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"El hombre tranquilo" es una de las obras maestras indiscutibles de John Ford, y una de las más personales, al tratarse de una historia que, además de incluir sus constantes temáticas, está situada en Irlanda, la tierra de sus ancestros. El guión lo firma uno de sus colaboradores más estrechos, Frank S. Nugent.

Aunque Frank S. Nugent firma el guión de El hombre tranquilo, y parte de un relato de Maurice Walsh, se trata de una historia muy personal de John Ford, no en balde el protagonista tiene su mismo nombre gaélico, Sean, y su familia irlandesa en aquel lugar tenía su apellido, Thornton. Y por supuesto, en la película interviene parte de su familia, de sangre y cinematográfica. Además, Nugent y Ford viajaron a Irlanda, y se empaparon del folclore local con historias proporcionadas por una de los protagonistas, la irlandesa Maureen O'Hara.

 

Decididamente estamos ante una película sobre al amor al hogar y a la tierra, con personajes de carácter fuerte, donde el llamado “hombre tranquilo” Sean Thornton inicia, paradójicamente, su “viaje del héroe”, cuando llega a la tierra de sus ancestros, el idílico pueblecito de Innisfree, en Irlanda, que abandonó siendo un niño para establecerse con su familia en Estados Unidos. Es un Odiseo que vuelve a casa, pero que aún no ha terminado realmente su viaje.

Pero, curiosamente, también es una película que es un canto a la comunidad, y por ello todos los secundarios están bien imbricados en la trama, creando un telón de fondo a modo de Arcadia feliz, o la Ítaca donde uno podría vivir para siempre.

 

La vuelta a casa


tranquilo2La narración arranca con una serie de escenas para situar la historia, e introducir a los protagonistas y a los lugareños. A modo de narrador en off, el párroco local puntea la historia, a medida que se desarrolla. La primera escena, en la estación donde se detiene el tren en el que viaja Sean, sirve para introducir el carácter costumbrista de la trama, con su tono de amable comedia, y para dejar bien sentado que poca gente se propondría viajar a Innisfree, si no le asistieran poderosas razones. Incluso el cambio de medio de transporte, del tren a una carreta, habla del regreso a un entorno pacífico y retirado. Nostalgia de los orígenes, subrayada por una voz en off femenina, la madre de Sean, ya fallecida, recuerdos de infancia, cómo le contaba con frecuencia cómo era su casa y el camino que le llevaba hasta ella. Michaleen Oge Flynn, el hombre que le conduce y que le conoció de crío, el sacerdote, y finalmente, visión celestial, esa pelirroja fierecilla, Mary Kate Danaher, de la que se va a enamorar nada más verla, flechazo instantáneo.

 

Sean, y éste es el detonante de la historia, viene con el propósito de establecerse recuperando la casa familiar, Blanca Mañana, ahora propiedad de una viuda Tillane, y que desea comprar también el cabezota Red Danaher, hermano de Mary Kate, para ensanchar sus tierras. Esta rivalidad, confirmada por la venta de la casa a Sean, dificultará su deseo creciente de cortejar a Mary Kate; además, dificultad añadida, sus costumbres yanquis a la hora de tratar a la joven son consideradas demasiado desenvueltas. Le dijo “buenos días”, asegurará su hermano, pero en realidad quería decir “buenas noches”.

 

El recién llegado no deja de ser considerado al principio un forastero, un yanqui que viene a hacer turismo, con el capricho de establecerse en Innisfree, “un hombre tranquilo y pacífico que ha vuelto a casa para olvidar sus problemas”, cargado de millones; hay un misterio en las razones que mueven a Sean, que sólo descubriremos bien avanzada la narración. Pero el recuerdo de quiénes eran su abuelo y su padre, las canciones y las pintas de cerveza pagadas por el recién llegado, invitan a la camaradería. Todo sería idílico y maravilloso si no fuera porque Red se siente ofendido porque el otro le ha arrebatado Blanca Mañana. Y con su característica bravuconería no deja de provocarle una y otra vez, rechazando sus intentos conciliadores. El apretón de manos que debiera haber sellado la paz, es en realidad la confirmación de una declaración de guerra.

