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Calendario estrenos cine

2019

Viernes 04 de Enero de 2019

(2018) | 118 min.
Tras perder a su mujer, Will lucha por mantenerse a flote y acude a terapia. Su trágica historia irá entrelazándose en el futuro con personas de otros continentes. El norteamericano Dan Fogelman se ha labrado poco a poco una sólida carrera. Sus historias tocan a menudo el ámbito familiar de modo positivo, cosa que ha demostrado con los guiones de películas como Enredados o Crazy, Stupid, Love y en series como ¡Vaya vecinos! o la exitosa This Is Us. Ahora se pone también detrás de las cámaras por segunda vez (tras Nunca es tarde) para ofrecer un emotivo drama familiar, de amplio arco temporal, que nos traslada a distintas familias a ambos lados del atlántico para hablar de la tragedias de la vida, del amor y de las paradojas del destino. Fogelman estructura su narración en cuatro capítulos, cada uno de ellos centrado en las vicisitudes, a menudo dramáticas, vividas por personajes distintos. Al principio, esta opción narrativa sorprende un poco, también por el abrupto e inesperado final del primer tramo protagonizado por Oscar Isaac y Olivia Wilde, cuando el espectador todavía no se hace una idea general del film. Luego, poco a poco, se despliega el modo de proceder de Fogelman y nos vamos habituando a la visión de conjunto, al dar paso a la siguiente generación y trasladar la historia de Nueva York a tierras de Andalucía, etc. Como la vida misma resalta una idea clara y original (tomada de la tesis literaria que prepara uno de los personajes), la de que la vida es un narrador poco fiable. Esta afirmación tiene vertientes diferentes, como la de que, obviamente, lo que va a acontecer en el futuro es una incógnita; pero también la de que a menudo calificamos demasiado a la ligera a los héroes y a los villanos, percepciones subjetivas las más de las veces; o la de que la historia de cada individuo (su amor, su felicidad) es fruto de una larga cadena de sucesos anteriores, que pueden ser muy trágicos e incomprensibles pero que alcanzan sentido una vez contemplamos el conjunto. Aunque el metraje de más de dos horas quizá resulte excesivo, el film va claramente de menos a más, en cuanto a emotividad y riqueza de contenido, y el director y guionista apunta claramente a superar los traumas del pasado por medio del amor, de levantarse siempre cuando llegan inexorables los reveses de la vida. Producida por Estados Unidos y España, Como la vida misma reúne a una platea de intérpretes de renombre internacional, tanto americanos, como españoles. Todos están bien en sus roles, pero quizá destaquen, también por su peso en la trama, Oscar Isaac, Olivia Cooke y los españoles Laia Costa y Antonio Banderas.
6/10
(2018) | 97 min.
Annie vive en un pueblecito de la costa británica, Sandcliffe, en donde se ocupa de un pequeño museo local. Vive con Duncan, con quien de mutuo acuerdo ha convenido no tener hijos. Él es profesor en la pequeña universidad de la zona, aunque su mayor dedicación la tiene puesta en Tucker Crowe, un músico de rock desaparecido hace décadas, con un éxito fulgurante pero efímero. Duncan lo sabe todo sobre él y su obsesión le ha llevado a crear un blog de fans. El destino sin embargo es caprichoso, y será Annie la que un día contactará inesperadamente con el mismísimo Tucker y las vidas de los tres se podrán patas arriba. El director Jesse Peretz (Fast Track), autor de cuatro largometrajes y bregado ampliamente en series televisivas como New Girl, Divorce o Girls, acomete esta quinta película de su filmografía amparado en una novela de Nick Hornby, un autor cuyas historias han tenido a menudo gran reconocimiento en la pantalla, véanse Alta fidelidad y Un niño grande. En este caso también la música –complemento habitual de las obras de Hornby– tiene importancia en una trama que se sigue con interés y que, como acostumbra el autor británico, toca también algunos temas familiares de calado, que hacen referencia a cómo el individualismo entendido de diversas formas puede igualmente conducir a la misma soledad. Tras una premisa un tanto original, presenta Juliet, desnuda –en el que han intervenido tres guionistas de prestigio– dos personajes maduros cuyas vidas han sido totalmente opuestas: por un lado, un músico que ha tenido innumerables hijos de variadas relaciones, sin estabilidad ni sosiego, que ahora malvive con la conciencia de que no puede cambiar su pasado desordenado, lleno de errores; por otro, la directora de un pequeño museo de pueblo, que ha vivido una existencia rutinaria y cómoda, pero sin alicientes ni aventuras, que se arrepiente de no haber arriesgado, de no haber sido madre. El encuentro entre ambos servirá para que cada uno de ellos se replanteé su futuro. Hay por supuesto un enamoramiento, pero sabiamente se trata con sobriedad y realismo, no se eluden las dificultades. Se dialoga, se ríe, se llora, se duda, dentro de un marco adecuado de comedia dramática, en donde también caben ciertas reflexiones en torno a la creación artística y algún conseguido momento musical, como la improvisación del protagonista en la exposición. El conjunto es inferior al de otras películas de Nick Hornby antes mencionadas, aunque Jesse Peretz no sale del todo mal parado (la escena del hospital, por ejemplo, es brillante). Y tiene la suerte de contar con unos intérpretes estupendos, aquí especialmente con Rose Byrne. La actriz australiana está inmensa, hace un trabajo comedido y equilibrado, que transmite veracidad y ternura. También Ethan Hawke parece sentirse muy a gusto con su personaje grunge y despreocupado, un bala perdida de buen corazón, estilo de personaje que ha encarnado en numerosas ocasiones.
5/10
(2018) | 78 min.
Adaptación del cómic homónimo de Paco Roca, quien figura acreditado como coguionista, el resultado dista de alcanzar las emociones contenidas en Arrugas, que también se basaba en una de sus novelas gráficas, y suponía un lúcido y agridulce acercamiento a la etapa vital de la ancianidad. Aquí tenemos una obra autorreferencial, basada en su propia vida, es de suponer que bastante libremente, con un narcisismo muy propio de nuestros tiempos que acaba siendo cargante, aunque disponga de la excusa de que es para reírse de uno mismo, lo que se supone es un ejercicio bastante sano. En la dirección, Carlos FerFer sustituye aquí a Ignacio Ferreras. Así, Paco Roca se supone que ha visto cumplido el sueño de su vida. Trabajar en lo que le gusta, el mundo del cómic, y hacerlo en pijama, en su casa, disfrutando de las libertades de una cómoda soltería. Precisamente el director de un periódico le escucha contar sus "batallitas" de soltero juerguista con sus amigotes, y piensa que ahí hay tema para una página de cómic en el diario. Dicho y hecho, se pone a ello, y triunfa. Hasta atraer la atención de una periodista del periódico, a la que llama "Jilguero", con la que empieza a salir y a acostarse. Lo que empieza a afectar a sus inveteradas costumbres. Quizá sobre el papel y con el recurso a gags autoconclusivos funcionen mejor las viñetas de "Memorias de un hombre en pijama", publicadas originalmente en la prensa valenciana en 2010, pero en la pantalla acaban siendo un conjunto de chascarrillos no muy ocurrentes y con frecuencia zafios, hilvanados sin demasiada gracia, y que sirven para tratar las cuestiones de las relaciones de pareja, la amistad y el compromiso en un cuarentón inmaduro con bastante superficialidad. Sorprende la insistencia en lo sexual, las abundantes escenas de alcoba, y lo insoportablemente egocéntricos que son los personajes, que no se hacen querer. En tal sentido, el final suena a impostado, un "happy end" poco consecuente con lo que hemos visto durante todo el metraje. La idea de mostrar al protagonista en carne y hueso al principio –Raúl Arévalo– y al final con su pareja –María Castro–, se diría una forma poco original de tratar de vender una película poco atractiva, poniendo cara real a los personajes.  
4/10
(2018) | 117 min.
El anciano Augusto sufre un colapso, cuando le acompañaba su hija Mia en un despacho de abogados. Lo que supone el regreso desde París de Eugenia, y el reencuentro de dos hermanas que siempre han estado muy unidas. Prácticamente paralizado, sin capacidad de habla y de recuperación incierta, Augusto vuelve a casa, su magnífica e imponente hacienda de "La Quietud", van a acompañarle y cuidarle, aparte del servicio y enfermeras de guardia, las dos hijas, y la esposa Esmeralda. La película escrita y dirigida por el argentino Pablo Trapero responde al arquetipo de familia acomodada que se reúne ante situación de crisis, lo que facilita que salgan a la luz oscuros secretos y sentimientos no reconocidos. Pero a pesar de la habilidosa puesta en escena, y del buen trabajo del reparto, la trama no deja de ser un tremendo e inverosímil culebrón, donde se quiere combinar de modo muy artificial el dramón –madre que se lleva fatal con la hija pequeña, hija embarazada pero liado con otro hombre, la otra hermana liada con su cuñado...–, con cuestiones políticas, un expolio realizado en tiempos de la dictadura militar. Todo resulta muy retorcido, desde la escena casi en el arranque de confidencia entre hermanas, muy sensual y de rasgos lésbicos e incestuosos, la única manera de anticipar cosas que vendrán después, y que sorprenderían al mismísimo doctor Freud; tampoco resulta mucho más fácil de aceptar el tipo de relación que tenían el enfermo y su esposa, o el odio entre madre y Mia, con esa discusión estúpida pero violenta acerca del año en que ocurrió no se sabe qué. Es una cinta en la que resulta imposible suspender la incredulidad, incluido lo que, hemos de suponer, es un "happy end".
