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Por norma general, los famosetes de Hollywood queman su tarjeta de crédito adquiriendo chorradas. Véanse el cráneo de dinosaurio por el que pagó un pastizal Nicolas Cage, la casa con fantasma de Kate Winslet, o una máquina supuestamente anti-celulítica de 58000 euros comprada por Madonna. Por su parte, Kim Basinger se gastó en la época en la que tenía serios problemas con los estupefacientes (de otra forma no se explica) la friolera de 24 millones y medio de euros en comprar Braselton, pueblucho del estado de Texas en el que nació, que pretendía convertir en un parque temático centrado en el mundo del cine, aunque después nadie hizo un viaje hasta allí para comprar una entrada.

Pero sí comprendo a la perfección uno de estos caprichitos. Pasé parte de mi infancia y mi juventud en salas de cine que me hacían soñar, pero que poco a poco se han ido cerrando, dando paso por ejemplo a un Zara para que te vistas a la última. O a un gimnasio, como en el caso de uno de mis preferidos, el cine Luna, de Madrid, donde vi Mars Attacks!, entre otras joyas, pues ahora se lleva ir a la moda y tener un cuerpo musculoso, y cuidar la apariencia exterior, pese a que luego no hayas visto películas ni hayas leído libros para tener de qué hablar. Corpore sano in mens vacua.

En 2007, Quentin Tarantino se enteró de que el New Beverly Cinema, local en el que había estado encerrado durante las horas más felices de su vida, iba a desaparecer. Aunque durante una temporada fue una sala porno, a partir de finales de los 70 se especializó en programas dobles en los que el futuro director descubrió títulos legendarios. Se hizo tan apasionado del Séptimo Arte que años después, cuando empezó a trabajar en un videoclub, los clientes iban para escucharle a él hablar de películas en lugar de para alquilarlas. “La gente venía y me decía, ¿qué film quiero ver hoy, Quentin?”, recuerda.

Quentin Tarantino New Beverly CinemaTras jubilarse el dueño del Beverly, se iba a demoler, para dar paso al equivalente americano a El Corte Inglés. Para entonces Tarantino había amasado una fortuna, al parecer se puede retirar con los derechos que cobra regularmente por Pulp Fiction, aunque sigue rodando por puro placer, y en lugar de comprarse un coche de lujo decidió quedarse con aquellas instalaciones. Las restauró manteniendo una encantadora estética ‘vintage’, de cara a programar sesiones de un par de films de su colección privada. Sí, señor, ojalá pudiera haber hecho yo lo mismo con el Palafox. Encima, las entradas cuestan muy poco, 8 dólares por poder ver en pantalla grande dos éxitos de los hermanos Marx, pasar una tarde con grandes títulos del Kung-Fu, o rememorar a Vincent Price por su cumpleaños.

Hasta las palomitas y las hamburguesas tienen precio retro, dos dólares. Eso sí, como los cines del pasado, tiene un problema grave, pero encantador, si alguien alto se te sienta delante no ves nada. ¿Qué más da eso si por lo visto te puedes encontrar al propio Tarantino o a ilustres personajes de Hollywood por allí? Si visito Los Ángeles no iré a verlo, no sea que no salga nunca más de allí; es como morir y subir al cielo.

“Mientras esté vivo y sea rico el New Beverly permanecerá abierto, con funciones dobles en 35 mm”. Y es que proyecta en celuloide. Una decisión acertada, porque llamadme raro, pero aún entendiendo las ventajas de distribución del nuevo cine digital, no tiene la misma definición ni el encanto de las proyecciones antiguas. Él mismo lo explica de forma un tanto burra, pues compara las películas con drogas, pero muy gráficamente. “Si eres un fan del cine, coleccionar videos es como la marihuana. Los laser discs son cocaína. Las copias en celuloide son heroína. Yo me fui por lo grande, y estoy orgulloso de mi colección”. Tras una temporada cerrado por remodelación, reabre el 1 de diciembre con un homenaje al recientemente fallecido William Goldman, ya que se podrán ver  Dos hombres y un destino, por la que obtuvo su primer Oscar, al mejor guión original, acompañada de Los primeros golpes de Butch Cassidy y Sundance Kid, la irregular –pero con puntos de interés– precuela.

Que el sueño continúe mucho tiempo, Quentin.

 

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