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Calendario estrenos cine

2019

Viernes 07 de Junio de 2019

(2019) | 113 min.
Siendo niña, Jean Gray sufre en 1975 un accidente automovilístico, a resultas del cual mueren sus padres. Sus poderes mentales de mutante han tenido mucho que ver con lo ocurrido. El profesor Charles Xavier la acoge en su escuela para jóvenes especiales con superpoderes. Veinte años después, un grupo de X-Men, atendiendo el ruego del presidente de los Estados Unidos, acuden al rescate de la lanzadera espacial Endeavour, que tiene problemas. Jean Gray debería haber muerto, tanto fuerza su especial don, pero contra pronóstico sobrevive, e incluso se siente más poderosa. Todo apunta a que esa multiplicación e inestabilidad de sus poderes, cual ave fénix renacida, tiene que ver con la amenaza de unos belicosos alienígenas liderados por Vuk, que desean apoderarse del don de Jean para hacerse con el control de la Tierra. Nuevas andanzas de los X-Men, con el foco puesto en los orígenes y desdichada historia de Jean Gray, también conocida como Fénix Oscura, adapta uno de los cómics más populares de la saga de superhéroes, creado en 1980 por Chris Claremont y John Byrne. Firma el guión y dirige Simon Kinberg, debutante en las lides de dirección, y más conocido por su dilatada trayectoria de productor y guionista, que incluye los filmes X-Men: Primera generación, X-Men: Días del futuro pasado y X-Men: Apocalipsis, o sea, que ya había trabajado con el reparto de la versión juvenil de los mutantes –que no obstante, han ido creciendo, el tiempo vuela– representada por James McAvoy, Michael Fassbender, Jennifer Lawrence, Nicholas Hoult, Sophie Turner, Tye Sheridan, Kodi Smit-McPhee y Alexandra Shipp. La película resulta sin duda entretenida, con un estupendo reparto, y los efectos visuales de las dinámicas escenas de acción son de gran calidad. Es estupenda la partitura musical de Hans Zimmer, que con su recurso a las notas sostenidas que tan buen resultado han dado en las películas de Christopher Nolan, imprime la emoción de lo mucho que hay en juego en los combates mutantes. Pero quizá la trama es demasiado sencilla y reiterativa, sin avances y evoluciones de entidad. Al final todo se reduce al trauma infantil de Jane, que la torna inestable, imprevisible y peligrosa, y a insistir en la idea de que tal vez Charles se equivocó en el modo en que quiso protegerla. Incluso el planteamiento de un posible Charles egoísta, que podría haberse engañado buscando autoafirmarse egocéntricamente, con la excusa de ayudar a los jóvenes con poderes, muy sugerente, no acaba de incoarse todo lo deseable. Mientras que la “marciana” de Jessica Chastain es muy elemental, la sostiene el poderío de la actriz, y su pintoresco aspecto físico, con su melena rubia casi albina, y sus zapatos de tacón de aguja.
6/10
(2018) | 107 min.
Thomas, un joven adicto a las drogas que no tiene familia, acepta ingresar en un centro de retiro espiritual en medio del campo, con el deseo de superar su dependencia en compañía de otros chicos con su mismo problema. Ahí toca seguir un horario en que se combinan los ratos de oración, y los testimonios, con el trabajo físico, cultivar el campo o cortar leña. Thomas no es creyente, y siente las consecuencias del mono, hasta el punto de que quiere tirar la toalla. Pero conoce a la luminosa Sybille, hija de unos lugareños, que logra persuadirle sin grandes argumentaciones, para que persevere en el intento, sólo le indica que ha visto a otros jóvenes en su misma situación irse, y que todos acabaron mal. De modo que volverá a intentarlo. Cédric Kahn, director y coguionista, vuelve a seguir las sendas del drama intenso y sobrio que ya transitó en Wild Life y Una vida mejor. De modo que entrega un film contemplativo, que se toma su tiempo en describir la trayectoria de Thomas, desde su rechazo inicial a una integración progresiva. Nunca cae en la sensiblería fácil, llama la atención el realismo con que se pintan las dificultades a las que se enfrentan los adictos, en que hace falta fuerza de voluntad, sincerarse antes los demás y con uno mismo, el apoyo de los otros compañeros y los que regentan el centro, y también, desde el punto de vista cristiano omnipresente en el film, y tratado con exquisito respeto, la gracia de Dios. No estamos ante una película complaciente. Nadie dijo que dejar atrás las drogas fuera fácil, o que alguien pudiera firmar un certificado de que nunca se volverá a reincidir, volver al mundo real puede ser muy duro. Estamos ante un film de puertas abiertas, que explora muchos caminos sin darlo todo mascado, y que no rehúye situaciones incómodas. No sólo existe el peligro de recaer, también la muerte puede acechar. Puede uno ser incrédulo y descubrir la fe. Hasta una experiencia religiosa intensa, o el descubrimiento de los salmos, puede llevar a plantearse el discernimiento vocacional, ¿y si el Señor me llamara a ser sacerdote? Aunque también está el amor humano, tan atractivo, y que puede haber sido decisivo para seguir adelante. El protagonista, Anthony Bajon, hace una fenomenal composición, con sus ojos de pajarillo asustado, pero que paulatinamente crece y gana en confianza, lo que no impide que puedan surgir las dudas y las pruebas. Está arropado por un estupendo reparto, en que están muy bien Damien Chapelle, el “ángel de la guarda” de Thomas, Álex Brendemühl, que regenta el centro, Louise Grinberg, la ternura que salva a Thomas, y la veterana Hanna Schygulla, la religiosa fuerte que ayuda al protagonista en una importante encrucijada.
7/10
(2018) | 125 min.
Provocativa ópera prima de la rumana Adina Pintilie, que no tiene absolutamente nada que ver con la Nueva Ola de realizadores de su país, como Cristi Puiu (La muerte del señor Lazarescu) o Cristian Mungiu (Cuatro meses, tres semanas y dos días), con su estilo austero y minimalista, sino que más bien sigue los patrones de la videocreación y el cine experimental. Mezcla de realidad y ficción –al menos aparentemente–, sigue a Laura, una mujer británica de mediana edad sobre la que la propia Adina Pintilie está rodando un documental, y que se comunica con ella por videoconferencia. Tras haber sufrido un trauma del que se desconocen las circunstancias, ha desarrollado una extraña fobia hacia el contacto físico. Imposibilitada de mantener relaciones sexuales por este motivo, se ha obsesionado con mirar, por ejemplo a un joven al que paga por masturbarse, o a mujeres y transexuales a los que observa en la cama; acaba entrando en contacto con un grupo de discapacitados, como Christian, que padece una severa atrofia muscular y Tomás, alopécico sin pelos ni cejas. Pese a tratarse de un ejercicio de estilo, el jurado presidido por el realizador alemán Tom Tykwer, donde estaba Chema Prado, ex director de la Filmoteca Española, le otorgó el Oso de Oro en el Festival de Cine de Berlín, pese a que había conseguido críticas tibias; al parecer muchos de los cronistas abandonaron la sala de proyección. No resulta extraño, porque abunda en secuencias que buscan el escándalo, orgías y desnudos a mansalva. Con un tono pretencioso “new age”, y mucha palabrería barata, se entiende que se divaga sobre la importancia de la sexualidad a la hora de construir la identidad de la persona, y ofrece una especie de muestrario sobre diferentes terapias para trastornos en este campo. La figura del progenitor de la protagonista, un enfermo terminal, da pie a una especie de crítica a las generaciones precedentes que limitaron la sexualidad a tener a sus hijos. A Pintille se le deben reconocer buenas dotes para dirigir a los actores, totalmente creíbles en personajes grotescos, y una enorme capacidad para crear imágenes potentes. Pero por otro lado se extiende demasiado, a veces parece que ella misma no tiene claro hacia dónde quiere ir, y de hecho no existe una trama convencional que capte al espectador. Como consecuencia, Touch Me Not acaba siendo bastante premiosa, lo que no impedirá que sea defendida por los críticos más progres y “cools”, como un ataque al heteropatriarcado de una directora femenina y bla, bla, bla…
4/10
(2019) | 94 min.
Sir Lionel Frost, pintoresco aventurero británico, fracasa cuando trata de fotografiar al monstruo del lago Ness. De vuelta a su hogar, propone a los miembros de la Sociedad Geográfica una singular apuesta que ganará si encuentra a la criatura conocida como Sasquatch. Sus rivales le envían a un tipo para que se encargue de obstaculizar la aventura, pero Frost recibirá la ayuda inesperada de Adelina, viuda de un antiguo conocido, que tiene el mapa que puede llevarle hasta su objetivo. Resulta tan difícil como encontrarse con el Yeti avistar una producción en stop-motion tan cuidada como las de Laika, compañía responsable de las excelentes Los mundos de Coraline, Kudo y las dos cuerdas mágicas y El alucinante mundo de Norman. Chris Butler, co-autor de esta última, escribe y dirige esta nueva producción, más colorista y sin el toque siniestro de las anteriores, pero que mantiene la principal seña de identidad de la casa, una animación artesanal que destila encanto. Sus personajes tienen atractivo, sobre todo el Sasquatch, y la hostil líder del pueblo ‘yeti’. Por el contrario, quizás le falte algo de inspiración y originalidad a la historia, una mezcla de las novelas de Jules Verne –sobre todo de “La vuelta al mundo en 80 días”– con las películas clásicas de aventuras de los años 30, y Horizontes perdidos (1937), de Frank Capra. Le sobran bromas facilonas, y no logra que tenga entidad su mensaje, en torno a la necesidad de comunicarse y la posibilidad de que nazca la amistad en individuos de procedencias muy variopintas, y la importancia de luchar para perseverar y hacer realidad los sueños. En cualquier caso, el film cumple como espectáculo de entretenimiento.
7/10
(2017) | 91 min.
Lino es un joven sin suerte. Desde niño ha sido así, no tiene amigos, no tiene amor, le ocurren todo tipo de desgracias y lleva seis años con un trabajo de animador de fiestas infantiles vestido con un ridículo disfraz de gato. El colmo llega cuando su casera le pone de patitas en la calle. Y cuando un ladrón es cazado con el disfraz de Lino, el joven se convertirá en principal sospechoso. Pero lo peor llegará cuando por un extraño sortilegio Lino quede convertido en un gato gigante. Simpática película de animación de producción brasileña, donde el director y guionista Rafael Ribas imagina una aventura bastante dinámica, con personajes variopintos, malvados, hechizos, persecuciones, su dosis de amor y también numerosos momentos de humor (se llevan la palma los agentes de policía “Merme” y “Lada”, aunque hagan uso de algunos gags groserillos). Y tiene gracia además la secuencia de la escuela de magos al más puro estilo Harry Potter. Dirigida a todos los públicos, la película incluye enseñanzas de amistad y los personajes desprenden ternura, sobre todo generada con la presencia de la encantadora niñita huérfana, que cambiará la vida de Lino. Aunque tiene alguna ligera caída de ritmo, los más pequeños de la familia lo pasarán en grande con las continuas calamidades del protagonista y sus acompañantes. Por lo demás, la calidad de los dibujos es más que aceptable.
5/10
(2018) | 117 min.
