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Nota decine21
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El juez

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L'hermine

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Ganadora de 2 premios

Sinopsis oficial

El juez

Michel Racine es presidente de un temido tribunal de lo penal. Racine, tan duro consigo mismo como con los demás, es apodado «el presidente de las dos cifras». Con él, siempre caen más de diez años. Todo cambia el día en que Racine se topa con Ditte Lorensen-Coteret. Ella es miembro del  jurado que va a juzgar a un hombre acusado de homicidio. Seis años antes, Racine estuvo enamorado de esta mujer, prácticamente en secreto. Es quizá la única mujer a la que jamás haya amado.

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Crítica decine21.com

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6
Atracción judicial
Atracción judicial

El pueblo de Saint Omer, cerca de la costa de Calais. El presidente del Tribunal de lo penal es el juez Michel Racine, que deberá presidir un juicio por asesinato, donde un joven está acusado de matar a su propio hijo de 10 meses. Y ahí se presentará el juez, en un estado griposo. Cuando llaman al jurado popular que decidirá en el caso, Racine ve con estupor que una de las mujeres designadas es Ditte, una doctora danesa que le trató en el hospital tiempo atrás y que le dejó honda huella en el corazón.

El guionista y director francés Christian Vincent (La cocinera del presidente) ofrece una película sencilla, elegante, que recrea con primor la vida y el trabajo cotidiano de un juez, y aunque la trama gira en torno al juicio por asesinato –hay mucha actividad de despacho, de pasillo, chascarrillos de salas y charlas de tribunal–, muy pronto el espectador se da cuenta de que esa mínima intriga judicial no importa lo más mínimo. El juez habla de las relaciones humanas, de personas normales, anodinas, que como todos los seres buscan la compañía, la comprensión, el amor. Éste puede aparecer de improviso y entonces la vida gris se convierte en luminosa, el gesto serio en sonrisa, el corazón cerrado en fuente de bondad.

De manera muy sutil vamos viendo cómo influye la vida de Ditte sobre lo que hay a su alrededor, especialmente sobre el juez Racine. De una ternura infinita resultan los planos en que ella toma las manos de sus pacientes. Se entiende entonces bien el pasado de Racine, cuánto le debe a la doctora. A veces un gesto de compasión, de amor generoso, es lo que se necesita paras seguir viviendo. Y más que mostrarlo, esto lo logra Christian Vincent con sugerencias, momentos fugaces. En este sentido, la sutil escena final es de una potencia preciosa.

Gran parte de la fuerza del film es el dibujo claro, aunque leve, del juez, un hombre que bajo una capa de seriedad e incluso displicencia, oculta en realidad una gran timidez, como uno de esos hombres ridículos, timoratos, a los que jamás les ocurrirá nada. Ese estado de mediocridad, de insignificancia –que el guión subraya sabiamente con su estado enfermizo– lo encarna como nadie el enorme actor Fabrice Luchini (Molière en bicicleta). Y el contrapunto perfecto es la presencia de Ditte (sobresaliente Sidse Babett Knudsen, protagonista de la serie Borgen), mujer segura, de serenísima belleza, y de su adolescente hija (Eva Lallier), llena de vitalidad y despreocupación.

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