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Se estrena la película sobre la mítica final de Wimbledon

Janus Metz explica en las siguientes líneas su concepción de una película que escapa a los clichés del subgénero deportivo, su trabajo se fija de modo primordial en las personas.

Texto: Janus Metz

Para mí Borg McEnroe es la versión tenística de Toro salvaje. En realidad se trata de dos jóvenes que luchan para ser el mejor para demostrarse algo a sí mismos, con la finalidad de tener importancia, porque quieren ser algo o alguien. Atrapados en una rivalidad del uno contra el otro –una de las mayores rivalidades en la historia del deporte– en definitiva están jugando contra sí mismos y contra sus propios demonios.

Björn y John tenían ambos una capacidad especial para llegar hasta el límite y superarlo. Creo que esto caracteriza a los campeones más grandes, a las personas que logran conseguir sus objetivos. Y aunque el mundo los viera como contraposiciones perfectas, tenían esta cosa particular en común; de hecho, ambos reconocieron esto el uno en el otro. Los dos jugaron al tenis como si sus vidas dependieran de ello y a medida que la historia se desarrolla vemos cómo estas dos personas solitarias, en última instancia encuentran entendimiento y amistad el uno en el otro.

Explorando la confusión interior tanto de Björn como de John, la película despliega una tipo de fotografía visceral, con mucha cámara de mano y steady-cam, cosa que acentúa la sensación de inmediatez y de realismo. Y luego, esto se yuxtapone con elementos icónicos -que confieren estabilidad- y con la creación de una atmosférico rica y, a veces, incluso de imágenes simbólicas, que conducen al tema y a su importancia histórica. La película es sobre un choque de titanes y esto impone una escala. Colocamos el punto de vista del espectador en los zapatos de Björn y de John, pero también conseguimos salir de este espacio saturado y a veces claustrofóbico, mediante imágenes a gran escala que acentúan la magnificencia del partido y la dimensión existencial de la historia.

Como biopic inspirado en los acontecimientos reales de las vidas de Björn y de John y, en particular, su legendaria final de Wimbledon de 1980, Borg McEnroe evoca de nuevo una era en los deportes en la que los jugadores de tenis eran «estrellas de rock» y donde John y Björn destacaron probablemente como los dos máximos iconos. Aunque yo mismo solo era un niño en 1980, recuerdo claramente esta época del tenis. En mi familia esperábamos todos la final de Wimbledon de 1980, como si fuese el sermón de la misa del gallo en la Catedral de San Pablo. Probablemente solo vi a un tipo con un peinado gracioso que lanzaba gemidos a un lado de la red y a otro tipo que daba rienda suelta a su carácter furioso en el otro, pero era un tiempo en que todavía todo quedaba revestido por un aire sagrado que recuerdo hasta este día. Ahora veo que el núcleo de la cuestión era el modo en que estos dos jugadores se estaban enfrentando el uno con el otro.

Esta final no era únicamente dos hombres que jugaban a tenis. La final eran dos continentes que se enfrentaban. Dos actitudes completamente enfrentadas y dos caracteres que se tienen que medir en un duelo. Dos modos completamente diferentes de ser humanos. Borg McEnroe capta esto de una manera maravillosa.

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