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Hay series de las que todo el mundo habla. Y otras, de las que no tanto. En un mundo en que resulta imposible seguirlas todas, y menos verlas desde el primer capítulo de la primera temporada, hasta el último de la última, sólo unas pocas han merecido en mi caso tal honor. “The Americans” es una de ellas, y me apena constatar que tanta gente la desconoce.

Cualquier analista de series reconoce la calidad de esta trama de espías en los años de la guerra fría, la aparente familia feliz que ha hecho realidad el sueño americano, el matrimonio Jennings, Elizabeth y Philip, con sus dos hijos Paige y Henry, donde los adultos son agentes del KGB. Y sin embargo, en el capítulo de los populares premios The Americans ha sido ninguneada. Lo cual dice mucho a mi entender de los Emmys y los Globos de Oro, y no precisamente a su favor. Me alegra en cambio constatar que durante 4 años consecutivos el American Film Institute la ha condiderado como una de las destacadas de año. El AFI, también en cine, suele acertar bastante.

Esta creación de Joseph Weisberg no es fácil ni acomodaticia, pues describe con crudeza y sin tapujos lo que se supone a un espía: todo por la patria y el partido, y ese “todo” incluye asesinatos, seducción jugando con los sentimientos ajenos y destrozar vidas, también psicológicamente; o sea, entregar el alma, no cuestionarse nada, hacer lo que te mandan. ¿Se puede llevar una existencia de este calibre, y no preguntarse en algún momento ‘¿qué estoy haciendo?’. A este interrogante se ha intentado dar respuesta con una narración muy bien desarrollada, en que surgen los dilemas morales, tenemos impreso en nuestro ADN el sentido del bien y del mal, aunque pretendamos negarlos.

Elizabeth y Philip tienen que lidiar en primer lugar con su vida familiar. La han construido como pura fachada, para poder operar en Estados Unidos. Pero, ¿puedes compartir lecho con un hombre, una mujer, y no desarrollar sentimientos afectivos hacia él, hacia ella, hasta amarle verdaderamente? ¿Te dará igual que tu esposo, tu esposa, se acuesten con otros para ganarse su confianza y acceder a altos secretos? Los hijos, carne de tu carne, sangre de tu sangre, ¿pueden limitarse a ser meros instrumentos para un fin? ¿O no querrás para ellos lo mejor? ¿Y si ese maldito país imperialista donde viven, no fuera tan malo después de todo?

A medida que se sucedían las temporadas, los hijos crecían, como también ocurrió en Los Soprano, y se puede jugar con la idea de si terminarán siguiendo los pasos de los progenitores. También da juego la evolución política, con el acceso al poder de Gorbachov, y la posibilidad de un mundo mejor. Weisberg tiene a su favor que el espectador sabe que la Unión Soviética cayó, por lo que puede orquestar los acontecimientos desde este punto de vista, con la lucha entre la vieja guardia y los nuevos tiempos.

Stan Beeman, el vecino, agente del FBI. Cuánto juego ha dado este personaje, el único amigo de verdad que ha tenido Philip. En el desenlace era obligado que el descubrimiento de la verdad jugara un papel dramático destacado. En efecto, cualquier desarrollador de tramas debe preguntarse, ¿cómo reaccionará cuando sepa, se sentirá engañado, querrá venganza, se pegará un tiro, qué? No voy a desvelar aquí cómo ata cabos Weisberg, pero sí diré que logra un perfecto equilibrio en su tono agridulce, sabe dejar con inteligencia algunos frentes abiertos, e incluye escenas sin diálogos, con dos canciones cuya letra es muy adecuada a lo que está ocurriendo. Al espectador que ha llegado a empatizar con los personajes le embargará la pena, pero lo que se nos entrega es un digno e inteligente final, de alguien que sabe terminar una serie a tiempo, y no cuando se ha deslizado por el camino de la decadencia.

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