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Nota decine21
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El Señor de los Anillos: El retorno del rey
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El Señor de los Anillos: El retorno del rey

The Lord Of The Rings. The Return Of The King

Principales intérpretes

Crítica decine21.com

estrella
9
Confrontación final
Confrontación final

Cuando una película forma parte de una trilogía, y hace la número tres, un desafío importante para el cineasta es iniciarla con buen pie. Ese tercer título tiene ya a sus espaldas un pasado, un puñado de buenas vibraciones que el espectador ha vivido, pero que quizá están adormecidas. Y se hace preciso despertarlas. Peter Jackson tiene el buen tino de empezar el film recordándonos el pasado de Gollum. Esa desdichada criatura, carcomida por el deseo de poseer el Anillo único, fue tiempo atrás un tipo normal, como cualquiera de nosotros, que se llamaba Smeagol, y que sabía disfrutar de una mañana de pesca en compañía de Deagol, un buen amigo. Explicándonos cómo casualmente, al caer al agua, halló su compañero de pesca ese bonito anillo, Jackson mata dos pájaros de un tiro: nos recuerda que el Anillo está repleto de maldad, que aunque concede a quien lo posee un poder inmenso, corrompe los corazones y empuja al asesinato; y al señalarnos que Gollum no siempre fue un ser repulsivo, el espectador cae en la cuenta del peligro al que está expuesto Frodo Bolsón, el hobbit portador del Anillo. Se nos anticipa que, a pesar de sus buenas intenciones, de llevar su pesada carga hasta el Monte del Destino para destruirlo allí donde fue forjado, el atractivo creciente que emana del Anillo le está transformando: Frodo empieza a parecerse peligrosamente a Smeagol-Gollum.

El film no sólo sigue las evoluciones decisivas de Frodo, acompañado en su incursión a las tierras de Mordor por su fiel compañero Sam Samsagaz, y por el inesperado guía Gollum. Entretanto los que fueron compañeros de la Comunidad del Anillo trabajan a fondo para enfrentarse al todopoderoso ejército de Sauron, el Señor Oscuro. Saben que si Frodo fracasa, todo su esfuerzo será en vano. Pero ellos deben ganar tiempo, poner toda la carne el asador, porque todo lo que hagan es importante cara a la salvación de la Tierra Media. Hasta la más pequeña criatura tiene un papel que cumplir. Por un lado, Aragorn, el legítimo heredero de Isildur, tiene que pensar en asumir sus responsabilidades para reinar en Gondor. Con ayuda del elfo Legolas y el enano Gimli se enfrentará a mil peligros, incluido el de convocar a las tropas del rey de los muertos, que tendrá así ocasión de reparar el perjurio del pasado. El rey Theoden, librado de las malas artes de Saruman, empezará a reunir las tropas necesarias para acudir en ayuda de Minas Tirith. Merry está a su servicio, y Eowyn se destacará en el campo de batalla, siendo la mujer capaz de plantar cara a un Nazgûl. Mientras, Gandalf acude con Pippin a Gondor, para preparar la defensa de Minas Tirith. La tarea no es sencilla, pues Denethor, el Senescal, ha enloquecido de dolor desde que supo de la muerte de su muy querido hijo Boromir. Sometido al influjo de fuerzas oscuras, nunca ha sabido reconocer la valía de su otro hijo, Faramir.

Tres horas y media de espectáculo épico ofrece Peter Jackson, durante las cuales se ha de esforzar por trenzar los diferentes hilos narrativos, y lograr que, ante un espléndido y fuerte tejido, el público no se pierda. ¡Y a fe nuestra, que lo consigue! Jackson, gracias a su guión, coescrito con su mujer Fran Walsh, y con Philippa Boyens, nos lleva de un lado para otro con elegancia y precisión, entrando y saliendo de las distintas tramas justo cuando la historia lo requiere. Dice Jackson: “Los personajes principales no se encuentran ni interaccionan uno con otro, lo que es bastante extraño. Así que siempre buscábamos formas de crear conexiones que transmitieran la sensación de que los hechos están ocurriendo simultáneamente, para dar la ilusión de que, aunque no compartan el mismo espacio, existe una coherencia en el devenir de los acontecimientos.”