Una de esas películas de iniciación a la vida de joven inexperto, basada en la novela homónima de Robert Seethaler, editada en España por Salamandra. Sigue las vicisitudes de Franz Huchel, que debe dejar su Attersee natal, un magnífico paraje alpino, su madre viuda ya no puede cuidar de él tras la muerte de su amante y benefactor. Marcha a la Viena de entreguerras, donde le acoge en su estanco Otto Trsnjek, antiguo novio de la madre, antes de que él naciera, y lisiado de la Primera Guerra Mundial. Allí aprende el oficio de atender el mostrador, a la vez que conoce a la bella Anezka, procedente de Bohemia, con bastante más experiencia de la vida que él, lo que significa que protagoniza un espectáculo picante, y busca los contactos y relaciones que la puedan beneficiar. Le marcará conocer a uno de los clientes habituales del estanco, el padre del psicoanálisis Sigmund Freud, hombre afable que le brinda sabios consejos. Nikolaus Leytner, director y coguionista bregado en producciones televisivas, imprime a la narración un ritmo premioso, en que casi todo lo que ocurre, resulta previsible. Así, tenemos a Franz, que irá aprendiendo “a palos” cómo es la vida, con el despertar creciente de su libido y su desengaño amoroso, y con la constatación de cómo se embrutece la sociedad vienesa por el ascenso del nazismo y el antisemitismo que va de su mano. Por otro lado, la idea de Franz acometido por sueños ligados a sus experiencias vitales, que anota en un cuaderno siguiendo los consejos de Freud, resulta un tanto obvia, pero, sobre todo, no lleva a ninguna parte; tampoco las acciones que imagina realizar y no ejecuta, pura represión, hemos de concluir. Además no acaba de estar claro si se pretende sugerir algo, por los estrechos lazos que unen a Franz con su madre y las misivas en que no acaba de explicar con nitidez todo lo que le pasa en la capital. Queda la impresión de un quiero y no puedo, las deseables emociones no acaban de emerger, tal vez se han quedado en el subconsciente de los cineastas, si se nos permite la broma. Las interpretaciones son correctas, incluida la de Bruno Ganz como el judío Freud, toda una ironía para el fallecido actor que ha quedado en el imaginario de muchos espectadores por su composición de Hitler en El hundimiento, y que en cualquier caso prueba algo elemental, que un profesional de la interpretación debe ser capaz de componer todo tipo de personajes.
5/10
(2019) | 99 min.
Recién mudada a un pequeño pueblo de Mississippi con su madre, la joven Maggie intima en su primer día en el nuevo instituto con Haley, y otros tres chicos. El grupo planea acudir a un descampado a darle al alcohol, pero antes la recién llegada deberá encontrar a un adulto que pueda comprar las botellas. Intentará convencer a Haley, asistente en una clínica veterinaria que pasea por allí. En principio, ésta se niega, pero no sólo acaba accediendo, sino que la siguiente vez que les ve insiste en que se queda más tranquila si en vez de beber en medio de ninguna parte lo hacen en su sótano. Sólo les impone una regla: no pueden subir a las habitaciones de arriba. Los muchos lo pasan en grande, y hasta apodan Ma a la enrollada y maternal Haley, que sin embargo pronto empezará a comportarse de forma extraña. Hace tiempo que Octavia Spencer ha demostrado su solvencia como actriz, pero se ha convertido en la Morgan Freeman post #MeToo, pues suelen ofrecerle personajes bondadosos, ya sea la vecina con autoridad moral, en Un don excepcional, matemática con mucha cabeza, en Figuras ocultas, limpiadora con corazón en La forma del agua, y hasta la divinidad suprema en La cabaña. Así las cosas, no sorprende que se haya asociado con Tate Taylor, realizador gracias al cual logró el Oscar en 2012, por la excelente Criadas y señoras (The Help), para dejar constancia de que sabe componer a una malvada de esas que deberían dejar huella, tipo Annie Wilkes, de Misery. Miel sobre hojuelas si produce Bloomhouse, la compañía de Jason Bloom, de donde han salido títulos de serie B con encanto, como Déjame salir, casi siempre con algo de humor. Taylor sabe intrigar en el tramo inicial, gracias a su falta de pretensiones, a que el guión dosifica la información sobre los sucesos que motivan a Ma, y a que parece tener cierto fondo, en torno a las consecuencias del acoso escolar. Pese a lo poco creíble que resulta que unos chavales de hoy en día acepten irse de fiesta a la casa de una señora de mediana edad, Spencer realiza un trabajo modélico, y está bien arropada, sobre todo por la joven casi sin experiencia Diana Silvers (Maggie), Luke Evans (enérgico padre de uno de los chicos) y hasta el propio Tate Taylor, que también ejerce como actor brevemente en la piel de un policía. No acaba de resultar convincente Juliette Lewis (la madre de Maggie), porque la que en los 90 fuera estrella de títulos de El cabo del miedo parece haber perdido expresividad a base de cirugía estética. Pese a todo, acaba siendo un producto completamente predecible. Se estropea en la segunda mitad, con un exceso de secuencias de cuchilladas, que por otro lado no consiguen la necesaria tensión; se nota que Taylor no está del todo cómodo en este género. Se debe suspender la incredulidad con algún detalle, por ejemplo, que el personaje central pase de ser una mujer maquiavélica capaz de llevar a cabo planes más o menos elaborados a una impulsiva psicópata, de un momento a otro.
4/10
(2019) | 110 min.
Cádiz. Mientras crea el material que cantará su grupo de chirigotas en los próximos carnavales, Quique comienza a trabajar a media jornada como jardinero en un almacén donde se guardan los narcóticos requisados en operaciones policiales, de cara a incinerarlos. El Tuti, capo mafioso local que admira sus letras, le propondrá que participe en un robo de la mercancía de aquel sitio, lo que le proporcionará un dinerillo que no le viene mal, ya que Quique debe mantener a su madre, tras la muerte de su progenitor, vigilante de seguridad tiroteado, y el encarcelamiento de su hermana por ejercer como camella. Más de cuatro décadas después de inventar la comedia madrileña con Tigres de papel, el veterano Fernando Colomo inaugura el género denominado narcochirigota gaditana, siguiendo la línea de comedia amable que tan buenos resultados le dio en su anterior largometraje de ficción, La tribu, uno de sus mayores éxitos, que transcurría en Barcelona. Funciona mejor la parte cómica, sobre todo por los localismos del lenguaje, recogiendo expresiones como “no, ni na”, etc., y como retrato costumbrista de la realidad actual de la provincia andaluza, centrándose en sus problemas con las drogas y el desempleo y la precariedad laboral. También como aproximación al fenómeno de las chirigotas, que desatan pasiones en la zona; los espectadores llenan el Teatro Falla de la capital, y vitorean a las diferentes congregaciones como si fueran ídolos del rock. Por el contrario, lo relativo al robo resulta demasiado convencional, y acusa cierta falta de fuerza, sobre todo cuando se incluye una escena de acción que no funciona. A su favor cuenta con el espontáneo trabajo del reparto, pese a que su creíble acento gaditano muchas veces requeriría de subtítulos, como en Roma. En su primer papel protagonista, el habitual secundario Salva Reina (La isla mínima) retrata muy bien a un pícaro que podría encontrarse fácilmente en la zona, de buen corazón. Le acompañan intérpretes sólidos, como Manuel Manquiña –el ladrón gallego–, Maggie Civantos –la hermana de Quique, Meme, encarcelada como su célebre personaje en Vis a vis– o Manuela Velasco –Rosario, la conductora de los ladrones–.
6/10
(2019) | 91 min.
Diagnosticada de cáncer, Martha se niega a recibir tratamiento. Decide vender sus pertenencias y abandonar Nueva York para ingresar en Sun Springs, una comunidad de jubilados, donde conoce a nuevas amigas como la pícara Sheryl, que organiza timbas de póker, pese a que están prohibidas por la organización. Una vez instalada, Martha propone a sus compañeras del lugar formar un equipo de animadoras, ya que deseaba formar parte de uno en su juventud, pero no pudo hacerlo por tener que cuidar a su madre enferma. La directora de documentales Zara Hayes (Dian Fossey: Secrets in the Mist) debuta en el largometraje de ficción con un producto poco ambicioso, al servicio de Diane Keaton, que habla con un tono muy amable de la fase final de la vida. Acierta al resaltar que a cualquier edad se puede luchar por aprender y sacar adelante los viejos sueños, con el tono positivo propio de lo que en Hollywood consideran una ‘feel good movie’, estilo Ahora o nunca, donde Jack Nicholson y Morgan Freeman intentan llevar a cabo todo lo que les ha quedado pendiente, aunque aquélla estaba mejor resuelta. Se echa de menos algún momento un poco trascendente; al fin y al cabo la protagonista está a punto de morir, y no parece que tenga ninguna duda o preocupación sobre qué será de su alma. Tampoco se conocen demasiados datos sobre ella, ni siquiera si existe alguna razón por la que haya decidido no seguir los dictámenes de los médicos. Diane Keaton sigue en la misma línea desde que en los ochenta dejara de esforzarse dejando atrás películas como La chica del tambor, para especializarse en subproductos. De hecho, luce sus gafas habituales y la ropa de siempre, en un personaje intercambiable por cualquier otro que haya hecho en los últimos años. De sus acompañantes sólo parece echarle un poco de pasión la australiana Jacki Weaver, porque otras veteranas como Rhea Perlman o Pam Grier, ni siquiera intentan darle tridimensionalidad a sus personajes.
4/10
(2017) | 100 min.
El taciturno joven Ollie, coleccionista de jazz, como su padre, y su extraño y vivaz amigo ruso Nikolai llegan a la casa veraniega del primero, situada a orillas del lago Sway, inmejorable lugar de esparcimiento, antaño elegido por familias pudientes de la costa este. Allí coinciden con la abuela Charlotte, la dueña de aquellos parajes y con quien Ollie no se lleva bien, hay tirantez, un desencuentro continuo. Ambos buscan con empeño un disco de vinilo de los antiguos, una grabación en 78 rpm, que anda oculto por algún lugar de la casa. Pero abuela y nieto tienen diferentes razones: ella sólo parece encontrar en él valor económico, mientras que para Ollie es principalmente el lazo con su padre desaparecido, el mayor legado que le dejó antes de suicidarse. Una película bastante curiosa, con una gran carga emocional, ambientada en la actualidad, en lugar idílico al que se le saca un sentido tono nostálgico. El tiempo se fue, las personas que lo frecuentaron ya no están, la familia ha desaparecido. Quedan los lugares, los objetos, los recuerdos, el bellísimo entorno que prometía una felicidad inalterable. El director y guionista Ari Gold vuelve a mirar al mundo de la música tras su primera película, Adventures of Power, pero aquí resaltando su tono evocador, y aunque la historia que narra no es redonda, se dispersa por momentos y no acaba de implicar del todo al espectador, tiene deliciosos destellos –esas cartas de amor, la búsqueda del tesoro musical escondido, el inocente enamoramiento de la chica–, y funciona ese prólogo que trae a colación las vivencias despreocupadas de los años cincuenta, años felices en technicolor, donde la alegre música swing daba tono festivo a los contornos seductores del lago Sway. Sin duda el resultado de The Son of Sway Lake podría haber sido mejor. No vienen muy a cuento ciertos exhibicionismos, como los de Nikolai, un personaje por lo demás bastante estrambótico en el film y que sin embargo ofrece una idea que funciona, la de usurpar el pasado ajeno para que no desaparezca en la tristeza de una familia que parece incapaz de proseguir su vida, de superar sus diferencias, de amar. Falta por lo demás una definición de personajes más incisiva, especialmente en el caso de la abuela Charlotte –Charlie en las cartas–, que es sumamente sugerente pero que no acaba de explotar tanto como debiera. Pero la atmósfera está muy lograda y hay que decir que los temas musicales trasladan maravillosamente al espectador a la época soñada: el piano y las baladas –destacan las dos versiones que se oyen de “Sway Lake”– respiran la melancolía que desprende el entorno estival y placentero del lago. Los actores cumplen, con mención especial para la veterana Mary Beth Peil y para Robert Sheehan en el papel del amigo ruso. Es la última película que rodó la actriz Elizabeth Peña.
6/10