4/10
(2018) | 104 min.
Acercamiento singular a la controvertida figura de Silvio Berlusconi, cuando ha salido del gobierno y le salpican mil y un escándalos, lo que no le impide conspirar para hacer caer al actual gobierno de izquierdas, comprando el apoyo de seis senadores, y así acceder de nuevo a la presidencia. Antes de que el espectador pueda atisbar siquiera al personaje, seguimos a Sergio Morra, arribista que quiere hacer carrera rodado de mujeres espectaculares y ejerciendo de proxeneta, hasta llegar a "él", o sea, a Berlusconi, para ofrecerle sus servicios. Como "larguísima e ininterrumpida farsa". Así define Veronica Lario, segunda esposa de Berlusconi, la vida del hombre del que estuvo enamorado, en un momento dado del film. La descripción cabría aplicarla a esta película de Paolo Sorrentino, y eso que para su distribución internacional las dos películas originales han sido refundidas en una sola de dos horas y media. Cabe decir que su preciosismo esteticista con toques surrealistas, después de alcanzar su cima en La gran belleza, se desliza por un declive que ya se apreciaba en la serie televisiva The Young Pope y que resulta evidente en Silvio (y los otros). Resultan interminables y reiterativos los zafios pasajes de excesos orgiásticos, bailoteos sexuales insinuantes, etcétera, que hablan de la decadencia del ejercicio del poder en Italia y de la frivolidad del personaje que supuestamente la encarna, Silvio Berlusconi. En tal sentido, hasta llega a ser forzada la transición del protagonista, desde su pose bufonesca de "listillo" capaz de adelantarse a las intenciones de los otros y hacer siempre lo que le place, a los compases finales de reproches con su mujer, en que se supone que podemos intuir algo de lo que esconde esa cara estirada por la cirugía plástica. Toni Servillo demuestra una vez más que es un buen actor, pero hacer caricatura de la caricatura conlleva el riesgo de la inanidad. Resultaba más interesante sin duda su composición de Giulio Andreotti de Il Divo, donde le dirigió también, con mayor fortuna, Sorrentino. Encima, la escena que comparte consigo mismo –el actor, además de dar vida a Berlusconi, hace de Ennio Doris– presenta un trucaje que se nota a la legua, lo que no deja de ser irónico en un cineasta célebre por el mimo formal con que compone sus planos. Por supuesto hay atisbos del talento del director y coguionista, en algunas escenas vibrantes, o en el uso del terremoto de L'Aquila como metáfora de las fisuras sociales. El último plano del Cristo sacado de las ruinas de la ciudad devastada es bellísimo, pero por supuesto, no basta para redimir una película irregular, decididamente fallida.
4/10
(2018) | 83 min.
Se supone que el campesino Morlac es un héroe que ha demostrado su valor en el campo de batalla, pero terminada la Primera Guerra Mundial, permanece encerrado en el calabozo de un pueblecito de la campiña francesa, con su fiel perro fuera, aguardando, tal vez, la liberación de su dueño. Lantier, un juez militar, indaga sobre los hechos que motivaron el ingreso en prisión, lo que pasa por interrogar al propio Morlac, y a su esposa Valentine, una mujer de campo también, que le ha sabido aficionar a la lectura. Jean Becker es un cineasta que se caracteriza por la humanidad de sus películas, y en su filmografía se encuentran títulos notables, como la magnífica La fortuna de vivir. En esa línea de mimar a los personajes, y abordar conflictos de interés, se mueve El collar rojo –un título que alude al perro, un collier rojo, pero también al lazo rojo de la condecoración de la legión de honor,– que adapta una novela de Jean-Christophe Rufin. La idea es tomar un conflicto bélico célebre por la carnicería a que dio lugar la guerra de trincheras, y trazar un paralelismo comparativo entre animales y seres humanos, en que se viene a decir que los primeros actúan por instinto, pero los segundos carecen de esa disculpa; por eso deberían utilizar el raciocinio y el sentido común en todas sus acciones, lo que incluye la práctica de la justicia y no matarse unos a otros. Curiosamente otra cinta reciente, la animada Stubby, un héroe muy especial, también habla del papel de los perros en la Primera Guerra Mundial. Pero Becker se enreda con su enfoque. La investigación de Lantier ayuda a estructurar la narración e introducir un punto de intriga, pero al espectador se le escamotea de entrada la razón de por qué el protagonista está en la cárcel, algo que no deja de ser un poco artificioso. Lo mismo ocurre con el recurso del perro para reflexionar sobre cómo actúa Morlac, el modo de manifestar su rechazo a la guerra, o el enfando un tanto infantil con Valentine. De todos modos la película se ve con agrado, sobre todo en los intercambios dialécticos de Lantier (François Cluzet) con el preso (Nicolas Duvauchelle), Valentine (Sophie Verbeeck) y el gendarme local (Jean-Quentin Châtelain).
5/10
(2017) | 119 min.
Montañas de Atlas, Marruecos: un profesor, apartado de la escuela rural por enseñar en bereber y no en árabe, marchará del lugar dejando atrás a la mujer a la que ama. Casablanca, años después: una mujer joven vive coartada por su marido y encuentra serias dificultades para desenvolverse con libertad. Un judío que regenta un restaurante comprueba la intolerancia a la hora de relacionarse. Un joven sueña con triunfar en el mundo de la música. Una chica adolescente de la alta sociedad vive sumida en una profunda soledad por falta de cariño. Una visión dramática pero equilibrada de las dificultades de vivir actualmente en Casablanca (Marruecos), a manos del director francés Nabil Ayouch (Los caballos de Dios), de origen marroquí y que vivió durante años en la ciudad que retrata. A través de cinco historias –una originada en el pasado, las demás contemporáneas– se ofrece una visión global de los sufrimientos de la población, gente normal, hombres y mujeres que sienten una gran incapacidad para ser felices, pues como dice el refrán bereber que introduce la película “dichosos aquellos que pueden llevar a cabo sus deseos”, algo que escapa a los personajes de Razzia. Con una narración que por momentos desprende poesía, dolor, incomprensión y que va alternando hilos argumentales, Ayouch establece un fuerte contraste entre la visión idílica que el cine ha dado de esta ciudad costera por “culpa” de la mítica película de Michael Curtiz y la realidad actual del lugar, en donde adquiere hondo sentido el término “Razzia”, entendido como islamización forzosa de la población y las costumbres, algo que afecta a cada persona en sus cualidades específicas. El cuidado guión del propio Ayouch y de Maryam Touzani, que debuta también como actriz con un magnífico personaje principal, habla así de temas como la educación ideológica y cultural en las escuelas; la situación social de la mujer, que sufre enormes dificultades para encontrar espacios de libertad (moda, diversión, trabajo); intolerancia hacia otras religiones diferentes del islam; las dificultades por reafirmar la homosexualidad y llevar a cabo los propios sueños; la falta de amor en el seno familiar, frustraciones que pueden llevar a decisiones no deseadas… Razzia deja una sensación agridulce. Hay esperanza en un mundo mejor, pero no se esconden las oscuridades. El aparato técnico es notable y las interpretaciones son muy convincentes.
6/10
(2018) | 110 min.
Aparte de estar agobiada por el exceso de trabajo Lucía tiene otras preocupaciones, pues acaba de romper con Arturo, su pareja, por una infidelidad, y lucha por sacar adelante a Rosa, su hija adolescente. Mientras realiza unas mediciones para la construcción de unas instalaciones, orquestada por un turbio gerente, se le aparece una mujer con la cabeza cubierta y ropa de refugiada, a la que en un primer momento confunde con una mendiga. Pero después, la extraña afirma ser la madre de Dios, y exige que se construya una iglesia en el lugar. El director Gianni Zanasi apenas ha logrado repercusión fuera de su Italia natal con sus seis largometrajes de ficción y el documental que acumula en su filmografía. Sin embargo, cerró la Quincena de Realizadores de Cannes con este trabajo, reconocido allí con el Europa Cinemas Label, lo que sólo se explica por la intervención de la Virgen, pues se trata de un producto un tanto desastroso. El torpe guión, coescrito por el propio Zanasi, que inexplicablemente ha requerido la ayuda de otros tres autores, acumula secuencias innecesarias y no consigue en ningún momento que los personajes tengan tirón. Lo peor de todo, que no se sabe muy bien a dónde quiere ir. No se toma muy en serio las apariciones marianas, y tampoco parece querer ofender al público religioso, pero por otra parte éste no reconocerá a una Madonna que llega a golpear a la protagonista (ésta se llama Lucía, como la niña pastora de Fátima). Y si el realizador pretende utilizarla como recurso cómico, fracasa inexplicablemente, pues no consigue que el público esboce ni media sonrisa (la gracia sólo está presente en el título en español). Apunta que se va a hablar de corrupción, pero desaprovecha este tema. Y tiene un final surrealista muy poco convincente. En todo este despropósito sólo cabe salvar a la pizpireta Alba Rohrwacher, más por su carisma que porque consiga resultar tan creíble como en Lazzaro feliz, que rodó justo antes.
2/10

