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Cualquier espectador de Disney Channel está saturado por las imágenes promocionales de “La Bella y la Bestia”, emitidas en todos los intermedios de los programas desde hace semanas.

Es bien conocido desde hace tiempo que Disney va a estrenar una versión en imagen real de su clásico animado La Bella y la Bestia, con actores de carne y hueso, y objetos parlantes creados por ordenador con virtuoso realismo. Ya antes había habido en teatros un exitoso musical, y los clips que anticipan el nuevo film buscan la complicidad con la cinta original, incluso calcando el plano-grúa del baile de Bella y Bestia. Por supuesto, la idea disneyana es ofrecer diversión para toda la familia y captar al mayor número posible de espectadores.

attitude bellaPero algunos manejan otras agendas. La revista británica gay Attitude ha encontrado en la película una bandera de la que apropiarse para promover la causa homosexual. Su despliegue en torno a la película resulta bastante inusual, incluida la portada con posado de los protagonistas Emma Watson y Dan Stevens, está claro que se trata de vincular unas ideas con un film que se espera que arrase en taquilla, lo que popularmente se suele describir como arrimar el ascua a tu sardina.

Bill Condon, director del film y homosexual declarado, explica a la publicación que hay una escena en torno al personaje de Lefou, compañero del malvado Gaston, que “es un hermoso momento gay, único en una película Disney”. Sin embargo, nada se dice en la película sobre la supuesta homosexualidad de Lefou, se trata de un apunte sugerido, el personaje es “alguien que quiere ser Gaston y abrazarle al día siguiente. Está desorientado por su deseo. Se trata de alguien que se está dando cuenta de que tiene sentimientos”, afirma Condon. Las palabras del cineasta han corrido como la pólvora, a estas alturas pocos no se han enterado del mensaje que se deseaba entregar, “por primera vez una película Disney tiene un personaje gay”.

En un suma y sigue, la revista señala La Bella y la Bestia como el film más gay hecho jamás por Disney, lo que se adereza remarcando que se trata de una metáfora del sida, por el hecho de que letrista de las canciones del film de 1991, Howard Ashman, que era homosexual, murió debido a esa enfermedad con sólo 40 años.

Estamos, pues, en uno más de los campos de batalla de las guerras culturales de la ideología de género, donde el colectivo LGBT sigue tomando nuevas posiciones, llueve sobre mojado, y el mensaje cala. Se trata de detectar “momentos gay”, como dice Condon, en las películas infantiles, sean reales o imaginarios, y apropiarse así de esas películas para la causa. Como digo, hay algunos pasos tomados a conciencia, que no son nada inocentes, y persiguen un objetivo bien determinado. Es curioso, porque todo es amagar y dar, jugar a la paradoja, ser y no ser a la vez una película gay, según convenga: objetivamente, sólo un loco – “le fou” en francés, por cierto, se traduce como “el loco”–, fanático, retrógrado y todos los epítetos insultantes que se nos ocurran, diría que La Bella y la Bestia es una película gay, ningún padre debería sentirse ofendido, por favor, tráigannos a los niños, es lo algunos deberían escuchar; mientras que otros lo que deben entender es “hemos dado un paso más”; y como ambos mensajes están en el aire, al final se agitan en la coctelera mediática de la confusión.

Cara a poder ser más “osados” en el futuro, se nos dice que es un momento histórico e irrepetible, el jalón de que una película Disney, La Bella y la Bestia, trata sin complejos el tema gay. Pero previamente se nos ha ido preparando, “little by little”, “pasos de bebé”, con sugerencias y rumores nunca confirmados del todo, “sí pero no y todo lo contrario”, ambigüedad calculada, que a algunos les va muy bien: que si surgen peticiones de que a Elsa, la hermana de Anna en Frozen, le gusten las chicas en una posible secuela, que si Buscando a Dory está dedicada a “todas las familias, de todo tipo, hacéis que sigamos nadando”, etc.

Si alguien expresa extrañeza porque se entreguen bebés a parejas de todo tipo al final de Cigüeñas, película de “dibus” no disneyana, se dirá que es un exagerado. Y por supuesto los boicots que ya se anuncian en Estados Unidos a La Bella y la Bestia serán tildados de reaccionarios, aun en el caso del telepredicador evangelista Franklin Graham, que ha pedido el rechazo al film de Disney en Facebook de un modo bastante pacífico: “Intentan imponer el punto de vista LGBT en el corazón y el espíritu de nuestros hijos. ¡Atención! Disney tiene el derecho a hacer dibujos animados. Es un país libre. Pero en tanto que cristianos, tenemos también el derecho de no sostener su empresa.” También se ha hablado, cómo no, de los rusos, que pretenderían prohibir la película. Sin embargo, parece que el planteamiento es la aplicación estricta de la ley: la propaganda homosexual a menores está prohibida en Rusia, de modo que el film recibirá una licencia de exhibición para el público mayor de 16 años.

La presión del lobby por imponer su visión de las cosas es enorme, a nadie se le escapan los pasos dados en muchos países occidentales para que se impartan de modo obligatorio lecciones de identidad sexual en los colegios, con la aprobación de legislaciones sustentadas en ideologías que muchos ciudadanos no comparten.

Curiosamente, en esta campaña ruidosa, algo de “justicia poética” hubo en los azarosos hechos que arruinaron la última gala de los Oscar, con la confusión de ganadores, primero erróneamente La La Land, luego por fin Moonlight, aquello parecía una deliciosa broma “made in heaven”.

La película de Barry Jenkins es una buena obra cinematográfica. Pero resultan irritantes los actos de apropiación indebida y enarbolamiento de banderas por parte de algunos. Moonlight es una película inteligente y compleja, pero que fácilmente, como ha ocurrido, puede prendérsela uno en la solapa de las causas racial y homosexual. Su mérito a mi entender consiste en entregar un lienzo sociológico amplio, con el telón de fondo de un barrio marginal en Miami habitado por afroamericanos, y en primer plano la confusión del protagonista en una etapa en que le toca madurar, por carecer de una familia con fundamentos sólidos y de buenos amigos; él es un chico sensible, acosado en el colegio, y que no tiene a nadie a quien confiar sus problemas adolescentes, alguien que le guíe mínimamente aportando luz en momentos de oscuridad.

Así las cosas, en circunstancias normales la designación de Moonlight en los Oscar como mejor película, debería haber ido acompañada de proclamas y soflamas rosas de buen rollito. Lo señala con candidez el productor de la gala Michael de Luca, “me habría gustado que el tema del que hablara todo el mundo fuera Moonlight, esta película pequeña sin nada tradicional en ella, pero que celebra la cultura LGBT afroamericana, y el hecho de que había ganado como mejor película.” Pero todo quedó anulado ante el fiasco de los auditores despistados de PcW, parecía dar igual quién había ganado o perdido, lo importante era el error humano, hacer cuchufleta o pedir que rodaran cabezas del momento surrealista, “no es una broma”. La causa perdió inesperadamente su momento de gloria.

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