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Una visión comercial, de puro mercado, responderá a esta pregunta con inevitable pragmatismo: “Adivinemos los deseos del espectador, hagamos la película que quiere ver, y así nos saldrá la cuenta de resultados”. Sólo hay una pequeña pega: ¿cuáles son esos deseos?

¿Resulta fácil llegar a conocer los deseos del espectador? ¿Basta con hacer una encuesta, una investigación demoscópica? Hacer cine y ponerlo en las salas, televisiones y plataformas on line cuesta dinero. Parece más que razonable que los inversores quieran que las películas sean rentables. Pero cuando por este motivo se entrega lo de siempre, el resultado es que no se hacen buenos filmes. Como mucho, “fast food”, comida rápida que no mata y engorda. Las majors tienen muchísimo miedo al riesgo, y se agarran al clavo ardiendo de las franquicias, sagas novelescas de probado éxito, superhéroes que tienen una sólida base de fans. Se supone que el espectador quiere entretenerse, olvidarse de sus problemas un rato. Otras veces puede que se ponga de moda algún tema, como el empoderamiento de la mujer, y entonces la “genial” idea de los productores consistirá en impulsar películas con fuerte presencia femenina. Y a veces la jugada funciona, como en la reciente Ocean’s 8, donde la banda de ladrones sofisticados pasa a estar compuesta de féminas; eso sí, hubo antes unas Cazafantasmas que fracasaron estrepitosamente en taquilla.

Existe otra perspectiva de la jugada. Sobre todo desde el punto de vista del creador, que no se conforma con manufacturar un producto para el consumo masivo, y anhela entregar una obra de arte, conforme a su sensibilidad, a su sentido de la belleza y al modo en que ve el mundo; o al menos una historia que aporta algo al espectador. Es más romántica, más arriesgada. Reclama como condición “sine qua non” talento por parte del cineasta, porque las obras personales, en que sus responsables se implican y meten dentro parte de su alma, pueden ser poderosas y de magnetismo irresistible, o un producto pedante y pretencioso que sólo entiende e interesa al que se empeñó en hacerlo. ¿Podía alguien adivinar en su momento que películas como Pequeña Miss Sunshine o Tres anuncios en las afueras tendrían tanta pegada? Buen argumento, buenos personajes, una aguda reflexión sobre las aristas en la familia y el mundo, y tantas otras cuestiones, obran el milagro.

Así las cosas, podemos intuir que la altura del desafío para los que hacen cine y quieren ganarse la vida con ello, es mayor de lo previsto. ¿Sabe realmente el espectador lo que quiere? Me temo que, en realidad, no. O no del todo. Porque el espectador, yo incluido, cuando más disfruta es cuando le sorprenden. Cuando le dan lo que no espera, y goza con la imprevista sorpresa, que le deja pegado a la butaca, como sobrecogido. Y cuando al fin tiene que levantarse, llegan los encargados de limpieza de la sala a recoger los restos de refrescos y palomitas, camina como en estado cataléptico, dando vueltas todavía a lo que acaba de contemplar, con un grado de satisfacción que quisiera que no le abandonara nunca. Aunque por supuesto, acabará abandonándolo, porque el mundo real espera ahí afuera, pero quizá ese espectador regresará a la vida cotidiana más sabio, mejor armado para el porvenir. Una de las alegrías en tal sentido que he tenido este año es una película mexicana, de la que pocos han oído hablar, llamada La delgada línea amarilla. Hay más, y ojalá tuviéramos la mente abierta para dar con ellas, no conformándonos con el Han Solo o los dinosuarios de turno, aunque vengan servidos con espectacularidad por un compatriota.

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