 

Un beso que lo cambia todo

 

tranquilo3El primer punto de giro de la narración lo propicia la llegada de Sean a su nuevo hogar, la casa recién adquirida. Al entrar, se encuentra un acogedor fuego en la chimenea y una escoba que delata que alguien ha barrido la casa hasta dejarla limpia y confortable. Mary Kate se oculta tímidamente, mientras el viento golpea puertas y ventanas, se avecina una tormenta que asusta a la chica, anticipo de la trepidación del corazón de la pareja, y Sean descubre su presencia. Un encuentro arrebatador, el beso inevitable, la bofetada consiguiente, las palabras de agradecimiento. La atracción queda sellada por un segundo beso, rápido, pero donde la iniciativa esta vez es de ella.

 

El tiempo pasa, y Sean se empeña en arreglar su casa e instalarse, mientras recibe visitas como la del pastor protestante y su esposa. Pero el segundo acto viene dominado sobre todo por el ceremonial de Sean para cortejar a Mary Kate, con el borrachín Michaleen Oge Flynn como portavoz en las negociaciones formales para proponerle matrimonio, y los obstáculos para lograr tal fin. Aunque el pretendiente estaría dispuesto a casarse tal cual, ella tiene claro que nunca lo hará sin su dote, no es una pobretona. Pero por supuesto, la meta de casarse no estará exenta de dificultades. La visita formal de Sean a Red para pedir la mano de Mary Kate va ser un desastre. Y según los usos irlandeses, el consentimiento del hermano es indispensable. Así que un encuentro casual posterior, él a caballo, ella en bicicleta, es frío, no hay nada que hacer.

 

A no ser que... el párroco, el pastor y su esposa, y el borrachín Flynn conspiren para cambiar las cosas, con ocasión de una festiva carrera de caballos local. La costumbre es que las damas coloquen en la línea de llegada su sombrero, para que al alcanzar la meta, los jinetes tomen el de su preferida, si aún está disponible. Y la idea es persuadir a Red de que Sean, ya que no puede aspirar a la mano de Mary Kate, va a por la viuda Tillane, que a él le hace tilín. Los conspiradores le hacen ver que él mismo se ha echado la soga al cuello al impedir el matrimonio de su hermana con su rival. Las dudas de Mary Kate para colgar su sombrero como prenda hasta el último minuto acaban facilitando que Sean, ganador de la competición, coja el sombrero de la viuda, lo que produce el efecto deseado de los celos de Red, junto a que afloje en su decisión de no aprobar el matrimonio que quería su hermana. De modo que pica el anzuelo y contrata los servicios del casamentero Flynn para acceder a la viuda Tillane, mientras accede al cortejo de su hermana Mary Kate por parte de Sean.

 

Ya se han casado

 

tranquilo4Por supuesto, todo debe ser muy formal, con Flynn, haciendo de carabina en los momentos que los novios pasan juntos, aunque Sean se las arreglará para escabullirse. Y llega el momento de la boda, “el éxito de una conspiración”, una hermosa fiesta.. Pero siguen existiendo dificultades, Red piensa que a cambio de entregar a su hermana Mary Kate, él podrá recibir en su casa a la viuda Tillane, y se le propone públicamente durante la celebración, dando por supuesto su consentimiento. Cuando ella le rechaza, Red se siente engañado por todo el grupo de “conspiradores”, y acusa de mentirosos al párroco y a todos los demás. Aunque Sean era ajeno a la treta, Red le acusa y se niega a la entrega de la dote, algo por lo que no está dispuesta a pasar Mary Kate; ella recogiendo las monedas por el suelo, y él diciéndole que las deje establece lo que les va a separar, a lo que se suma un puñetazo de Red que le toma desprevenido y le deja sin sentido.

 

Ella espera que su hombre pelee por lo suyo, pero entonces se introduce una escena onírica, un flash-back que nos descubre el pasado de Sean como campeón de boxeo que mató a un hombre sin querer en el ring. Lo que explica, una vez despierto, que decida volver a casa inmediatamente con Mary Kate. Pero ella, sin su ajuar y el resto de la dote se encuentra desconsolada, y Sean no lo entiende, pues considera que todos esos bienes materiales no son nada comparado con su amor.

 

Mary Kate toma entonces la decisión de comportarse como una buena ama de casa, una criada que cuidará el hogar, pero no será suya, no compartirán el lecho conyugal, antes necesita sus “300 años de sueños felices” que representan la dote. Y Sean aceptará las reglas del juego, los cerrojos que Mary Kate ponga en su “mezquino corazón”. Pero nadie debe saberlo, debe quedar entre ellos.

