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El libreto de “Aliados”, escrito por Steven Knight, destila un sabor clásico con homenajes nada disimulados a “Casablanca”. Ofrecemos aquí un análisis del guión donde, resulta obligado señalarlo, hay “spoilers”, inevitables si queremos ofrecer un estudio riguroso del mismo.

 

Asegura Steven Knight en The Telegraph que la historia de la que parte su guión se basa en hechos reales, que le contó una mujer inglesa a principios de los 80 cuando trabajaba como pintor y chapuzas en un motel de Arkansas, al poco de graduarse en el University College London. Su interlocutora, con la que compartía alojamiento, le explicó básicamente que su hermano había trabajado en Operaciones Especiales (SOE) para los británicos, haciendo operaciones encubiertas, y que se había enamorado de una mujer de la Resistencia, y la relación discurrió por derroteros semejantes a lo que ahora es una película dirigida por Robert Zemeckis.

Con honradez, Knight explica que la historia se le quedó grabada, aunque a día de hoy no tiene forma humana de demostrar que es auténtica. También señala que cambió el final de lo que oyó por algo que hiciera más justicia a los arriesgaron su vida durante la guerra. Su intención, comenta, fue ofrecer “un estudio de cómo dos personas verdaderamente enamoradas se enfrentan a las realidades de la guerra”.

aliados1Un matrimonio de pega

El guión de Aliados, una historia que transcurre durante los años de la Segunda Guerra Mundial, arranca con una imagen poderosa que anticipa la historia de espías que se nos va a contar: un paracaidista aliado, Max Vatan, descendiendo del cielo, las inmensas dunas del desierto de Marruecos a sus pies, ahí aterriza, muy cerca de Casablanca, en medio de la nada. Un vehículo le recoge y le lleva hasta la ciudad. Un conductor le da documentación con sucintas instrucciones, tiene que encontrarse con una mujer con vestido violeta y la imagen de un colibrí, Marianne Beauséjour, su supuesta esposa y contacto para una peligrosa misión.

El primer acto del libreto escrito por Steven Knight sirve para establecer quiénes son Max y Marianne –en la pantalla Brad Pitt y Marion Cotillard–, y describir cómo surge una atracción que puede ser beneficiosa para la tapadera de la acción que deben acometer, pero que podría ser un estorbo, como señala Max “si los que se encuentran de misión se lían, se joderá la misión”, aunque puede que ella tenga más razón, y es un anticipo de lo que vendrá después, cuando dice que “el error que suele cometerse en estas situaciones es tener sentimientos”.

En los primeros compases de la historia se trata pues de combinar momentos equívocos, que deben servir para “construir” un matrimonio, y no levantar sospechas cara a que Marianne lleve próximamente a su esposo a una recepción con el embajador alemán. Así que escenifican momentos de intimidad, un beso, una caricia, y los cariños nocturnos en la azotea de su casa, donde los vecinos cotillean discretamente desde sus balcones. Pero llega el momento en que las fronteras entre realidad y “comedia” se desdibujan, un intento de beso cuando en realidad nadie está observando, las miradas disimuladas a través de un espejo mientras Marianne se cambia de ropa. Y se cuentan detalles personales, como el origen canadiense de él.

A la vez, se tienen que proporcionar detalles de que ambos son espías avezados, que ya han participado previamente en misiones arriesgadas, donde ha habido bajas. De modo que Max trata de averiguar qué falló en una misión de Marianne en que perecieron sus compañeros de fatigas. O actúa con contundencia liquidando a un oficial nazi que le ha reconocido, un estrangulamiento que debe pasar por un fatal accidente, se ahoga con algo que se le ha atragantado en la comida. Y por supuesto hay que actuar con seguridad cuando tiene lugar una entrevista con un coronel nazi, herr Hobar: cómo se supone que Max explota una mina de fosfatos, el otro le pide la fórmula química, un test que le demuestre que no es un farsante, y que supera sin problemas.

La naturaleza exacta de la misión que deben ejecutar Max y Marianne se escamotea al espectador, lo que acrecienta el suspense. Sólo se subraya que es muy peligrosa, cuestión de vida o muerte, y que ocurrirá durante la recepción a partir de determinada hora. Ese acercamiento del riesgo precipita la relación entre los dos agentes, que se han enamorado, y que tienen un escarceo amoroso dentro del coche en el desierto, mientras una tormenta de arena lo azota, simbolizando otra tormenta en la que pronto estarán inmersos.