Viernes 11 de Enero de 2019

(2018) | 132 min.
Película sobre quien fuera vicepresidente de Estados Unidos con el presidente George W. Bush, Dick Cheney, el título original es un juego de palabras sobre el doble significado de “vice”, apócope de vicepresidente, pero que también significa “vicio”, alusión a los efectos perversos del ejercicio del poder según la propia visión, pero sin buscar realmente el bien común y buscando evadirse, en la medida de los posible, de los mecanismos de control del poder diversos al ejecutivo, o sea, del legislativo y el judicial. Escribe y dirige Adam McKay, que comenzó su trayectoria de cineasta con comedias tontorronas de Will Ferrell, pero que sorprendió con La gran apuesta, una inteligente mirada vitriólica a la crisis financiera de Wall Street que se basaba en un libro muy documentado de Michael Lewis, y que le valió ganar un Oscar al mejor guión adaptado. Aquí no maneja un libro previo, pero sí repite las técnicas narrativas que tan buen resultado le dieron en el film citado, de modo que tenemos un narrador inesperado con mucho corazón, por así decir, e irónicas bromas que rompen la cuarta pared con el espectador para explicar los enjuagues y tejemanejes de la política, el modo en que se engatusa a la gente de la calle y a los otros que intentan manejar el cotarro del poder. Algunos de estos recursos están usados con originalidad y talento, destilando ironía por todos los poros. Hay además un esfuerzo por humanizar a los personajes, para tratar de entenderlos y no limitarse a una tosca caricatura, algo a lo que ayuda un ajustado reparto, empezando por la increíble caracterización e interpretación de Christian Bale, que al hacer de Cheney sigue una senda parecida a la emprendida el año anterior por Gary Oldman con Churchill en El instante más oscuro. Se incluyen detalles personales como la trayectoria inicial de “bala perdida”, enderezada por la que sería su esposa, Lenney, pintada como una mujer tremendamente ambiciosa, donde Dick sería su instrumento para triunfar en un mundo dominado por los hombres; o cómo evolucionan las hijas, y el manejo de la delicada cuestión del lesbianismo de una de ellas. Amy Adams hace un buen trabajo, pero le pesa, como a Steve Carell, el que fuera secretario de defensa Donald Rumsfeld, y Sam Rockwell, Bush hijo, que a la postre los retratos se hagan con trazos demasiado leves. Y es que a pesar de todo no puede uno por menos de considerar que las cosas se muestran de un modo algo simplista, por ejemplo con los esfuerzos de Cheney para concentrar poder ejecutivo en el presidente, torciendo las interpretaciones del Tribunal Supremo sobre el modo de aplicarlo, a modo de plan maestro trazado durante años, y que, cosas del destino, cuando se tuerce vuelve a asomar como posibilidad en la sombra, ser “el mago de Oz” por así decir de un fácilmente manipulable presidente Bush hijo. Pueden excusarse estos defectos por la condición satírica del film, pero como en el fondo late la intención de ser una fábula de advertencia sobre unos Estados Unidos que podrían alejarse de los principios democráticos que los constituyeron, no dejan de ser eso, defectos.
7/10
(2018) | 142 min.
Budapest, imperio austrohúngaro, años previos a la Primera Guerra Mundial, en que la sociedad está a punto de cambiar de modo irreversible. Llega desde Trieste la joven Irisz Leiter, que busca empleo en el salón de sombreros para damas que tiempo atrás fue propiedad de su familia. Oszkár Brill, el actual dueño, rehusa contratarla. Mientras trata de acomodarse, la decidida Irisz va de sorpresa en sorpresa. Hay oscuros secretos en torno al incendio que malogró el negocio familiar, y a un hermano cuya existencia desconocía, y que se muestra esquivo, no es tarea sencilla dar con su paradero. La muerte de un conde es una de las actividades subversivas que han comenzado a trastonar la ciudad. Mientras reuniones de, tal vez, anarquistas, apuntan a un vuelco social, aún persisten eventos como la presentación de la nueva colección de sombreros, aunque la elección de un sombrero para una princesa podría ser algo menos inocente de lo que parece, una muestra más de cierta decadencia. Tras sorprender con su singularísima mirada al holocausto judío en El hijo de Saúl, el húngaro László Nemes mantiene bastantes de las claves formales del film que le consagró, aunque para contar una historia más compleja y ambiciosa, que aunque fascinante e hipnótica, deja un regusto de insatisfacción. Porque su estilo impresionista, en que la escasa información se entrega de un modo casi casual a lo largo de la narración, hay muchos interrogantes sin respuesta, el conjunto resulta bastante críptico. De nuevo tenemos planos muy cerrados –en que el fondo de calles y personas nos permite apenas gustar el enorme esfuerzo de producción y de recreación de época–, y mucha cámara en mano, para acompañar a Irisz en su aventura emocional, en que le toca confirmar que su cambio de estatus social sólo fue un anticipo del que le tocaría vivir a todo Budapest y más allá, con el advenimiento de la Gran Guerra. Juli Jakab, a la que ya vimos en El hijo de Saúl, hace un gran trabajo actoral, muy meritorio porque a ella le toca sostener la narración, y lo hace muy bien, componiendo un personaje fuerte, con personalidad, pero que se encuentra solo y en tal sentido es frágil, sujeta a las embestidas de la historia.  
7/10
(2018) | 90 min.
Mientras recoge muérdago de las ramas de los árboles, ejecutando piruetas acrobáticas, Panorámix sufre una caída que se salda con una desafortunada rotura. Comienza a pensar que ha llegado la hora de jubilarse y buscarse un sucesor apropiado, entre jóvenes talentos, tarea para la que recorrerá la Galia, escoltado por Astérix y Obélix, en busca de un candidato digno a quien confiar su secreto más preciado, la fórmula de la poción mágica que confiere una fuerza sobrehumana. Irreductibles animadores franceses resisten ahora y siempre a la invasión de superproducciones familiares de Hollywood, pese a que resulta complicado trasladar a la pantalla la magia de Astérix, protagonista de los comics galos más populares, creados por René Goscinny y Albert Uderzo. Puesto que las adaptaciones animadas no acababan de convencer, y las de imagen real daban vergüenza ajena, tenía un pase Astérix: La residencia de los dioses, de 2014, que recreaba a los populares personajes con modernos gráficos digitales. No resulta extraño por tanto que los mismos realizadores de aquélla, Louis Clichy y Alexandre Astier, reincidan con una producción similar, aunque esta vez no adaptan un álbum en concreto, sino que el segundo ha creado un guión completamente original, lo que no había ocurrido en ningún largometraje hasta ahora, salvo en Las doce pruebas de Astérix, de 1976. Si por una carambola Pixar hubiera tenido que hacerse cargo de esta historia, en la que los populares galos toman conciencia de que el tiempo pasa inexorablemente, y su druida tiene que afrontar el cambio generacional, habrían creado una tensión dramática tan intensa como la del momento en el que Andy tiene que legar sus juguetes en Toy Story 3. Obviamente, Astérix: El secreto de la poción mágica no llega a ese nivel, pero se nota que sus creadores tienen en mente a la compañía americana, en la que Clichy trabajó como animador de WALL-E y Up, asumiendo la necesidad de que la historia tenga cierto fondo, sin renunciar por ello al humor típico de la saga, con sus romanos aporreados y sus piratas cuya embarcación hace aguas, como debe ser. Sobre todo está muy presente el mensaje de que se debe asumir que los jóvenes tomarán el relevo, y que conviene guardar el equilibrio entre el respeto a la tradición, y la actitud de cambiar lo que ya no funciona. Aquí se integra cierto mensaje feminista, apuntándose a la moda imperante, pero con bastante inteligencia, sin que nada chirríe. Al público religioso más sensible le puede chirriar un gag con un aspirante a relevar a Panorámix de look similar a Jesús, y los puristas de los personajes señalarán que Obélix ya no sueña con probar la poción mágica desde que la probó excepcionalmente en “Astérix y Cleopatra”, pero está rodada con una animación digna, así que nadie quedará desencantado.
6/10
(2018) | 96 min.
Una historia de mujeres basada en hechos reales, ambientada en el Vietnam rural de finales del siglo XIX, que intenta mostrar que no todo es idílico en el lejano Oriente, y que las mujeres están sometidas a la voluntad del varón, sin que su anhelo de felicidad pueda cumplirse. Sigue a la adolescente May, prometida con un terrateniente, se convertirá en su tercera esposa. Si le diera un hijo varón podría desplazar a las otras esposas. La ingenuidad inicial de May da paso al choque con la realidad y a un aprendizaje donde ve que no se le permite ser ella misma, sus compañeras son rivales, y la seducción y el placer son armas para imponerse a ellas. Cinta exótica y sensual, con mucho primer plano de la naturaleza, o de las mujeres, el pelo, los labios, la primeriza Ash Mayfair se diría influida por el cine de su compatriota Tran Anh Hung, aunque esa historias de esposas también hace pensar en La linterna roja de Zhang Yimou. En cualquier caso resulta demasiado premiosa y desesperanzada, el suicidio y la muerte devienen en únicas posibles liberaciones de un modo de vida opresivo y asfixiante. En la idea de que una mujer debería poder labrarse su propio destino, también se incluye la idea de amar a otra mujer, y no maternalmente precisamente.
5/10
(2018) | 108 min.
Una película "rarita". Se basa en un relato de John Ajvide Lindqvist, una de cuyas novelas dio pie a Déjame entrar, una cinta de vampiros con marchamo de culto. La que nos ocupa aspira a alcanzar a la misma etiqueta "pata negra", pero sea como fuere, no nos engañemos, interesará sobre todo a la minoría anhelante de tramas bizarras que ricen el rizo, pues creen haberlo visto y desean ser sorprendidos a toda costa. Tina es una mujer fea. Yo aún diría más, muy fea. Nunca se ha sentido a gusto consigo misma. Trabaja en una aduana, y posee un don especial, un olfato casi animal, que le permite detectar el tráfico de mercancías ilegales. Demuestra el alcance de su don cuando detecta que un tipo llevaba en la tarjeta SIM de su móvil vídeos de pornografía infantil. En otra ocasión le llama la atención Vore, un tipo casi tan feo como él, que transporta gusanos y una incubadora para larvas. El tipo despierta su curiosidad, se produce una extraña afinidad, que trae algo de aliciente a una vida anodina, donde su tiempo lo reparte entre visitar a su padre anciano en una residencia, y en compartir casa con Roland, un noviete que se pasa todo el día viendo la tele y presentando a su perro a concursos. Quizá el mayor mérito de Ali Abbasi, director y coguionista, sea el de moverse entre diversos tonos, pues conviven el drama, el policíaco y el fantástico, y tan peculiar maridaje no chirría, y hasta se permite ofrecer una reflexión existencial sobre la condición humana, tremendamente deprimente, incluso buceándose sobre la crisis de identidad propia de quien no sabe quién es y cuál es el sentido de su vida; lo que no impide que el conjunto sea con frecuencia repulsivo, no apto para todos los paladares. Tiene mérito la interpretación de Eva Melander, que trasluce angustia vital, una infinita tristeza, y al mismo tiempo asoma en ella un increíble lado salvaje. Su maquillaje, así como el de Eero Milonoff, resulta convincente.
5/10
(2018) | 122 min.
Bertrand lleva dos años en paro, y sigue un tratamiento antidepresivo. Su mujer lo lleva lo mejor posible, y sus dos hijos, una niña y un adolescente, lo mismo, con los tics propias de esas etapas vitales. Con unos cuñados insoportables, nuestro hombre cuarentón va a encontrar un inesperado desahogadero apuntándose... ¡a un equipo masculino de natación sincronizada! No parece que sea el deporte más viril del mundo, pero con sus compañeros, tan colgados o más que él, surge una inesperada camaradería, que se ve estimulada por la posibilidad de competir en el campeonato del mundo. La película del actor Gilles Lellouche, que aquí se queda al otro lado de la cámara, como director, sigue el esquema "grupo de perdedores recupera las ganas de vivir unidos por la amistad y un común objetivo", que puede detectarse en Full Monty, o, más recientemente en España, Campeones. Bertrand, Marcus, Simon, Laurent y Thierry son tipos con problemas, de autoestima, profesionales, familiares, que comparten con sus dos entrenadoras, Delphine y Amanda, que antaño fueron pareja de natación sincronizada hasta que un accidente dejó a la segunda en silla de ruedas. Título simpático y refrescante, que procura ser un chapuzón y baño de realidad, no logra dar del todo con el tono amable que se espera de un film de este tipo, las aristas de los problemas que padece cada uno son grandes –la madre senil que insulta a su hijo, especialmente–, de modo que el contraste con los momentos humorísticos resulta excesivo, hace que el conjunto chirríe un poco. Incluso pasajes como la actuación en el campeonato, que en otros filmes se aceptaría con la idea de que estamos ante una fabulilla que exige la suspensión de la incredulidad, resultan un tanto increíbles, aunque puedan degustarse haciendo abstracción forzada de estas consideraciones. Los actores están bien, especialmente Mathieu Amalric.
5/10
(2018) | 98 min.
Documental que ilustra una iniciativa solidaria apadrinada por el actor y humorista Dani Rovira y su pareja Clara Lago: la Asociación Mi princesa Rett. El actor se embarcó en un proyecto audaz tras conocer el caso de una niña, Martina, que padece Síndrome de Rett, una enfermedad rara y grave de la que apenas se tienen conocimientos. Cuando el padre de la niña le dijo que había conseguido audiencia con el Papa, el actor se embarcó con él y con otras dos personas en un viaje en bicicleta de 1.500 kilómetros hasta la ciudad eterna. Paola García Costas invita con Todos los caminos a salir del propio caparazón, a interesarse con hechos por la felicidad de los demás, de los más necesitados, de los niños. Es la segunda vez que la directora aborda esta cuestión específica, ya que en su anterior film, Línea de meta, también narraba el periplo de un padre por dar a conocer la enfermedad de su hija (igualmente con Síndrome de Rett), con la esperanza de crear una concienciación social acerca de las enfermedades raras, de modo que la investigación pueda avanzar en este campo. Asistimos a entrevistas con los protagonistas –los viajeros, la madre de la niña, la actriz Clara Lago–, a la vez que somos testigos de la aventura en carretera de los protagonistas, que incluye momentos críticos derivados de un accidente que sufrieron en Francia. Hay diálogos, risas, discusiones y también reflexiones de interés, de entre las que se colige lo maravilloso que es el don de la vida, también en algunos casos con su aspecto trascendente, aunque Rovira dice no creer en Dios y centrar su aspiración únicamente en hacer una sociedad mejor: “hay que aceptar las cartas que se te han dado –dice– y jugar la mejor partida de tu vida. Porque no tienes otra”. El resultado es un documento optimista, humano y realista, que habla del sufrimiento y el heroísmo de muchos padres y que ayuda a relativizar los propios problemas y verter la atención hacia el prójimo.
5/10