Las escenas de batalla son, una vez más, impresionantes. La batalla de los Campos de Pelennor, con populosos ejércitos, poderosas catapultas, o los sorprendentes olifantes, rodada en los increíbles parajes de Nueva Zelanda, tiene toda la capacidad del mundo para dejar boquiabierto al espectador más reticente. Sin embargo, Jackson usó un truco elemental para no convertir aquello en una serie de escenas de acción llamativas pero rutinarias: “Ninguna escena dura más de cinco minutos. Si no, se convierte en impersonal. Aunque los efectos sean todo lo espectaculares que tú quieras, después de unos minutos de observarlos, deja de importarte. Y tienes que empezar a fijarte en los personajes.” Tan es así, que los guionistas personalizaron incluso a uno de los orcos, con más peso que el resto: Gothmog, que apenas tiene presencia en el libro, nos presta sus ojos para ver la batalla desde el campo enemigo.

La espectacularidad del film no impide que Jackson preste una esmerada atención a los numerosos personajes. Aunque precisamente el hecho de contar con tantos, todos con peso, y evitando dar protagonismo absoluto a uno u otro, ha jugado en contra de premios y nominaciones para las actores. De los tres filmes, sólo ha habido una nominación al Oscar para el reparto: la de Ian McKellen, por su composición de Gandalf en el primer film. Pero realmente todos están estupendos, ninguno desentona: Elijah Wood como Frodo, y Sean Astin como el fiel compañero Samsagaz, que lo aguanta todo, están maravillosos. Igual que los otros dos hobbits, Billy Boyd como Pippin (también visto en Master & Commander), y Dominic Monaghan como Merry, y un envejecido Bilbo, que es Iam Holm. El que ha dado un mayor empujón a su carrera ha sido Orlando Bloom, Legolas, que ha rodado luego Piratas del Caribe y Troya; y tampoco ha salido mal parado Viggo Mortensen, que da vida a Aragorn. Luego están John Rhys-Davies (Gimli), Bernard Hill (Theoden), John Noble (Denethor), Sean Bean (Boromir), David Wenham (Faramir), Hugo Weaving (Elrond), y perdón por los que nos dejamos en el tintero. Y entre las chicas, hay tres importantes: Liv Tyler que es Arwen, la amada de Aragorn; Cate Blanchett, la dama Galadriel; y Miranda Otto, que encarna a la guerrera Eowyn.

Rematar la historia, oh, qué difícil es. Pero Jackson y cía lo consiguen. El clímax en el Monte del Destino es impresionante, se logra visualizar lo que escribió Tolkien. Y le dan un toque de sorpresa y suspense, cuando las dudas y el atractivo del mal vuelven a surgir con toda su fuerza. Después, hay varios ‘falsos’ finales (el bromista de Billy Cristal, presentador de los Oscar, decía exagerando que había recibido 11 nominaciones, tantos como finales presentaba la peli), necesarios: en la batalla, en la Comarca, en los Puertos Grises. Porque de verdad hemos llegado, como decía Frodo, al “final de todas las cosas”.

Un hombre llamado J.R.R. Tolkien

Detrás de una de las mejores sagas fantásticas de todos los tiempos se encuentra un profesor de filología inglesa de la Universidad de Oxford: J.R.R. Tolkien. Nacido en Bloemfointein, Sudáfrica, el 3 de enero de 1902, se trasladó a Inglaterra con 3 años, y pronto quedó huérfano, primero de padre y después de madre. Católico convencido, su visión cristiana de la vida impregnó enseguida la creación de una mitología completamente nueva para su obra de ficción, donde se veía lo que podría haber sido Europa hace 6.000 años; la influencia de mitos nórdicos es evidente, pero sólo es un punto de partida. Casado y con cuatro hijos, le marcó hondamente su experiencia en la I Guerra Mundial, donde perdió a varios buenos amigos.

