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Acaba de celebrarse la edición número 70 del Festival de Cannes, y exagerando un poco podríamos decir que se ha hablado más de la presencia a concurso de dos películas Netflix que no tendrán estreno en salas de cine, que de "The Square", la película ganadora de la Palma de Oro.

 

Casi, casi, como con los Oscar, donde el público, más que con la película ganadora del premio máximo, se quedó con la copla del fiasco del sobre equivocado, donde Faye Dunaway y Warren Beatty dieron por ganador a un título en vez de otro (La la land en vez de Moonlight, pero esto casi se ha olvidado frente al fallo monumental, en vivo y en directo).

No deja de ser curioso que en un festival de cine hayan cobrado importancia, como bien señala Michel Guerrin en el diario Le Monde, más que las propias películas proyectadas en el Palais des Festivals y demás, el debate sobre otras formas de difundir y mostrar historias. Netflix y las plataformas digitales fueron protagonistas ya antes de que arrancara el Festival, incluso con declaraciones formales de Pedro Almodóvar, presidente del jurado, que consideraba que una película que no fuera a estrenarse en salas no merecía ganar premio (y así ocurrió, los títulos Netflix se quedaron sin premio), cuestión sobre la que parecía discrepar su compañero de jurado Will Smith.

Pero aparte, otro gran acontecimiento, el regreso de Twin Peaks, ponía en el candelero la realidad de que las series de televisión están ganando terreno a las películas. Además, es sabido que David Lynch ha declarado que no volverá a dirigir películas, lo que no ha impedido que haya firmado la integridad de los episodios de lo que es una tercera temporada que llega 25 años después de que la cosa decayera.

Pero también en Cannes han sido muy comentadas las posibilidades de la experiencia inmersiva de la RV, la realidad virtual, sobre todo gracias a la presentación a cargo de Alejandro González Iñárritu y Emmanuel Lubezki de Carne y arena, un corto que con las gafas correspondientes y el escenario adecuado lograba que el espectador viviese en su piel de algún modo la experiencia del inmigrante que trata de pasar la frontera entre México y Estados Unidos. El deseo de Iñárritu es que con piezas como esta, instaladas en espacios y museos adecuados, se pueda generar una “fábrica de empatía” hacia situaciones de las que no acabamos de hacernos cargo.

Al final, todo son obras audiovisuales, de mayor o menor creatividad, y cuya difusión puede ser enorme o más limitada, en salas oscuras o no, de mayor o menor dimensión. En cualquier caso, convendría no poner puertas al campo, y verse como compañeros de viaje, no como enemigos a batir.

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