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Pixar y Disney pueden hacer una muesca más en su lista de películas geniales, atrevidas y resultonas. “Coco” supone un riesgo, al abordar un gran estudio hollywoodiense la cultura del país vecino, en un momento en que el presidente Trump sigue erre con erre con su idea de levantar un muro en la frontera.

¿Cómo se atreve un cineasta blanco nacido en Ohio a acometer una historia mexicana? En este mundo tan revuelto y últimamente puntilloso, donde para interpretar a una hawaiana necesitas contar con una actriz hawaiana (que se lo digan a Emma Stone y Cameron Crowe que les llovieron mil críticas por tal asunto a propósito de Aloha, lo que lastró su carrera comercial, menos mal que para hacer de serial killers aún no se exige la intervención de asesinos de verdad), dirigir una película animada centrada alrededor de la tradición multisecular del Día de Muertos tiene mucho mérito.

Lee Unkrich, que tuvo la idea original y dirige Coco, tenía a su favor haber dirigido o codirigido previamente Toy Story 3, Monstruos S.A. y Buscando a Nemo, títulos muy redondos, pero está claro que se podía herir susceptibilidades si no se aplicaban la venda en Pixar antes de recibir la herida. Para leer la crítica de la gran película que es Coco, puedes pinchar aquí.

En un artículo de Reggie Ugwu en el New York Times leo que los chicos que se ocupan del copyright de la película tuvieron la ocurrencia hace unos años de tratar de registrar la marca “Día de Muertos”, y les llovieron críticas hasta en el carnet de identidad. De modo que ya vieron que había que hilar fino, cosa que por otro lado siempre han procurado en una compañía, Pixar, que siempre ha promovido la creatividad, las tormentas de ideas y la universalidad de las historias, donde nunca se busca herir susceptibilidades. Para ahondar en ello recomiendo muy encarecidamente la lectura del libro Creatividad, S.A., que explica a las mil maravillas la estupenda filosofía corporativa de la compañía creada por John Lasseter y Ed Catmull.

Pero en fin, a lo que iba. Unkrich ha contado con la colaboración de un codirector estadounidense mexicano, Adrian Molina. Y recabaron especialmente los comentarios de los trabajadores hispanos de Pixar, para que señalaran todo lo que les pudiera chirriar y ajustarlo convenientemente. Además, para componer a la multigeneracional y numerosa familia Rivera los cineastas viajaron a México para conocer familias de Guanajuato y Oaxaca que les sirvieran de referente.

El reparto de voces lo constituyen actores mexicanos como el popular Gael García Bernal. Y decidieron que la versión original en inglés se mezclaría con español mexicano, por consejo de uno de los asesores, y se rodaría otra totalmente en español mexicano que es la que se estrenaría en los países de habla hispana de modo masivo, no se doblaría al castellano o a otros dejes del español.

Evidentemente, la película se dirige al público mundial, lo que inevitablemente obliga a introducir en tradiciones y modos de hacer ajenos a muchos espectadores. Pero gran parte del mérito del film es que la cosa no quede en mero exotismo. Algo hay, sí, pero para eso está la conexión rápida del mundo de los muertos, esqueletos necesariamente exóticos pero que conectan con el imaginario de la artista Frida Kahlo. En cambio, todo lo referente a la familia, al clan Rivera, tiene rasgos culturales específicos de México, pero perfectamente trenzados con valores universales, todo el mundo sabe (o debería) lo que es tener padres, abuelitos, hermanos, tíos, primos.

El hecho de que la película se haya convertido en la más taquillera de la historia de México parece confirmar que se han hecho bien los deberes. Así que, ándale, ¡que viva Pixar!

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