Lunes 10 de Junio de 2019

(2018) | 95 min.
Un interesante documental, que puede descolocar un tanto por su título, que invita a pensar que va a centrar su atención en los artistas austrohúngaros Gustav Klimt y Egon Schiele, ambos fallecidos en 1918, en el momento en que finaliza la Primera Guerra Mundial y se derrumba el imperio. Aunque sin duda que los dos pintores son protagonistas, la película dirigida por Michele Mally pinta más bien la sociedad vienesa de finales del siglo XIX y principios del XX, donde frente a una sociedad burguesa biempensante y decente surge una pléyade de artistas y pensadores en distintas áreas que ponen patas arriba los principios sobre los que se asienta. De modo que se describe detalladamente ese humus cultural con Sigmund Freud y el psicoanálisis, escritores como Stefan Zweig y Arthur Schnitzler, arquitectos del movimiento de Secesión como Otto Wagner, y por supuesto, los pintores Klimt y Schiele. Con este planteamiento, hay menos espacio para el análisis puramente artístico, aunque el planteamiento es que los temas de sus cuadros, que muchos coetáneos consideran obscenos, especialmente en el caso de Schiele, vendrían propiciados por las nuevas ideas, y de hecho el narrador acude a planteamientos psicoanalistas, como a la idea de "matar al padre" que podrían albergar de fondo con sus temas rompedores en su explicitud sexual. En cualquier caso podemos ver muchas de las obras de estos artistas sitas en Viena, con detalle y primerísimos planos de magnífica resolución, como es típico en este tipo de documentales. Y entender que tiene razón una de las expertas que hablan en el film, cuando alude a que el gran valor de su enfoque está "en las preguntas, más que en las respuestas".
5/10

