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En la madrugada española del lunes 9 de enero se otorgaron los Globos de Oro. “La La Land” logró la hazaña de un pleno al 7, 7 premios de 7 nominaciones, con una película que enlaza con lo mejor de musical clásico, e invita a soñar.

Pero paradójicamente, lo más comentado de la gala nada tiene que ver con el cine, la música o los sueños. Ni tampoco, en realidad, que nadie se engañe, con la política de altura. El gran revuelo ha venido del ataque de Meryl Streep, en su discurso de aceptación del premio Cecil B. DeMille a toda su carrera, al presidente electo Donald Trump, junto a la respuesta de éste, en declaraciones al New York Times, y a través de su cuenta de Twitter.

Me parece triste, penoso, cansino. Los actores y cineastas pueden y deben tener sus ideas sobre mil cuestiones. Pienso que el mejor medio que tienen para expresarlas es a través de su creación artística. Y también, pero menos, en lo que ésta tiene a su alrededor, de entrevistas, memorias con recuerdos personales, apoyo a causas altruistas… Las galas en que se celebra el cine, o en que te homenajean con un premio, no me parecen el lugar oportuno para hacer política. Si me apuran, me parece una falta de respeto con respecto a los colegas que te acompañan, y, en este caso, a la prensa extranjera que te concede el galardón, por mucho que se vista la cosa de defensa a los extranjeros que trabajan en Estados Unidos, de los que estos profesionales formarían parte. Y encima metiéndose con un presidente que aún no ha estrenado el cargo. Paciencia, Meryl, paciencia, déjale ser presidente al menos un día, y luego critica su actuación si lo estimas oportuno..

De todos modos, debo concederle a Meryl Streep una cosa. Que ha sido bastante más elegante en sus críticas que Robert De Niro: el actor con el que coincidió en El cazador y Enamorarse, la ha alabado por su discurso, algún psicoanalista debería determinar, pienso, si subliminalmente está indicando que de algún modo se avergüenza del famoso vídeo que grabó insultando al entonces candidato a presidente.

En cualquier, pienso que Streep se equivoca con su discurso, en que justifica faltar al respeto a Trump con la argumentación de que él lo hizo antes. Si ella cree que algo está mal en Trump, la solución no es pagarle con la misma moneda, pues está cayendo en aquello que denuncia. Y con ese intercambio de acusaciones entre la actriz y el presidente, uno tiene la sensación de estar asistiendo, estupefacto, a una discusión de patio de colegio, y no de los temas que preocupan a Estados Unidos y al mundo…

Pero a lo que quería ir, en realidad, es a la paradoja que mencionaba al principio de estas líneas. Se ha premiado una película maravillosa, La La Land, que invita a perseguir los sueños, a ser insensato en la prosecución de dicha meta, a arriesgarse… Es una mirada actual a lo mejor que dio Hollywood en el pasado, una invitación a que el buen cine no muera nunca. Y de pronto, cuando aún resuena en nuestra mente la música de ese film, nos olvidamos del sueño, y caemos en la trifulca nuestra de cada día, en la pesadilla de la descalificación repicada en redes sociales, el sonido y la furia que no llevan a nada, no construyen nada, simplemente nos tienen entretenidos suspendidos en un lamentable vacío.

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