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Blog de Hildy

Me cuentan que el mejor crítico de cine es un algoritmo

Han cerrado casi todos los videoclubes. Las salas de cine tienen que programar ópera y documentales de arte en busca de la supervivencia. Cada vez se venden menos libros de cine. Y ahora, la nueva especie en vías de extinción se llama “crítico de cine”.

Porque, ¿quién necesita un crítico de cine? Si siempre nos han parecido unos señores pesadísimos, que exhiben mucha erudición con un punto de pedantería, y que les gustan películas muy raras, que tienen que ver sí o sí en versión original. Y ahora resulta que a golpe de wikipedia, imdb y decine21 se les puede llevar la contraria en un acto público, seguro que no tienen en sus cabecitas tantos datos como las máquinas infernales que acceden a ellos al instante.

Antes un crítico de cine escribía en una revista especializada o era una figura venerada en tal o cual diario, su opinión contaba, un poquito al menos. Ahora esas revistas y diarios van de capa caída, adiós al papel, bienvenido a las webs donde sólo cuentan las visitas e impresiones; y cualquier bloguero se postula a crítico de cine, aunque sea un zote cultural y antropológicamente hablando, y viraliza su opinión colgando un vídeo molón o, con una ocurrencia feliz, provoca instantáneamente la intemerata de retuits.

Pero esto es nada comparado con los nuevos críticos de cine que ya están aquí, y que no son expertos y estudiosos con exquisita sensibilidad, ni siquiera frikis que encandilan al público. En realidad no son personas, y no, amigos del PACMA, tampoco son animalitos ni mascotas con el derecho inalienable de reseñar películas. Son... los algoritmos. Algoritmo Netflix o Algoritmo Pérez, tanto da, los ordenadores, el software, la inteligencia artificial, los big data, lo que sea. Internet fagocita información sobre nuestros gustos, la deglute y procesa, y finalmente ¿defeca? la película que nos va a gustar. Sí, Mr. Algoritmo nos conoce mejor que a nosotros mismos, y, reconozcámoslo, a veces acierta y nos hace descubrir películas que desconocíamos. Me ha pasado. En Netflix. Viendo lo que había visto, se me sugería ver otra cosa, y al menos, ciertamente, aquello tenía que ver algo con mis intereses. Lo mismo ocurre en YouTube, y en tantos sitios, con las cookies hemos topado, todos lo hemos experimentado. ¿Para qué decidir con libertad que ver, si un algoritmo puede hacerlo por mí, y me ahorra la peligrosa experiencia de pensar y escuchar a otros?

No sólo puede desaparecer el crítico, sino también el espíritu crítico de cualquier persona, que acaba dedicando su tiempo a lo que es “trending topic”, a lo que se lleva, a lo que una máquina muy “lista” piensa que me va a gustar.

El panorama al que nos encaminamos, y en el que en parte ya estamos perfectamente instalados, lo ha sabido anticipar una estupenda película de Pixar. No sólo en Ratatouille supieron redimir a un crítico gastronómico exigente y algo amargado con una experiencia a lo magdalena de Proust. En WALL·E, imaginaron el planeta Tierra destrozado por el hombre, contaminado y anegado de basura que un robot se dedica a limpiar... mientras los seres humanos están aparcados en una estación espacial, dedicados a no hacer nada, sentados todo el día delante de sus pantallas en actitud de encefalograma plano, y volviéndose tremendamente obesos por su nula actividad física. Ni hacen ejercicio, ni piensan, ni nada... Sólo viven. Bueno, en realidad, no viven, vegetan tal vez. Pero un algoritmo, doctorado en crítica de cine por la universidad de los big data, les da a ver lo que tienen que ver.

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