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Nota decine21
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Altamira

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Altamira

1879. Entre las verdes colinas y los picos rocosos de la costa de Santander, María Sautuola (Allegra Allen), una niña de 9 años, y su padre, Marcelino (Antonio Banderas), un arqueólogo aficionado, descubren algo extraordinario que cambiará la historia de la humanidad para siempre: las primeras pinturas prehistóricas encontradas hasta entonces: unos impresionantes bisontes al galope trazados con gran detalle. Pero la madre de María, la dulce y devota Conchita (Golshifteh Farahani), no es la única perturbada por este descubrimiento. La iglesia Católica considera que la afirmación de que las pinturas sean obra de prehistóricos “salvajes” es un ataque a la verdad bíblica. Y, sorprendentemente, la comunidad científica liderada por el prehistoriador Émile Cartailhac (Clément Sibony) también acusa de fraude  a Marcelino y a su descubrimiento. El mundo idílico de María se derrumba y sus intentos por ayudar sólo empeoran las cosas. La familia entra en una fuerte crisis y cierra la cueva. Será necesario todo el amor que se tienen para encontrar el camino hacia la redención y el reconocimiento.

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Crítica decine21.com

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5
Arte prehistórico
Arte prehistórico

En 1879 se produjo en España el que puede ser considerado el descubrimiento más importante del siglo XIX: las cuevas de Altamira. Marcelino Sanz de Sautuola, aficionado a la antropología, se encontraba de excursión con su hija María, de nueve años. Fue ella la que al entrar en una cueva entre las montañas santanderinas vio por primera vez los bisontes en el techo de la cueva. El descubrimiento significaba que el hombre del paleolítico tenía cultura y talento para expresar artísticamente la realidad, y esa visión histórica del pasado significaba una revolución en el pensamiento científico y religioso de la época. Y el mundo ignoró el hallazgo.

El director Hugh Hudson, bastante desaparecido hasta ahora pero que cuenta en su haber con la maravillosa Carros de fuego, se encarga de la dirección de Altamira, que ha contado entre los productores con Lucrecia Botín, sobrina de Emilio Botín y descendiente de Marcelino Sanz de Sautuola. Y es que queda muy claro en la película el principal interés por reivindicar la figura de su antepasado, de modo que se reconozca públicamente su hazaña. Algo, por cierto, que siempre llega con retraso en España –“tan bella y tan injusta”, dice con tristeza el propio protagonista–, siempre dispuesta a menospreciar a sus más grandes personalidades.

De hecho, tanto énfasis se pone en la incredulidad ante el descubrimiento que quizá este sea el mayor problema del film: lo poco que cuenta. Los guionistas, Olivia Hetreed (La joven de la perla) y el debutante en la ficción José Luis López Linares, centran todo su esfuerzo en reseñar el escepticismo con que se recibió la noticia, tanto para el mundo científico –que incluso acusó de falsificación a Sautuola– como por parte de la Iglesia del lugar, que veía en las pinturas un ataque a la doctrina bíblica. Y la verdad es que han puesto mucho interés en hacer especialmente odioso al personaje de Rupert Everett, sacerdote tan oscurantista que tiene trazos de la más ridícula caricatura. Funciona sin embargo la relación del protagonista con su mujer, que se ve atrapada supuestamente entre dos fuegos –su fe en Dios y el amor por su marido– y que a la postre es la que tiene mayor sentido común. Y hay que decir que los diálogos están bien escritos y brillan magníficamente en boca de la niña Allegra Allen en su papel de María.

Probablemente lo más sobresaliente del film, rodado con mucho academicismo, es la pulcritud de su fotografía, luminosa y contrastada, obra de José Luis Alcaine. También está sumamente cuidada la banda sonora, con evocadores acordes de guitarra creados por Mark Knopfler. Los actores cumplen con oficio, con Antonio Banderas y la persa Golshifteh Farahani (A propósito de Elly) a la cabeza. No se entiende, sin embargo, que en la versión original los personajes hablen en ingles en su terruño cántabro.

DVD, Blu-ray
Distribuye: Fox
Extras: Español e inglés 5.1. Documentales.
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  • Últimos comentarios de los lectores (3)

    2019 | Inma - 2016-04-15 21:19:41
    1. Marcelino Sanz de Sautuola era católico practicante y nunca encontró que su fe chocara con su actividad científica. Curiosamente, este aspecto se silencia en la película.

