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 Se estrena "Las inocentes", estupenda película basada en los hechos reales acaecidos en Polonia, en un convento de monjas, tras la II Guerra Mundial.

 

Las inocentes está inspirada en un hecho real poco conocido que ocurrió en Polonia en 1945.

La historia de estas monjas es increíble. Según las notas que tomó Madeleine Pauliac, la médico de la Cruz Roja en quien se inspiran la película, los soldados soviéticos violaron a 25 monjas en su convento y a algunas de ellas hasta 40 veces seguidas. Veinte murieron asesinadas y cinco se quedaron embarazadas. Este hecho histórico no habla muy bien de los soldados soviéticos, pero es la verdad; una verdad que las autoridades se niegan a hacer público, aunque varios historiadores saben lo que ocurrió. Estos soldados no creían que estaban cometiendo un acto reprobable: sus superiores les autorizaban como recompensa a su sacrificio. Por desgracia, este tipo de brutalidad sigue ocurriendo en la actualidad. Las mujeres continúan siendo el blanco de esta falta de humanidad en países en conflicto de todo el mundo.

¿Cuál fue su primera reacción cuando los productores, los hermanos Altmayer, te presentaron este proyecto?

La historia me fascinó inmediatamente. Sin saber por qué, sentí una conexión muy personal con la historia. La maternidad y las dudas sobre la fe son temas que tenía ganas de explorar. Quería saber con la mayor exactitud posible lo que le había ocurrido a esas mujeres para describir lo indescriptible. Así que la espiritualidad tenía que ser el tema fundamental de la película.

¿Está familiarizada con temas religiosos?

Vengo de una familia católica. De hecho, dos de mis tías eran monjas, así que tengo algunos conocimientos sobre la materia. Pero sólo puedo trabajar en un proyecto cuando conozco el tema perfectamente. Así que quería experimentar lo que significa vivir en un convento. Me parecía importante conocer la rutina diaria de una monja, comprender el ritmo de los días. Hice dos retiros en comunidades benedictinas, la misma orden que la de la película. En el primer retiro sólo estaba como observadora, pero en el segundo participé en la vida real de una novicia.

Cuéntenos algo más sobre su experiencia.

La vida en comunidad me impresionó muchísimo. Esa forma de estar juntas, de rezar y cantar siete veces al día... Y además esa sensación de vivir en un mundo en el que el tiempo se ha detenido. Tienes la impresión de estar flotando en una especie de euforia pero también tienes que cumplir una disciplina férrea. Vi cómo eran las relaciones humanas: la tensión y la psicología de cada persona. No es un mundo congelado sino unidimensional. Pero lo que más me llamó la atención, y que he intentado transmitir en la película, es la fragilidad de la fe. A menudo creemos que la fe es el cimiento que sostiene a los que creyentes. Pero es un error. Tal y como María le confía a Mathilde en la película, es todo lo contrario: "Veinticuatro horas de duda por un minuto de esperanza". Esta noción resume mis impresiones después de hablar con las hermanas, y también después de asistir a una conferencia sobre las dudas de la fe que dio Jean-Pierre Longeat, antiguo abad de Saint-Martin de Ligugé. Lo que dijo fue muy conmovedor y tiene un profundo eco en el mundo secularizado en el que vivimos.

¿Los miembros de esas comunidades religiosas conocían su proyecto?

Afortunadamente, a la gente que conocí le parecía bien el proyecto a pesar de que se revelan verdades complicadas sobre la Iglesia. Compartimos con las hermanas la situación paradójica a la que se ven sometidas como consecuencia de su violación: ¿Cómo hacer frente a la maternidad cuando tu vida está dedicada a Dios? ¿Cómo conservar la fe cuando te enfrentas a actos tan espantosos? ¿Qué actitud adoptar ante los recién nacidos? ¿Qué opciones tienes?

¿Esos curas y monjas habían visto alguna de tus anteriores películas?

Habían visto algunas, La chica de Mónaco y sobre todo Coco, de la rebeldía a la leyenda de Chanel. Uno de los monjes me dijo que una de sus favoritas era Adore [Madres perfectas]. La verdad es que sorprendió bastante.

Esta es la segunda vez que trabajas con Pascal Bonitzer.

Pascal no estaba más familiarizado con estos temas que yo, pero congeniamos muchísimo cuando escribimos Primavera en Normandía, mi última película. Nuestro trabajo consistió en ir fusionando gradualmente los dos mundos de la película: el mundo materialista de Mathilde, una médico con una rígida ideología comunista, y el mundo espiritual de las hermanas en una Polonia tradicional arrasada por la guerra. ¿Qué iba a hacer Mathilde para penetrar las paredes tras las que vivían esas mujeres aisladas de la sociedad, que no querían cambiar nada ni que se supiera nada? En todas las situaciones extremas, el comportamiento humano puede ser subversivo. Ante este cuestionamiento ideológico, Pascal y yo quisimos internarnos en la psique de cada personaje y en su lado oscuro.

