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"Stranger Things" es una simpática serie que ha recuperado el espíritu ochentero de películas de producción spielbergereana como "Los Goonies" o "Regreso al futuro". Es lógico que con ese título haya cosas extrañas en la trama. Pero en la tercera temporada hay una que no me ha gustado, porque pienso que no está bien articulada en la trama, se ha metido con calzador por motivos espurios.

 

La tercera temporada de Stranger Things tiene muchos elementos plenamente disfrutables. Resulta ocurrente la trama que da entrada a los soviéticos en años de guerra fría, la idea de que el subsuelo de un centro comercial puede ocultar tremendos secretos, y los guiños cinéfilos a títulos como Terminator y Regreso al futuro.

También es lógico mostrar a los chavales protagonistas creciendo, y que tengan sus historias románticas –tronchante la de Dustin (Gaten Matarazzo) con Suzie, que quiere mantener con ella comunicaciones por radio– y que pasen por pequeñas crisis –Mike (Finn Wolfhard) y Once (Millie Bobby Brown), y la declaración del día sin chicas–, al tiempo que sus padres se preocupen por cierta precocidad, se resisten a aceptar que hayan entrado en la pubertad.

En el contexto de guerra de sexos que se produce entre los chavales, presenta mucha gracia la que mantienen los adultos Joyce Biers (Winona Ryder), la madre de Mike, y su eterno pretendiente ahora con posibilidades, el policía Jim Hopper (David Harbour), que además ha adoptado a Once. Y a más, a más, resulta fantástica la química entre Steve y Robin, unos jovenzuelos que trabajan en la heladería del centro comercial vestidos de marineritos, y que vivirán una gran aventura con Dustin y con Erica, la hermana pequeña de Lucas. Su relación tiene fuerza, y paralelamente a la de Joyce y Jim, a mí me recordaba mucho a la que mantienen Han Solo y la princesa Leia en la saga de la La guerra de las galaxias.

Por eso me parece extraña y desacertada la "sorpresita" –ahora viene la obligación que nos han impuesto últimamente a los críticos de advertir de "spoilers", aunque lo que voy a revelar no es esencial, para nada, en la trama– que los hermanos Matt y Ross Duffer nos han reservado sobre la orientación sexual de Robin (Maya Hawke), resulta que la chica es lesbiana, y se lo dice a Steve (Joe Keery) que se le acaba de declarar en el cuarto de baño, y que casi ni pestañea. Aquello debería ser un tremendo chasco. Y en el contexto de los ochenta, la sorpresa de Steve debería ser mayúscula. Pero nada, ahí se arroja ese pequeño dato, que nada aporta a la serie, y a otra cosa mariposa.

Este matarnos la ilusión de un romance entre Steve y Robin no se entiende para nada, no entra en la lógica argumental, que pide que ocurra algo parecido a lo que hay entre Joyce y Jim. Y antes de que alguien me tache de homófobo o algo así, digamos que Maya Hawke admite en declaraciones a Variety que este giro no estuvo siempre grabado en piedra, y se entiende, porque no pega ni con cola, y sabe a decepción; ni siquiera se nos ha preparado con el recurso fácil de mostrar a alguna jovencita en la órbita de Robin. La actriz dice que hasta llegar al episodio cuatro o cinco los hermanos Duffer no tomaron la decisión final sobre la sexualidad de Robin, y se entiende: "Fue una especie de conversación colaborativa, y me alegra de verdad el modo en que resultó al final", asegura.

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