Viernes 14 de Junio de 2019

(2019) | 112 min.
Acercamiento a J.R.R. Tolkien, el creador de “El Señor de los Anillos” y toda la asombrosa mitología que envuelve a la trilogía, que incluye los orígenes de ese universo, e incluso los fundamentos de las distintas lenguas de las criaturas que lo habitan. El guión de los desconocidos David Gleeson y Stephen Beresford saber escapar de las trampas que suelen acechar en el biopic, al centrar la trama en su etapa juvenil, presentando al personaje en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, en la batalla de Somme, para retrotraerle desde ahí con sus recuerdos a las vivencias que ha acumulado hasta la fecha. Lo que incluye su temprana orfandad junto a su hermano Hilary, el enamoramiento hacia Edith Bratt, huérfana también, su etapa en la exclusiva King Edward’s School de Birmingham y la camaradería con otros compañeros de mejor posición social, Robert Gilson, Christopher Wiseman y Geoffrey Smith, con los que formó el TCBS, The Tea Club and Barrovian Society, donde compartían sus cuitas, y la pasión por las distintas artes, la poesía, la pintura, la música. Como se ve, el film incluye sólo unos pocos años de la vida de John Ronald Reuel Tolkien –el escritor nacido en Sudáfrica en 1892 vivió hasta 1973–, pero la idea es mostrar el humus donde se forja su carácter y desarrolla su creatividad, partiendo de sus inclinaciones naturales –le encantan los idiomas y la poesía– y apoyándose en la experiencia que va acumulando. Aunque toda su creación de la Tierra Media no se ha plasmado aún en el papel, sí que está incipiente en los desafíos que le toca afrontar, y que son sugeridos por ejemplo en el campo de batalla, la sombra de Sauron, el célebre señor oscuro, es alargada. Cualquier conocedor de la obra de Tolkien reconocerá, en la épica de lo cotidiano de esta etapa temprana, lo que parecen semillas de las que germinarán sus ricas historias. Quizá, puestos a poner una pega, no se presta la atención debida al hondo catolicismo de Tolkien, aunque esté presente por la figura de uno de sus benefactores, el sacerdote Francis Xavier Morgan. El director finlandés Dome Karukoski, apasionado de la obra de Tolkien, toca con acierto varias teclas, que componen una armoniosa melodía sin notas discordantes. En lo referente al frente de batalla, hay un acertado tono onírico en algún pasaje, que recuerda al modo en que la infravalorada versión animada de El Señor de los Anillos de Ralph Bakshi evocaba al poder oscuro. El gusto de Tolkien por la poesía, los mitos, las lenguas, para lo que tiene talento, y por las otras bellas artes –la música de Wagner y “El Anillo de los Nibelungos”, por ejemplo–, que comparte con las personas que ama, queda bien recogido, también en la conexión que establece con uno de sus profesores –estupendo Derek Jacobi– cuando marcha a la universidad de Oxford. Pero esto sería nada si no lograra, como lo hace, la conexión humana, de almas gemelas que se profesan amor mutuo. Y aquí desarrolla muy bien la historia romántica de John y Edith –encantadores Nicholas Hoult y Lily Collins–, y la franca amistad con los componentes del TCBS, que les concede incluso el coraje necesario para sobrellevar las contrariedades.
7/10
(2017) | 94 min.
A sus once años, Parvana vive con su familia en una casa destartalada junto a las montañas en Kabul, en 2001, cuando Afganistán está dominado por los talibanes. Su padre, profesor que perdió una pierna en la guerra contra la antigua URSS, acaba en la cárcel por conservar libros prohibidos. Para ayudar al resto del clan, y encontrar a su progenitor, Parvana decide cortarse el cabello para hacerse pasar por un chico. Angelina Jolie y Jordan Peele apoyan como productores ejecutivos este largometraje que tiene al frente a la irlandesa Nora Twomey, codirectora de El secreto del libro de Kells, junto a Tomm Moore, al que ayudó en el departamento de arte en su siguiente trabajo, La canción del mar. Debuta como realizadora en solitario con esta adaptación de una novela infantil muy vendida de Deborah Ellis, que obtuvo candidaturas al Oscar y al Globo de Oro a la mejor película de animación. Hubiera sido una digna ganadora de ambos, pero claro, a ver quién compite con la magistral Coco, de Pixar, que se los arrebató. La autora logra auténtica magia con unos dibujos aparentemente simples, que parecen cobrar vida mediante un trabajo técnico muy artesanal. Sus expresivos personajes, se mueven sobre apabullantes fondos en acuarela que muestran los destrozos producidos por la guerra. Intercala a lo largo del relato un cuento que narra la protagonista a su hermano menor, para calmar sus llantos, rodada con un procedimiento distinto, mediante recortes animados, que sirve para ilustrar al espectador sobre la mitología y el folclore afganos. Pese a que logra una enorme intensidad dramática, con algunos momentos dolorosos mostrados con gran elegancia, introduce bastantes golpes de humor, y momentos que transmiten simpatía, sin los que el visionado se haría bastante duro. No sólo retrata con enorme humanidad la historia reciente de la zona, sino que denuncia la opresión de la mujer por parte del islamismo radical.
7/10
(2018) | 102 min.
Eli Solinksi tiene catorce años y es un hijo adoptado. Vive con su padre Hal, un hombre bueno pero estricto, que no ha superado la decepción por su hijo biológico, Jimmy, que acaba de salir de la cárcel. Por casualidad Eli encontrará un extraño artefacto en un edificio en ruinas, un utensilio que parece ser un arma fabricada con una tecnología desconocida. Acabará conociendo sus efectos cuando él y Jimmy se ven obligados a huir, si no quieren morir a manos del psicópata criminal Taylor Balik, con quien Jimmy tenía una deuda pendiente. Uno de los problemas de Kin es que desconcierta el entramado de las aventuras: mezcla demasiadas elementos y no se detiene suficientemente en ninguno. No se sabe si estamos viendo un drama familiar, un thriller de acción, una huida adolescente, una película futurista, una road movie o una película de ciencia ficción. La cosa va saltando de uno a otro lado. Y tras un comienzo prometedor, donde el conflicto familiar interesa, se empiezan a abrir varios hilos en la trama (los hermanos, el arma, la nueva amiga, los mafiosos, los hombres de negro, la policía) para luego irles relegando a lugares secundarios según la historia avanza, lo que da un aspecto episódico al conjunto. Y es que hay muy poquito que contar entre el primero y el tercer acto, con algún aspecto especialmente gratuito, como toda la subtrama que implica a Milly, el personaje interpretado por Zöe Kravitz. Si no existiera, la película ni lo notaría. Visto lo visto el desenlace en la comisaría podría haber sido peor, pues ante la planicie previa sorprende de algún modo y también deja la puerta abierta a una futura secuela, de la cual Kin sería algo así como una introducción. El guión de Daniel Casey procede de un corto dirigido anteriormente por Jonathan y Josh Baker, que debutan aquí en el largometraje. En general consiguen insuflar dinamismo a la aventura, aunque hay fases donde el ritmo decae. Han tenido la suerte de contar con algún actor de renombre, como es el caso de James Franco, cuyo personaje malvado y pasado de vueltas tiene mucha fuerza. Más desde luego de la que transmiten los protagonistas, un Jack Reynor (Sing Street) con reacciones demasiado ligeras y despreocupadas para ser creíbles, y el jovencito debutante Myles Truitt que hace un trabajo esforzado pero que resulta demasiado soso y cojea por falta de definición del personaje.
4/10
(2019) | 100 min.