 

Que Red acceda a entregar su ajuar a la novia, persuadido por los lugareños, no es para Mary Kate suficiente, también debe recibir su dinero. Aunque se suaviza algo la relación, trazando planes que deben combinar lo práctico –plantar nabos y patatas– con lo lírico –las flores–, la idea de que Sean no esté dispuesto a pelear por lo que le corresponde, subleva a Mary Kate, que ignora el suceso del pasado que ha marcado a su marido. Cuando van al pueblo de compras, se encuentran con Red, y las diferencias vuelven a surgir, ella presiona a Sean, tachándole de cobarde, mientras a ella la ve como una materialista que sólo piensa en dinero. La gran pregunta es ahora qué están dispuestos a hacer el uno por el otro para probarse que su amor es de verdad.

 

El buen consejo y saber ceder

 

En encrucijadas como ésta, nada como pedir consejo, y ambos, paralelamente, buscan ayuda espiritual. Mary Kate acude al párroco, que está pescando, y avergonzada en gaélico, le cuenta cómo le niega a su marido el débito conyugal; y, divertido simbolismo, el pez Arthur pica el anzuelo, pero se acaba escapando, algo parecido podría pasarle a la recién casada si no espabila y resuelve sus diferencias.

 

Sean se tragará el orgullo y acude a Red para solicitar lo que corresponde a su esposa. Pero lo que quiere Red es pelea, y el antiguo campeón no puede dársela. De modo que va a visitar al único que conoce su secreto pasado como Tornado Thornton, el pastor protestante, para sincerarse y pedirle consejo. Le pesa la culpa, aunque fuera un accidente, le movía el dinero que vuelve a ser un problema, ahora que ha desterrado el odio que a veces se metía en sus combates. El reverendo le hará ver que no sólo es dinero, la dote es algo más; las dudas persisten, pero la cuestión está planteada, luchar por lo uno más quiere, superando los obstáculos y los complejos, hay que distinguir lo más importante. Y así las cosas, nos precipitamos hacia el tercer acto y el clímax de la gran pelea.

 

Pelea por lo que más quieras

tranquilo5Cuando se reencuentran por la noche, tanto Mary Kate como Sean han recibido sabios consejos, y saben que han de remover los obstáculos que les separan. Sentados ante el fuego de la chimenea, con Mary Kate dando lumbre a su marido para que se fume un pitillo, ambos saben que se encuentran en una encrucijada.

 

Por la mañana, Sean descubre que Mary Kate ha abandonado la casa, se va, quiere demasiado a su marido para soportar la vergüenza de verle humillado, y ha marchado a la estación para irse lejos. Ha llegado el momento de actuar, y, de modo circular, volvemos al lugar donde empezó la historia. El tren no acaba de salir, de nuevo por las discusiones del jefe de estación y otros lugareños, lo que facilita que Sean llegue a tiempo para subir al tren y traerse de vuelta a casa a Mary Kate para que sea testigo de que está dispuesto a pelear por eso que ella considera tan importante. Así que se la lleva a rastras de vuelta al pueblo, cuyos habitantes se disponen para contemplar la gran pelea.

 

Llegado hasta Red, le exige la dote que el otro le niega, y entonces Sean dice que le devuelve a su hermana, no hay dote, no hay boda. Una humillación para el hermano, que por ella acaba entregando el dinero. Pero para que quede claro que el dinero no importa, él lo echa al fuego. Y sí, habrá pelea, Mary Kate aprecia lo que le quiere su marido y se vuelve a casa “a prepararle la cena”, mientras, por fin, tiene lugar la pelea, ante el alborozo general. Gran mérito del libreto, es presentar de modo atractivo que la mujer y el hombre deben considerar que parte esencial de sus obligaciones conyugales consiste en complacer al otro o a la otra, e incluso, palabra proscrita hoy, someterse, esa vara ofrecida por Mary Kate; lo que se sostiene incluso en los actuales tiempos individualistas y de ideología de género, en que ciertos elementos del film podrían ser tachados por los más recalcitrantes y carentes de sentido del humor como machistas y por tanto, condenables.

 

Junto a la trama principal amorosa, se cierran las secundarias, el inicio de una hermosa amistad-rivalidad “homérica” entre Sean y Red, la armonía de la comunidad, todo el juego de las apuestas que nos lleva de un personaje a otro, y que incluye el apoyo al pastor ante la visita supervisora de su obispo, o la disposición de la viuda a casarse con Red.

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