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Una asignatura pendiente

He encontrado hace poco los resultados de una encuesta realizada hace poco menos de un año en Estados Unidos, que a España se puede extender sin duda, y que desvela algo no menos triste por más previsible. A los jóvenes “millennials” no les interesa el cine clásico.

Aunque desconozco la metodología utilizada por FYE pare interrogar a millennials y mayores de 50 años, ni los resultados completos de su investigación –sólo he encontrado resultados parciales en el comentario en The New York Post tirando de un ovillo que me descubre en Twitter mi estimado colega Gonzalo del Prado–, lo cierto es que sale a la luz un gran desconocimiento del cine clásico entre el espectador joven medio, a lo que se suma una desgana por acceder a él. Me temo que no tienen a quien les descubra el valor de ese cine. Y que seguramente les ocurrirá lo mismo con los libros que leen, si es que lo hacen, obras recientes que hablen de sus problemas, como si los clásicos no abordaran temáticas “for all seasons”, “para todas las épocas”.

Entiendo que un joven a priori se vea más atraído por lo que se hace hoy que por lo que se hizo hace 50 años, por decir un decir. Pero hay también un problema de educación. No se enseña a ver cine. Q menos de un 25% de los millennials haya visto de principio a fin una película de los años 40 y 50 no es sólo una curiosidad, sino que es un tema preocupante que habla de analfabetismo profundo en el Séptimo Arte. También que un 30% de esos jóvenes no haya sido capaz de ver entera una película en blanco y negro, escudándose el 20% en que algo de esas características sólo puede ser “aburrido”. Menos de la mitad de esos millennials admite haber visto clásicos como Casablanca, Matar a un ruiseñor, Sonrisas y lágrimas e incluso Cadena perpetua, de los 90. E incluso algunos reconocen que no se atreven a decir a sus amigos que han visto un título antiguo, para que no les tachen de anticuados.

A cambio, el 10% de los mayores de 50 años no está seguro de haber visto una película actual posterior a 2010. Curiosamente, jóvenes y mayores coinciden en las cualidades que debe tener un clásico: una buena trama, que resista el paso del tiempo, y escenas o diálogos memorables.

Parece claro que en la formación de los gustos, además de la ausencia de formación escolar en cine clásico, influye el modo en que unos y otros ven el cine, su familiaridad con las nuevas tecnologías y su disposición a salir de casa. Los jóvenes lo ven sobre todo en salas o en streaming, lo que significa películas muy recientes, pues las plataformas digitales más populares son Netflix y Amazon. En cambio los mayores, además del DVD y Blu-ray, están también bastante atentos a la programación televisiva en abierto o por cable, donde canales como TCM emiten los clásicos que saben apreciar.

Sería injusto achacar el poco conocimiento del cine clásico de los millennials a puro desinterés o desidia. Está claro que los jóvenes siempre han prestado atención a lo que resultaba novedoso o nunca visto, en cualquier área. Pero hay una parte educativa, por parte de las escuelas y las familias, que si se ha podido descuidar, y que termina trayendo como consecuencia que una película de Quentin Tarantino se considere el clásico más antiguo que se está dispuesto a admitir. Sólo el prestigio de un educador o un familiar que dice “esto merece la pena”, puede ser en estos momentos lo suficientemente desafiante para sacudir inercias en los millennials. ¿Para cuándo obligatoria la alfabetización audiovisual, donde se cultive el gusto y el espíritu crítico? Asignatura pendiente, y no sólo para septiembre...

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