El sueño de cualquier editor es dar al menos una vez en la vida con una novela que sea una auténtica obra maestra. Es lo que le ocurre a la joven Daphné, del modo más inesperado, cuando visita una biblioteca de un pueblecito, que tiene una curiosa sección de libros rechazados, donde se admiten originales que nunca fueron publicados. Ahí descubre una novela de un autor local, Henri Pick, fallecido dos años antes, que regentaba una pizzería y jamás escribió una línea. El libro se convierte en un superventas y todo el mundo alaba su calidad literaria, incluido el pedante crítico Jean-Michel Rouche, que no obstante piensa que las circunstancias de su concepción son un montaje. Así que se empeña en la tarea de destapar la verdad, aunque sea a costa de arruinar su vida personal, y de pisar callos entre las personas queridas de Henry, como la viuda Madeleine y su hija Joséphine. Atinada adaptación de una popular novela del escritor David Foenkinos, que en su faceta de realizador y guionista ya llevó al cine con su hermano Stéphane La delicadeza. Aquí renuncia a dicha tarea, quizá por temor a dejarse en el camino algo importante, pero Rémi Bezançon, junto a su coguionista Vanessa Portal, demuestran apreciar su obra y logran un perfecto y delicado equilibrio entre comedia, drama y thriller. Y la investigación emprendida por Rouche se convierte en elemento clave que vertebra la película, y donde pueden despuntar cuando es necesario y suavemente momentos dramáticos o de humor. Se despierta así la curiosidad acerca de quién ha podido escribir “Las últimas horas de una historia de amor”, una ambiciosa narración romántica crepuscular con influencias de la novela rusa, Alexander Pushkin nada menos, y por qué la habría dejado a su suerte en un lugar donde la basura literaria es norma, como una botella con mensaje arrojada al océano. Y permite desarrollar los personajes principales, el divertido crítico literario de Fabrice Luchini, que tal vez esté obsesionado con el supuesto fraude, pero que no deja de revelar su humanidad y buen hacer profesional; y Joséphine, la hija interpretada por Camille Cottin, que tiene todos los motivos para sentirse ofendida, pero que demuestra una paciencia infinita con Rouche hasta empatizar con él, y es que en el fondo también desea conocer la verdad. Entre los dos hay un simpático toma y daca, una química muy especial. El resto de elementos están bien encajados, incluido el relato de cómo surgió tan singular sección de biblioteca –incluido un fingido antiguo documental con su fundador–, o los vericuetos del mundo editorial, donde podemos ver a la juventud y la veteranía, o las dificultades de los autores para triunfar, incluso cuando logran que les publiquen. Todos los personajes tienen su importancia. Además de los citados, los interpretados por Alice Isaaz, la joven editora, y Bastien Bouillon, su novio escritor. Pero también, aunque sean más secundarios, el fundador de la biblicoteca, su antiguo amor –aparición especial de la veterana Hanna Schygulla– y la actual bibliotecaria, la viuda, la editora senior, el hijo de Joséphine, los dueños de la antaño pizzería y hoy crêperie...
7/10
(2018) | 110 min.
Una película singular, poética, fascinante, inclasificable. Irreductible a las palabras, a la hora de explicar una trama críptica y enigmática, de una plasticidad subyugante, y que incluye un alarde de plano secuencia de 50 minutos de metraje, concebido para ser visto en 3D, lo que constituye, por así decir, la segunda parte del film. Exige dejarse llevar sin miedo ni prejuicios, ni una mentalidad racionialista, como si el director fuera Virgilio, y el protagonista Dante. Un hombre, Luo Hongwu, regresa a su ciudad natal, Kaili, en la provincia china de Guizhou, en busca de la mujer que amó, Wan Quiwen, una suerte de mujer fatal. Con aires de cine negro, lacónicamente, y con mucha poesía y capacidad evocadora, el prometedor cineasta Gan Bi, construye y deconstruye su film, atravesado de romanticismo; y aunque el espectador –al menos quien firma estas líneas– pueda perderse en una trama fragmentada temporalmente con consciente ambigüedad, de añoranzas de amor por una mujer y de amor materno, logra crear el deseado “mood”, el tipo de atmósfera embriagadora en que es maestro Wong Kar Wai, con quien sin duda el director está en deuda, incluso citando explícitamente en entrevistas Days of Being Wild, aunque aluda a una “influencia inconsciente”. El colorido, la elegancia con que se mueve y vuela la cámara, el uso de los reflejos y el cambio de foco. En el apartado fotográfico, al que han contribuido tres directores del ramo, el resultado es sencillamente asombroso. El sueño, sueño es, y cuando Bi menciona influencias literarias y pictóricas, Dante, Modiano, Chagall, en su película, entendemos que sí, es así. Los actores saben que toca componer unos personajes contenidos, cuyos rostros deben traslucir una intensa vida interior, que difícilmente logran expresar con palabras. Y entregan estupendos trabajos Jue Huang, Wei Tang y Sylvia Chang.
7/10
(2019) | 114 min.
Desde pequeña, Molly se ha sentido fascinada por el universo. Y también por conocer sus secretos y las distintas criaturas que lo pueblan desde que conoció siendo una niña a un simpático extraterrestre y presenció cómo borraban la memoria a su padres unos misteriosos hombres de negro. Años después la joven logrará cumplir su sueño de ser admitida en la famosa organización secreta que se ocupa del mundo alienígena y será enviada a la sección de Londres. Con el nombre de M formará equipo con el apuesto agente H, famoso por haber salvado el mundo de su destrucción. Siete años después de la última entrega, llega esta cuarta película de la franquicia de los Men in Black, en donde el artífice de la trilogía inicial, Barry Sonnenfeld, ejerce tan solo de productor. El relevo tras la cámara corre a cargo de un tipo hábil, F. Gary Gray (Fast & Furious 8), que aquí tampoco se estruja demasiado el cerebro para entregar escenas especialmente originales, aunque seguramente tenga bastante que ver el guión de Matt Holloway y Art Marcum, responsables de Iron Man, que no logran revitalizar una saga que ya daba pruebas de agotarse en el film anterior. Ni siquiera sorprende Men in Black: International con las transformaciones alienígenas marca de la casa, alguna pasable hay pero sabe a poco, y se abusa decididamente de parlamentos agotadores que rompen el ritmo de la acción en más de una secuencia. El resultado es correcto, pero quizá le falta al film tomarse un poco más en serio la aventura. Todo es tan ligero que acaba por no importar y en ningún momento se siente la amenaza del mal que presumiblemente va a acabar con el planeta. Los malos no tienen personalidad y así es complicado interesar demasiado. Hay escenas de acción apañadas y siempre quedan lógicamente los efectos especiales, como es habitual bien confeccionados, pero eso ya no es noticia. La gran novedad de fondo, obviamente, es la inclusión de “una” agente como protagonista, lo cual da lugar a más de una gracieta feminista (“mujeres de negro”, y tal), donde se agradece el tono paródico (grande Emma Thompson, que se luce en los dos minutos que tiene en pantalla). También funciona la composición de Chris Hemsworth, un actor que cada vez se ríe más de sí mismo y empieza a encontrar su propia personalidad. Tessa Thompson, sin embargo, no parece la opción más adecuada para su papel, le falta empatía y sentido del humor, algo que sí aporta con creces su diminuto y fiel compañero Peoncín (probablemente el mejor personaje del film), que regala el gag más eficaz y tronchante al referirse en un momento dado a la película El diario de Noa.
5/10
(2019) | 100 min.
Por orden del departamento de inmigración, la joven Natasha Kingsley debe abandonar con urgencia Estados Unidos junto a su familia jamaicana. Para Natasha tal situación es terrible, lleva nueve años en Nueva York y ahí quiere seguir. Cuando se dirige al despacho de un abogado para intentar una última oportunidad será salvada de un accidente por un joven de origen coreano, Danny Bae, que ese día debe presentar una solicitud para entrar en la universidad con el objetivo de estudiar medicina. Ambos pasarán el día juntos, un día que quizá sea inolvidable en sus vidas. Adaptación de la romántica novela de la escritora Nicola Yoon, quien ya dio el salto al cine en 2017 gracias a otra de sus obras, El amor lo es todo, todo. Como en ese título en castellano, en el caso de El sol también es una estrella es igualmente el amor lo único que importa, la película rezuma amor por todos lados, ese tipo de amor juvenil, tan sentimental como arrebatador, ideal para rebosar en los corazones soñadores de las espectadoras adolescentes, sin duda el público objetivo de este film, que entronca así con esa tradición de películas hollywoodienses del momento que magnifican los amores tempranos, llenos de sentimientos genuinos, al estilo Los imprevistos del amor, Bajo la misma estrella o Antes de ti. Dirige la realizadora Ry Russo-Young, que ha destacado gracias a Si no despierto. Como es de suponer, el simplón guión de Tracy Oliver saca a colación temas típicos dentro del argumento archirromántico, tales como la confrontación entre lo que se nos impone y lo que nos pide el corazón o la fuerza del destino, capaz de unir a los dos amantes pase lo que pase. Por cierto, que aquí ese destino tiene algo de providencia divina al quedar expresado en esa máxima griega del "Deus ex machina", un modo de decir que no estamos solos. De camino, mucha conversación tontorrona de enamorados y sus consecuentes momentos melosos, con música adecuada y fondo bonito de Nueva York. Por supuesto, tema capital es el contraste entre dos modos de ver la vida: por un lado la visión claramente pragmática y cientifista de Natasha, que afirma que lo que escapa de los datos analizables no existe; por otro, la visión abierta a la magia del amor de Daniel, para quien la poesía es algo más que una afición. Aunque la evolución de los sentimientos en pantalla es algo burda, los jóvenes actores Yara Shahidi y Charles Melton cumplen correctamente con lo que se les pide, dan la talla con sus sonrisas, sus cambios de humor y sus miradas cómplices.