Lunes 14 de Enero de 2019

(2018) | 80 min.
Acercamiento a la vida y a la obra del pintor Claude Monet (1840-1926), a cargo del documentalista italiano Giovanni Troilo, quien se detiene especialmente en la etapa más importante de su vida, la que tuvo lugar en Giverny a partir de 1893, en donde pasó los últimos pero muchos y fructíferos años de su larga vida, hasta componer la que sería su última gran obra maestra, Nenúfares, pinturas expuestas en unos enormes paneles que él denominó “La gran decoración”. Aunque con el tiempo Monet ha llegado a convertirse en uno de los pintores más prestigiosos e influyentes de la historia, su reconocimiento llegó tarde y la crítica de su obra fue más bien desfavorable durante toda su vida. Monet tenía un ojo especial. Hasta el punto de que quizá la clave de su maestría es que él era capaz de ver lo que otros no veían. Es brillante la idea que se comenta a este respecto de que es como si, para entendernos hoy en día, su mirada pudiera pixelar la imagen, descomponiéndola así en multitud de colores vedados para los demás. A lo largo de la película conocemos así la obsesión del pintor por capturar el instante en sus lienzos, su fascinación por la naturaleza, por la luz y el agua especialmente (en un arrebato llegó hasta a lanzarse al mar con sus lienzos); visitamos la playa de Le Havre, escenario de sus primeros escarceos con la pintura, las aguas del Sena en Argenteuil, los jardines y la casa de Giverny... Especialmente importante en su vida fue su amistad con el político Georges Clemenceau, que llegó a ser el primer ministro francés. Cuando nadie tenía en cuenta su pintura y en 1874 Monet expuso sus obras en París junto a Renoir, Degas y Cézanne con la llamada Asociación Anónima de Artistas (de donde surgió el nombre “impresionistas”, por cierto), fue Clemenceau (que aún era un simple diputado) quien rompió la baraja a favor de Monet, lo cual supuso el reconocimiento artístico y el comienzo de una verdadera amistad que duró hasta el final de su vida, tras los sufrimientos generados por la Primera Guerra Mundial. Hay en Los nenúfares de Monet un extraordinario trabajo de guión, pues no se trata de un documental al uso. Los textos que escuchamos están muy cuidados, se dejan muchos espacios de silencio y de vez en cuando se recrean sensaciones visuales en pantalla, con figurantes o motivos cercanos al pintor. El peso de la narración recae en la actriz Elisa Lasowski, que se pasea por los escenarios naturales tan cercanos a Monet –el Sena, los jardines de Giverny, los bosques– mientras va contando las claves de su vida y su obra. El resultado es excelente, muy bello y elegante, también por la compañía armoniosa de una música muy bien elegida, piano especialmente.
7/10

