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Los amores difíciles (Eduardo Torres-Dulce Lifante, Notorius Ediciones, 271 págs)

30 años, el período entre 1930 y 1960. 30 películas de cine clásico en estado puro. Sobre amores. Los amores difíciles del título, que atraviesan mil y una contrariedades, con demasiada frecuencia insuperables. Este libro, como todos los de Eduardo Torres-Dulce, se puede describir sucintamente como “una rendida declaración de amor al Séptimo Arte”, circunscrito casi exclusivamente a la era dorada de los estudios de Hollywood, un período irrepetible en que abundaba el talento y donde las circunstancias permitieron que se formara “la tormenta perfecta”.

La génesis de la obra la constituye, como explica el autor en la introducción, un seminario en el madrileño Club Zayas, donde se programaron la mayor parte de los títulos objeto de penetrante análisis. Varios elementos se constituyen en nexo de unión. Todas son grandes películas. Firmadas por directores indiscutibles, John Ford, Charles Chaplin, William Wyler, Billy Wilder, Frank Borzage, Howard Hawks, Josef von Sternberg, Leo McCarey, Ernst Lubitsch, Kenji Mizoguchi, Alfred Hitchcock, Joseph L. Mankiewicz, Nicholas Ray, Mervyn LeRoy, Irving Rapper, Michael Curtiz, Max Ophüls, Roberto Rossellini, Henry King, Raoul Walsh. Unos títulos son más conocidos que otros, pero todos tienen en común su gran valor artístico y antropológico. Y cubren un abanico amplísimo de distintas manifestaciones del complejo amor humano, donde se dan la mano la entrega, la pasión, la ilusión, la evasión de la realidad, la locura, la generosidad, el sacrificio, la volubilidad, la traición, los celos, la aventura... Ardua lucha la de mantener viva la llama del amor y la superación de los obstáculos. Actores y actrices son grandes “stars”, de las que permanecen eternamente en el firmamento fílmico, resisten el paso de los años, ellos y sus historias.

Resulta una delicia leer el texto de Torres-Dulce. Uno quiere imaginar que escribe lo que le sale de dentro en ese preciso instante, aunque pula el texto, con ese estilo tan característico y personal, en que se encadenan las observaciones. Subyace en sus observaciones una mirada trascendente y se detecta un gran valor humanista en lo que dice, un conocimiento penetrante de la naturaleza humana, que a veces trae a la memoria aquellos artículos memorables que el filósofo Julián Marías dedicó al Séptimo.

El autor da con fórmulas perfectas para describir situaciones y personajes, y hace gala de la erudición cultural tan necesaria en el análisis del cine, y a veces tan ausente en muchos de los críticos actuales. No resulta baladí que entreverados con los estudios de cada película, asomen a veces oportunos poemas de amor, de Garcilaso de la Vega, Lope de Vega, Francisco de Quevedo, Ts'sai Ch'o o Luis Alberto de Cuenca.

Hablando de Casablanca, mencionará cómo “Rick Blaine lleva sangrando en carne viva esa despedida por carta en un andén parisino”. Aludirá a dos Lewis -Lewis Carroll y C.S. Lewis- al comentar Perdición, la mirada al otro lado del espejo y la entrada a otro mundo a través del armario, y esa intuición de que “a ese lado del Paraíso, millones de años tras el Génesis, la mujer, Eva/Phyllis sigue seduciendo a Adán/Walter, ofreciéndole la eternidad de la pasión amorosa, y el varón no gana nada y pierde todo, todo lo que ansiaba más que soñaba, sólo le queda matar, el oficio ancestral del hombre cuando salió del Jardín el Edén. Matar a la mantis religiosa y por ende morir él también. Después sólo queda contarlo.” O al abordar el romanticismo exacerbado de Tres Camaradas, detectará en el film de Frank Borzage la huella del guionista Francis Scott Fitzgerald, “el fulgor del fracaso, el brillo semidestruido de los ideales y la mirada romántica de quien combate y pierde orgullosamente” con la deuda en el sanatorio de tuberculosos a “Thomas Mann y su montaña mágica”.

Sirvan los ejemplos anteriores como botón de muestra de una realidad: que no se guía Torres-Dulce por lugares comunes o tópicos al uso en su recorrido por las treinta películas analizadas, sino que comparte con el lector una mirada propia y sugerente.

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