“En un agujero en el suelo vivía un hobbit”. En 1937 logró publicar El hobbit, que se iniciaba con esta frase. El libro era como un cuento largo, pensado para entretener a sus hijos, pero la vivacidad del mundo que se describía allí, poblado de medianos, enanos, magos, trolls y dragones, cautivó a los lectores. El profesor amante de fumar en pipa y amigo de C.S. Lewis, el creador de Las Crónicas de Narnia, imaginó todo el contexto de su mundo fantástico: la creación, que aparecería en El Silmarillion, su libro interminable (se publicó póstumamente en 1977, cuatro años después de su muerte), la historia de las distintas criaturas, sus lenguas y costumbres… Pero sin duda, la obra cumbre de Tolkien fue El Señor de los Anillos, publicada en tres tomos, entre 1954 y 1955.

Amor al fondo
Amor al fondo

Ni el más entusiasta fan de El Señor de los Anillos diría que se trata de una historia de amor romántico. El amor que impregna cada fotograma del film es un amor más excelso, el del sacrificio para salvar al mundo, o el de la camaradería entre amigos que luchan hombro con hombro. Pero también hay amores románticos destacables. Curiosamente, el amor entre Eowyn y Faramir, que tenía una presencia importante en el tercer tomo de la obra de Tolkien, apenas se deja notar en el film: es de suponer que la edición extendida se ocupará de él. En cambio, Jackson, Walsh y Boyens tuvieron claro desde el principio que tendría más relevancia el amor entre Aragorn y Arwen, una historia sólo presente en los apéndices de la novela. El film sabe hacer hincapié en el dilema de Arwen, que si decide compartir su destino con un mortal, sufrirá viendo morir a tantos seres queridos, entre ellos su amado. El anticipo en imágenes de lo que podría ser el futuro, golpea fuerte en el ánimo del espectador.

Las otras dos peliculas

Si La comunidad del Anillo y Las dos torres no fueran dos películas maravillosas, difícilmente El retorno del rey lo sería. Pero Peter Jackson acertó en los tres filmes.

En el primero, los ojos de todo el mundo (y en primer lugar los de los exigentes admiradores de Tolkien) estaban puestos en él. Y Jackson probó su fidelidad a la obra original, no reñida con tomarse pequeñas libertades con tal de que respetaran su espíritu. Fue delicioso el dibujo de La Comarca, un lugar idílico sin ser cursi, en el que a nadie sensato le importaría vivir: plena naturaleza, familia, camaradería, cerveza y una buena pipa, y un montón de historias que contar y escuchar. La presentación de los peligros que corría la Tierra Media, y la formación de la Comunidad del Anillo, con criaturas de distintas razas y linajes, era perfecta. Aunque Rivendel se nos antojaba un tanto frío, esto era compensado por la majestuosidad de Moria. El mago Gandalf era un personaje que rebosaba grandeza y humanidad.

El reto de Las dos torres era ser ‘la película de en medio’: ni el principio en que la curiosidad se pregunta qué habrá hecho Jackson, ni el final en que se resuelve todo. El director mostró una increíble puntería al dar peso específico a Gollum, la criatura corrompida que una vez tuvo el Anillo. Creada digitalmente a partir del trabajo del actor Andy Serkis, este ‘actor digital’ sorprendió a propios y extraños. Sobre todo en los diálogos esquizofrénicos que mantenía su lado corrupto con los restos de bondad que aún alberga su alma. Además, nos ofreció la primera batalla épica de proporciones descomunales, la del Abismo de Helm, que nos ponía los dientes largos acerca de lo que nos depararía la tercera entrega de la saga.

El anillo es el enemigo
El anillo es el enemigo

El Señor de los Anillos nos muestra una confrontación de proporciones épicas entre la buena gente y las fuerzas del mal. El Enemigo es Sauron, el Señor Oscuro, que es descrito en la novela de Tolkien como “el Ojo que todo lo ve”. Aunque se trata de una imagen poderosa, parecía algo limitada para los guionistas, a la hora de dar presencia física al Enemigo. Por supuesto que en toda la trama tienen presencia los servidores de Sauron –los jinetes negros, los orcos, el propio Saruman…-– pero hacía falta algo que hiciera presente al Enemigo. Y claro, ese algo terminó siendo el Anillo. “Es algo que tenemos siempre delante de nosotros”, dice Jackson. “Frodo sabe que lo ama y que lo necesita. Y es en la lucha de Frodo con el Anillo donde reside el corazón de la historia.” Así, desarrollaron la idea de que “el Anillo era algo más que un pedazo de metal en un cadena colgada alrededor del cuello de Frodo.” Explica Boyens: “El Anillo podría hablar a algunas personas, que oirían diferentes voces… Y no serían voces físicas, sino como una energía que se manifiesta en sonido y música.”

