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Las películas que vio Franco (y que no todos pudieron disfrutar). Cine en El Pardo, 1946-1975 (José María Caparrós y Magí Crusells, Cátedra, colección Signo e Imagen, 308 págs)

Hay libros en que el tema en sí, a poco que se aborde con un mínimo de rigor, supone ya la mitad de la partida. Es el caso de “Las películas que vio Franco (y que no todos pudieron disfrutar)”, sugerente título que despierta inevitablemente la curiosidad, guste más o menos el presunto cinéfilo objeto de estudio, Francisco Franco Bahamonde, vencedor de una horrible guerra fraticida, y jefe del estado español durante cuatro décadas.

A cualquiera le puede apetecer saber acerca de sus gustos cinematográficos, qué películas vio, sobre todo cuando surge el dato de que se proyectaban habitualmente dos películas semanales en su residencia del Palacio del Pardo, en el teatro que albergan sus paredes, acondicionado para proyectar cine, una posibilidad vigente todavía en la actualidad. El dato ha sorprendido incluso al mismísimo Paul Preston, prestigioso hispanista autor de una biografía sobre Franco, autor del prólogo del libro, y que admite que desconocía mucha de la información aportada.

José María Caparrós y Magí Crusells documentan exhaustivamente toda la relación que Franco tuvo con el cinematógrafo, también reproduciendo documentos y con fotografías. Antes de su elaborada y completa investigación, un estudio preliminar de Emeterio Díez Puertas sirve de excelente pórtico, ya que muestra la conexión entre cuatro dictadores y el cine, además del propio Franco, con el que se termina, se fija la atención en Benito Mussolini, Adolf Hitler y Iósif Stalin. Pero enseguida se entra a fondo con Franco, de quien se nos muestra su condición de cineasta amateur, filmando películas familiares y de su estancia en África con su propia cámara. También se aborda su ocasional y breve intervención como actor en la película muda La malcasada (1926), y por supuesto la novela y el guión que dan pie a Raza, dirigida por José Luis Saénz de Heredia en 1941. El mismo director será responsable luego del documental de 1964 Franco, ese hombre. Además de su habitual presencia en el célebre NO-DO.

Pero quizá lo más novedoso y valioso del estudio, es la relación completa de las películas vistas por Franco en el Pardo, pues para esas ocasiones se elaboraban unos sencillos programas de mano, y en el Archivo General del Palacio se conservan 2.037 de ellos, incluso de las escasas sesiones que se suspendieron por algún motivo, 16. Aunque los autores extraen sus propias conclusiones, por ejemplo acerca de los directores o actores más vistos, o de los géneros con más presencia, los títulos, presentados por riguroso orden alfabético, permiten al lector sacar también personalmente las suyas.

Queda clara la idea de que Franco veía mucho cine, pero quizá, se puede añadir, como el resto de los españoles, pues en aquellos años constituía una de las formas más habituales de diversión. Disfrutaba, parece claro, pero no existen muchos datos, desgraciadamente, acerca de qué títulos le agradaban más, e incluso la sensación es que era su esposa, Carmen Polo, la que decía la palabra final acerca de los títulos que se le ofrecían, la mayoría con distribución en España, y que se proyectaban los fines de semana. Realmente no se puede hablar de prohibición directa por parte de Franco de algún título. Los dos más claros, lo fueron por distintas razones: Cristóbal Colón (David MacDonald, 1949) porque no daba una visión ajustada a los hechos históricos, lo que era cierta, y dio pie a una respuesta fílmica, Alba de América (Juan de Orduña, 1951), no muy exitosa; de la otra, Viridiana (Luis Buñuel, 1961), sólo se impidió la exhibición cuando L’Osservatore Romano la tachó de blasfema y obscena.

El libro también da cuenta de las sesiones infantiles para los niños, sobre todo los nietos de Franco. Y ofrece los testimonios de tres personas clave, testigos de primera mano de las proyecciones de El Pardo: Juan Cobos Arévalo, mayordomo, Jaime Moreno Monjas, técnico del NO-DO, y Jorge Palacio Aldea, operador de cabina. Es una lástima que un estudio de estas características no se haya abordado antes, pues quizá se habría contado con más testigos directos que pudieran hablar de la actitud de Franco hacia el cine, aunque el libro aporta unas cuantas muestras, como su comentario acerca del documental sobre su propia persona de Sáenz de Heredia, del que que comentó “demasiados desfiles”. Queda así pues, demasiado espacio para la pura especulación.

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