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La primera familia que descubrí en televisión, cuando era ‘ñajo’, fueron los Ingalls, de La casa de la pradera, con padre entrañable, madre astuta y comprensiva, hijos modélicos… En suma, todos tan perfectos que resultaban asquerosos. Sobre todo porque hacían que te sintieras mal, tu familia no era así, algo estaba fallando. Además, ¿seguro que la vida de los pioneros que criaban cerdos en el Medio Oeste era tan cursi, ñoña e idílica? ¿Realmente podías dejar que las niñas corretearan entre las flores por territorio sin civilizar y lo máximo que les podía pasar era que la vecina les echara la bronca porque le hubieran hecho alguna trastada? ¿No había peligro de que apareciera algún desaliñado buscador de oro que abusara del alcohol para olvidar que se había pasado meses en solitario en la montaña, o de que vinieran los indios y les arrancaran la cabellera a golpe de tomahawk?

familia munster

Por suerte llegó la revolucionaria “La bola de cristal” (¿qué tiene esta bola que a todo el mundo le mola?), programa sin parangón creado por Lolo Rico, a la que se le ocurrió que a los niños no había por qué hablarles como a idiotas por ser peques, sino recomendarles apagar la tele que estaban viendo y leer, y explicarles temas serios. Al parecer, al final la echaron por querer emitir una pieza en defensa de la educación pública, frente a la privada, curioso. ¡Eso sí que es meterse en un berenjenal!

El inolvidable espacio presentado por Alaska incorporaba episodios de La familia Munster que me dejaron epatado. ¡Por fin un retrato veraz de padres e hijos como eran en la vida real! Me sentía muy identificado con Hermann Munster, no por mi parecido físico, que también, sino por su forma de ser, bienintencionado, pero muy lelo. En un capítulo le compraba un coche a su sobrina, a ver si así conseguía casarla, pero le tangaban y le vendían un coche robado.

Libro Los MunstersPor eso recibí con alegría la noticia de que Diábolo Ediciones publicaba "Los Munster. Historia de nuestra familia monstruosa favorita", libro a todo lujo, con tapas duras y fotos numerosas, escrito por Juan Antonio Olías y María del Carmen Olivero, sobre la familia más monstruosa de la televisión, después de Las Campos. Tuve el honor de que el primero de los autores me pidiera que le apadrinara en la presentación en Fnac Madrid, el domingo pasado, donde también estaba el editor, Lorenzo Pascual, y donde tuvimos de fondo imágenes, por suerte no de Bigote Arrocet o Terelu, sino de Pivón de Carlo y el resto del reparto monstruoso.

Bien escrito, el volumen cuenta jugosas anécdotas. Quizás sea poco conocido que la primera actriz que interpretó a Marilyn Monster, Beverly Owen, “estaba enferma”, según el texto "padecía un mal muy común llamado amor”. O sea, que se había echado un novio en Nueva York, así que como la habían trasladado a Los Ángeles, al otro extremo del país, para grabar la serie, no paraba de llorar. Al final, los integrantes del reparto, que debían ser buena gente, bajo su maquillaje terrible, intercedieron ante el productor para que pasaran por alto su contrato, y se pudiera marchar con su prometido. Luego va y se divorcia a los pocos años…

Aprendí gracias a esta ficción audiovisual que todo el mundo se considera normal, como los protagonistas, que tienen además el descaro de considerar a la sobrina, la citada Marilyn, como la oveja negra de la familia, ya que es el típico bellezón estadounidense. Hasta ella misma se ve fatal cuando se mira al espejo. O sea que yo, que me creía también corriente, igual no lo era, lo mismo me esperaba un futuro escribiendo de ‘frikadas’. Empecé a sospechar algo cuando le dije a mi madre que quería una mascota como la de los Munster, Spott, pequeño dragón que vivía en el sótano. Me puso una cara… Y fui el único que no lloró cuando Mary, la hermana mayor de Laura, se quedó ciega tras contraer la escarlatina.

P.S.: De mayor me he leído la auténtica biografía, censurada durante años, de Laura Ingalls, lo menos terrible que contaba era que estuvo a punto de ser violada por un borracho, del que logró librarse a golpes, y con su hermana descuartizaba a los cerdos que criaban, y después jugaban al fútbol con su vejiga.

 

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