la cadena local KWLA, donde se las ofrece a Nina Romina (Rene Russo), la jefa de informativos. Curiosamente está inspirada en la mujer de Gilroy, según éste ha declarado, si bien la pinta como una persona carente de escrúpulos. Ella personalmente no haría el trabajo sucio, está a otro nivel, pero cual capo mafioso se aprovecha y se nutre de la ‘basura’ que le traen para que su emisora logre la máxima audiencia.

Ahora, Lou ha aprendido el mecanismo de su nueva ocupación, lo que da por finalizado el acto inicial, de manual, pues ocupa un 25% del relato. Parece todo medido con escuadra y cartabón.

A continuación, Lou contratará como becario al joven Rick (Riz Ahmed), tan necesitado de algo de dinero como él al principio del relato. Cada vez perfecciona sus métodos de trabajo, por lo que logra mejores exclusivas, estrechando su relación comercial con Nina.

Como en el memorable libreto de Chinatown, todo lo que aparece suma a la crítica que se realiza al lado oscuro del capitalismo, centrada en el caso estadounidense, pero que para espectadores de otros países, como España, muestra a dónde estamos a punto de llegar. Que su protagonista sea un auténtico psicópata, no significa que no exista un posicionamiento del escritor, a través de subtexto, pues se tratan estos hechos como una salvajada, confiando en que el espectador inteligente sabe de sobra dónde está la línea del bien y del mal.

Interviene con brevedad un personaje, Frank Kruse (Kevin Rahm), ayudante de informativos, que a modo de Pepito Grillo recuerda en cierta manera que debe existir un límite en la emisión de imágenes morbosas según la ética periodística, pero es un segundón que no tiene poder para imponer su criterio y tampoco insiste demasiado. Los detectives Frontieri (la actriz Michael Hiatt) y Lieberman (Price Carson) también están del lado correcto, pero chocan con vacíos de legislación.

La muerte en directo, acto tres

Atención a la macabra evolución de Lou, pues no contento con estar ganando dinero también desarrolla inquietudes artísticas, que le llevan a esforzarse por componer mejor el plano, aunque para ello tenga que cambiar de sitio a los cadáveres que filma. Acaba convirtiéndose en imprescindible para Nina, necesitada de renovar su contrato con la cadena, con la que concierta una cita que parece por interés amoroso, pero que en realidad da pie a que Lou exija estar en una posición más ventajosa.

El tramo final se inicia con Lou y su compañero llegando antes que la policía a una escena aún más aterradora que las anteriores, en concreto a una lujosa mansión donde ha tenido lugar un triple asesinato. Están allí tan rápido que incluso se topan con los asesinos huyendo en una furgoneta de la que captan incluso la matrícula.

Tras filmar con detalle a los fallecidos, Lou se da cuenta de que tiene ante sí la oportunidad de rodar una historia aún más truculenta y con mayor potencial que su trabajo anterior: su obra maestra. Aumenta la intensidad, pues además de que la historia genera más expectación que sus filmaciones anteriores, esta vez el protagonista tendrá la oportunidad de intervenir en la historia, y ocultará que tiene pistas suficientes para encontrar a los delincuentes. Cuando lo consigue, avisa a la policía, tras una tensa negociación con Rick, que amenaza con denunciar lo que está haciendo si no reparte con él a partes iguales (se siente en posición de fuerza, aunque no cuenta con la falta de principios de Lou). Cuando llega la ley se desata un tiroteo, en el que los delincuentes serán cazados, pero también caerá Rick, enviado con la cámara a primera línea, como tenía previsto Lou, que así se libra de él.

Cuando llega a la redacción de KWLA, los presentadores de informativos saludan ufanos a Lou, que ya es uno de los suyos. Por su parte, Lina entusiasmada, emitirá las imágenes impidiendo que los detectives se lleven todas las copias. Entrará en escena otra vez el ayudante Frank contradiciendo la versión del relato ofrecida por la cadena, que mantiene la teoría de que se ha tratado de un asalto de delincuentes a inocentes habitantes de una zona de lujo. Han salido a la luz nuevas pruebas que evidencian de que en realidad fue un ajuste de cuentas entre narcotraficantes. Pero eso vende menos que unos ciudadanos honrados abatidos sin culpa ninguna, por lo que Lina aplica la vieja y cínica máxima de “no dejes que la verdad te estropee una buena noticia”. En ese momento, la ejecutiva no aplica ninguna regla que dé al traste con la deseada audiencia.

Esta historia no tiene “happy end”, lo que reafirma la idea de que por desgracia, no se penaliza a quienes se comportan de esta manera, algunos salen adelante y otros no (Joe Loder sí que fallece en un accidente porque este tipo de freelances deben llegar antes que nadie a los sitios), y el público consume lo que ofrecen de forma masiva. Lou ya no es un simple perdedor con una cámara, sino que su éxito le ha convertido en un emprendedor de éxito (de nuevo subyacen críticas al capitalismo y al individualismo), ya tiene dos furgonetas, y acaba de reclutar a tres nuevos subordinados.

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