    2. El científico español que más le apoyó, Juan Vilanova y Piera, considerado el padre de la geopaleontología española, también era un fervoroso católico.

    3. No es verdad que la Iglesia católica viera con aprensión el descubrimiento de Altamira como contrario a la interpretación literal de la Creación. Lo cierto es que nadie con autoridad en la Iglesia sostenía la necesidad de interpretar literalmente la Biblia. De hecho, Vilanova y Piera, en 1872, siete años antes de los descubrimientos de Altamira, había publicado una obra, “Origen, naturaleza y antigüedad del hombre”, que incluía dataciones geológicas y biológicas distintas a las de la Biblia y a la que la vicaría apostólica de Madrid había dado su visto bueno. En las palabras literales del censor de la época, “La Iglesia no ha declarado el número fijo de años que lleva el hombre en la tierra… Tampoco vemos que se contraríe el texto sagrado cuando la geología ha descubierto que las capas terrestres nos demuestran que la vida ha debido sucederse por grados en la tierra y aun en razón directa de la complicación del organismo“. Así pues, los personajes de la película que se espantan, aferrados a las cronologías bíblicas, no son creíbles, son una manifiesta manipulación. Como se ve, nada que ver con lo que la película nos intenta hacer creer.

    4. En la película se sostiene que la Iglesia se opuso al descubrimiento y acusó a Sanz de Sautuola de falsificador. No es verdad. No hubo ningún pronunciamiento oficial de la Iglesia Católica, ni en España ni en el Vaticano, sobre la autenticidad o falsedad de las pinturas de Altamira.

    5. Quienes sí se pronunciaron fueron los laicistas, que atacaron despiadadamente el descubrimiento, pensando que era contrario a la visión del hombre prehistórico predominante en la época. La Institución Libre de Enseñanza, con el laicista Francisco Giner de los Ríos a la cabeza y la Real Sociedad Española de Historia Natural, con el laicista Ignacio Bolívar al frente afirmaron que las pinturas eran falsas y se negaron a admitir su autenticidad, poniendo a Sanz de Sautuola en una dificilísima situación. Las críticas también llegaron del extranjero, donde el paleontólogo Gabriel de Mortillet, llevado de su pasión anticlerical, llegaría a escribir acerca de Altamira, en una carta a su colega Carthailac lo siguiente: “No te fíes, amigo, es una trampa que nos tienden los jesuitas a los prehistoriadores para reírse de nosotros”. Es decir, que en 1881 lo que creían los científicos enemigos de Sautuola era que “sus pinturas” eran el fruto de una conspiración de la Iglesia.

    6. Finalmente, y tras mucho sufrimiento, la comunidad científica mundial confirmó la autenticidad de las pinturas. ¿Quién fue el abogado de Sanz de Sautola? ¿Algún científico comecuras? Pues no precisamente: quien logró que Carthailac retirase sus acusaciones de falsificación fue el sacerdote y paleontólogo Henri Breuil. Ya lo ven, los curas empeñados siempre en atacar a la ciencia…

    7. Como explica Carrascosa, la película presenta a la esposa del descubridor como una católica fanática, algo histérica e ignorante, una caricatura que no por repetida deja de ser lamentable y que, por cierto, supone una actitud machista que desprecia la capacidad de raciocinio del sexo femenino.

    8. El párroco de Santillana proclama en la película, para justificar su oposición al descubrimiento: “Mi deber es proteger la fe de la Iglesia”. La frase es absurda, pues ya hemos visto que ni la fe, ni la Iglesia estaban amenazadas por la autenticidad de las pinturas, una apreciación que nadie compartió y menos aún científicos católicos como Sanz de Sautuola o Juan Vilanova.

    9. Más frases absurdas y gratuitas, esta vez en boca de Sanz de Sautola: “Es el hombre desafiando la voluntad de Dios”, “Si alguien explora el misterio de la Creación, le despoja de su grandiosidad”. El científico, como buen católico, sabía que era exactamente al revés: penetrando en el misterio de la Creación se descubre la grandiosidad del Creador. No hay ningún desafío, sino un ir comprendiendo mejor la obra de Dios y un maravillarse ante ésta.