Viernes 18 de Enero de 2019

(2019) | 129 min.
David Dunn, Kevin Wendell Crumb, Elijah Price. También conocidos como "El Protector", "La Bestia" y "El señor Cristal". Van a coincidir como inquilinos de un centro psiquiátrico donde les evalúa la doctora Ellie Staple, desea que se curen de su dolencia, creerse especiales, auténticos superhéroes. Fuera, sus seres queridos –Joseph, el hijo de David, Casey, antigua víctima de Crumb, y la madre de Elijah– siguen inquietos su evolución. En el final de Múltiple, M. Night Shyamalan dejaba la puerta a unir el universo de esta película con el de El protegido. Y en efecto, han pasado los años, y David sigue usando sus talentos de superhéroe, encapuchado con su impermeable, tratando de dar caza a la Bestia, que sigue con sus numerosas personalidades dando guerra, y últimamente ha secuestrado a unas cheerleadres. Shyamalan prepara el terreno con estos prolegómenos para centrar la acción en el manicomio, donde Elijah sigue maquinando ideas por ser algo más que una simple némesis de David, como recuerdan bien los admiradores de El protegido. En su momento denominé a Shyamalan como "el nuevo mago del suspense". Sigo convencido de su enorme talento. Pero también de que ha perdido el norte. Sus mejores filmes siguen siendo El sexto sentido y El protegido. Poco conocido del gran público, me pareció fantástico su primer trabajo de entidad, Los primeros amigos. Tras entregar unas logradas El bosque y Señales, empezó a hacer agua con La joven del "ídem", y tocó fondo con Airbender: el último guerrero, simplemente fallida por infantiloide. Desde ahí ha ido remontando, pero nunca al nivel de antaño. Con Múltiple y ahora Glass (Cristal) procura reverdecer sus laureles, pero aún le queda camino. Y es que la sensación es que aún le queda espacio a Shyamalan para madurar, se diría que se encuentra encantado con la idea de crear su propia franquicia de superhéroes, aunque me temo que Marvel y DC quedan todavía un poquito por delante. De acuerdo, la película está bien armada, y la trama nos depara alguna sorpresa, pero de algún modo, en los temas de fondo se limita a revisitar con cerebral frialdad ideas de los otros filmes de los que es deudora. Cuesta empatizar con los personajes, aunque estén encarnados por un buen plantel de 7 magníficos actores, Bruce Willis, Samuel L. Jackson, James McAvoy, Sarah Paulson, Anya Taylor-Joy, Spencer Treat Clark y Charlayne Woodard.
6/10
(2019) | 97 min.
Bea, prometedora arquitecta, ha llegado a un acuerdo con su novio, mediante el que ambos elaboran una lista de famosos en teoría inalcanzables con los que podrían acostarse, sin que su pareja ponga objeciones. En un local al que acuden con compañeros de su trabajo conjunto se encuentran con una de las elegidas por él, presentadora del telediario, así que ella le anima de boquilla a seducirla e incluso le echa una mano. A la mañana siguiente, él le pide matrimonio, y Bea acepta, pero después se entera de que llegó a consumar las relaciones sexuales con la ‘celebrity’, y de hecho así lo cuentan los programas del corazón, así que Bea le abandona y decide volver a su pueblo, con sus hermanos y su madre, una estrambótica mujer que cura las enfermedades a cambio de ‘tupperwares’ con comida. No se espera encontrar de nuevo el amor… Las novelas para treintañeras de Laura Norton (pseudónimo de una autora procedente del cine y la publicidad, que prefiere mantener el misterio) triunfan pero son como la gente, vienen y bah; de premeditada sencillez literaria y ligereza resulta imposible que dejen poso, y además abusan del humor zafio. Se le debe reconocer el mérito –sin el cual posiblemente ni la habrían publicado jamás– de escoger muy bien los títulos de sus obras, no sólo ingeniosos, sino que llaman la atención. Tras el éxito en 2014 de No culpes al karma de lo que te pasa por gilipollas, que dio lugar a un film mediocre, tardaba en aterrizar en las salas la versión fílmica de la segunda, de 2015. Supone el debut en el largometraje de Patricia Font, ganadora del Goya al mejor corto por Café para tres, que en el arranque logra interesar, criticando el cinismo en las relaciones sentimentales, la pose de liberal por hacerse el ‘moderno’ que tantas personas fingen en la vida actual, la falsedad en algunos políticos (en el personaje de la hermana alcaldesa de izquierdas) y la falta de expectativas que afecta a gran parte de la juventud. Pero enseguida hace aguas porque el guión resulta previsible, con un guión que abusa de gags facilones, y la realizadora no remonta, por falta de chispa. Resulta un poco vergonzante el humor en torno al stripper enano que ha dejado embarazada en su despedida de soltera a la hermana del personaje central, o una escena en la que los padres de la nueva conquista de Bea la sorprenden en una situación comprometida. Esos momentos recuerdan a las viejas ‘españoladas’ de Mariano Ozores, pero filmadas con desgana. No ayuda un reparto desigual, pues pese a que provocaba carcajadas en Ocho apellidos vascos, a Clara Lago le viene grande la protagonista, una especie de Bridget Jones a la española, pues evidencia una preocupante falta de vis cómica. Tampoco parece demasiado cómodo en este proyecto Álex González, que también fue el principal actor en la citada No culpes al karma de lo que te pasa por gilipollas. En el amplio elenco, sólo se desenvuelven bien en el género Carmen Maura y Alexandra Jiménez, que por desgracia tienen papeles bastante secundarios.
4/10
(2018) | 120 min.
Siglo XVIII. Inglaterra está en guerra con Francia y hay tiranteces en el parlamento británico debido a la estrategia a seguir. Pero lejos del campo de batalla, en la corte de la reina Ana, se va a librar una guerra diferente cuando llega una nueva doncella, Abigail, recomendada por su tía Lady Sarah, la mejor amiga y favorita de la reina. Poco a poco, la chica se hará valer entre los sirvientes y jugará implacablemente sus cartas para ascender meteóricamente en su posición en la corte. Quinta película como director del griego Yorgos Lanthimos, un cineasta cuyo prestigio ha ido siempre al alimón de sus historias singularmente retorcidas, que indagan en los comportamientos insanos de los seres humanos. Su cine provoca atracción y rechazo a un tiempo. No deja indiferente y eso también lo sitúa como director incómodo, distinto, que le hace carne de cañón de festivales y galardones. La favorita, por ejemplo, logró el Premio Especial del Jurado del Festival de Venecia. Presenta Lanthimos la típica corte europea del siglo XVIII, en donde la elegancia manierista de cada estancia del palacio, con sus muebles suntuosos, sus coloridas telas, está en connivencia con el falso formalismo de las personas y una amplia galería de bajezas humanas. La gente de la corte se mueve por intereses exclusivos, conspiran y trapichean como mejor pueden para obtener el rédito deseado. Si para ello han de engañar, seducir, envenenar y confabularse con otros interesados, bienvenido sea. Servil apariencia exterior y podredumbre interior. Película esencialmente femenina, con lesbianismo a tres bandas, están magníficamente perfiladas las tres protagonistas. Destacan la rivalidad entre Lady Sarah (Rachel Weisz) y la recién llegada Abigail (Emma Stone), en una relación que va cambiando poco a poco hasta convertirse en una acendrada guerra por obtener los favoritismos de la reina. Se muestra con credibilidad la evolución de sus intereses, así como la agudizada vulnerabilidad y soledad de la monarca, triste marioneta al vaivén de las mentes manipuladoras de sus compañeras, también en el plano político. El trío de actrices es perfecto, aunque quizá la mayor sorpresa estriba en el trabajo de la menos mediática Olivia Colman, que logra aunar en la reina una rica colección de estados de ánimo. No sería raro que le llovieran premios. Formalmente Lanthimos es fiel a su cine y aquí también ofrece variadas escenas bizarras y morbosas, que acrecientan su fealdad gracias a la ambientación recargada, con interiores muy opresivos, aun cuando se utiliza con oficio la profundidad de campo y un potente uso de la luz. En este significativo aspecto visual, Lanthimos sabe jugar con angulaciones forzadas y demuestra una gran eficacia en el uso de otros aspectos formales como la velocidad de la imagen o la música de cámara, con esa incesante cuerda de fondo, recurso sonoro perfecto para provocar inquietud.
6/10
(2018) | 110 min.
El austriaco Christian Frosch ha rodado filmes que apenas han tenido trascendencia fuera de su país. Esta vez critica las deficiencias cometidas allí durante el proceso que los historiadores conocen como desnazificación, o depuración de responsabilidades, en muchos casos de genocidas tan despiadados como Franz Murer, oficial de las SS que estuvo al frente del gueto de Vilnius, por entonces parte de Polonia, hoy de Lituania. Conocida como la Jerusalén del norte porque antes de la Segunda Guerra Mundial tenía una población judía de 80.000 personas, tras el conflicto habían sobrevivido en la zona alrededor de mil, lo que le valió a Murer el sobrenombre de “El carnicero de Vilnius”. También autor del guión, Frosch reconstruye con enorme fidelidad, al parecer basándose en las actas judiciales, el proceso contra Murer que tuvo lugar en 1963. En la línea de la clásica Vencedores o vencidos, sobre los juicios de Nuremberg, se adscribe a la fórmula del cine judicial, sin evitar algunos tópicos, como las declaraciones de los testigos, los alegatos finales del fiscal y el abogado defensor, etc. Acierta al analizar lo ocurrido desde todos los puntos de vista posibles, tanto de quienes han sufrido la tragedia, como de los periodistas, el cazador de nazis Simon Wiesenthal, los periodistas que cubren las sesiones ante la corte, y el entorno familiar del acusado, que se ha convertido en un respetable padre de familia, aparentemente intachable. Quizás la realización sea un tanto plana. Pero el film cuenta con un guión bastante tridimensional, que apunta como responsable a una sociedad austriaca ansiosa por pasar página. También resulta bastante meritorio el trabajo conjunto de un reparto muy coral, en el que brillan el experimentado pero desconocido fuera de Austria Karl Fischer (Murer), y el protagonista de Los falsificadores, Karl Markovics (Wiesensthal). Y sobre todo se debe reconocer el mérito de que, pese a que se han rodado numerosos filmes sobre el nazismo, Caso Murer: El carnicero de Vilnius deja patente que aún quedan algunos capítulos desconocidos que deben sacarse a la palestra.
7/10
(2019) | 98 min.
La pequeña Mar ha dejado de creer en los cuentos de hadas; piensa que su abuelo le ha engañado cuando le dijo que todo lo que podía imaginar existe en algún lugar, así que decide deshacerse de todos los volúmenes con sus historias preferidas. Empezará a pensar que quizás ha tomado una decisión precipitada cuando tiene que ayudar a sus compañeros de clase más queridos, los Lunnis, con los que se verá transportada al Libro Mágico, que contiene todas las historias inventadas a lo largo de la Historia, para evitar que lo destruyan el malvado Crudo y sus servidores. Los títeres creados por Carmina Roig y Daniel Cerdà en 2003 pasan a la gran pantalla, de la mano del argentino Juan Pablo Buscarini, responsable de Pérez, el ratoncito de tus sueños, personaje que aquí no sólo reaparece, sino que acaba teniendo una importancia decisiva en la trama, como si se tratara de una especie de secuela. Por su encanto le roba el protagonismo a las marionetas famosas por cantar “Los niños y los Lunnis nos vamos a la cama”, para la hora de apagar las luces. Quizás al film le falte una vuelta al guión, para hilar mejor las diferentes escenas. Pero por lo demás resulta mejor de lo esperado, por el tono familiar, la imaginativa recreación del mundo de los cuentos, y la acumulación de momentos divertidos como el encuentro con Pinocho, reconvertido en vendedor de coches. Pero también por la excelente labor del realizador a la hora de mezclar actores reales, con muñecos y personajes creados en animación digital, lo que no resulta demasiado habitual. Sus temas musicales quizás no sean redondos, pero rebosan simpatía, y cuenta con actores carismáticos como la cantante Lucrecia, habitual compañera de los protagonistas, Pablo Carbonell, que parece habérselo pasado como un niño con su alocada interpretación de Merlín, Bruno Oro como un villano a la altura de lo que se espera, y la joven debutante en el largometraje Carla Chiorazzo, bastante expresiva. Además, tiene buen fondo, al reivindicar para el público infantil la importancia de la fantasía y de la imaginación, y poner de manifiesto la necesidad de leer libros.
6/10
(2018) | 89 min.
Un curioso proyecto de Coque Malla, cantante de éxito y actor ocasional, que plantea este documental como una especie de intento de expulsar los demonios emocionales en relación con las mujeres, un muestra de su anhelo de comprender la importancia que tienen en su vida. El hilo argumental es hacer un disco con canciones cantadas en colaboración con varias mujeres: Leonor, Alondra, Laura, Amparo, Vilma, Rebeca, Ángela, Annie, Jeanette, María... Un disco titulado precisamente "Mujeres". Mujeres, de Coque Malla habla de la importancia de las mujeres y su relación con ellas en la vida del cantante, quien compone su música al compás de esos amores, desamores, incomprensiones, frustraciones, traiciones, engaños, despedidas, etc. Asistimos a los ensayos musicales de las diferentes canciones, a la vez que Coque Malla dialoga con esas mujeres –algunas conocidas por el público, como Leonor Watling, Ángela Molina o la cantante Jeanette– sobre el mundo femenino, el amor y el desencuentro, la infelicidad, la convivencia, al tiempo que vemos cómo las visita y cómo se desenvuelve en el día a día, con un amigo, con su mujer Macarena y con su hija recién nacida, la cual para el cantante tiene una importancia capital: “con su nacimiento un ciclo se ha cerrado”, dice. Aunque hay cierta originalidad en el conjunto, en los temas que salen a colación, sin duda se trata también de un marcado ejercicio de narcisismo, ese mirarse al ombligo del divo que puede resultar incluso algo vergonzante. En este sentido, tiene gracia la referencia explícita a la película Fellini 8 y ½, con los insertos de esos diálogos de Mastroianni como si fueran también parte de la experiencia del cantante. Lógicamente, también por la música que se oye, la película gustará sobre todo a los fans incondicionales de Coque Malla.
4/10
(2019) | 96 min.
Una cachorrilla callejera de pitbull es encontrada por el joven Lucas, quien se la lleva a su casa. Desde entonces hombre y animal se harán inseparables. Bella, que así se llama la perra, es completamente feliz en casa de Lucas y su madre. Sin embargo, debido a una ley vigente en Denver, esa raza de perro está prohibida, por lo que Bella será trasladada a Texas, a 600 kilómetros de su hogar y de su adorado Lucas. Pero Bella no está dispuesta a renunciar a su felicidad y emprenderá en solitario un arriesgado camino de regreso. Bonita película familiar, tan dulce como previsible, que se inscribe en el género canino y en especial en la unión que se establece entre los perros y los seres humanos, en la línea de otros filmes como Siempre a tu lado. Hachiko, Una pareja de tres o Mi perro Skip. Tras las cámaras se sitúa Charles Martin Smith, que anteriormente filmó otra película de animales, La gran aventura de Winter el delfín, pero que muchos telespectadores recordarán en sus papeles de actor, en especial en el del inolvidable contable de Los intocables de Eliot Ness. Aquí traslada con eficacia a la pantalla un emotivo guión que adapta la novela de W. Bruce Cameron, quien ya escribió otro relato perruno llevado recientemente al cine, Tu mejor amigo. El sello de identidad de Uno más de la familia es sin duda que la narración proviene del propio perro, o mejor dicho de la perrita Bella, que va narrando sus sentimientos y percepciones al más puro estilo humano, aunque la comprensión de muchas situaciones se le escapen a su cerebro canino. El film sin duda logra reflejar la potencia con que los perros se aferran a sus dueños, la necesidad que tienen de cariño, su agradecimiento ante cualquier muestra de afecto, su fidelidad inquebrantable. Pero también tiene mucha presencia el carácter de aventura de la historia, pues Bella tendrá que hacer un gran ejercicio de supervivencia en su intento por recorrer los 600 kilómetros que le separan de casa. En este sentido, hay un esfuerzo encomiable en todas las escenas, las andanzas de Bella no parecen forzadas sino completamente naturales. Y sin duda lo mejor son las secuencias del bosque y en especial las que tienen que ver con el pequeño puma, creado digitalmente con estupendos efectos visuales. Entre el reparto humano destaca la presencia como secundaria de Ashley Judd, que tan poco se prodiga en pantalla en los últimos años.
5/10
(2017) | 118 min.

