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Al cine le gusta mirar con frecuencia a la realidad, son frecuentes los letreros, al principio o al final de una película, donde se lee “Basada en hechos reales”. En otras ocasiones, cubriéndose las espaldas por las llamadas licencias artísticas, lo que se pone es “Inspirada en hechos reales”, lo que justifica que se dé más rienda suelta a la imaginación o a los cambios, para dar mayor emoción a la cosa.

Cuando ha pasado mucho tiempo en relación a los sucesos en que se basa el film, la cuestión no suele ser demasiado problemática, no hay supervivientes que vayan a quejarse de posibles inexactitudes, se acometerá el rodaje y el resultado será más o menos feliz, más o menos próximo a lo que ocurrió realmente. El problema surge cuando se aborda la rabiosa actualidad, y más aún cuando ésta resulta muy, muy candente, a veces con las redes sociales echando leña al fuego.

Sí, dicen que el tiempo lo cura todo, los traumas y hechos dolorosos, y las heridas que dejan, pueden cicatrizar cuando quedán atrás, lejos, en la distancia. No cerrarán del todo, pero en el caso de los más directamente afectados, se habrá podido encajar aquello y seguir adelante. Y sin embargo, puede uno preguntarse: ¿Cuánto tiempo debería pasar para poder rodar una película con actores sobre el senegalés Mame Mbaye muerto en Lavapiés? ¿O sobre el terrible asesinato del niño Gabriel Cruz? ¿Qué hay del tiroteo con decenas de muertos en un instituto en Florida?

En Noruega, el reciente film presentado en el Festival de Berlín U-July 22 ha alimentado este debate. Y es que este pacífico país quedó conmocionado en el verano de 2011, hace menos de 7 años, cuando el terrorista Anders Behring Breivik colocó un coche bomba en Oslo, y luego emprendió una matanza de adolescentes en la isla de Utoya, que acudían al campamento juvenil del partido laborista. En el caso francés, France 2 aplazó el estreno de su telefilm Ce soir-là, que tenía el telón de fondo del atentado de Bataclan en París en 2015.

Y por supuesto, a partir de los atentados del 11-S en 2001, ha habido muchas películas sobre los ataques terroristas en Estados Unidos, algunos muy pegados a la realidad, como World Trade Center y United 93, sobre las Torres Gemelas y el avión estrellado en Pensilvania, respectivamente, rodadas cinco años después de los hechos.

En fin, no parece fácil que se puedan poner puertas al campo, aunque no estaría mal que se dejara pasar un poco el tiempo antes de trasladar unos hechos dolorosos a la pantalla. ¿Cinco, diez, quince años? No sé, pero debería prevalecer el sentido común por encima del puramente económico, porque lo que sí cabe exigir a los que abordan estas historias es, al menos, delicadeza y respeto hacia los implicados, y evitar cualquier tentación morbosa. Quizá destinar la mitad de los beneficios a un fondo de víctimas podía ser un gesto de que el interés público manda en la producción de esa película.

Por cierto, que el afán de contar la realidad inmediata tiene un reflejo en películas y series donde el actor se interpreta a sí mismo, a modo de reality-show, desdibujando las líneas que separa lo auténtico de lo ficticio. Guillaume Canet tiene a punto de estreno en esa dirección Cosas de la edad, pero antes que él Berto Romero, Jorge Sanz, Larry David y Jean-Claude Van Damme han transitado esta senda que se mueve entre el colmo del narcisismo y el sano ejercicio de reírse de uno mismo.

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