4/10
(2019) | 109 min.
(2018) | 111 min.
Driss y Manuel Marco crecen juntos en un suburbio, pero tomarán caminos contrapuestos. El primero se ha convertido en policía, mientras que el segundo forma parte de una mafia de narcotraficantes. El destino les vuelve a unir cuando Manuel sobrevive milagrosamente a los asesinos que acaban con dos de sus compinches. Tras competir en Venecia con Lejos de los hombres, que tenía como protagonista a Viggo Mortensen, el realizador francés David Oelhoffen volvió a la sección oficial del certamen con esta cinta, de la que también ha coescrito el guión, pero se fue de vacío. El título español coincide con el de Enemigos íntimos (2006), una comedia italiana con la que no tiene nada que ver. Se puede considerar cine negro que sigue el sendero de la magistral Obsesión, de Luchino Visconti, donde lo de menos sería el relato criminal, importa más el retrato social de los desfavorecidos que viven en un barrio desolador, donde todas las circunstancias dan pie a la desestructuración familiar. El realizador se moja al criticar los códigos de honor de inmigrantes que tienen unos valores y un desdén hacia la vida humana poco compatibles con la sociedad occidental que les ha acogido. Quizás el ritmo resulta demasiado lento, el planteamiento carece de originalidad y el uso de la cámara en mano la convierte en una cinta un poco austera, visualmente poco atractiva. Pero eleva su calidad el trabajo de los actores, sobre todo de Matthias Schoenaerts (De óxido y hueso), que da vida a Manuel, mientras que Reda Kateb (Un profeta), a quien le corresponde ser Driss, convence pese a que da la impresión de que no se le puede sacar del mismo registro.
6/10
(2018) | 93 min.
Lacónica y gris película rumana. Sigue al jefe de obras Petru, que se dispone a casarse con Laura, su novia médico. Pero ocurre un accidente laboral en su trabajo, y entre los malheridos está Sonia, a la que van a tener que amputar una pierna, y con la que mantiene una estrecha relación. De modo que mantiene los preparativos de boda y posible mudanza a Bucarest, con visitas al hospital a Sonia, sobre las que no es muy claro con Laura. Estamos ante una trama cansina, de personajes que se dejan llevar, hasta que algo trastoca sus vidas, y no saben muy bien cómo actuar. El debutante en el largometraje Hadrian Marcu, director y guionista, entrega una propuesta cercana al "cinéma verité", estamos ante la vida misma, y la normalidad-decencia del hombre "bueno" que linda con la mediocridad, y en que se juega la carta de la sobriedad, sin concesión alguna para el sentimentalismo, pero al precio de la ausencia de emociones genuinas.
5/10
(2018) | 99 min.
Leo es un joven ejerce la prostititución gay para ganarse la vida. Cada día se aposta en la linde de la carretera de un parque con otros prostitutos, los clientes van llegando. Leo siente especial atracción por otro compañero de trabajo, pero éste le rechaza. Desagradable drama francés de dudoso interés, con abundante contenido sexual explícito que ahonda en las vidas calamitosas y arrastradas de una serie de personajes que se mueven en el lumpen vicioso del mundo gay. La historia de Sauvage no es más que una sucesión de encuentros sexuales cercanos a la pornografía. No parece el director y guionista Camille Vidal-Naquet querer ofrecer otra cosa que mostrar la espantosa sordidez y la tristeza de la vida de un joven que vende su cuerpo y no tiene dónde caerse muerto, alguien que, aunque busque el afecto, renuncia siempre a la posibilidad de rehacer su vida y que una y otra vez vuelve a revolcarse en ese fango que le hace infeliz.
1/10
(2018) | 105 min.
Gilles Porte, habitual director de fotografía de títulos como Clara y Claire, y el periodista debutante en la realización Nicolas Champeaux, que fue durante mucho tiempo corresponsal en Sudáfrica, están detrás de un completo documental. En términos generales, se aprovecha que recientemente el ingeniero francés Julie Gayet restauró las 256 horas de grabaciones sonoras –hasta ahora depositadas en un cajón por el gobierno sudafricano– del proceso de Rivonia, de 1963-64, contra Nelson Mandela y otras nueve personas, acusados de sabotear el apartheid, sistema de segregación racial en Sudáfrica, como líderes del Congreso Nacional Africano. Puesto que no existían imágenes del proceso, los realizadores han acompañado los diálogos con una sencilla pero eficaz animación en carboncillo, creada por Oerd, ingenioso artista parisino. Han sabido seleccionar eficazmente los fragmentos más significativos de las cintas, de forma que pueden hacerse una idea bastante clara de lo que ocurrió incluso espectadores que tengan poco conocimiento de los hechos históricos. Todo el mundo sabe más o menos que Mandela no fue condenado a muerte como se esperaba, y se pasó veinticinco años en la cárcel. Pero resulta mucho menos conocido que no estaba solo en su lucha, de hecho sus compañeros jugaron un papel tan importante como él, pero le escogieron como portavoz porque al tener formación en Derecho se expresaba bastante bien. En ese sentido, está muy bien escogido el título, que hace mención a “los otros”, esos grandes olvidados que también hicieron historia. Se acompañan los dibujos animados con entrevistas a los supervivientes del momento, entre ellos Winnie Mandela, ex esposa del líder sudafricano, que debió filmar sus escenas muy poco antes de fallecer, el 2 de abril de 2018, y George Bizos y Joel Joffe, abogados defensores. El film se gana al espectador, porque tiene un formato próximo al cine judicial, y encierra momentos emotivos, como los recuerdos de Sylvia Neame, la ex novia blanca de uno de los acusados, Ahmed Kathrada, musulmana. Pero sobre todo cautiva la enorme personalidad de Nelson Mandela, que pese a lo sucedido salió de prisión con un mensaje conciliador de unidad, afirmando que nadie sería superior a los demás, ni los blancos ni los negros, y rememorando su grito de guerra, “Amandla” (Poder), a lo que la multitud respondía “Awethu” (Para nosotros).
7/10
(2018) | 110 min.
Tras cometer un error en el pasado, Xavi no levanta cabeza; se ve obligado a vivir en su barco, en un puerto mallorquín, consume pastillas porque sufre de paranoia, y tienen que fiarle en la tienda para conseguir los alimentos que necesita para su hija, de la que se ocupa de vez en cuando, ya que después de lo ocurrido un juez le dio la custodia a la madre. Lo recluta un matrimonio del País Vasco para reparar su embarcación, aprovechando que de momento no se puede navegar debido a la “operación jaula”, con la que la policía no deja salir a nadie de la isla, mientras se busca a los responsables del atentado terrorista por el que han muerto dos agentes. Pese al buen trato que le dispensan los recién llegados, Xavi comienza a sospechar que pueden ser cómplices de lo ocurrido. Pero, ¿se puede fiar de su cabeza? Esforzado thriller escrito y dirigido por Marcos Cabotá, uno de los dos autores de I Am Your Father, nominado al Goya al mejor documental. Aunque está protagonizada por personajes ficticios, parte de un suceso real, el dramático atentado terrorista de ETA en Mallorca, en 2009, último con víctimas mortales cometido en España (al año siguiente tres miembros de la banda asesinaron a un policía en territorio francés). Fue concebida como una miniserie de dos capítulos para IB3, la televisión balear, aunque después de su emisión se estrena en cines un montaje en formato de largometraje. Pese a la evidente falta de presupuesto, Cabotá se las apaña con prácticamente seis actores con diálogos, y muy pocas localizaciones, sobre todo el navío del personaje central, para crear tensión. Dosifica muy bien la información, y recuerda muy bien una realidad triste de la historia española aún muy reciente en el tiempo; sobre todo sabe recoger la impotencia e incredulidad de los ciudadanos baleares cuando fueron golpeados por la lacra del terrorismo… ¿Qué tienen que ver ellos con los disidentes vascos? Quizás use planos muy convencionales, y un montaje sencillo, pero al cineasta le permiten mantener al respetable interesado en conocer la conclusión de la trama, y sus pequeños giros funcionan como un mecanismo de relojería. Pese a su relativa inexperiencia, Xavi Núñez logra componer bien a un personaje con claroscuros, mientras que del resto del reparto se debe citar a la también desconocida, Antonia Payeras, que quizás resulta un poco forzada en una secuencia en la que ha sido presa de la ira, pero que realiza una labor prometedora: también consigue en otro momento clave expresar mucho con la mirada, sin diálogos. Funciona muy bien alguna metáfora como que no tenga nombre el navío del protagonista mientras éste se encuentra desnortado.
6/10

