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También Dios pasa por Hollywood. Doce conversiones de cine (Mary Claire Kendall, Rialp, 263 págs)

La fama cuesta. Formar parte del "star-system" hollywoodiense tiene un precio, a veces demasiado elevado. Lo mismo hoy –podemos pensar en matrimonios rotos como últimamente el de Angelina Jolie y Brad Pitt, el suicidio de Robin Williams o Tony Scott, o las muertes por sobredosis de Heath Ledger y Philip Seymour Hoffman– que ayer, en la época dorada de los grandes estudios. No en balde, y aunque fuera con tintes casi de maldición de profeta, la meca del cine fue comparada con frecuencia con Babilonia, por los escándalos y las vidas rotas de tantas estrellas y aspirantes a estrellas, que sucumbían a los cantos de sirena de la juerga sin fin.

Mary Claire Kendall conoce todo esto y lo describe en su primer capítulo del interesante libro "También Dios pasa por Hollywood", que contiene a continuación el relato de 12 casos de estrellas que a lo largo de una trayectoria compleja encontraron a Dios en momentos diversos de su vida, y la conversión o la vuelta a la práctica del catolicismo les acabó proporcionando la anhelada paz. Se trata sin duda de un punto de vista original y audaz, resulta sumamente atractivo qué influencia tuvo la fe en las vidas de Alfred Hitchcock, Gary Cooper, Bob Hope, Mary Astor, John Wayne, Ann Sothern, Jane Wyman, Susan Hayward, Lana Turner, Betty Hutton, Ann Miller y Patricia Neal.

Nadie debería esperar un libro de vidas ejemplares, al estilo de las biografías de los santos. Quizá el único personaje que podría describirse cabalmente como ejemplar es el de la autora del prólogo del libro, Dolores Hart, en la actualidad la madre Dolores Hart, monja priora de la Abadía Regina Laudis de Conneticut, y que fue actriz en películas como El barrio contra mí, de Elvis Presley.

Mas bien podría describirse, en cambio, y si se me permite citar la descripción de Evelyn Waugh de su novela "Retorno a Brideshead" como "la historia de la acción de la gracia en unos personajes". Las vidas de unos y otras, junto a los triunfos y los premios de unas grandes carreras profesionales, son turbulentas, y se cuentan con humanidad pero sin tapujos sus amoríos numerosos, matrimonios rotos, depresión, adicciones, intentos de suicidios, recurso al aborto, con la descripción de la presión mediática y algunas muertes trágicas en su entorno... Pero en medio de esta vorágine, está el Pescador que tira del sedal en momentos inesperados, e invita al replanteamiento de las cosas, el cambio de vida. Puede ser el ejemplo del cónyuge, de un amigo, la actitud de perdón, las palabras de un sacerdote, un acontecimiento, o una mezcla de todo lo anterior. Y por supuesto, ese proceso puede no ser definitivo, sino que hay un toma y daca en la vuelta a viejas costumbres, y su abandono para volver a empezar.

Todos los relatos atrapan, por la sensación que uno tiene de asomarse al alma de grandes artistas que nos han emocionado en la pantalla, quizá el más logrado sea el de Astor, pero por supuesto que impactan los otros casos, como el de Cooper o el de Neal, que fueron amantes, y cada uno siguió su particular y personal camino. Por supuesto, resulta tarea imposible llegar al conocimiento completo del proceso íntimo de acercamiento a Dios de cada estrella retratada, pero ayuda a hacerse una idea de las dificultades ambientales a que se enfrentan los profesionales del Séptimo Arte.

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