La recepción marcará el final del primer acto. Justo a las 8:35 se escucha una explosión en el exterior, momento de distracción que aprovecha la pareja para realizar su misión, consistente en ejecutar al embajador, lo que hacen llevándose a muchos otros por delante antes de escapar los dos milagrosamente con vida. Mientras comparten vehículo él le dice que quiere casarse con ella y llevársela a Londres, lo que marcará el primer punto de giro y el comienzo del segundo acto.

aliados2La sombra de una duda

Todo el segundo acto transcurre en Londres, donde en efecto acaba llegando Marianne para casarse con Max, algo completamente desaconsejado por los profesionales de las misiones encubiertas, pero a lo que no pueden oponerse. Y ambos tendrán una hijita Anne. Él sigue trabajando en el ejército, pero ella se dedica al hogar. Todo parece transcurrir idílicamente, dentro de que Max tiene que seguir desarrollando su peligrosa tarea, recibiendo con frecuencia llamadas intempestivas.

Una de estas llamadas apunta a que le van a promocionar en el trabajo, pero no, se trata de algo muy distinto, una información que va a descolocar a Max por completo, y flota en la historia todo el rato. Marianne podría ser una doble agente, una espía alemana infiltrada en Inglaterra, que ha engañado por completo a su marido y a toda Inglaterra. Parece un disparate, pero mucha información confidencial ha llegado a manos enemigas, y se trata de información que ha pasado por manos de Max y que está proporcionando una Fraülein, una mujer. Y al parecer el embajador al que mataron era alguien de quien el mismísimo Führer quería prescindir. De modo que deben tenderle una trampa en la que, si pica, será la prueba irrefutable de su traición: una información que deberá anotar en un papel tras una llamada nocturna, si tal información llega al enemigo, sólo podría haberla pasado Marianne.

aliados3A partir de aquí, la vida para Max es un infierno, porque tiene que disimular, ya sea mientras mantiene relaciones con su esposa, disfrutando de su hija, o preparando una fiesta. Son múltiples escenas que deben estar impregnadas de la sombra de una duda, de si ella mira o no mira la libreta de su esposo. Tanto le pesan las dudas, que comparte su preocupación con su hermana Bridget; la propia Marianne notará algo raro en ella, lo que comentará a su esposo, “ella no está entrenada para mentir como yo”, le dice.

Señal poderosa de cómo pugnan sus sentimientos, su patriotismo y su amor por Marianne, ocurre durante la fiesta, en que un avión nazi tocado viene a caer por tierra muy cerca de su casa envuelto en llamas. En ese momento, a pesar de que Marianne ha despertado sus sospechas porque le ha visto hablando con un extraño y desconocido joyero, corre a proteger a su esposa y a su hija.

aliados5Mientras Max no se resigna a esperar si se confirma que Marianne ha pasado información, y empieza a actuar por su cuenta, dos acciones desatendiendo órdenes, para contactar con personas que conocieron a Marianne antes que él, y que deben confirmarle viendo una fotografía, si su esposa es quien dice ser. Un herido de guerra no puede darle esa información, ha perdido un ojo y en el otro tiene desprendiemiento de retina. El otro es un borracho tras las líneas enemigas en Francia, que dice que es ella, aunque le da un dato sobre Marianne que no le cuadra: debería saber tocar el piano, pues lo hizo en una ocasión desafiando a los nazis interpretando “La marsellesa”.

Siempre nos quedará Casablanca

A partir de este momento, segundo punto de giro, acto tercero que bien podríamos titular “Siempre nos quedará Casablanca”, o “Siempre nos quedará Anne”, los acontecimientos se precipitan. Max sabe que si su esposa es la auténtica Marianne debería saber tocar el piano, y le pone delante de uno para que lo demuestre. Bien podría decir parafraseando a Humphrey Bogart, “tocaste La Marsellesa para los nazis, tócala para mí”. Ella entonces admite que suplantó a Marianne Beauséjour, que pensó que podría dejar atrás su vida de espía nazi cuando logró llegar a Londres, pero que la encontraron y la estuvieron chantajeando con su hija, su supuesta amable vecina forma parte de un comando que lograba información preciosa para los alemanes de esta forma. Max, convencido del amor sincero de su esposa, acaba con todos los miembros de este comando quintacolumnista, y trata de huir con ella y su hija, el plan es fugarse con un avión y empezar una nueva vida. No es capaz de ejecutarla como exigirían sus superiores, y ésa es la única solución que ve.

aliados6Y así llegamos al clímax en el aeropuerto, igual que ocurría en Casablanca. Ella está dentro del coche con la niña, mientras Max, a bordo del avión, trata de arrancarlo, lo que no consigue hacer, tras varias intentonas. Mientras llegan varios vehículos militares, adivinamos que se ha confirmado la filtración de la información que sólo Marianne conocía, y Heslop, el oficial al mando, le dice a Max que desista, que lo saben ya todo. Marianne, consciente de todo, toma la decisión de sacrificarlo todo por los que ama, Max y Anne, de modo que toma la pistola que está en la guantera del coche y se quita la vida. Max queda destrozado, y Heslop –¿el comienzo de una hermosa amistad?– pedirá a todos los testigos que la versión oficial sea que Max ejecutó a su esposa por espía, lo que le permitirá no ser juzgado y condenado por una corte marcial, y criar a su hija en Canadá.

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