1983. Chile. Poblado de La Victoria. Gladys, una joven con carácter, atractiva y valiente llamada “La Francesita”, vive con su madre y con su hija en un barrio marginal de Santiago en plena dictadura de Pinochet. La familia acoge en su casa a Samuel Thompson, un ingenuo y joven misionero norteamericano que viene a predicar la palabra de Dios y las bondades del progreso para este país del tercer mundo. Con su cámara, Samuel será testigo del clima de represión que vive toda la población así como de las primeras grandes protestas en lucha por recuperar la democracia.

(2018) | 105 min.
El pastor Dave regenta la capilla de St. James, situada en el campus de la universidad estatal de Hadleigh. Desde hace algún tiempo viene siendo objeto de controversia, la junta rectora considera que en una sociedad laica no cabe la presencia de ese lugar de culto, aunque lleve ahí desde tiempo inmemorial, antes siquiera de que existiera la universidad. Un incendio provocado, del que es víctima mortal el principal ayudante de Dave, azota aún más el fuego de la discordia. El pastor decide no rendirse a las presiones de las autoridades académicas para que venda el terreno donde está la capilla, y su hermano abogado Pierce decide ayudarle en las cuestiones legales, aunque él mismo lleve tiempo apartado de Dios. Entretanto el estudiante causante de la tragedia está reconcomido por la culpa, sólo puede desahogarse ante la chica que le gusta, aunque no sabe muy bien qué hacer. Tercera película de la saga Dios no ha muerto, películas producidas por una compañía de inspiración cristiana, Pure Flix, que con el telón de fondo del mundo educativo y las aulas, invitan al espectador a preguntarse acerca de la presencia de Dios en la existencia humana, frente a la tentación de enrocarse en las propias ideas, en vez de emprender una personal búsqueda de la verdad que en tantas ocasiones puede ser desafiante, o de tratar de entender la posición de la parte contraria. Y en estos terrenos, el film dirigido con eficacia por el debutante Michael Mason funciona a la perfección, Porque trata de incluir todos los puntos de vista en lo relativo a los derechos a la libertad religiosa y de culto, y lo importante del diálogo, además de mostrar el atractivo y la obligación de hacerse las grandes preguntas, de saber moverse por el amor, de poner en práctica el perdón, de buscar sentido al dolor. Y no evitan cuestiones incómodas, como las razones del alejamiento de muchos jóvenes de la práctica religiosa. Los personajes son seres humanos, y todos distan de ser perfectos. Y justamente ese reconocimiento de las propias flaquezas, bien imbricado en la trama, da al conjunto una gran solidez, y da pie a momentos muy emotivos. Está muy bien construidas la relaciones entre los personajes, el chaval culpable y su novia, el pastor y la mujer que le atrae, el pastor y el rector, pero entre todas destaca la de los dos hermanos, bien encarnados por David A.R. White y John Corbett, su toma y daca es una razón importante del encanto de la cinta.
6/10
(2019) | 72 min.

Eva tiene una cita que no llega… y algún que otro problemilla más. No la oirás hablar… pero la oirás gritar.

