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Sólo existe una cosa que dé más miedito que una sesión con el tablero de ouija en la que el espíritu decida quedarse entre nosotros (lo más probable, sin pagar el alquiler, ¡encima!): descubrir en los títulos de crédito de un film que tiene como productor ejecutivo a Michael Bay, artífice de los Transformers, entre otras aportaciones discutibles al Séptimo Arte.

Es el caso de Ouija, el origen del mal, ¡mal empezamos con ese título! Ya comenté en este blog que huyo de los films cuyo título contenga la palabra ‘origen’, pues apenas se salva alguno, la mayoría son horripilantes, como en los casos de 300: el origen de un imperioHalloween. El origenX-Men Orígenes: LobeznoG.I. Joe el origen de CobraLa matanza de Texas: el origenLos inmortales: el origenHannibal, el origen del mal y sobre todo Origen (ya lo conté con ocasión del estreno de la nefasta Warcraft: el origen). Por eso ir al visionado me originó pánico.

No me equivocaba. La apuesta de los cines de este año para que el público pique en la semana de Halloween, fiesta de enorme tradición en España, tan nuestra como la tortilla de patata, comienza bastante bien, imitando las cuidadas muestras del género fantaterrorífico dirigidas por James Wan, que sabe cómo asustar, como se puede comprobar en Expediente Warren y Warren: El caso Enfield, su brilante secuela. Se le intenta imitar en todo, cuidando la descripción de personajes y la ambientación. Pero se nota que Bay se pasó un día por el rodaje, y dio un golpe sobre la mesa: ¿cuándo empiezan los efectos especiales? ¿Por qué no salen Transformers? Y en un momento dado todo se va al traste.

ouijacajaLo más curioso es que al igual que el film sobre los robots convertibles, Ouija, el origen del mal está impulsada por Hasbro, para favorecer las ventas de uno de sus productos. Eso sí que me da miedo, que la tabla para hablar con el Más Allá se vende en jugueterías, para chavalines. O sea que en estos inocentes establecimientos uno puede comprar “Mi pequeño Pony”, la granja de Playmobil, figuritas de los Pitufos, y la puerta de entrada satánica al mundo de los no muertos. Muy gratificante.

Aunque Hasbro inventó la denominación Ouija, formada por la palabra “sí” en francés y alemán, deberían pagarle royalties a los fantasmas. Al parecer, fueron ellos los que le sugirieron a los espiritistas que apuntaran el alfabeto en las mesas, para facilitarles la comunicación.

­–Y traeros también una ración de bravas –les faltó decir.

En España han ocurrido algunos casos traumáticos, según la prensa, como el caso de Vallecas, ocurrido en 1992, cuando unas jóvenes desataron fenómenos paranormales. O lo acontecido en 2007 en Valencia, donde al parecer cinco jóvenes se colaron en un caserón abandonado para una sesión espiritista. A uno se le ocurrió preguntar si el ente quería que alguno de los chicos se fuera. Éste dio el nombre de tres participantes, que mientras abandonaban a toda prisa el lugar (yo hubiera batido las plusmarcas mundiales de los 100 metros lisos), pudieron escuchar un enorme estruendo. La vieja casa se derrumbó sepultando a sus amiguitos. La historia me aterroriza más que un ciclo de Manolo Escobar.

O sea que todos los juegos infantiles tienen sus riesgos. En el Monopoly vas a la cárcel sin pasar por la casilla de salida y sin cobrar las 20.000 pesetas (se nota que hace que no juego, no sé cuál será el equivalente en euros). En la ouija se te puede quedar en tu casa un espectro. Pecata minuta.

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