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Cuatro años después del escándalo Watergate en 1972, ya teníamos un peliculón sobre el caso y la investigación periodística del Washington Post.

Todos los hombres del presidente la protagonizó Dustin Hoffman. Ironías del destino, el nombre del pequeño gran actor se ha visto salpicado por un escándalo que no para de engordar como inmensa bola de nieve deslizándose por la ladera de la montaña, y que con Harvey Weinstein destacado a la cabeza amenaza con arrastrar por el camino a todo el que tuviera una actitud sexual más o menos indecente, desde violaciones a tocamientos y proposiciones deshonestas, pasando por humillaciones de conversaciones obscenas. Y no sólo en el mundo del cine, los políticos ingleses ya se tientan la ropa, nunca mejor dicho, tras la dimisión del ministro de defensa Michael Fallon.

Para hacer Spotlight, una película sobre los abusos sexuales ocurridos en la diócesis de Boston, a partir de la investigación de los reporteros del Boston Globe se tardó un poco más, trece años. En este caso el resultado fue el Oscar a la mejor película en 2016, aunque tampoco había salido mal librado antes el film de Alan J. Pakula, que ganó cuatro estatuillas doradas, incluida la del de mejor guión.

Hollywood ha cultivado con frecuencia el cine dentro del cine, muchos de esos títulos se pueden consultar aquí. Se trata de un narcisismo disculpable, pero la pregunta del millón es cuánto tardará en plasmar en la pantalla la lamentable historia que todos los días trae nuevas y lamentables noticias.

Está claro que es fácil predicar y abrazar todo tipo de nobles causas, cuando los problemas son de los otros, pero en cambio pedir perdón y rectificar por la ley del silencio que parece haber imperado durantes muchos, muchos años, en la meca del cine, es otra cuestión. Y no –o por lo menos, no del todo– por mala voluntad, sino porque el estupor en muchos profesionales del cine ante la magnitud de lo ocurrido es manifiesto. Se ha sido tan liberal y abierto en cuestiones sexuales, incluidas nostalgias de mayo del 68, todo está permitido, desinhíbete, fuera tabúes, pilla cacho, aprovecha que estás arriba (o abajo, para ceder a las presiones de turno, y subir un poquito en el escalafón), etcétera, etcétera. Incluso a veces, la respuesta ante el machismo rampante era un igualitarismo, o sea, que la mujer pudiera abusar o irse de juergaza igual que el varón. Y en cambio, se han ridiculizado tanto situaciones como la de ¡ser virgen a los 40!, esperar al matrimonio, etcétera, etcétera.

Ojalá me equivoque y un Hollywood verdaderamente contrito esté preparado para hacer pronto una película sobre el presente escandalazo, y que además se lleve un montón de Oscar, por lo equilibrado, emotivo, sensible, de la propuesta. Pero mi impresión es que muchas cosas han de cambiar todavía, y que llevarán bastante tiempo, para que esto sea posible. Porque aquí se trata no sólo de implantar estrictos códigos de conducta, o de castigar al macho hasta ahora en posición dominante, leña al mono que es de goma. En realidad se trataría de adoptar una visión del sexo más respetuosa con la inmensa dignidad de la persona. Antropología pura frente a frivolidad hedonista. Y esto cuesta más.

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