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Un rostro interesante. Mirarla a los ojos conllevaba sumergirse en honduras insondables, Michèle Morgan fue de esas actrices enigmáticas, que parece que ocultan algo que valdría la pena conocer despacio. Gran dama del cine francés, sus trabajos en Europa fueron mucho más interesantes que los que desarrolló en Hollywood. Ha fallecido a los 96 años el martes, 20 de diciembre. "Los ojos más bellos del cine se han cerrado definitivamente esta mañana del martes 20 de diciembre", informó su familia en un comunicado.

 

Simone Rousell, conocida artísticamente como Michèle Morgan, nació en Neuille sur Seine, Francia, en año bisiesto, el 29 de febrero de 1920. Deseosa de ser actriz, con quince años viajó a París impelida por un amigo que decía poder presentarle a gente importante del mundo del cine; el plan no hizo gracia a su padre, pero sí contó con la complicidad materna. Así que con la excusa de un concurso de belleza, la adolescente viajó a la capital de Francia, donde conoció al actor George Rigaud, gracias al cual pudo debutar como extra en Mademoiselle Mozart (1936). No era un papel con diálogo, pero era un comienzo, y en El pequeñuelo, de ese mismo año, ya pronunció su primera frase de cine.

Se iría formando actoralmente esta actriz rubia de porte aristocrático bajo la tutela de René Simon, y la gravedad que supo imprimir a sus papeles le valdrían más tarde comparaciones con Greta Garbo. El primero que se fija en ella en serio es Marc Allégret y la ficha para Gribouille (1937), donde comparte cartel con Raimu.

Sin duda que su primera película de entidad fue Muelle en brumas (1938), junto a Jean Gabin, a las órdenes de Marcel Carné, un film de cualidades hipnóticas por la niebla que envuelve la entera narración, sobre el amor entre un desertor y una joven que ha huido de su hogar. “Sabes que tienes unos ojos hermosos, ¿no?” es una frase legendaria que Gabin dirigía a Morgan. Del mismo año es Tormenta, donde su partenaire en las tribulaciones amorosas es Charles Boyer, con dirección de Marc Allégret. La mayoría de edad no sólo la marcan sus dieciocho años, sino su madurez cinematográfica, Morgan es ya una estrella, y lo normal es que le concedan papeles protagonistas, como ocurre con La loi du nord (Jacques Feyder) y L'entraîneuse (Albert Valentin), ambas de 1939. Con Gabin vuelve a brillar en 1941 en la sobresaliente Remorques.

Con el estallido de la guerra, es el momento de cruzar el charco e intentar la aventura americana. En Hollywood rueda Juana de Francia (Robert Stevenson, 1942), título de ambientación bélica junto a Paul Henreid, el Laszlo de Casablanca. Curiosa cosa, pues se pensó en Morgan para hacer en ese film el papel de Elsa, que finalmente interpretaría Ingrid Bergman. Y aún más curioso, en 1944 haría junto a Humphrey Bogart Pasaje para Marsella, film cortado por el mismo patrón que la Casablanca que la eludió. La actriz, durante la Segunda Guerra Mundial, iría sumando películas de propaganda para mantener alto el ánimo de la población, como Untel père et fils (Julien Duvivier, 1943) y Two Tickets to London (Edwin L. Marin, 1943). También en 1943 hizo Cada vez más alto, donde compartió pantalla con un jovencísimo Frank Sinatra.

En 1942 se casa con un actor sin demasiado renombre, William Marshall. Con él tuvo un hijo -el poco conocido actor Mike Marshall, fallecido en 2005-, pero se divorciaron en 1948, la ruptura con un Hollywood que no le dio el éxito apetecido supondría también el final de su matrimonio. En 1950 se casaría con el también actor Henri Vidal, con quien coincidió en pantalla en títulos como Fabiola y El diablo siempre pierde, pero Vidal moriría inesperadamente con 40 años de un ataque al corazón. Al año siguiente se casaría con otro cineasta, Gérard Oury, con quien permaneció hasta la muerte de él en 2006; Oury la dirigió en filmes como Le crime ne paie pas (1962).

La actriz se volvió a casa una vez terminada la guerra, y allí sí que saboreó las mieles del éxito con La sinfonía pastoral (Jean Delannoy, 1946), que adaptaba la conocida obra de André Gide sobre la relación entre una joven ciega y un pastor protestante, y que le dio el premio a la mejor actriz en el Festival de Cannes. Dos años después vendría su trabajo para Carol Reed El ídolo caído, que adaptaba un relato de Graham Greene, espléndida mirada a la muerte de la infancia. Siguiendo el periplo europeo, rodaría a las órdenes de Alessandro Blasetti Fabiola (1949), film ambientado en la antigua Roma. Y repetiría con Delannoy en 1950 con Aux yeux de souvenir, en 1952 con La minute de verité -aquí reuniéndose con Jean Gabin-, en 1954 con Obsession, y en 1956 con María Antonieta, reina de Francia, pero el resultado era netamente inferior al de La sinfonía pastoral. Otros directores a los que frecuentó son Yves Allégret -con él hizo la estupenda Los orgullosos (1953)- y René Clair -con quien supo imprimir la necesaria nota trágica a lo que parecía una historia ligera en Las maniobras del amor (1955). Y sería Josefina en el Napoleón (1955) de Sacha Guitry.

A medida que avanza la década de los 50, la estrella de Morgan decae un poco. Sigue teniendo papeles protagonistas, pero los filmes donde interviene tienen menor interés, aunque cabe destacar Le miroir à deux faces (1958), que con el andar del tiempo tendría un remake donde su papel lo asumiría Barbra Streisand. Entre lo que sigue en los 60 destaca Landru (1963), donde Claude Chabrol sigue las andanzas del célebre asesino. En 1966 está en una producción bélica hollywoodiense que se rueda en Hoyo de Manzanares (Madrid), Mando perdido, pero no es nada del otro mundo a pesar de dirigirla Mark Robson. Benjamín, diario de un inocente (1968), a las órdenes de Michel Seville, puede considerarse su canto del cisne, a partir de ese momento sus actuaciones serían esporádicas y breves, una de ellas en Están todos bien (1990), de Giuseppe Tornatore. En Francia le concede la Legión de Honor, y en dos ocasiones es requerida para formar parte del jurado del Festival de Cannes. También publicaría su autobiografía, “Avec ces yeux là”, o sea, “Allí con estos ojos” en 1977, y desarrollaría una inesperada faceta de pintora de arte abstracto. En 1992 se le concedería un César de honor a toda su carrera, y también en Venecia sería honrada con un León de Oro en 1996.

 

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