    10. De hecho, esta versión anticatólica de don Marcelino Sanz de Sautuola se contradice con la imagen que de él ha conservado su familia. Ramon Pérez Maura, descendiente del descubridor de Altamira, escribía en un artículo en ABC al respecto que jamás habían oído hablar de nada semejante en la tradición familiar.

    11. Añadía, Pérez Maura que Don Marcelino Menéndez Pelayo, el develador de heterodoxos y herejes, se deshace en elogios hacia su tocayo y paisano: “La verdadera revelación del arte primitivo se debe a un español modestísimo, al caballero montañés don Marcelino Sanz de Sautuola, persona muy culta y aficionada a los buenos estudios, pero que, seguramente, no pudo adivinar nunca que su nombre llegaría a hacerse inmortal en los anales de la prehistoria“. Difícilmente Menéndez Pelayo habría elogiado a Sanz de Sautuola, si cualquier autoridad eclesiástica mínimamente significativa de la época hubiese considerado el hallazgo de Altamira, ya no contrario a la fe, sino una mera dificultad para ella.

    Ramón Pérez Maura atribuye el sesgo anticatólico de Altamira a necesidades del guión: “cabe entender la relevancia del papel malvado jugado en «Altamira» por el párroco de Santillana del Mar como una necesidad narrativa antes que como un hecho histórico de la relevancia que se le da”, y más adelante escribe que se “requiere de licencias para contar la esencia de una historia. Como cualquier obra de arte, «Altamira» las tiene“. Se advierte que Pérez Maura se esfuerza en hacer una interpretación bondadosa de la película en la que su antepasado es el héroe, desfigurado, sí, pero héroe al cabo.

    Los indicios aquí reseñados son demasiados para ser ignorados y apuntan a que se ha querido aprovechar la historia de un científico católico, de un hombre que hace un descubrimiento trascendental y que luego, ante los ataques injustos de sus colegas laicistas, supo defender la verdad y asumir las dolorosas consecuencias, para montar el enésimo ataque contra todo lo que huela a religión católica. Si la víctima es la verdad, la misma que con tanto ahínco defendió Sanz de Sautuola, peor para ella. Ya se sabe que en toda guerra hay daños colaterales y que en la tarea de aplastar a la Infame, que decía Voltaire, uno no se puede andar con chiquitas.

    Lástima. Don Marcelino Sanz de Sautuola no se merecía el ser usado como ariete contra la fe que iluminó su vida. Sí, las películas se toman libertades, pero no hasta explicar lo contrario de lo que realmente sucedió. De asistir a un pase de Altamira, Sanz de Sautuola no habría llegado hasta el The End: se habría levantado, indignado, y habría abandonado la sala donde otro que no es él pretende suplantarlo.

    Un último apunte: quien quiera saber más sobre el tema, Stella Maris ha publicado un libro, “Altamira. Historia de una polémica”, de José Calvo Poyato, donde se pueden encontrar más detalles acerca de lo que realmente sucedió.

    (fuente: Actuall)
    2013 | Marisa - 2016-04-13 06:05:35
    Se deja ver como un producto para fuera de España.
    La primera en la frente, la elección de la actriz iraní Golshifteh Farahani, da un extraño cante exótico a película americana donde español es igual a hispano (recordad a la mujer de Gladiator tan fantásticamente mejicana).
    El look del muy malísimo obispo (Rupert Everett), francamente ridículo y desentonado en una película muy cuidada estéticamente (lleva la cabeza completamente rapada, muy actual y adelantado a su tiempo el monseñor ;).
    Las escenas de los bisontes como que sobran muchísimo porque no vienen mínimamente a cuento.
    También me chirría la música -por muy de Mark Knopfler- me desentona tanto guitarreo de guitarra española sobra en una película centrada en Cantabria. Aunque supongo que esto también es para que los extranjeros que la vean sepan que es España.
    Y, para terminar, me molestan los preciosos caballos frisones negros que tiran del carruaje "de lujo". No podría asegurarlo, pero creo que son una raza relativamente moderna y me rechinar antes como masticar un puñado de arena.
    Aparte, la película se deja ver, pero mejor no ir esperando nada mejor.

    1977 | Maria Ayala - 2016-04-02 00:00:00
    A Uruguay no llego por lo que veo aqui parece excelente como siempre la iglesia defendiendo el atraso para tener siempre a los pueblos en la ignorancia para beneficio de ellos
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