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“Tierras de ningún lugar. Utopía y cine” (Antonio Santos, Cátedra, 444 págs)

Los apasionados de los libros de cine recordarán a Antonio Santos por sus libros sobre cineastas japoneses, en concreto “Kenji Mizoguchi”, de Cátedra, y “Yasujiro Ozu. Elogio del silencio”, de la misma editorial. Ahora acomete un ensayo bastante distinto que recopila el material de su ciclo de conferencias impartido en la Fundación Santander entre 2009 y 2011.

En “Tierras de ningún lugar. Utopía y cine”, el autor recorre las películas de todos los tiempos que recogen mundos utópicos, en principio positivos, aunque en la mayor parte de los mismos no es oro todo lo que reluce. Un ejemplo, El bosque, de M. Night Shyamalan, presenta una comunidad aislada creada para alejar a los jóvenes de las injusticias del mundo, que a su vez generará sus propios problemas. Ésta es la característica de casi todos los ejemplos que se estudian, el sueño se convierte en prisión.

Tomás Moro utilizó por primera vez el término “utopía”, para referirse a su isla de la felicidad, una sociedad idílica donde no se cometen errores. El volumen comienza describiendo la vida del santo, y analizando Un hombre para la eternidad, su biografía fílmica, a la que califica como “plana y académica”, aparte de asombrarse de que apenas se aluda a su obra más conocida, “Utopía”, en una breve mención.

Después se detiene en el descubrimiento del Nuevo Mundo, donde los jesuitas trataron de forjar una sociedad ideal. Realiza una interesante disección de dos películas al respecto, La misión, y Palabra y utopía. Le siguen las ciudades de ensueño, entre las que destacan Shangri-La, vista en el clásico Horizontes perdidos, de Frank Capra, donde todo el mundo vive en paz, pero por el contrario, ninguno de sus habitantes puede abandonarlo.

Tras el apartado dedicado a las ínsulas que muestran films como La playa, llega el capítulo más sugerente, dedicado a John Ford, que en sus relatos mostró diversos paraísos en medio de un mundo hostil, como la isla de Haleakaloha, de La taberna del irlandés, el campamento solidario de Las uvas de la ira, y sobre todo la aldea de Inisfree, situada en una Irlanda idealizada por la nostalgia, en El hombre tranquilo.

Tampoco tiene desperdicio el apartado dedicado a los parques temáticos, y alternativas lúdicas de ocio, donde coloca a cintas como Parque Jurásico y Almas de metal. Ni el que versa sobre el sueño socialista, que no resultó ni mucho menos como sugieren las impresionantes películas de Sergei M. Eisenstein, de contenido propagandístico.

La obra, abundantemente documentada, no utiliza un lenguaje demasiado pedante, por lo que se lee con bastante agilidad. Además, está ilustrado con fotografías en blanco y negro de los largometrajes a los que alude. Gustará a quienes no busquen únicamente libros de datos y anécdotas sino que hagan pensar.

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