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Cuaderno de trabajo (1955-1974) (Ingmar Bergman, colección Letras Nördicas, Nørdica Libros, 458 págs)

Ingmar Bergman es un artista que abre el alma en su obra, ello se constata en cada una de las películas que componen su valiosa filmografía, las grandes cuestiones existenciales y su personal mirada se encuentran presentes en cada fotograma. Lo mismo puede observarse en su obra escrita, ya sean los relatos ligados a sus filmes, o sus memorias y reflexiones contenidas en “Linterna mágica” e “Imágenes”. Este “Cuaderno de trabajo (1955-1974)”, que ve la luz en España poco antes de cumplirse el centenario de Bergman, ahonda en esta dirección. Porque verdaderamente nos permite bucear en la vida interior de este gran creador artístico, con la ventaja añadida de que nos ayuda a comprender cómo eran en su caso los procesos que conducían a un guión y a una película, y los estados anímicos que los acompañaban, a veces expresados con una brutal sinceridad, la que permite la conciencia de que ése es un diario personal de trabajo sólo para los propios ojos, aunque luego, esos apuntes íntimos, pasados los años, acaben expuestos a la luz pública.

El cuaderno recorre dos décadas de gran fecundidad artística de Bergman. Y hay algunos años que contienen más anotaciones que otros. El editor, antes de consignarlas, ofrece al lector por años un resumen de los principales acontecimientos personales y familiares del artista, un contexto muy de agradecer. En tal sentido, quizá habría valido la pena una edición anotada, que clarificara algunas frases que pueden resultar de significado oscuro, o circunstancias que incluso el mayor conocedor de Bergman puede ignorar. Por ejemplo un viernes santo de 1965 escribe: “No olvidar: caminar solo con una persona en completo silencio en medio del silencio absoluto de la naturaleza. Puede resultar arduo incluso para una persona fuerte. No sé pero cuando hay sangre es desagradable. Entonces se es auténtico. Algunos quizá se sienten ligeramente exaltados al ver que hay sangre”. En este caso, si se hace la conexión con la pasión y muerte en la cruz de Jesús, que se conmemora ese día, se detectan unas resonancias de enorme interés.

De todos modos pese el encuentro con posibles interrogantes sin respuesta para algunos lectores, en su aspecto final, el cuaderno resulta de enorme valor. Porque se plasman las vueltas y revueltas que Bergman da a sus proyectos, escénicos o cinematográficos: cómo se le ocurren determinados pasajes y situaciones; cómo se crean las relaciones entre los personajes. Y confirmar que las angustias existenciales de unos y otros, en El séptimo sello, Fresas salvajes, Los comulgantes, Como un espejo, Gritos y susurros, etcétera, etcétera, son las suyas.

Resulta sencillamente desgarrador leer las dudas de un creador genial acerca de la valía y utilidad de su arte, una cosa “solo significativa para mí. Y también ese significado es dudoso y está mal cimentado. La cuestión es seguramente si el arte tiene posibilidad de pervivir salvo como un pasatiempo entre otros.” Con humildad ve sus limitaciones: “La única misión del arte es la de, con las modestas posibilidades del arte, recordarles a los seres humanos que pese a todo son seres humanos.” Y consciente de su mirada tendente a la oscuridad y al pesimismo, se repite a sí mismo, pensando en las personas: “Que les tengamos cariño. Tendremos que hacerlo, ¿no? Yo creo que es fundamental. Aunque a saber cómo lo hacemos. Un poco más divertido, señor Bergman, se lo ruego. Amplíe la perspectiva, haga el favor.” También se atisba su vida personal, con la alusión a las distintas esposas con las que convivió durante esos años

Impresionan algunos fragmentos que son auténticas plegarias: “Dios, dame fuerzas para hacer esta película sin miedo”, reza a propósito de Fresas salvajes en 1957, “sin mirar de soslayo y sin abatimiento, y pese a todo con humildad de modo que no haga teatro conmigo mismo sino que hable con sinceridad”. A medida que transcurren los años el lector detectará la evolución que también se nota en sus películas acerca de la trascendencia, el silencio de Dios que le angustia, las dudas que le atormentan. Aunque nunca duda, y se nota en su cine, de lo sagrado como componente del ser humano, patente en la emoción con que recibe la bendición de su padre moribundo, que le lleva a hablar de sus deseos de paz en la tierra, y de cómo deberíamos saber reconciliarnos a tiempo, del valor de pedir perdón y ser perdonado.

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