Minas Tirith

Quizá la mayor novedad en dirección artística de El retorno del rey sea el maravilloso aspecto de Minas Tirith, una ciudad-fortaleza con varias alturas en forma de espiral, construida en bellísima piedra blanca. La entrada de Gandalf el Blanco con Pippin cabalgando enardece a cualquiera. Para representar la ciudad se construyó una maqueta a escala 1/72 que se utilizaba para los planos generales, con detalles profusamente cuidados en lo que se refiere a edificios, calles y puertas. Para los planos más cercanos se utilizaron maquetas más cercanas al tamaño real (escalas 1/35 y 1/14), que reproducían parte de la ciudad, y se combinaban dichas maquetas con prolongaciones digitales. Jackson pidió planos muy realistas dentro de la ciudad, y muy dinámicos. Su idea era lograr algo tan vertiginoso como las escenas de las naves en los pasillos de la Estrella de la Muerte en La guerra de las galaxias. El resultado final es de quitarse el sombrero.

Poner patas a un proyecto
Poner patas a un proyecto

Hasta que El Señor de los Anillos ha conocido una adaptación definitiva, se ha recorrido un largo trecho con paisajes pintorescos. Durante muchos años el productor Saul Zaentz (Amadeus, El paciente inglés) retuvo los derechos de la novela de Tolkien. Él había producido la versión animada de Ralph Bakshi, de 1978, que no tuvo el éxito apetecido, y que se quedó a mitad de la historia. En ese tiempo existió un guión de John Boorman (Excalibur) e incluso la peculiar idea de que Stanley Kubrick dirigiera una adaptación donde los hobbits estarían encarnados por… ¡los Beatles!

En 1995, el neozelandés Peter Jackson había llamado la atención con Criaturas celestiales. Tanto que desde Miramax llegaron a un acuerdo para producirle una película. A Jackson le apetecía hacer un film fantástico, y estuvo de acuerdo con Philippa Boyens en que si existía una historia fantástica por excelencia, ésa era El Señor de los Anillos. Dudaban que los derechos estuvieran disponibles, pero precisamente Zaentz debía un favor a los hermanos Harvey y Bob Weinstein, por su apoyo a El paciente inglés, así que Miramax consiguió dichos derechos. El camino estaba abierto. Pero no del todo. El desafío era abrumador. ¿Cómo hacer una adaptación que contente a todos los fans? Jackson dio con la respuesta: “Nosotros somos fans, así que sencillamente la escribiremos para nosotros mismos, y para nadie más. Así, tomamos una actitud perfectamente egoísta pero correcta desde el principio. Lo nuestro es una interpretación.” Inicialmente la idea era hacer dos películas, con un presupuesto total de 70 millones de dólares. Era una visión pequeña de un proyecto enorme por definición. Y luego empezaron las notas de Harvey Weinstein, que sugería convertir a los cuatro hobbits en dos, o matar a uno, para dar más emoción. Dice Jackson: “Sonaba como un tipo de la mafia diciendo ‘uno de los hobbits debe morir’.” A esto se sumaron problemas de dinero: Disney, la compañía madre de Miramax, no quiso respaldar el film. La única opción era hacer una sola película de dos horas. Antes que cometer tal desaguisado, Jackson decidió abandonar. Pero… aún había una posibilidad. Como se habían gastado 20 millones en desarrollar el proyecto, el cineasta logró cuatro semanas para tratar de negociar un acuerdo con otro estudio. Y, ¡milagro!, New Line no sólo aceptó producir el film. Le dijeron a Jackson, no sin sentido común: “¿Por qué dos películas? Son tres libros. Deberías hacer tres películas.” Y así fue, tres películas, con el generoso presupuesto de 100 millones de dólares cada una, que se rodarían seguidas.

DVD
Distribuye: Sony
Extras: Español e inglés 5.1. Visión del director. Así se hizo. Especial National Geographic. Documentales.
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