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Asegura que "los libros son más importantes que las películas"

Es una experiencia muy agradable reunirse con Terry Gilliam, en una mesa redonda con otros colegas. El director acaba de presentar en Cannes “El hombre que mató a don Quijote”, un proyecto que le ha costado tres décadas y muchos sinsabores verlo convertido en película. Con sentido del humor pero sin histrionismos, habla de las dificultades que ha atravesado, y medio en broma, medio en serio, dice sentirse ahora, tras concluir el film, “vacío”, no tiene en estos momentos entre manos ningún proyecto concreto.

Pero se ríe señalando que “así tendré más tiempo para leer, y robar ideas de los libros”. Y es que, en efecto, y a pesar de ser un director extraordinariamente visual e imaginativo, Terry Gilliam aprecia mucho la literatura, y bebe de ella para acometer sus proyectos. Por supuesto es el caso de El hombre que mató a don Quijote, su personal visión de la obra de Miguel de Cervantes, pero también ha intentado sin fortuna llevar al cine a Charles Dickens (“Historia de dos ciudades”) y Mark Twain (“Un yanqui en la corte del rey Arturo”).

Explica el cineasta que “la lectura de un libro ofrece la posibilidad de pensar. Los libros son más importantes que las películas. Se establece una relación directa entre el escritor y lector, sin intermediarios. En este sentido, abordar una obra literaria a través de una película es una labor secundaria. Pero a mí me permite explorar, dar mi visión, plasmar aquello en imágenes con mi interpretación, los colores, los olores...”

Se siente libre Gilliam con su cine, sin condicionamientos, en tiempos de corrección política. Según él “vivimos en un mundo caótico, loco. Hay miedo a hablar libremente, a decir lo que se piensa, se teme ofender, se ejerce una autorrepresión. En cambio yo soy terriblemente cándido”. “No sé si el Quijote ha salvado al mundo, yo creo que yo no lo he hecho, pero me encuentro cerca de Cervantes, 'Cercavantes”, si se me permite este juego de palabras”, se atreve a bromear con el español.

Alguien le pregunta si no se planteó hacer un Quijote femenino, lo que no deja de apuntar a las ideas que dominan ahora en el ambiente. Gilliam se ríe con la idea de una posible “doña Quijota”, dice que lo comentó el otro día a Joana Ribeiro, su Angélica-Dulcinea, y despeja a córner señalando que debería ocuparse una mujer de tal versión, pues sabría darle toda la sutileza que requeriría tal visión. “¡Que salgan de la cocina y la hagan!”, bromea, mientras que por su parte él dice que “he querido ser fiel a la visión de Cervantes del personaje”, que lo concibió varón.

Cuando se le recuerda que el espíritu del Quijote aleteaba ya en El rey pescador replica que su mujer Maggie Weston, con la que se casó en 1973, le acusa de “hacer siempre la misma película, según ella me limito a cambiar el vestuario”. Y ya más en serio, pero en la misma línea, afirma que su cine siempre refleja “la batalla entre la realidad y la imaginación, Sancho y Quijote”. “Yo estoy siempre a un metro por encima del suelo, volando. No es un sueño, es verdad. Me gusta mirar desde esa altura para entender el mundo. En mis películas siempre intento que haya un loco o un niño, me gusta cómo miran a su alrededor”, añade. Y menciona el esfuerzo de Orson Welles por hacer un Quijote, que no terminó, y él se empeñó en llevar su idea hasta al final, “casi de un modo perverso”, dice ahora con perspectiva e ironía.

Cree en cambio que la publicidad constante propone “falsos sueños en la gente”, “consiste en mentir”, y en cambio cierta “ficción es real”, “la ficción puede convertirse en realidad”. Y comenta con sinceridad, pensando que es un despropósito, que “cobré por una serie de anuncios para Nike en 2002 con motivo de un Mundial de Fútbol que me supusieron 10 días de trabajo lo mismo que por todo mi trabajo de los dos años anteriores. Eso es corrupción, pero ese dinero te hace sentir bien”. Piensa en cualquier caso que en la medida de lo posible “has de hacer aquello en lo que crees”.

En El hombre que mató a don Quijote, Gilliam ha querido castigar a su protagonista, Toby, un director de cine idealista interpretado por Adam Driver, que rodó una versión barata del Quijote en blanco y negro cuando era un estudiante, y que ahora se ha convertido en un mercenario que se gana la vida filmando spots publicitarios: “He querido mostrar esa corrupción que puede afectar a un cineasta, a través de un doloroso viaje, y que no es un encantamiento de Malambruno, sino algo peor”.

A lo largo de casi tres décadas, la película ha sufrido una transformación. Con generosidad, reconoce la deuda con el actor que al final ha dado vida a su Quijote, Jonathan Pryce, “ha aportado nuevas ideas para el personaje, una mirada fresca, realmente cambiaba cada día, de un modo muy libre. Mi idea estaba atrapada en Jean Rochefort, y Jonathan rompió el molde, le aportó libertad y locura.”

¿Cómo ve el futuro del cine Terry Gilliam? Se confiesa optimista porque piensa que “las nuevas tecnologías permiten ahora mismo a cualquiera hacer cine. De hecho las escenas en blanco y negro de la película estudiantil de Toby se hicieron con una cámara GoPro, en veinte minutos, es más fácil y de un coste baratísimo. La gran pregunta es cuántos serán capaces luego de hacer buenas películas, de contar historias. Hay más libertad para crear, puedes aprender, rodar y subir tu trabajo en internet. La diferencia es la pantalla en que se ve esa obra, pero si se es lo suficientemente bueno se puede llamar la atención y acceder a un rodaje más profesional y a las grandes pantallas”. Y añade, siempre con su humor tan 'british' y gamberro: “Quizá esa persona terminará haciendo publicidad”.

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