Viernes 21 de Junio de 2019

(2018) | 110 min.
Jo y Grace. Aunque de escala social muy diferente, los destinos de ambos quedan unidos al quedar huérfanos al mismo tiempo en una isla de Hawai, principiando el siglo XX. Jo es bastardo y mestizo, con sangre japonesa en sus venas. Mientras que Grace vive con su padre, dueño de una plantación de café, y su abuela. Jo caerá en gracia a Doc, el recién llegado médico local, de modo que cuida de él, y con el tiempo se convierte en eficaz ayudante. Siempre existirá una mutua atracción entre Jo y Grace, aunque que aquello prospere hasta el matrimonio resulta altamente improbable. Sobre todo con la llegada del doctor Reyes, viudo, y que sabe socializar mucho más hábilmente que Doc. Aunque bastante incompetente profesionalmente, titará los tejos a Grace, pues piensa que eso le dará acceso a su patrimonio; lo mismo que piensan el padre y la abuela de Grace, pues se encuentran en bancarrota, y creen que si Reyes se casara con Grace, lograrían salvar la plantación. David L. Cunningham demostró su interés por la cultura japonesa en la cinta bélica Más allá del deber, de 2001 y su mejor film, que seguía las vicisitudes de un grupo de prisioneros en manos niponas durante la Segunda Guerra Mundial. Y también por el cine familiar, pues dirigió la fallida Los seis signos de la luz, basada en una novela juvenil. No había vuelto a ponerse detrás de la cámaras desde 2007, pero ahora acomete una trama folletinesca, aventurera y romántica, claramente deudora de las narraciones de Charles Dickens. Y el resultado tiene su encanto. Funciona bien la historia de amor puro, y capaz de sobreponerse a las dificultades. Y los contrastes. Entre las dos suertes de figura paterna, la de Doc, siempre preocupado por su pupilo Jo, y la del padre de Grace, capaz de concertar para su hija un matrimonio de conveniencia sin preocuparse de la catadura moral del pretendiente. Entre los dos médicos, el profesional y el chapucero. Entre los dos que desan casarse con Grace, uno por amor, otro en su propio beneficio. La puntual voz en off de la narradora, la doncella hawaiana de Grace, está bien introducida, y nunca se impone o fatiga. Se explota además muy bien la fotografía de los preciosos paisajes hawaianos, especialmente en las carreras donde el veloz Jo compite con sus piernas contra autos y carretas. Los actores están bien, tantos los jóvenes que encarnan a la pareja enamorada, Ryan Potter y Olivia Ritchie, como los más veteranos, donde sobresalen Matt Dillon, y que hace atractiva su bondad resuelta, y Jim Caviezel, que componen bien a su bribón villano, siempre con su puro y su petaca bien cargada de alcohol a mano.
6/10
(2019) | 97 min.
Andy se ha ido a la universidad, pero la pequeña Bonnie ha heredado sus juguetes. Y aunque el entrañable sheriff de trapo Woody no es su favorito –incluso le sale alguna pelusa–, él sigue liderando la comunidad juguetera, bien imbuido de su misión de procurar la felicidad de la niña que es su dueña. Y ahora ha llegado un momento especial en su vida, el primer día de escuela infantil. Detectados sus miedos, Woody se las arregla para acompañarla oculto en su mochila. Y ahí será testigo de algo mágico: la seguridad que se adueña de Molly cuando construye un tosco juguete con un tenedor de plástico: Forky será su entrañable amigo, aunque el propio juguete tiene sus personales temores, el complejo de estar hecho con basura, material desechable. Cuando por avatares de la vida Bonnie pierde a Forky, Woody hará lo imposible con los otros juguetes para recuperarlo, pues teme que la pequeña quede traumatizada por el extravío. En la aventura se reencuentra con su vieja amiga Bo Beep, la muñeca pastorcilla inseparablemente unida a sus ovejitas, que es feliz con una vida en libertad en una feria. Toy Story 4 está bien, e incluso muy bien. Pero le pasa lo que a El padrino III. Que existen las anteriores, o sea, Toy Story, Toy Story 2 y Toy Story 3. Y esta última parecía cerrar tan maravillosamente la saga, que la nueva entrega no puede reeditar las mismas sensaciones. Aunque, ciertamente. es muy entretenida, combina muy bien el drama y el amor entrañable con el humor, resulta dinámica y con su punto de intriga, y la calidad de la animación sigue alcanzando cotas más altas, véase la lluvia de la escena de apertura. Debuta en la dirección el hasta ahora animador y responsable de algún corto de Pixar Josh Cooley. Entre los responsables de la trama figuran muchos nombres, y por fortuna no ha sido eliminado el padre de las criaturas, John Lasseter. Además se han incorporado algunas ideas y temas nuevos, por lo que tiene el mérito de no entregar más de lo mismo, rutinariamente. Desprende así su encanto el planteamiento del pánico de una niña pequeña, y la creatividad que puede llevar a inventar nuevos juguetes a alguien de corta edad, es la vieja idea de que con un botón y un carrete de hilo un chaval con imaginación se lo puede pasar en grande, no le hace falta, necesariamente, un coche teledirigido, o, digámoslo alto y claro, una videoconsola o un teléfono móvil. Por otro lado, dentro de la felicidad que adquiere un juguete cuando sabe dársela a un niño, idea recurrente de toda la saga, y aquí incorporada con nuevos matices en el caso de la muñeca Gabby Gabby, se apunta también la idea de la libertad e independencia de los juguetes, que podrían alcanzar la felicidad, posibilitando que juguetes poco afortunados consigan un niño que los quiera. En tal sentido hay algún momento especialmente entrañable en la feria, aunque el clímax no resulta todo lo redondo que uno habría deseado. Quizá lo menos original es ese empeño algo postizo de presentar personajes femeninos fuertes, aquí sobre todo Bo Peep, la sombra del movimiento #MeToo, más allá de la justicia de muchas de sus reclamaciones, se torna condicionamiento de tramas hollywoodienses digno del estudio de una tesis doctoral. En la narración hay una apuesta por dar menor protagonismo a algunos personajes muy populares y conocidos –Buzz Lightyear, Jessie, el señor y la señora Patata, etc–, aunque tengan presencia, para presentar a algunos nuevos muy graciosos como Risitas, la pequeña patrullera de la policía, el motorista canadiense Duck Baboon, dos muñecos de peluche con ideas peregrinas –en los títulos de crédito aparece un gag típico de película catastrofista desternillante–, además de la citada muñeca triste Gabby Gabby, y los secuaces muñecos de ventrílocuo que están en la tienda de antigüedades.
7/10
(2017) | 105 min.
Tras morir su madre, Nahuel viaja desde Buenos Aires hasta la Patagonia, al sur de la Argentina. Es invierno y la tierra es hostil, hace frío. Allí vivirá unos días con su padre biológico, Ernesto, al que no conoce. La convivencia será muy áspera. Primer largometraje escrito y dirigido por Natalia Garagiola que narra una difícil relación entre padre e hijo en circunstancias nada plácidas. Al igual que el interior de los personajes, el film tiene una atmósfera gris, ambientada en tierras hostiles y frías del sur de Argentina, donde las bajas temperaturas han endurecido a las gentes de la zona. Pocos diálogos, mucha intemperie y una historia de hondura auténtica. El desarrollo de la experiencia del protagonista se toma su tiempo, cuesta entrar en ella, con una narrativa realista apuntalada por la región campestre, con saltos de imagen, cámara cercana y en movimiento, y montaje adecuado para hacerse cargo del paso del tiempo, horas, día, semanas. Pero ese realismo formal viene acompañado por el verismo de los personajes. Nahuel es un tipo insoportable, atraviesa un periodo de rebeldía, violencia y arrogancia difícil de manejar por su padre biológico. El proceso de cambio será lento, dificultoso e incompleto, habrá que ser duro con él, con esfuerzo físico –las caminatas, cortar la leña, la caza, ayudas en la casa– como catalizador del temperamento, ayudado por esas primeras relaciones que surgirán con chicos y chicas de su edad. Hay desde luego en Nahuel una dirección de actores extraordinaria por parte de Natalia Garagiola, que consigue encerrarnos en el alma agreste de los personajes. Logra que el actor Lautaro Bettoni encarne a la perfección su rabia interior a punto de explotar. Poco a poco comprendemos que el dolor lo ha convertido en un puercoespín, incapaz de querer, de aceptar el afecto. Igualmente soberbio está Germán Palacios, el padre en la sombra. Entre ambos hay escenas de intensidad impresionante, miradas duras o furtivas, silencios plenos de significado, donde una mano en el hombro puede recorrer la distancia de 15 años de ausencia.
6/10
(2019) | 130 min.
Una interminable película de destrucción masiva, con mucha acción, demolición, explosiones, misiles y peleas de monstruos. La familia Russell –con los padres Merk y Emma formando parte de Monarch, una agencia gubernamental zoológica que investiga a míticas criaturas–, quedó destrozada en 2014, cuando el despertar de enormes monstruos se llevó la vida del benjamín. Mark se dio al alcohol,  mientras que Emma ha tratado de descubrir la forma de calmar las iras monstruosas, trabajando en el mundo de las ondas de determinada frecuencia. La que ha pagado el pato es Madison, su hija adolescente, que quiere a ambos progenitores y no sabe a qué carta quedarse. Mark volverá al tajo cuando Emma y Madison caen en las manos del ecoterrorista Alan Jonah; entonces se entera de que no hay una ni dos, sino hasta 17 criaturas gigantescas localizadas en las profundidades de la Tierra, una auténtica familia de monstruos no muy bien avenida. Además de Godzilla, andan por ahí pululando una hidra de tres cabezas, Ghidorah, y la “polillita” recién nacida Mothra. Sus orígenes podrían remontarse a antiquísimas civilizaciones, en que convivieron con la humanidad pacíficamente. Si la trama descrita en el párrafo anterior suena a disparatada, como si no tuviera pies ni cabeza, es que tal vez sea así. Porque la verdad, casi nada de lo que ocurre tiene mucho sentido. El mundo está en peligro, hay quien piensa que eso es bueno, que debería haber una selección “natural”, o tal vez una extinción de la especie humana, y que tampoco pasaría nada. Los papás harán lo que sea por su hijita. Los militares todo lo quieren solucionar a base de bombazos, la boca se les hace agua pensando en que van a probar nuevas armas. Y por supuesto, hay tipos heroicos que se sacrificarán y darán su vida no se se sabe bien por qué. Así que lo importante es ver a los monstruos darse de bofetadas, y poco más. Ello servido cansinamente por un director no demasiado conocido, Michael Dougherty, que tiene el dudoso honor de ser también coguionista. Por otro lado, tenemos a un montón de actores conocidos, pero que no pensamos que sean la “cabeza del león” (o de los monstruos) del presupuesto, y que poco tienen que hacer más allá de poner cara de susto, o de decirse “qué dura es la vida”, ahí tenemos a Vera Farmiga, a la chiquita de Stranger Things Millie Bobby Brown, al “prota” de Silicon Valley Thomas Middleditch, y al actor de carácter británico Charles Dance, por citar a unos pocos.
4/10
(2018) | 85 min.
Los Ángeles, a mediados de los 90. El adolescente de 13 años Steve pertenece a una familia disfuncional, formada también por su hermano, Ian –que no duda en golpearle con brutalidad–, y Dabney, la madre soltera. Necesitado de compañía, el chico acaba formando parte de una pandilla de aficionados al monopatín, todos mayores que él. Infravalorado por la crítica cuando protagonizaba comedias, casi siempre groseras, como Supersalidos, Jonah Hill dejó boquiabierto al auditorio cuando empezó a despuntar en papeles más serios, logrando incluso dos nominaciones al Oscar por El lobo de Wall Street y Moneyball, en las que salía airoso del reto de compartir la pantalla con Leonardo DiCaprio y Brad Pitt, respectivamente. Ahora, demuestra que puede tener una sólida carrera como realizador con una ópera prima que si bien dista de ser redonda, tiene numerosos puntos de interés. Por momentos parece la repuesta masculina a Lady Bird, de Greta Gerwig. A Hill se le da muy bien la reconstrucción de la década previa a la generalización de internet, y capta a la audiencia cuando habla de la necesidad de construir la propia identidad, lo que lleva a muchos jóvenes a integrarse en un grupo, en busca de una meta en la vida, pero también a imitar a su hermano, o tratar de distanciarse (al menos de cara al exterior) de sus progenitores. Sabe describir muy bien la edad del pavo, cuando los chicos se sienten obligados a ocultar sus sentimientos. Muestra con crudeza aspectos como los problemas del alcohol y las drogas, y la iniciación sexual, sin ocultar las consecuencias, pero sin juzgar ni buscar referentes morales. El film sale ganando porque tiene como protagonista a Sunny Suljic, que ya fue un ‘skater’ en una secuencia de No te preocupes, no llegará lejos a pie, de Gus Van Sant, con Hill como actor. Le secundan muy bien actores como Lucas Hedges (Manchester frente al mar), que da vida a Ian, o Katherine Waterston, la madre. Aunque la cinta está bien llevada, se echa de menos alguna secuencia memorable, y algún momento un poco más optimista.
6/10
(2019) | 98 min.
Alicia regresa a la casa de su madre, la posesiva Victoria, en coma profundo, que sobrevive porque está conectada a una máquina. Hasta ahora estaba bajo los cuidados de Sara, su otra hija, y de una enfermera que acude por las noches. La recién llegada está acompañada por su familia, compuesta por Mikel, su marido, y por la pequeña hija, Nora, que comienza a sentir una fascinación insana por la anciana enferma. Puesta de largo del catalán Denis Rovira van Boekholt, cuyos tres cortos anteriores, Ángel, Lazarus Taxon y El grifo han tenido una buena acogida en el circuito de festivales especializados. Él mismo ha coescrito el guión, con Daniel Rissech y Michel Gaztambide, ganador del Goya por No habrá paz para los malvados, que adapta una novela del británico Ramsey Campbell, al que curiosamente sólo se adapta en España, pues sus obras habían dado lugar hasta ahora únicamente a dos largometrajes patrios, Los sin nombre, de Jaume Balagueró, y El segundo nombre, de Paco Plaza. No le falta talento al emergente realizador, que aprovecha la iluminación natural grisácea de las localizaciones asturianas en las que ha rodado para componer una atmósfera sugerente. Consigue también un arranque prometedor, al centrarse en describir las relaciones familiares de los personajes, todo indica que pretende construir un film cocinado a fuego lento al estilo de Hereditary, con imágenes turbias que recuerdan al cine de Guillermo del Toro. Por desgracia, no consigue dar entidad a los personajes, pese a los esfuerzos del reparto, principalmente de la siempre admirable Manuela Vellés (Alicia), y Maggie Civantos (Sara), mientras que la niña, Claudia Placer, da la talla. Por el contrario, poco pueden hacer Emma Suárez (la madre) bajo una espesa capa de maquillaje, y el insulso Alain Hernández, en la piel de un marido que no tiene ninguna hondura. El desastre absoluto sobreviene cuando arranca el tercer acto, una sucesión de gritos, sustos para impresionar a adolescentes, y cuchilladas incoherentes que llegan a provocar carcajadas involuntarias; el film resulta únicamente recomendable para incondicionales del género.
4/10
(2018) | 174 min.

