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Nota decine21
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La batalla de los sexos

La batalla de los sexos

Battle of the Sexes

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Sinopsis oficial

La batalla de los sexos

A raíz de la revolución sexual y la progresión del movimiento feminista, el partido de tenis que tuvo lugar en 1973 entre la número uno mundial del tenis femenino Billie Jean King (Emma Stone) y el excampeón de tenis pero también estafador Bobby Riggs (Steve Carell) fue anunciado como “la batalla de los sexos” y se convirtió en uno de los eventos deportivos más vistos de todos los tiempos, alcanzando la cifra de 90 millones de espectadores en todo el mundo. Mientras la rivalidad entre King y Riggs alcanzaba su máximo apogeo, fuera de la cancha, cada uno de ellos libraba batallas más personales y complejas. La ferozmente militante King no abogaba solamente por la igualdad, sino que también luchaba por aceptar su propia sexualidad, mientras desarrollaba una íntima relación con Marilyn Barnett (Andrea Riseborough). Y Riggs, una de las primeras celebridades –por méritos propios– de la era de los medios de comunicación, lidiaba con su particular demonio, la ludopatía, a expensas de su familia y de su mujer, Priscilla (Elisabeth Shue). Juntos, Billie y Bobby proporcionaron un gran espectáculo de índole cultural cuyo eco repercutió más allá de la pista de tenis, provocando discusiones tanto en dormitorios como en salas de juntas que todavía siguen resonando hoy en día.

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La batalla de los sexos
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Crítica decine21.com

estrella
6
Cuestión de derechos
Cuestión de derechos

Una película basada en hechos reales, en los años 70, cuando las mujeres tenistas luchan por un reconocimiento que ya reciben de sobra los hombres por su habilidad con la raqueta, y que debería traducirse en sueldos equiparables. Esto dista de ser una realidad, de modo que Billy Jane King, la numero uno del circuito, desafía a la Federación estadounidense con otras compañeras poniendo en marcha su propia competición, la Virginia Slims. Viendo esta “batalla de sexos”, el antiguo campeón Bobby Rigs, aficionado compulsivo a las apuestas y showman empedernido, decide aprovechar la coyuntura para lanzar su propio reto de hombre contra mujer en la pista de tenis. Jugará sucesivamente contra dos números uno, Margaret Court y la citada King; la propuesta de estos partidos de exhibición conocidos como “La batalla de los sexos” enseguida despiertan la atención mediática.

Si hubiera que juzgar esta película en términos de categoría de torneos de tenis, sin duda que no entra dentro del Gran Slam, tal honor corresponde a otra película dirigida por el matrimonio constituido por Jonathan Dayton y Valerie Faris, Pequeña Miss Sunshine. No significa esto que sea un título desdeñable. Y es que, siguiendo con la comparación, hay simpáticos torneos en el circuito que aunque no sean memorables merecen la pena ser jugados, bien lo saben los tenistas, ya sea por mantenerse en forma, hacer un guiño de complicidad a las ideas dominantes o engrosar la cuenta corriente, hay que ganarse la vida.

La pareja de directores sigue contando con guionista único de prestigio. Si en Pequeña Miss Sunshine les hizo un libreto impecable Michael Arndt, y en Ruby Sparks tal papel le correspondió a la también actriz coprotagonista Zoe Kazan, aquí les respalda Simon Beaufoy, que hizo para Danny Boyle Slumdog Millionaire, por cierto que Boyle figura en en La batalla de los sexos como productor.

La película de entrada está planteada como la lucha de unas mujeres que tratan de hacer valer sus derechos en un mundo machista dominado por los hombres. Esta parte funciona razonablemente. Al mismo tiempo, se sigue la trayectoria personal y sentimental de Billy Jane King y Bobby Rigs, para plantear otras batallas de sexos diferentes a las del tenis y la equiparación profesional. Por un lado para abordar la atracción de King, una mujer casada, por las mujeres, que tiene un respaldo en los dos modistos homosexuales, que la visten para la cancha; por el otro para hablar del matrimonio de Riggs, a punto de irse al traste por su ludopatía y tendencia al exceso. En esta apartado íntimo, sobre todo en el romance de King con una peluquera, la narración se hace morosa y poco convincente, no existe ningún sentido de la lealtad debida o de la necesidad de poner las cartas boca arriba, y pese a la asombrosa transformación de la oscarizada Emma Stone en King, algo chirría, quizá la intencionalidad de vender derechos LGBT resulta demasiado obvia. En cambio, y dentro de que es un personaje agradecido, Steve Carell como el bufón patético Riggs resulta decididamente mucho más convincente.

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