Mathilde, que interpreta Lou de LaÂge, tiene una vertiente increíblemente moderna.
Es una científica, muy adelantada a su tiempo, por no decir que las mujeres médico escaseaban en esa época. Es joven, acaba de terminar la carrera y sólo ejerce de ayudante en la Cruz Roja. En cierto modo, está realizando un viaje iniciático. Se necesita mucho coraje para asumir la responsabilidad de asistir a esas mujeres en el alumbramiento, para mantener un secreto tan terrible y arriesgarse a atravesar el bosque de noche para eludir los controles de carretera de los soviéticos. Casi lo paga con su vida, pero eso acaba acercándola a las hermanas. El mundo de Mathilde no tiene nada que ver con él de las monjas. Quiere curar a las personas y defiende el progreso. Sin embargo, no hay nada maniqueo en ella: aunque no se identifica con ninguna fe en particular, va vislumbrando lo que podría ser el misterio de la fe.

Se unió a la Cruz Roja Francesa, que es también un signo de valor. ¿Qué papel tuvo esta organización en la Polonia de 1945?

Su misión era curar y repatriar a los soldados heridos y a los ex prisioneros de guerra, pero sólo si eran ciudadanos franceses. Por eso, al principio, Mathilde intenta rechazar a la novicia Teresa cuando acude al dispensario.

María, interpretada por Agata Buzek, es una persona bastante revolucionaria y también asume riesgos al dejar que Mathilde venga al convento.

María, al igual que Teresa, decide transgredir las reglas de la orden; unas reglas a las estaba acostumbrada y que obedecía ciegamente. Siempre me ha interesado el tema de la transgresión. En realidad, esta película es una extensión más estilizada de temas que ya había tratado en el pasado en Entre ses mains [En sus manos] o en Limpieza en seco.

La amistad que surge entre María y Mathilde es fascinante.

Estas dos mujeres, diametralmente opuestos, inventan juntas algo que les permite superar una situación imposible. Recorrerán un camino interior que acabará uniéndolas.

Aunque comparte sus dudas con Mathilde, María añade que sin la guerra y el horror de la violación, ella habría sido completamente feliz.

Muchas personas que eligen esa vida son felices. Hice entrevistas muy largas a personas consagradas que conocí para documentarme sobre el tema. Su inteligencia, su visión y sentido del humor son fascinantes. Algunos atravesaban episodios muy dolorosos de cuestionamiento interno. Recuerdo en particular una hermana cuya historia me contó el psicoanalista de la orden. Después de tomar los hábitos a los 25 años, pasó los siguientes 25 preguntándole a Dios si la quería sin recibir una respuesta. Sigue siendo monja en la actualidad.

También plantea las desviaciones a las que puede conducir la religión... un ejemplo sería la actitud de la madre abadesa, que, bajo el pretexto de que no se supiera lo que estaba ocurriendo en el convento, prohíbe a las hermanas recibir atención médica.

La película plantea preguntas que obsesionan a nuestras sociedades, y muestra las consecuencias del fundamentalismo.

Sin embargo, no juzga a la madre abadesa.

Fue extremadamente difícil construir ese personaje y encontrar un equilibrio. Lo que hace nos puede parecer atroz. Pero supe enseguida que teníamos que intentar comprender sus motivos, sin que eso signifique justificar la gravedad de sus actos. Quería que explicara sus actos con esta declaración ambigua que pronuncia ante las hermanas: "Me he condenado a mí misma para salvaros". Cuando pide ayuda a Dios, y cuando la vemos enferma en la cama, sin su velo, vemos que está al borde del abismo. Es fácil caricaturizar este tipo de personaje. Sin Agata Kulesza, que es excepcional, no sé si la madre abadesa hubiera tenido esa fuerza interior, esa dimensión que recuerda la tragedia griega.

Agata Kulesza sólo tiene 42 años. Es mucho más joven que el personaje. ¿Por qué quiso confiarle el papel?

Me gustó muchísimo en Ida, pero es cierto que pensé que sería demasiado joven para mostrar la autoridad que exigía el papel. Fue ella la que me pidió hacer una prueba de pantalla. Se puso un velo y sin maquillaje -sólo con la fuerza de su interpretación- fue capaz de proyectar lo que vemos en la pantalla.

Háblenos de Agata Buzek...

Al igual que Agata Kulesza, Agata Buzek es una actriz muy popular en Polonia. La vimos en una película de Jason Statham y me pareció que tenía una presencia física increíble, de hecho muy espiritual. Krzysztof Zanussi también nos había hablado muy bien de ella. Agata trabajó sin descanso durante meses para acostumbrarse al refinado y sofisticado francés que habla su personaje. Todas las noches del rodaje, escuchaba a Victor Hugo para familiarizar mejor con nuestra lengua.

