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El reverso de la cultura. Mitos y figuras del nuevo fin de siglo (Damià Alou, Cátedra, col. Crítica y Estudios Literarios, 163 págs)

 

Damià Alou es bien conocido como traductor, ha versionado al castellano obras de Charles Dickens, Oliver Sacks, Vikas Swarup, Harold Bloom, Truman Capote y Richard Ford, entre otros. Aquí nos ofrece un ensayo que quiere ser un balance del estado de la cultura en el cambio del siglo XX al XXI, inspirado por el que ofreció Hans Hinterhäuser en su “Fin de siglo. Figuras y mitos”, sobre el paso del XIX al XX, incluso haciendo comparaciones entre lo ocurrido entonces y ahora. Lo hace cargado de erudición, y con el referente de un puñado bien concreto de obras literarias, algunas de las cuales han tenido su correspondiente traslación cinematográfica, a lo largo de seis capítulos enmarcados por una introducción y un epílogo.

El mismo Alou señala que “nada me ofendería más que alguien viera en este libro pretensiones ‘científicas’. Es un ensayo de humanidades, y, como tal, subjetivo.” Y añade, para que no queden dudas, “Quizá alguien lo califique de arbitrario, pero ese es siempre el riesgo, y sin riesgo no hay aventura.” De modo que el valor del su obra, desde una perspectiva personalísima, es la de invitar a pensar sobre el panorama con que hemos inaugurado el siglo XXI, que sería el de una cultura de la decadencia.

A mi entender hay planteamientos muy sugestivos en el ensayo de Alou, en torno al individualismo nihilista que se ha instalado en gran parte de la cultura occidental. Aunque se ve limitado por su perspectiva concreta, a ratos desesperanzada, más lúcida en unos pasajes que en otros –¿eran necesarios los repentinos exabruptos contra el PP y los republicanos USA casi al final del ensayo?, por poner un ejemplo muy puntual–, y en la que no hay espacio para la espiritualidad y la trascendencia, la desaparición progresiva de la religión en la vida social sería otro síntoma más del cambio de siglo, más acentuada que en el anterior, una cuestión que quizá habría merecido un estudio más detallado.

Evidentemente las obras mencionadas y comparadas con otras tantas de un siglo atrás, no pueden considerarse la síntesis completa del estado anímico y cultural de todas las personas hoy, pero sí ofrecen algunas pistas. De modo que tiene interés el paralelismo trazado entre el Patrick Bateman de American Psycho, novela de Bret Easton Ellis, película de Mary Harron, y el Frédéric Moreau de “La educación sentimental” de Gustave Flaubert, incidiendo en la superficialidad y falta de atractivo de unos personajes degradados, el primero yuppie inculto que cuida su aspecto físico, convertido en serial killer. O el análisis de la postura de un Hannibal Lecter, el asesino caníbal protagonista El silencio de los corderos, libro de Thomas Harris y película de Jonathan Demme, con sus ínfulas de superioridad nietzscheana, sabelotodo con gusto exquisito por encima de otros con su misma falta de escrúpulos, pero vulgares, representativo de cierta intelectualidad que se cree superior al resto de los mortales.

Acierta el autor en subrayar los elementos apocalípticos del momento actual, en que el hastío ante el fracaso de idealismos utópicos conduce al anhelo de terminar con todo, apaga y vámonos, parecen decirnos con distintos matices la versiones en cómic, literarias y cinematográficas de Watchmen, El caballero oscuro, El club de la lucha. Alou cita con profusión el Apocalipsis de san Juan, pero su valor es literario, igual que las menciones de Jesús, aquí y en el capítulo dedicado a “El idiota emocional”, no deja de ser llamativo que se le compare con personajes literarios sin consignar al menos su singularidad histórica, más allá de las creencias de cada uno, también importantes.

Y en fin, el subconsciente freudiano más consciente que nunca, constata un “mercado de la carne” que va a más, intuido por Arthur Schnitzler en su “Relato soñado”, y llevado a la pantalla con la explicitud propia de la imagen por Stanley Kubrick con Tom Cruise y Nicole Kidman en Eyes Wide Shut, la saturación del sexo, donde se habla de los límites que impone lo bien visto por la burguesía en cada momento concreto de la historia.

Son apuntes, como el de cierto suicidio cultural, o el del valor de la contracultura, del que puede ser representativa la serie televisiva Seinfeld y sus personajes líquidos un poco de vuelta, que no pretenden ser conclusivos, pero que sí revelan cierto estado de las cosas.

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