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Estos días, cuando uno lee publicaciones de cine, en vez de encontrarte con grandes titulares sobre noticias de rodajes, o informaciones sobre avances técnicos o asistencia de espectadores a las salas, lo que hallas son dimes y diretes sobre los escándalos sexuales que conmocionan a Hollywood.

 

No hay día en que alguien nuevo tenga algo que decir, o en que unas protestas o denuncias generen la correspondiente contraprotesta, una espiral que no está nada claro adónde conduce. Hoy mismo, en relación a lo que ocurre en España, me llega un comunicado de CIMA (Asociación de Mujeres Cineastas y de Medios Audiovisuales), donde entre otras cosas se dice que “el desproporcionado interés, a veces morboso, que suscita este tema no es sino reflejo de la misma ideología que considera a las mujeres como objetos”.

Existen abusos, sí. Deben ser denunciados y expuestos a la luz, por supuesto. Los culpables debería ser castigados, y las víctimas defendidas. Y también existe el derecho a la presunción de inocencia, los hechos que se exponen deben ser probados. Lo que resulta complejo cuando el tiempo ha pasado y no hay modo de hacerlo.

Pero me pregunto además si no se cierran los ojos ante la madre del cordero del problema, la consideración que tiene la sexualidad en nuestra hiperotizada sociedad, saturada de reclamos, donde se bromea frívolamente con la pornografía, y en que todo vale en aras a la libertad de elección. En los días pasados en Madrid, en un teatro gestionado con medios públicos, se ha invitado a los espectadores a contemplar una bacanal de sexo explícito y sangre que duraba 24 horas, arte vanguardista y transgresor dizque, además de homenaje a la tragedia griega y otras mandangas. Pero en fin, ahí tenemos las sombras de Grey, delenables en su exigua antropología, de las que pronto tendremos una tercera entrega, 50 sombras liberadas, tiene guasa el título.

Hubo una época en que se nos hablaba de represión sexual, el tema era tabú, sólo podía ser tratado clandestinamente. El 68 rompió con todo eso, no había reglas, valía todo, ley de péndulo al canto. Ni siquiera la edad era un problema, algo que ha cambiado en la actualidad, hay una idea de que los menores deben ser protegidos, aunque hay mucho hipocresía en esto, pues se les protege sólo de la potencial agresión física, y hasta cierto punto, pues con sus móbiles y en los medios de comunicación están expuestos a un material de difícil digestión.

El sexo se ha reducido a mera actividad placentera, desligada del amor y la responsabilidad, es un juego. Y claro, añado yo, con ese punto de vista un juego peligroso, susceptible de desarrollar todo tipo de patologías.

Las acusaciones que pesan sobre Harvey Weinstein, por muy repulsivas que nos puedan parecer, responden al modelo clásico del productor poderoso, forrado de dinero, que piensa que puede ejercer su poder acostándose con quien le apetezca. Mientras que, en el otro lado, las hay que piensan que pueden conseguir un papel en primer lugar con su "body".

Más preocupante me parece lo que le ha ocurrido al joven comediante Aziz Ansari, de origen indio, su caso resulta paradigmático del monstruo que hemos creado, y no me refiero al actor, sino a un amplio sector juvenil y no tanto. Porque Ansari, divertido y ocurrente en Master of None, muestra en su show un estilo de vida en que el sexo ocasional es normal, e incluso ante las reticencias si se trata de un adulterio, puede haber circunstancias –el marido es un borde– que lo excusen. Por otra lado, la denuncia anónima de Babe bajo el seudónimo de Grace prueba que un famoso que no hace ascos a una mujer atractiva que busca guerra, corre serio peligro de verse en el ojo del huracán si no es capaz de adivinar lo que la otra está dispuesta a conceder y lo que no. Ansari quería llegar hasta el final, Grace –un nombre que tiene… maldita la gracia– se siente incómoda, pero no le para los pies. “Los tíos sois siempre igual”, le dice ella cuando al fin expresa claramente que no quiere seguir, a lo que el otro hace caso y pisa el freno.

Bien, pues aquí tenemos un caso lamentable… por el modo en que el sexo está desconectado del amor, por su conexión con la feria de las vanidades de la fama, por la falta evidente de compromiso y por una innecesaria exposición pública por parte de una persona –y de la web que acoge sus chismes– que no parece medir las consecuencias de sus actos, y que con su actuación puede cargarse –o al menos perjudicar– la carrera profesional de otro, que por supuesto, tampoco demuestra ninguna sensatez.

Las palabras pudor, modestia, castidad, continencia, provocan risas en una sociedad que ha banalizado la sexualidad hasta extremos insportables, y que no reconoce que determinados excesos provienen de esa paupérrima visión del ser humano. Visión recogida con demasiada frecuencia por películas y series televisivas, amén de programas de chismorreos morbosos. O sea, no creo que la solución consista sólo en aprobar códigos de conducta, o en estar vigilantes. Hay que cambiar el chip. Y la pregunta del millón es si hay voluntad de hacerlo.

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