Con el personaje de Mathilde, le ha dado a Lou de LaÂge su primer papel adulto.

Toda la historia se cuenta desde el punto de vista de Mathilde. Ella es la que nos introduce en el mundo de las monjas y ella es testigo de los terribles acontecimientos que suceden allí. No podía ser blanda: su profesión ya le obligaba a tener un carácter fuerte con un toque de virilidad. Es el problema clave en este tipo de papel: si la actriz se muestra demasiado blanda, la película ha terminado antes de empezar.

Me impresionó mucho el trabajo de Lou en Respira, la película de Mélanie Laurent. Tiene una belleza contundente y muy diferente. Sentí que ese don, combinado con su lado algo terco, su frescura y una fragilidad que está justo debajo de la superficie, encajaban a la perfección con la película. Lou nunca resulta insípida; de hecho puede ser muy dura. Era importante sentir cómo se iba haciendo permeable a la situación que descubre durante su viaje y percibir cómo se enciende una luz dentro de ella, en su cara, sin que eso equivalga necesariamente a afirma que se ha convertido. No se trataba de eso. Lo importante era sentir el cuestionamiento metafísico que experimenta la protagonista y cómo va cambiando. ¿Cómo saber cuál es el sentido de la vida en medio de tanto caos? ¿Cómo se puede sobrevivir a la violencia que ha marcado a fuego la carne de estas monjas polacas? ¿Cómo se puede juzgar su fe, que parece haber sobrevivido a una experiencia tan desgarradora? El trabajo dramático de Lou es impresionante; no pone límites. Es valiente y trabajadora, un poco como Mathilde. No fue fácil para ella rodar en el norte de Polonia rodeada de actrices polacas cuyo idioma desconocía.

La pareja nada convencional que forma con Samuel, el médico judío que interpreta Vincent Macaigne, añade otra faceta a su carácter inconformista.

Samuel arroja una luz diferente sobre Mathilde y lo hace de una manera original. No es un hombre con una belleza clásica pero creo que Vincent Macaigne aporta mucha humanidad al lado sarcástico y oscuro del personaje. Siempre es interesante empezar con una pareja que se acuesta sin ningún compromiso evidente, pero que acaba enamorándose sin buscarlo. Además, es bastante fácil imaginar el tipo de relaciones que establece el personal médico de esas unidades para aliviar el estrés. Pascal Bonitzer y yo disfrutamos muchísimo creando este personaje. Nos pareció que aportaría el tono cómico que necesitaba la película antes de volver a centrarse en el convento. Además, era una manera de hablar de la guerra desde un ángulo diferente y dar a conocer lo que había sucedido en Polonia: Samuel es judío y su familia murió en los campos.

¿Por qué eligió este final?

Proponer un camino nuevo cuando parece que no hay esperanza es muy emocionante. La solución que Mathilde y María encuentran juntas y que transmiten al resto de las hermanas, es un canto a la vida. Me pareció que ir en contra de la vida es una contradicción para una monja. Era muy importante que esta historia -que nos sumerge en una profunda oscuridad- acabe en la luz. Conozco personalmente a monjas de Vietnam que dedicaron su vida a los niños huérfanos. Esas mujeres son heroínas. Cruzaron Vietnam a pie durante la guerra y lograron poner a salvo a cientos de jóvenes huérfanos. Y María era como una de esas mujeres.

La película tiene un ritmo único: tiene un tono meditativo a pesar de que discurre a gran velocidad.

Quería transmitir el paso del tiempo en un convento pero manteniendo la tensión dramática: Fue difícil encontrar el equilibrio tanto al escribir el guión como durante el rodaje de la película. También me basé en lo que vi durante mis retiros. Era importante que se viera que las hermanas se conceden momentos de paz en los que pueden dedicarse a lo que les gusta: lectura, música, costura, conversación...

Las escenas de los partos parecen sacados de la vida real.

Esas escenas se rodaron en el convento con las actrices. No quiero exagerar, pero daba la sensación de que algo real estaba sucediendo ante nuestros ojos. Quería que los partos fueran trabajosos. En esos momentos y en los exámenes físicos que Mathilde hace a las monjas, los cuerpos de las hermanas empiezan a existir de forma muy poderosa. Es como si florecieran. Irena, por ejemplo, una joven novicia muy sensual, se ríe cuando Mathilde le palpa el vientre; Pero también sufren bloqueos mentales. Como Ludwika, que niega su embarazo y da a luz en el suelo de su celda.

Las inocentes se rodó en Polonia. ¿Cómo encontró el convento donde se desarrolla la historia?

