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Cuando la distribuidora organizó el pase de prensa de la esperada última película de Quentin Tarantino, la advertencia preliminar del jefe de prensa fue muy clara: “Por favor, no desveléis las sorpresas en torno al final de la película”.

Dicho y hecho, la mayoría de los críticos e informadores de cine han procurado seguir la consigna. Nunca faltan los que les gusta ir a la contra, pero en general, a la hora de hablar de Érase una vez en… Hollywood, se ha procurado mantener esa reserva, o si no, al menos el comentarista de turno ha puesto mil veces con letras mayúsculas y signos de admiración, ¡¡¡OJO, SPOILERS, SPOILERS, SPOILERS!!!

Sin embargo, me pregunto si era necesario tanto aviso y cuidado. Un buen amigo me dijo que había visto la película de Quentin Tarantino, y como a mí me ha encantado, enseguida le pregunté qué tal, qué tal, y qué le había parecido el sorprendente giro final. La película, me explicó, le había gustado, pero para mi estupor aseguró que él no había encontrado ninguna sorpresa en el final. Enseguida descubrí que no tenía ni idea de quién era Sharon Tate ni Roman Polanski, ni del trágico asesinato de la primera cuando estaba embarazada. Y cuando digo "ni idea", quiero decir ni la más remota idea.

Poco después, a otra persona a la que aprecio, le recomendé que fuera a ver la película. Se mostraba reticente, porque sabe que el cine de Tarantino se caracteriza por sus pasajes violentos, y temía que su mujer pusiera el veto, pero procuré tranquilizarle explicándole  que quizá estamos ante la película menos violenta del cineasta, y que casi, casi, si no fuera por una escena, podría haberse calificado para todos los públicos, o al menos para adolescentes y gente de más edad. Cuando le conté la trama, me preguntó si los personajes de Leonardo DiCaprio y Brad Pitt eran ficticios y le dije que sí. Mi sorpresa vino cuando me hizo la misma pregunta acerca de la Sharon Tate que interpreta Margot Robbie, no le sonaba de nada, tampoco los crímenes de la Familia Manson.

De modo que pienso que con estos mimbres bien podría hacerse una película que se llamara “Érase una vez… la ignorancia”. Y toca concluir que la advertencia de no contar nada sobre el film es sobre todo para cinéfilos, “connoisseurs” y gente que vivió los hechos reales en 1969. El resto está en la inopia, explicarse el final puede sorprenderles tanto como saber que en húngaro "ignorancia" se dice "tudatlanság".

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