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Los críticos sesudos suelen debatir qué figura tiene mayor influencia en el cine actual. Que si el montaje de atracciones de S.M. Eisenstein fue fundamental, que si en la ‘nouvelle vague’, Jean-Luc Godard y François Truffaut gestaron el actual cine de autor, etc.

Paparruchas, que diría Ebenezer Scrooge, le pese a quien le pese la figura fundamental para entender el cine de principios del siglo XXI sería un autor de tebeos que se tomaba muy a broma a sí mismo, como hacen sus propios personajes. Ahora mismo, las grandes productoras aspiran a crear universos entretejidos con protagonistas de diversas películas (Warner con sus superhéroes DC, Paramount con su Bumblebee y sus Transformers, Universal con su Dark Universe que se fue al traste por la poca calidad de The Mummy, la primera entrega, etc.), al estilo de lo que ha hecho Walt Disney con los personajes de Marvel, casi todos creados por Stan Lee, que acaba de fallecer, dejando desconsolados (pero muy muy tristes, qué caras teníamos esta semana) a los apasionados del noveno arte de todo el mundo. “Ha sido la figura más importante del cómic”, declaraba esta semana Lorenzo Pascual, que edita mis libros en Diábolo. Y posiblemente tenga razón, por mucho que les fastidie a los intelectuales que defienden la línea clara y la novela gráfica con pretensiones, que degradan con sarna los “tebeuchos sobre tipos hipermusculados con mallas de colores”.

Ant ManPara muchas generaciones leer “Stan Lee presenta” al principio de un cómic abría las puertas a otros mundos en los que vivíamos grandes aventuras. Esperábamos sus simpáticos cameos en las películas de sus personajes mucho más que el enfrentamiento final con el villano de turno. Aunque he tardado en escribir sobre su triste fallecimiento (más que nada porque estaba conmovido, con un nudo en la garganta), me gustaría resaltar la calidad humana de este autor, mediante una anécdota que estos días recordaba en Twitter Adam McKay, director de La gran apuesta, que escribió el film Marvel Ant-Man.

Cuenta este cineasta que cuando era muy joven, y estudiaba quinto, visitó Nueva York con su progenitor. Como había leído la dirección de Marvel en los tebeos que entonces le tenían loco, le pidió a su padre que le llevara a la editorial y éste aceptó. Pero al llegar ahí, gran decepción, lógicamente, pues “no era más que una oficina”. Claro.

“Nos quedamos en recepción y yo estaba hecho polvo”, comenta. “No sé qué me esperaba. Quizás a La Cosa y a su pandilla fumando puros”. Pero mientras el niño y el adulto pensaban dónde irían a continuación, se les acercó un tipo que parecía trabajar allí, y les preguntó si les había desencantado la sede de Marvel. Cuando contestaron que sí, aquel hombre les pidió que esperaran un momento, y abrió un cajón con una llave.

Stan Lee cameoActo seguido le entregó al chaval un taco enorme, con… ¡todos los comics de la casa que iban a aparecer al mes siguiente! El paraíso para un infante. “Sigue leyendo cómics Marvel”, le dijo, y se fue. “Me quedé tan atontado que no me di cuenta hasta que pasaron quince minutos de que aquel hombre tenía sienes canosas y bigotes”, recuerda McKay. Quizás porque no llevaría gafas de sol no se había dado cuenta de que… ¡Quizás era Stan Lee!

¿Es real esta historia o la imaginación y el paso de los años le jugaron una mala pasada a McKay? Puede que cuente la verdad. “Cuando escribí Ant-Man y le conté la historia a Kevin Feige (presidente de Marvel Studios), y le describí a aquella persona, me respondió que "eso era exactamente lo que Stan haría en esa situación”, explica. “Era él. Descansa en paz, Stan Lee y gracias por los comics”.

 

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