Como es lógico, no se puede rodar en un convento polaco. Caroline Champetier, la directora de fotografía, nos hizo visitar un convento abandonado del que sólo quedaban los arcos del claustro y el cementerio que vemos en el patio. Las células de la parte de arriba estaban destruidas y todo estaba en un avanzado estado de abandono. Pero la ubicación era ideal y pensamos en construir habitaciones dentro del claustro: una enfermería, el refectorio y la pequeña capilla. Era una apuesta arriesgada. Tuvimos la suerte de que el sacerdote encargado del recinto apoyó nuestro proyecto. Da la impresión de que este convento ha existido siempre. Caroline y yo enseñamos al equipo polaco películas radicales como Thérèse de Alain Cavalier y Los ángeles del pecado de Robert Bresson. También elegimos juntos cada banco, cada silla. Ningún objeto es meramente decorativo.

Es la tercera vez que trabaja con Caroline Champetier.

Nuestra relación laboral se remonta a 1996 cuando rodamos Limpieza en seco. Caroline es fantástica cuando se trata de temas radicales y yo sabía que Las inocentes tenía un gran potencial visual. El compromiso de la directora de fotografía con una película es similar al de un actor. Estaba segura de que iba a aportar la pasión que exigía el proyecto. Empezamos nuestro trabajo mucho antes del rodaje y trabajamos muy estrechamente. Investigamos la iconografía y estudiamos a fondo los colores. Queríamos que pareciera que estábamos en un cuadro. Está claro que nos inspiramos en las pinturas de la Virgen con el Niño del Quattrocentro, pero insuflando vida y movimiento a las escenas. El aire tenía que palparse.

Es la segunda vez que rueda una película en un país extranjero.

No me siento especialmente atraída por ningún país en particular; es el tema lo que me lleva allí. Por supuesto, cuando llegué a Polonia y me vi dirigiendo a actrices y a un equipo cuyo idioma no hablaba, me dije que estaba loca. Afortunadamente, las actrices polacas eran excepcionales. Fueron de gran ayuda.

Una cuarta parte de la película es en polaco. ¿Cómo fue trabajar con las actrices, a pesar de la barrera del idioma?

Conté con la ayuda de un intérprete, pero ese trabajo de ida y vuelta puede ser agotador. Así que utilizábamos mucho el inglés para comunicarnos. Los ensayos que realizamos mes y medio antes del rodaje fueron fundamentales. Eran verdaderos ensayos, como en el teatro. Permitió a las actrices hacerse con el tema y el lugar físico. También fue una oportunidad para abordar cuestiones que se habían simplificado demasiado. Se mostraron muy reactivas. De hecho modifiqué algunas escenas como resultado de los comentarios que hicieron.

¿Les dió referencias pictóricas, películas para ver?

Nunca lo hago. Inhibe a los actores y a las actrices. Pero sé que hicieron investigaciones por su cuenta. Algunas fueron a retiros. Además, una monja polaca estuvo presente durante el rodaje para comprobar los gestos: la forma de caminar, sus posturas, las pausas, el ritmo que imprimen a sus vidas. Pero su presencia fue casi innecesaria. Para estas actrices, el hecho religioso era muy natural y al haber estudiado el lenguaje corporal de las hermanas, yo también me sentí muy cómoda. La presencia del hermano Longeat fue decisiva. Me pareció que era muy importante contar con cantos gregorianos y latinos. Sabía que serían una parte importante de la música de la película. Además es un famoso oboísta. Me ayudó a escoger los cantos y a grabarlos.

Aparte de los cantos, la música es muy discreta.

Me di cuenta que Las inocentes era una película que no encajaba con la música tradicional del cine. Además de los cantos religiosos, oímos el Preludio para Piano de la Petite Messe Solennelle de Rossini, una suite para teclado de Haendel, y una pieza de Max Richter, un compositor contemporáneo que me gusta mucho. La música original de Grégoire Hetzel sirve sobre todo para asegurar la continuidad. Creo que es más sobrecogedor escuchar la respiración de Teresa mientras camina por el bosque en busca de un médico: estamos con ella y con el esfuerzo que hace para cruzar el campo nevado.

En un período de tres años ha adaptado con éxito una novela de Doris Lessing (Adore [Madres perfectas]), una novela gráfica de Posy Simmonds (Primavera en Normandía) y ahora, un relato verídico. ¿Qué le motiva a trabajar a este ritmo?

Puede que la vida diaria no me motive lo suficiente. Siempre estoy pensando en una nueva historia en la que poder sumergirme. Un día, cuando le estaba tomando el pelo al Hermano Longeat sobre su fe, me dijo: “Usted no tiene que buscar la fe, la lleva dentro”. Me pareció una respuesta inteligente. De hecho, tengo fe en mi forma de trabajar.

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