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Leo hoy que Rutger Hauer recibirá un premio a toda su trayectoria en el prestigioso Festival de Cine de Lucca, que se celebra en esa ciudad toscana.

¿Prestigioso? Tal vez, aunque este cronista admite que es la primera vez en su vida que oye hablar de tal certamen. Googleando descubro que el Festival de Lucca celebró su primera edición en 2005. Estupendo. Todas las iniciativas para impulsar el cine son fantásticas y me parecen pocas. Y sin embargo… ¿No habrá una inflación de premios de cine que recompensan toda una carrera fílmica, otorgados por festivales variopintos y asociaciones benéfico-taurinas de distinto corte?

Hace unos días leí que Julie Andrews recibiría otro premio de estas características en 2019 en el Festival de Venecia. No pude evitar recordar que la misma distinción se la concedió el Festival de San Sebastián en 2001, aunque en ese caso la actriz no pudo venir a recibir el premio, pues pocos días antes del festival ocurrieron los terribles atentados terroristas del 11-S. No es lo habitual, en general los festivales amarran que el premiado vendrá a recibirlo, salvo causa mayor como era el caso.

Los premios son reconocimiento. A nadie amarga un dulce, y el distinguido estará más o menos contento con que se acuerden de él, y le rindan pleitesía, aunque a veces ocurra cuando ya se tiene una edad avanzada, o habiendo recogido antes otros tropecientos premios. Pero a nadie se le escapa que estas distinciones son también una evidente triquiñuela de los festivales para dar lustre a la alfombra roja, lograr un poco de glamour y flashes en las revistas de papel couché y píxeles de relumbrón.

El procedimiento estándar de un festival para conceder un premio, como casi todo el mundo sabe, sigue los siguientes pasos. 1) Se hace una lista de cineastas más o menos merecedores de un premio, o sea, que no se te caiga la cara de vergüenza si los distingues. Vale la pena poner el ojo en alguien que no haya sido muy premiado, porque entonces la cosa cobra más valor. Por supuesto importa mucho el tirón mediático. 2) Tiras de amiguetes que puedan acceder a la codiciada estrella, y que puedan decirle que ánimo, chaval, chavala, vente “pacá”, que lo pasarás muy bien, que son gente muy maja, y la ciudad es estupenda, y bla, bla, bla… 3) Por supuesto, sólo anuncias el premio si la persona pensada acepta y requeteacepta, y se compromete estar en el festival en las fechas señaladas.

Como los festivales y asociaciones de críticos proliferan como setas, lo mismo ocurre con los premios. Y en fin, hay actores y directores que son muy agradecidos y se apuntan a un bombardeo, y otros que entran en modo “temporada de premios”, y en un año van a recoger varios, como ha ocurrido recientemente con Judi Dench.

Total, que los premios a toda una vida profesional, excepto en el caso de los Oscar y otros casos muy puntuales, tienen un valor relativo. Quizá un detector de su prestigio, es si se está dispuesto a conceder un galardón, aun sabiendo que es harto probable que el recompensado no se pase a recibirlo. El “tímido” Bob Dylan no fue a recoger el Nobel de Literatura, y el esquivo Jean-Luc Godard no fue a por Oscar honorario. Son las excepciones en un conjunto de premios que han perdido parte del sentido que tienen. Y perdón por señalar la obviedad, el emperador está desnudo.

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