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¿Qué queremos decir cuando hablamos de “la última película de”? Muchas veces no pretendemos utilizar la expresión en sentido absoluto, y más bien se sobreentiende “la última que ha llegado a los cines, luego vendrán otras”. Pero quizá en ciertos casos sí estamos hablando de “la última película de”, después de todo.

Al hablar de La última película, tengo la impresión de que la expresión tiene mucho de nostálgica, quizá porque Peter Bogdanovich tituló justamente así un interesante film que adaptaba una novela de Larry McMurtry, donde se hablaba de un grupo de jóvenes en una pequeña ciudad de Texas que languidece, de lo que es prueba un cine que va a proyectar lo que será su última película antes de echar el cierre.

Es previsible que algunos cineastas veteranos también echen el cierre en breve a su carrera, si es que no lo han echado ya, a la fuerza o voluntariamente. El próximo viernes Roman Polanski estrena su “última película”, Basada en hechos reales. Y sí, puede que sea la última. El viejo caso de violación o relaciones con una menor le persigue desde 1977: tras reconocerse culpable huyó de Estados Unidos rumbo a Francia, y siguió haciendo cine y hasta ganando un Oscar como mejor director por El pianista, pero la vida da muchas vueltas, el movimiento #MeToo y la tolerancia cero cobraron fuerza tras estallar el caso Weinstein, y ha sido expulsado de la misma Academia que le premió, sin que haya novedades acerca de los hechos que pesan sobre él, lo que hay es otro modo ver las cosas. La víctima le ha perdonado, pero un Hollywood que rezuma hipocresía y usa varias varas de medir ha cambiado de idea. En cualquier cosa, lo va a tener difícil Polanski para volver a hacer cine a sus 84 años. Aunque echándole imaginación y rizando el rizo con su peli, podía basarse en hechos reales, contar su historia, y entregar otra “última película” sobre sí mismo y su caso. A lo mejor con su teléfono móvil, como hace también Jafar Panahi para burlar su arresto en Irán, en Cannes acaba de presentar Three Faces.

El caso se parece un poco al de Woody Allen, de 82 años, y donde también ha asomado de nuevo un caso desestimado por los tribunales, se le acusaba entonces de abusar de su propio hijo. La diferencia principal tras producirse las recriminaciones de los que antaño se pegaban por trabajar a sus órdenes es que el neoyorquino tenía la costumbre inveterada de estrenar una película al año, era una necesidad vital, casi como el respirar. Tras Wonder Wheel, su penúltima película, tiene pendiente de estreno otra, A Rainy Day in New York, producida como la anterior por Amazon. No hay fecha de estreno. ¿Qué ocurrirá? Me parece que no pueden borrar digitalmente al director, como hicieron con Kevin Spacey en Todo el dinero del mundo. ¿Se quedará en un cajón acumulando polvo, después de que varios de los actores hayan decidido entregar lo ganado a la causa del #MeToo? ¿La lanzarán de tapadillo? No es fácil saberlo, pero de momento Allen no rueda nada, al menos que se sepa.

En cambio, este fin de semana se ha estrenado “la última película de” la saga Star Wars, Han Solo. Y hace unas semanas “la última de” Marvel, Vengadores. Infinity War, que por supuesto no era la última porque hace diez días se estrenó Deadpool 2, “la última de” Marvel, que por supuesto no será la última, los X-Men hacen cola para estrenar, y también Spider-Man, y seguro que alguna más que no recuerdo.

¿Qué me duele? Que estas películas de franquicias se hacen como churros, nadie echaría de menos bastantes títulos, si no existieran, a pesar de sus cifras de taquilla, muchas serán olvidadas, y asoma el cansinismo a pesar de las poderosas máquinas del marketing. En cambio si añoraré nuevas películas de estos grandes cineastas, las cosas como son.

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