Viernes 25 de Enero de 2019

(2018) | 93 min.
Forrest Tucker es un apuesto septuagenario que ha sido toda su vida ladrón de bancos, atracos que él lleva a cabo con una corrección impecable, sin revuelo ni violencia, casi con amabilidad. Aunque suele ir acompañado por dos compañeros igualmente talluditos, también actúa solo de vez en cuando. En la huida posterior a uno de sus golpes conocerá a una simpática viuda, Jewel, y ambos congeniarán rápidamente. El norteamericano David Lowery (En un lugar sin ley) escribe y dirige esta comedia dramática que narra hechos reales y verdaderamente insólitos. La historia de un septuagenario ladrón compulsivo de bancos y experto en evasiones carcelarias le sirve a Lowery para rendir sin duda un homenaje a Robert Redford, de quien incluso se extraen imágenes antiguas de su filmografía para ilustrar el pasado del protagonista. Esta cierta nostalgia aporta un toque característico al resultado y hace que The Old Man & the Gun se vea con agrado, aunque también sin gran emoción, ya que no se escapa que la historia es leve, sin la requerida entidad dramática. De hecho, se pasa de puntillas sobre los acontecimientos y sobre los personajes secundarios. Casi todo el atractivo se basa en el carisma que conserva Robert Redford, si bien es cierto que aquí ya se le ve actor demasiado mayor y con mucho menos encanto que antaño. Qué duda cabe que la historia real tiene su interés por su singularidad, pero a Lowery parecen no interesarle ni lo más mínimo ni los robos ni la trama policiaca, ambas cuestiones convertidas casi en un Macguffin. Por el contrario, parece asumir sin ninguna pena esa falta de garra para así centrar su atención en la casi necesidad vital que tiene el protagonista por llenar una y otra vez su maleta de billetes, mientras dedica a las diferentes víctimas de turno –cajeras, directores de sucursales, etc.– sus más tiernas sonrisas. Lo que mejor funciona es el romance otoñal entre Forrest y Jewel, ésta última maravillosamente interpretada por Sissy Spacek, probablemente el mejor papel del film. Hay dulzura entre ellos, generosidad, química. Y, claro está, también destaca la extraña relación de complicidad que se establece entre el policía John Hunt (correcto Casey Affleck, habitual del director), un tipo familiar desencantado de su profesión, y el talludito ladrón de bancos.
5/10
(2018) | 155 min.
Una especie de guía que atiende al nombre de Verge interroga sobre su vida a Jack, asesino en serie obsesionado con la limpieza, que le cuenta cinco momentos claves de su carrera criminal. Ingeniero, pero enamorado de la arquitectura, está convencido de que sus asesinatos son obras de arte, por lo que acumula cadáveres en una cámara frigorífica, al tiempo que construye la casa de sus sueños. Genio renovador del cine, y único vanguardista auténtico vivo, pero también provocador nato, Lars Von Trier sólo puede rodar desatinos u obras maestras. En esta cinta, más cercana a Anticristo, que a Melancolía, por citar dos ejemplos, parece psicoanalizarse a sí mismo y justificarse, usando como alter ego al psicópata protagonista, con el que comparte muchos elementos, pues se trata de un personaje inteligente, culto, con sentido artístico, pero también prepotente, retorcido, sádico, atormentado y sobre todo misógino, todos los personajes femeninos que aparecen son víctimas, que el personaje central define como “mujeres estúpidas”, pese a ser un film que se estrena en plena era #MeToo. A veces parece estar burlándose de los espectadores, con un humor negro muy particular, pues cabe citar que el cineasta vetado en Cannes –le perdonaron para exhibir esta cinta– por confesar que entendía a Adolf Hitler, utiliza como confesor de Jack a Bruno Ganz, al que se recuerda sobre todo por dar vida al dictador nazi en El hundimiento. En un momento dado, ambos hablan incluso sobre Albert Speer, el arquitecto del Tercer Reich. Visualmente apasionante, como toda la obra del danés, rodada con la cámara libre, marca de la casa, esta catarsis para ahuyentar sus demonios puede interpretarse como una metáfora de la relación del artista con la moral; Von Trier argumentaría que éste puede saltarse todas las normas, también ofender a quien sea, si eso resulta conveniente para su trabajo. Es más, parece concluir que no cree en el arte creado con amor, sólo le parece gloriosa la oscuridad. Pero bajo su apariencia densa –con citas al pianista Glenn Gould, al pintor Eugene Delacroix, al escritor William Blake, etc., y una interminable reflexión sobre la luz, las sombras y los negativos fotográficos– La casa de Jack no deja de ser un ejercicio de estilo autocomplaciente, cínico, de duración desmesurada, que espantará a los espectadores más sensibles, ya que la violencia parece seguir la estela del austriaco Michael Haneke en Funny Games, llevándola mucho más allá del límite de lo tolerable por el espectador. Resultan difícilmente soportables incluso para los espectadores más experimentados en truculencia, segmentos como la cacería de la madre con sus niños, la amputación de pecho, y hasta la mutilación de un pato. Resulta obligado reconocer el convincente trabajo de Matt Dillon, como sabelotodo desquiciado, muy alejado de los seductores que le encumbraron en los 80. Ganz vuelve a brillar, hasta puede recitar diálogos presuntuosos con aparente normalidad. Como en Nymphomaniac –también estructurada como una confesión de la maldad pasada –, Von Trier vuelve a contar con Uma Thurman, que da vida con profesionalidad de nuevo a un personaje episódico, una dama a la que se le ha averiado el coche.
4/10
(2017) | 96 min.
El Neolítico. Una tribu se asienta en un arroyo en los Alpes pero, mientras su líder, Kelab, está de caza, los suyos son saqueados por un clan rival que acaba con todos sus miembros, incluyendo a la mujer y al hijo del jefe. Éste, buscará vengarse de los asaltantes, llevando consigo a un bebé, único superviviente de la masacre, cuya madre había muerto mientras daba a luz. Tercer largometraje como realizador del alemán Felix Randau, después de que los dos primeros (Northern Star y Die Anruferin) no lograran demasiada difusión internacional. Se inspira en Ötzi, la momia de Similaun, hallada en 1991, cuerpo perfectamente conservado en el hielo de un hombre que vivió en la Edad del Cobre, fallecido por un flechazo en el pecho cuando tenía 40 ó 50 años. Bien se podría considerar el primer asesinato sin resolver de la Historia. Especulando sobre lo que pudiera haber ocurrido, él mismo desarrolló el guión, que pese a que inventa una historia de ficción, trata de ser bastante realista, integrándose muy bien en lo que se conoce de la época. En este sentido recuerda bastante a En busca del fuego, del francés Jean-Jacques Annaud. Como aquél, se trata de un film prácticamente mudo, pues sus protagonistas se limitan a gruñir, al parecer en una variante del idioma rético, pero que ningún espectador podrá entender, ya que se ha renunciado al subtitulado. Cobran así gran importancia la expresividad del reparto, liderado por el siempre convincente Jürgen Vogel, en un papel completamente diferente al profesor protagonista de La ola, por el que más se le conoce, e incluso resulta físicamente irreconocible por la barba y el cabello salvajes. Llama la atención la impresionante fotografía de parajes helados. De enorme simpleza narrativa (acaba siendo la típica historia de venganza, de la que en teoría el espectador conoce el final), sí que se permite arrojar una mirada a la necesidad natural de hacer rituales a los muertos en las culturas primitivas, ya que el hombre siempre ha mirado hacia la trascendencia, o del contraste entre los que recurren a la violencia, y la bondad de personas que se ofrecen a ayudar a desconocidos.
6/10
(2018) | 130 min.
Filadelfia. Adonis Creed continúa su carrera triunfal en el ring, venciendo a Danny ‘Stuntman’ Wheeler, lo que le convierte en el Campeón Mundial de los Pesos Pesados. Está a punto de pedir en matrimonio a su novia, Bianca, que quiere que ambos comiencen una nueva vida en Los Ángeles para progresar en su carrera como cantante, lo que implicaría alejarse de Rocky Balboa, mentor de Adonis. Inesperadamente entra en escena Viktor Drago, hijo de Ivan Drago, el púgil que mató a su padre más de tres décadas atrás, que le desafía a medirse con él en el ring. Tras rejuvenecer la saga de Rocky con Creed. La leyenda de Rocky, Ryan Coogler no pudo ocuparse de la siguiente entrega porque prefirió rodar la superheroica Black Panther. Así que pasa el testigo de la realización al jovencísimo Steven Caple, Jr., hasta ahora autor de un único largometraje, el drama ‘indie’ The Land. Quizás el film no sorprende tanto como su predecesor, y abusa de repetir elementos ya conocidos de la saga, y de Rocky IV en particular.   El recién llegado Caple, Jr. ha rodado muy bien los combates, situando la cámara muy cerca de los combatientes, por lo que el espectador se ve involucrado. Pero se acierta al priorizar el interés dramático de los personajes por encima de una mera sucesión de peleas. Se habla sobre todo de relevo generacional, pues desarrolla más la relación casi paternofilial entre el icónico personaje de Sylvester Stallone y el de Michael B. Jordan, pues se ha convertido más que en un entrenador en un asesor para la vida. Pero al mismo tiempo el primero echa de menos a su hijo auténtico, del que se ha distanciado. Por otro lado, Drago utiliza al suyo para vengarse de la derrota sufrida en el pasado. Se reflexiona también sobre la necesidad de levantarse en los momentos en los que la vida se cae como un castillo de naipes, cuando resulta determinante el apoyo de las personas adecuadas. Como se espera, realizan un convincente trabajo de nuevo Michael B. Jordan y Tessa Thompson, y por supuesto Sylvester Stallone en un rol que no sólo lleva interpretando desde 1976, sino que es un trasunto de sí mismo. Pero sorprende en especial Dolph Lundgren, pues contra todo pronóstico el sueco aprovecha muy bien que el libreto humaniza a Ivan Drago, hasta ahora una especie de monstruo de Frankenstein, entendiéndose muy bien sus motivaciones, lo que da una nueva dimensión al film.
7/10
(2018) | 110 min.
Guglielmo es un tipo tallludito, calvo, con gafas y regordete, que regenta un establecimiento de ornamentos litúrgicos y arte sacro en Roma. Su esposa le acaba de dejar tras 25 años de matrimonio, acaba de descubrir que es lesbiana. El pobre encaja la noticia como puede, mientras anda a la búsqueda de una nueva empleada para su tienda. Allí aparece la alocada Luna, exuberante joven que viste provocativamente y dotada de abundante verborrea, que logra camelarse al otro para que la tenga a prueba durante un mes. Ambos van ganando en confianza mutua, hasta el punto de que Luna empieza a facilitar a Guglielmo citas con mujeres que puedan reemplazar a la esposa que tanto echa de menos. Carlo Verdone, conocido sobre todo por Manuale d'amore, dirige, escribe y protagoniza esta italianada, una comedia con mucha labia, que se esfuerza en ser graciosa, pero que sólo lo consigue a ratos, Una vez planteada la trama, resulta bastante reiterativa en situaciones, incluidas las bromas clericales, elegantes, pero que acaban cansando. La salvan en parte los acelerados diálogos, y cierta química entre la pareja protagonista, Verdone e Ilenia Pastorelli.
4/10
(2018) | 119 min.
Pete y su esposa, Ellie, tienen una vida acomodada tras triunfar con su negocio de reforma de casas. Pero han esperado demasiado para formar una familia, por lo que se sienten vacíos, así que tomarán la opción de adoptar, lo que requiere que asistan a clases previas. En una reunión con niños desamparados, conocen a Lizzy, una adolescente que les convence, aunque va en un “pack” con sus dos hermanos más pequeños… Mark Wahlberg ha quedado encantado con el realizador Sean Anders, bajo cuya batuta ha protagonizado Padres por desigual y su secuela, Dos padres por desigual. Ahora produce su tercera colaboración, donde también ejerce como protagonista. Se trata de un film muy superior a aquéllos, pues no sólo acumula momentos que causan carcajadas (la escena de la niña aislada resulta particularmente divertida), sino que también consigue resultar emotiva, y eso que no resulta nada fácil nadar entre ambos extremos. Trata con profundidad el esfuerzo que supone la adopción, dejando claro las dudas y las dificultades a las que se enfrentan quienes han elegido esta opción, pero también las recompensas que les esperan, y queda bastante claro que realizan una labor muy necesaria, para dar una familia normal a chicos que no la tienen. Mark Wahlberg y Rose Byrne han elegido componer a personajes exagerados, pero cumplen con sus tareas. Y están bien secundados, por un lado por veteranos tan eficaces como Octavia Spencer, y por otro por recién llegados como la jovencísima Isabela Moner, y sus expresivos hermanos. Concesión casi inevitable en los tiempos que corren, se incluye una pareja homosexual entre los compañeros de los protagonistas que acuden a las clases de padres adoptivos.
6/10
(2018) | 117 min.
Adaptación de un libro de James Baldwin, la trama se sitúa en el imaginario barrio de Beale Street, que deviene en metáfora de esas zonas urbanas donde los afroamericanos tratan de llevar sus vidas del mejor modo posible, aunque sean víctimas de los prejuicios raciales, hasta encontrar una vivienda digna se torna tarea harto difícil. Es lo que les sucede a Tish y Fonny, tiernamente enamorados. Una acusación falsa de violación hace que él acabe con los huesos en la cárcel, donde se entera de que ella está esperando un niño. Barry Jenkins, que triunfó en los Oscar con Moonlight, parece empeñado en convertirse en el “Douglas Sirk negro”, con este drama con tintes de culebrón, donde entrelaza bien el presente en que se busca evitar una condena fatal con escenas que explican cómo se ha llegado a la actual e injusta situación carcelaria. Hábil cineasta, Jenkins sabe rodar con intensidad, por ejemplo en la redonda escena final. Pero carga las tintas hasta la caricatura en algunos personajes –la cerrazón mental de la madre y las hermanas de Fonny, la brusquedad grosera de la hermana de Tish, el repulsivo policía blanco que hizo la detención– e incluso se pierden en el camino algunos personajes, sin que volvamos a saber de ellos, véase el viejo amigo de Fonny. La pareja protagonista, KiKi Layne y Stephan James, hace un buen trabajo actoral. Hay también un buen plantel de secundarios, entre los que descolla Regina King.
6/10
(2016) | 88 min.
Simpática película de animación brasileña dirigida por Rodrigo Gava, imagina las aventuras infantiles de tres niños que cuando sean adultos protagonizarán hazañas que les harán pasar a la posteridad. Ellos son Cristóbal Colón, Leonardo Da Vinci, y Lisa, la mujer de enigmática sonrisa retratada en el cuadro más célebre de la historia. Los tres son amigos y viven en una ciudad costera, y en el muelle escuchan las historias de un viejo con pata de palo, que asegura tener un pasado pirata y haber navegado hasta mágicas tierras, la mítica Isla Brasil, donde contactó con las criaturas que habitan bajo el mar, concretamente con una sirena. Aunque le escuchan con incredulidad, Cris sueña con navegar y descubrir nuevos mundos, y el regalo de un mapa vikingo puede ser el detonante para que los tres descubran su destino. Se trata de una producción infantil, que aúna desordenadamente muchos elementos, igual tenemos a una especie de Neptuno que a unos caballeros templarios cuyo señor maneja una poderosa magia, y es capaz de predecir el futuro, o unos piratas codiciosos. En cualquier caso tienen encanto los personajes, hay bromas simpáticas, y se ponen en valor la amistad, la búsqueda de la verdad, y el perseguir los propios sueños. La animación es sencilla, no hay un gran presupuesto, pero los personajes tienen su gancho, sobre todo los tres protagonistas y el vejete pata palo.
5/10
(2018) | 62 min.

