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¿Por qué lo llaman "intimidad" cuando quieren decir "sexo"?, podríamos preguntarnos parafraseando el título de una conocida película. Las luces de alarma ante los abusos sexuales de artistas y productores se han encendido, pero quizá la solución cierra los ojos ante una parte, grande, del problema.

El éxito de Bohemian Rhapsody, el biopic de Freddie Mercury con la historia de su banda Queen, ha sido incontestable. El público ha ida a verla y ha salido encantado de su visión romántica acerca de cómo un “paqui” –así le llamaban despectivamente los xenófobos de turno por su aspecto exótico debido a su origen parsi– logra triunfar con rotundidad y talento en el mundo de la música.

En cambio, parte de la crítica ha denostado la película, calificándola de “blanda” en el mejor de los casos, al parecer no es suficientemente realista, ya que no se recrea a la hora de mostrar su hundimiento en las drogas y su vida promiscua, se ve que piensan que en vez de recrear casi en tiempo real los veinte minutos de su memorable actuación en el concierto Live Aid de 1985, habría sido mejor haber dedicado ese metraje muy gráficamente a la orgía y el desenfreno.

Sí, los hay que no entienden lo que es la elipsis o el fuera de campo, o simplemente el buen gusto. Y que el espectador prefiere salir reconfortado de la sala de cine, con una historia de superación tras el descenso a los infiernos, que rebozarse en el fango de la miseria, que, por supuesto, podría salpicarle. No se trata de ignorarla o pasarla por alto, pero en tiempos de cine hiperrealista parece que se han olvidado valiosos conceptos narrativos como la capacidad de sugerir, apuntar, etcétera.

El pasado 25 de octubre leí en The Hollywood Reporter que HBO había decidido que todas las escenas de sexo de sus producciones fueran supervisadas por un “coordinador de intimidad”. El motivo, que en tiempos de #MeToo y denuncias de abusos sexuales dentro y fuera del set, había que velar por la integridad física y mental de los artistas, que nadie se sobrepase o se aproveche de su condición de “estrella” o “poderoso”. Me parece perfecto que se vigile que integrantes de los equipos de rodaje, técnicos o actores, para que no atraviesen líneas rojas que nunca deberían cruzarse. Pero…

¿Pero no sería mejor prescindir de tantas escenas de sexo prescindibles? ¿De verdad que hay que escudarse en la manida frase de que “lo exige el guión”? ¿A quién queremos engañar? Me parece un recurso poco noble, apelar a los instintos más primarios del público cuando faltan el ingenio y las ideas. O que el actor o la actriz de turno tenga que pasar por el aro de exhibirse desnudo. Y que la respuesta a que resulta machista desnudarlas a ellas sea… ¡desnudarlos a ellos!, un concepto bastante paupérrimo de la igualdad. ¿No sería más respetuoso con la dignidad de las personas evitar algunos tragos indeseables, o tener la habilidad para insinuar con delicadeza más que mostrar groseramente? Se habla de abusos, y tal vez los haya, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, pero a veces se exige a los actores y actrices que sean de piedra, lo que como mínimo parece poco realista, sobre todo poniéndoles en situación con determinados estímulos, y sabedores de su posición de fuerza cuando su presencia en la película resulta imprescindible, y poco se les puede chistar.

“Más escenas de cama, por favor, es que lo pide la gente” resulta un planteamiento sencillamente lamentable. Visualizar al director o el productor de turno espetando mientras se ruedan esas escenas íntimas algo así como “venga, poned un poquito más de entusiasmo, que se supone que lo estáis pasando estupendamente”, me indigna. Se pueden hacer las cosas mejor, se deben hacer mejor. Bienvenidos sean los “coordinadores de intimidad”, pero también me gustaría que hubiera “guionistas de intimidad” y “directores de intimidad”, que sepan cerrar las puertas como hacía con picardía y maravillosamente Ernst Lubitsch para sugerir las escenas de alcoba.

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