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Leni Riefenstahl (Manuel García Roig, Cátedra, colección Signo e Imagen / Cineastas, 306 págs)

“Ser o no ser”, que diría Ernst Lubitsch, citando a Shakespeare en su sátira del nazismo, he ahí el dilema. Que sólo puede resolverse afirmando que en un estudio riguroso es obligado referirse a sus amiguísimos nazis cuando se habla de Leni Riefenstahl. Hablar de ella es hablar inevitablemente de la ideología a la que sirvió con el arte de sus dos mejores y más conocidas películas, Olimpia y El triunfo de la voluntad. Se puede alabar su maestría, genial concepción visual y magnífica puesta en escena, la cualidad hipnótica de sus imágenes, pero resulta imposible olvidar que ello se hizo a la mayor gloria de Adolf Hitler y sus nefastas ideas supremacistas. A veces la belleza de las evoluciones deportivas en la Olimpiada de 1936 en Berlín, o de las masas enfervorizadas en las grandes demostraciones nazis, conforma una especie de pagana paraliturgia que da miedo, sobre todo cuando se ven los rostros encandilados de las personas, con un entusiasmo tan inexplicable visto en retrospectiva, que tiene algo de diabólico.

Manuel García Roig entrega en el libro número 110 de la colección de cineastas de Cátedra una apasionante semblanza de Leni Riefenstahl (1902-2003), con una detallada mirada a su obra, que en este particular caso tiene rasgos intermitentes, lo que diferencia su texto de otras biofilmografías algo rutinarias, casi siempre obligadas a ofrecer una somera descripción de la trayectoria profesional, para pasar a continuación al análisis individual de sus películas.

El caso de Leni resulta singular por su amplia gama de intereses, que la llevaron a la danza, arte al que hubo de renunciar por una lesión, a la interpretación, al deporte, al montañismo, a la fotografía, a la escritura… Arrancó su carrera en Berlín, en una época en que muchos la consideraban la capital del mundo, en gran medida por las inquietudes artísticas y culturales que ahí se incubaban. Y por supuesto era una mujer que se habría camino en un mundo dominado por los hombres, lo que acrecienta su mérito por el prestigio profesional que alcanzó.

El libro se lee con enorme interés, porque García Roig conecta los intereses de Riefenstahl con las corrientes artísticas de su tiempo, donde se ve impregnada por la voluntad de arte y la nueva objetividad, entendiéndose bien con Albert Speer –se valió de una torre diseñada por él para algunos planos espectaculares de El triunfo de la voluntad–, el arquitecto del régimen.

El autor, experto en estudiar la presencia de la arquitectura en el cine, maneja profusamente, como es de imaginar, los libros de la directora, incluidas por supuesto sus memorias, aunque bucea en otras fuentes. Así, señala cómo el régimen nazi puso a su disposición enormes recursos, incluido un complejo cinematográfico para que ella pudiera desarrollar sus proyectos, algo que ella no menciona en esos recuerdos.

Hay un recorrido por las facetas de Leni como actriz y directora, la ficción y el documental. También del lastre que le supuso el nazismo para vender Olimpia en Hollywood, o para desarrollar proyectos una vez acabada la Segunda Guerra Mundial. Son muchas las obras que deseó acometer y que quedaron en nada, como su anelada Penthesilea, que además quería protagonizar, mitología con una reina amazona. Y otras, como su trabajo sobre África, donde volvía a su querido tema del culto al cuerpo, se desarrollaron de modo irregular. A pesar del reconocimiento de su talla artística, con homenajes como una retrospectiva en el MoMA, le costaba encontrar financiación para sus filmes, y es que nadie quería ver demasiado asociado su nombre al de la directora. Lo cual nos deja pensando en cómo habría sido una realidad alternativa, en que hubiera podido desarrollar su inmenso talento en plenitud, sin el lastre del pasado nefando.

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