La Lechuza del cine ofrece a las niñas y niños cinco aventuras acerca de la libertad, con músicas originales, heroínas sorprendentes y una calidad gráfica extraordinaria. La divertida niña que quiere jugar a caballeros en Encajes y Dragón, la tierna amistad entre una princesa y una dragona en La caza del Dragón, las hermosas estrellas en La Niña y la Noche, las ganas de ser libre del animal fantástico de La Unicornio y la lucha por la liberación de la tiranía en El Viento entre las Cañas, integran un programa de cortometrajes que es un maravilloso canto a la libertad.

Jueves 31 de Enero de 2019

(2018) | 98 min.
Documental sobre la octogenaria jueza del Tribunal Supremo de los Estados Unidos Ruth Bader Ginsburg, conocida por sus logros en sustanciales cambios legislativos, cara a terminar con injustas discriminaciones por razón de sexo. El film de Julie Cohen y Betsy West llega casi a la vez que el largometraje de ficción Una cuestión de género, donde Felicity Jones se encarga de interpretar a Ginsburg. Ha sido nominado al Oscar en la categoría de mejor documental, lo que se entiende más por la categoría del personaje retratado, que despierta enseguida la atención del espectador, que por los logros en la realización, pues sigue un formato bastante clásico, no demasiado brillante, incluso con algunas intervenciones de personas entrevistas introducidas con las preguntas de las documentalistas fuera de campo e inaudibles. En cualquier caso, se ofrece un cuadro muy completo de la trayectoria de Ruth Bader Ginsburg, en las facetas personal, profesional y como icono de las causas no sólo feministas, sino también liberales y de defensa de los derechos de las minorías. El contraste entre su figura actual, pequeñita por la ancianidad, y la fortaleza con que defiende sus puntos de vista, funciona muy bien en pantalla. Se recuerda su largo matrimonio con un hombre que la amaba de veras, apoyándola siempre en su desarrollo en el mundo del derecho, las luchas con la enfermedad, la etapa como profesora, y las causas legales que introducen cambios en las leyes para que no se castigue injustamente a la mujer, lo que incluye su ingenio para usar un caso en que el discriminado por razón de sexo era un hombre. También tiene su encanto advertir que era admirada por personas con ideas muy diferentes a las suyas, y concretamente su amistad con quien también fue juez del Tribunal Supremo, Antonin Scalia, o ver las imágenes de archivo en que un comité del Senado la ratifica como candidata adecuada al alto tribunal. Aunque el film está hecho desde la más rendida admiración, no se ocultan meteduras de pata, como la de pronunciarse desfavorablemente hacia el entonces candidato presidencial Donald Trump, algo que no puede hacer una juez de un tribunal que en el futuro habrá de pronunciarse, tal vez, acerca de decisiones presidenciales, y por que pidió disculpas.
6/10