saltar al contenido principal

Como hace todas las semanas, mi colega de “La Luna de Metrópoli” Javier Estrada me solicitó hace unos días las estrellas para calificar los últimos estrenos. Pocas veces he sentido más la frustración de reducir mi mucha o poca estima por una película, que a la hora de puntuar “La casa de Jack”.

Y es que a la hora de decir qué me ha parecido La casa de Jack, la recién estrenada película de Lars von Trier, si tuviera que calificar su pericia técnica, su fuerza visual, su capacidad de plasmar en la pantalla lo que bulle en su interior, parecería lógico concederle la máxima puntuación, 5 estrellas o casi, porque el cineasta danés rezuma talento por los cuatro costados. El director de Rompiendo las olas, Bailar en la oscuridad y Dogville domina su oficio como pocos, es un artista y un creador grande, de eso no me cabe la menor duda.

Por otro lado, pocas veces he visto una obra más atormentada y habitada por demonios interiores, que la de Lars von Trier. Ocurre en su entera filmografía, pero la convulsión de sentimientos, emociones y pesimismo acerca de la naturaleza humana, de abierta rebelión de la criatura contra el Creador, llega al paroxismo en títulos como Los idiotas, Anticristo y, ahora, La casa de Jack. Hay poco espacio aquí para el amor, y su efecto balsámico y redentor, este esencial elemento para seguir adelante asoma en su cine a veces, pero menos de lo que sería de desear. Me venían a la cabeza las pinturas negras de Goya, y me preguntaba cuando veía el film si será el paso del tiempo el que permitirá juzgar con más mesura una serie de películas, que hoy por hoy, resultan repulsivas.

En La casa de Jack se produce una completa abdicación a la hora de asumir una postura ética. El protagonista interpretado por Matt Dillon, ingeniero que desea construir una casa perfecta que nunca le satisface, derriba una y otra vez lo que edifica, sólo parece satisfacerle esa que vemos al final (atención, spoiler, quien avisa no es traidor). Una macabra estructura, confeccionada por los cadáveres de las personas a las que va asesinando de modo bastante irracional, a veces la violencia parece guiada simplemente porque quien tiene al lado es completamente impertinente y le irrita, por su locuacidad, o su estupidez. Pero otras veces ni siquiera esas sin razones ayudan a entender sus inexcusables acciones. No, no es tampoco la tan cacareada violencia de género, sobre la que Von Trier parece ironizar. De modo que el ser humano, el artista, ¿von Trier?, está labrándose continuamente su descenso inevitable al infierno, no hay otro destino, sólo somos capaces de mal, parece decirnos pura y simplemente el director.

Son dos horas y media de metraje, con momentos hipnóticos y otros insoportables. Con pasajes sádicos que invitan al rechazo, no parecen necesarios los excesos en que cae Von Trier para sostener su punto de vista. La tremenda desmesura, la declaración explícita de que no es posible salir del abismo, en el que estamos con nuestro particular guía dantesco por el infierno, un Bruno Ganz muy recordado por su Hitler en El hundimiento, es la que me llevó a dejar mi puntuación en una solitaria estrella. No creo que ni ésta, ni una hipotética máxima puntuación, o el justo medio, pudieran hacer justicia a la película, lo que me confirma en la idea de que las estrellitas, guía de espectadores apresurados que no quieren leer una crítica razonada, nunca son suficientes. Entiendo lo prácticas que son, pero a veces hay que pararse a leer un poco, antes de decidir ver una película. Si no, luego, vienen las sorpresas, quejas y lamentos, y hay que pedir, por favor, como decía otro amigo periodista cinematográfico, Javier Cortijo, remedando el título de un film de François Truffaut, “no disparen al crítico”, a lo que, conociendo la afición de tantos que no pueden evitarlo, es su carácter, añadía, “o apunten entre los ojos”.

Compartir en Google Bookmarks Compartir en Meneame enviar a reddit

CALENDARIO ESTRENOS DE CINE