saltar al contenido principal
Invisible

Paul Auster, escritor y ocasional cineasta, vuelve a entregar una intrincada historia con relatos dentro de los relatos, y donde suena, ‘again’, su característica ‘música del azar’.

Invisible (Paul Auster, Anagrama, 283 págs)

Paul Auster es un narrador brillante, con una increíble capacidad de arrastrar al lector al interior de sus historias. Pero también me da la impresión a veces de que es un fabuloso manipulador, que crea grandes expectativas para luego frustrarlas, tal vez con la idea al fondo de que así es la vida al fin y al cabo, mucha ilusión, muchas metas, muchas ambiciones, que luego acaban desmentidas por la realidad pura y dura.

“Invisible” principia como un relato en primera persona de Adam Walker, un joven estudiante poeta en la Universidad de Columbia, Nueva York, en 1967. En una fiesta conoce a una singular pareja algo mayor que él, Rudolf Born y Margot, que le envuelven con sus encantos. Rudolf parece detectar algo especial en Adam, y le ofrece una inesperada pero atractiva tarea, sacar adelante una revista literaria. Lo cierto es que resulta extraño que confíe tal trabajo a alguien tan joven y a quien no conoce, pero la relación se va estrechando, y van saliendo a la luz la personalidad tiránica de Rudolf, y el interés sentimental de Margot por Adam. Un insólito suceso trastocará toda la relación.

Este primer relato es interrumpido por otro de Jim, antiguo compañero de Adam, que muchos años después recibe una carta suya acompañada del relato que acabamos de leer. El anuncio de una enfermedad terminal y el proyecto literario de contar su vida en 1967, propician un segundo relato, que transcurre en verano, y se cuenta en segunda persona, a diferencia del primero, que era en primera persona. En un alarde de estilo, Auster aún entrega un tercer relato, situado en otoño, narrado en tercera persona. De este modo se produce una fragmentación, donde cambia el rumbo de lo que se nos estaba contando, y donde aparecen nuevos personajes y distintas revelaciones. En tal sentido el autor se lanza a tumba abierta en el relato de verano con la descripción de la relación incestuosa de Adam y su hermana, plagado de detalles eróticos, elemento que ha ido ganando en exagerada presencia en el literatura de Auster.

Personajes perplejos y egocéntricos, un tanto a la deriva, dando tumbos mientras la vida se les va, siguen dominando la narrativa austeriana. Y sin embargo, hay un anhelo de algo más profundo, resulta significativo que Adam encontró la estabilidad y el amor con una mujer afroamericana y su hija adoptiva, trabajando como asesor jurídico en barrios deprimidos. También es significativa la alusión al impacto que ejerce en su ánimo el visionado de la película de Carl Theodor Dreyer Ordet (La palabra): “... recuerda la película que vio con Gwyn dos meses antes, Ordet, el film de Carl Dreyer, sentado junto a su hermana en el anfiteatro del cine New Yorker, y a la mujer del granjero muerta en su ataúd, y sus propias lágrimas cuando el cadáver se incorpora y vuelve a la vida, pero no, dice para sí, eso sólo era una historia, un relato ficticio en un mundo imaginario, y éste no es es ese mundo...”.

Compartir en Google Bookmarks Compartir en Meneame enviar a reddit compartir en Tuenti

Magazine

CALENDARIO ESTRENOS DE CINE