Una familia vive en el campo mexicano criando toros de lidia. Esther está a cargo del rancho, mientras su marido, Juan, un poeta reconocido a nivel mundial, cría y selecciona los animales. Cuando Esther se enamora de un adiestrador de caballos llamado Phil, la pareja lucha por superar la crisis emocional.

(2019) | 92 min.
Maria Linde (Krystyna Janda), poeta polaca ganadora del premio Nobel, vive con su marido (Antonio Catania) en una casa solariega en la Toscana italiana, cerca de Volterra. En medio de los campos y colinas de la zona pasa unos días plácidos junto a su hija Anna (Kasia Smutniak) y sus nietos, que han venido a visitarles. Pero Maria vive ciertos desajustes en su vida personal, mantiene una relación extraconyugal con un joven copto y además un discurso suyo tendrá fuertes consecuencias en la opinión pública. Interesante película polaca dirigida con sutileza por Jacek Borcuch, cuyo guión, escrito junto con los también polacos Marcin Cecko y Szczepan Twardoch, recoge momentos de la vida cotidiana de la familia, los juegos infantiles, celebraciones con amigos, comidas, banales conversaciones, etc. A su vez introducen pasajes que rompen las rutinas, como la desaparición del nieto, el idilio con el joven egipcio, la desobediencia policial. De fondo, Borcuch hace pensar acerca del multiculturalismo europeo, de lo acomodaticio de nuestras opiniones, de la violencia creciente y de la cada vez mayor presencia de los inmigrantes en nuestra ciudades, de la posición preeminente de Europa en el mundo y quizá de la trampa de esta seguridad cuando se trata de un continente que ha dado lugar a las peores barbaries, en referencia clara al holocausto. Sin embargo, aun cuando la propuesta atrae en un principio, apoyado en el atractivo personaje de la protagonista, una mujer inteligente y consciente de su ascendencia sobre los demás, lo cierto es que la intensidad del film se va diluyendo bastante con el paso de los minutos. Nunca deja de interesar la historia, se apuntan cuestiones y puntos de vista originales, pero todo es demasiado suave y el resultado se queda a medio camino. Las interpretaciones de todo el reparto son solventes.
5/10
(2019) | 86 min.
Edu vive en Londres, y se prepara para ser músico, Pero vuelve unos días a su pueblo natal en Valencia, con sus padres, se casa su hermano Ximo. Y surgen sentimientos de miedo y añoranza, de lealtad y cumplimiento del deber, y de dudas, por el reencuentro con los viejos amigos de la banda de música –Juanma, Fari y Cabolo–, y el reencuentro con la chica que siempre le gustó, Alicia. Notable debut en el largometraje de Roberto Bueso, director y guionista, que sabe atrapar la situación de unos jóvenes, y más especialmente del protagonista, de encrucijada vital, han de tomar decisiones para seguir adelante, y no conformarse pasivamente con las cosas que pasan. Toca ejercer la libertad, apoyarse en el cariño, amistad y afecto de los que te rodean, y brindarlo tú también. Con estos sencillos mimbres, Bueso articula una película muy sentida, de personajes bien construidos, en la que muchos espectadores pueden sin duda reconocerse. Los actores, poco conocidos, bordan sus interpretaciones, sin aspavientos y con mucha naturalidad. La película apenas dura hora y media, pero esto no significa que estemos ante una narración torpe y precipitada, todo lo contrario. Se perfila el pánico escénico ante la vida de Edu, pero también la posición de Alicia, entre el recién regresado y el novio con el que ha reñido, Juanma, o las encrucijadas que atraviesan Fari –caprichosamente enamorado de una gordita adolescente, Belén–, Cabolo –que trata de superar su depresión acudiendo a una profesional– o el ya citado Juanma, cuya madre tiene alzheimer, y que ha empezado a salir, a sus espaldas, con una amiga de Alicia; y también está el asustado Ximo ante la inminente boda, empeñado en ahondar unos lazos fraternales que hasta entonces había descuidado. Incluso unos pocos planos bastan para definir a los padres a los padres de Edu y Ximo, con la fantástica escena en que Edu y su padre hablan en el convite de la boda, compartiendo pitillo.
7/10
(2019) | 115 min.
Una historia de iniciación a la vida y de amistad puesta a prueba en el México de los años 80. Carlos y Gera son dos adolescentes, cerca de la mayoría de edad, amigos del alma. Participan en peleas de pandillas de colegios rivales. Como Carlos tiene habilidades ingenieriles, arregla el teclado del novio de Rita, hermana de Gera, y por el que se siente atraído, su primer flechazo. Esto propicia que les inviten a acudir a un club de la movida de esos años, al que acude gente rebelde e inconformista, culturalmente inquieta en campos como la música punk y las artes plásticas, y sexualmente promiscua, circula el alcohol y las drogas, son los años del sida. La mención a Berlín del título alude a esa búsqueda vanguardista que simbolizó la ciudad alemana, y que en otros lugares es emulada, con rasgos localistas, pero bastante semejanza de fondo. Hari Sama, director y coguionista, mira al pasado con nostalgia, atrapando el choque generacional de unos jóvenes con sus burgueses padres, mientras tratan de encontrar algo parecido a la felicidad, pero con un nihilismo de fondo, que les lleva a moverse por pulsiones muy básicas, y a asociarse a manifestaciones de expresión y protesta de dudoso sentido y gusto, con performances sexuales transgresoras, yendo contra lo establecido, por ejemplo el patriotismo futbolero. Lo más sólido es la amistad de los protagonistas, bien interpretados por Xabiani Ponce de León y José Antonio Toledano, de hecho el film puede interpretarse como el viaje de una pareja que se distancia para volver a encontrarse al final del recorrido, con el bagaje de la experiencia vivida, lo que incluye la proximidad de la muerte, y un mayor conocimiento propio. Si realmente es así, es discutible, pero ésta es la propuesta de Sama.
5/10
(2019) | 106 min.
Década de los 50, en un pueblecito de Escocia. Al pequeño Charlie le marginan en el colegio por ser hijo de Lydia, madre soltera, por lo que acaba metiéndose en una pelea. Le atiende de sus magulladuras la doctora Jean Markham, que ha regresado a su localidad natal, de donde se fue por los rumores sobre su homosexualidad, tras la muerte de su padre, para hacerse cargo de su consulta. El chico queda fascinado con las abejas que cría la facultativa en su jardín, por lo que ésta le invita a verlas con más detenimiento el domingo por la tarde. Enojada, Lydia acude a echarle la bronca a Jean –a quien no conoce– por llevarse a su casa a su retoño, pero descubrirá que se siente atraída por ella, así que inician un idilio. Como consecuencia, ambas mujeres serán víctimas de todo tipo de habladurías, mientras que el padre del muchacho –que hasta entonces se había desentendido– amenazará con llevárselo a porrazo limpio. 23 años ha pasado apartada de la gran pantalla la realizadora Annabel Jankel, se diría que por una vez merecidamente, pues hasta ahora tenía dos largometrajes en su haber, firmados junto a un tal Rocky Morton, su esposo hasta 2005: el decepcionante thriller Muerto al llegar (1988) y Super Mario Bros. (1993), adaptación de las peripecias del personaje de los videojuegos, considerado uno de los mayores fiascos de la historia del celuloide. Ahora adapta en solitario un best-seller de Fiona Shaw con resultados un poco superiores a los de sus dos anteriores trabajos, lo que no quiere decir mucho. Por desgracia, cuenta de forma atropellada un relato bastante predecible y más empalagoso que la miel de las abejas. Resulta llamativa la rapidez con la que fluye el idilio entre las protagonistas, sin que ni siquiera Jean –que hasta entonces era heterosexual– se sorprenda lo más mínimo. Las actrices principales, Holliday Grainger y Anna Paquin, no sólo no parecen conectar, sino que se muestran incapaces de dar credibilidad a sus tópicos personajes. Y no se entiende por qué el progenitor de un día para otro vuelve a tomar interés en dar la lata cuando hasta entonces parece que ninguno de sus vecinos le reproche que no haga ni caso a su hijo. Se diría que sirve como recurso fácil para alertar de ‘los males de la sociedad patriarcal’, etc. Para colmo de males, se abusa hasta la extenuación del recurso a las abejas como metáfora supuestamente mágica y preciosa de lo que les ocurre a las protagonistas.
4/10

Jueves 27 de Junio de 2019

(2019) | 70 min.
Acercamiento biográfico a la figura del novelista peruano Mario Vargas Llosa (1936), Premio Nobel de Literatura en 2010, y especialmente en lo que respecta a sus inicios como escritor, que tomaría forma definitiva en 1962 con la publicación de su primera novela, “La ciudad y los perros”, una obra que causaría un fuerte impacto en el mundo de la literatura. Conocemos en esta película los hechos más relevantes de la vida de Vargas Llosa, desde que descubrió la lectura de Verne y Dumas en la Piura de su infancia hasta que se convirtió en escritor de éxito. Entre medias un recorrido rico en acontecimientos, no siempre felices: una infancia triste y temerosa debido a su padre, la estancia desgraciada en un colegio militar (germen de la novela citada), su primer trabajo en la redacción de un periódico a los ¡16 años!, sus escarceos comunistas en la política estudiantil universitaria, la influencia de sus profesores –en especial de Raúl Porras Barrenechea– y de escritores como Sartre, Rulfo, Borges, Faulkner, su amistad con Lucho Loayza y Abelardo Oquendo, sus primeros premios literarios, sus amores prohibidos, su primera boda a los 19 años, su visita soñada a París a los 21 años, su beca en la Universidad Complutense de Madrid para hacer estudios de posgrado, su marcha posterior a París, los apuros económicos, etc. El director Chema de la Peña (23-F) ha hecho una amplia labor de recopilación y documentación de material, con fotografías y recortes de periódico de las distintas épocas, así como de grabaciones fílmicas antiguas, y se detiene especialmente en la traumática infancia de Vargas Llosa, clave a la hora de entender la influencia que tuvo la literatura para paliar su soledad en los primeros años. Se alterna en Mario y los perros el discurso del narrador –una voz quizá demasiado suave y evocadora–, con intervenciones de algunas personalidades cercanas al escritor, como Alfonso Cueto o Jorge Edwards, al igual que las declaraciones del mismo Vargas Llosa –antiguas y actuales–, necesarias para conocer la personalidad y la vida de este prestigioso escritor, con varios libros llevados al cine.
6/10

Viernes 28 de Junio de 2019

(2018) | 97 min.
Casey le fue infiel a su marido, Brian, lo que ocasiona la inevitable crisis matrimonial. Para tratar de reconciliarse, ambos saldrán fuera de Estados Unidos unos días, en un viaje romántico, así que alquilan a través de internet un casoplón en la región vinícola de Umbría, en Italia. Una vez allí, conocen al elocuente y servicial Federico, su vecino, que tiene la virtud de aparecer siempre que le necesitan. Pero poco a poco se dan cuentan de que esconde perversas intenciones. Tras consagrarse como Jesse Pinkman, en Breaking Bad, Aaron Paul vuelve a mostrar su buen hacer, en esta ocasión como marido torturado, bien respaldado por un excelente Riccardo Scamarcio (La mejor juventud) como antagonista, y Emily Ratajkowski (Perdida), que cumple, pese a que su personaje podría haber estado mejor desarrollado. Por desgracia, estos actores están al servicio de un guión convencional del debutante David Levinson, que mezcla elementos de Perros de paja –su descripción del germen de la violencia y de la contraposición del mundo rural con los urbanitas recién llegados– con los tópicos de thrillers de personaje cercano que acaba resultando ser un psicópata, al estilo de la niñera de La mano que mece la cuna, o la compañera de piso de Mujer blanca soltera busca, pero con el vecino. Se le podía haber sacado más tajada al novedoso tema central, la moda de contratar un alojamiento mediante aplicaciones como Airbnb, y sus potenciales riesgos. No consigue remontar estas limitaciones el realizador con poca experiencia George Ratliff (El hijo del mal), que firma un producto que como mucho puede ser calificado como ameno. Resulta al menos llamativa su obsesión por mostrar a los protagonistas duchándose en numerosas ocasiones, venga a cuento o no.
5/10
(2019) | 95 min.
Paco y Encarni son los Japón, un matrimonio que vive junto a su dos hijos y el suegro, padre de Encarni, en el pueblo sevillano de Coria del Río. Él trabaja como empleado en una fábrica de coches japoneses; ella es limpiadora. Son una familia unida y humilde que de repente va a ver cómo su vida da un giro de ciento ochenta grados. Resulta que un antepasado de Paco fue un príncipe japonés del siglo XVII que emparentó con una sevillana; ahora, con la muerte del emperador, el árbol genealógico designa a Paco como legítimo heredero del imperio nipón. La familia en pleno se trasladará a Tokio para tomar posesión. Comedia española escrita y dirigida por Álvaro Díaz Lorenzo, director cuyo mayor logro ha sido Señor, dame paciencia, donde jugaba con las diferencias regionales españolas. Cruza ahora las fronteras patrias con Los Japón, para inventar una historia tan absolutamente delirante y peregrina que es difícil de materializar con éxito en la pantalla. A priori tiene gracia el planteamiento, pero al guión le cuesta un mundo avanzar y no digamos crear un mínimo de credibilidad en la pantomima. Hay momentos indudablemente simpáticos, basados generalmente en gags visuales –la llegada de los japoneses, la intoxicación, el entrenamiento al estilo Kill Bill, la cuestión del baño–, pero en general son muy contadas las veces en que la risa hace acto de presencia, seguramente porque los diálogos son sosos, poco inspirados (las escenas del bar sevillano son agotadoras, por ejemplo), y además el tono humorístico se desvanece demasiado hacia el desenlace. Tampoco se aprovecha una incipiente intriga que se apunta en un par de momentos para abandonarla después completamente. La película tiene la suerte de contar con unos intérpretes que son una garantía para el público. No estamos de todas formas ante el mejor trabajo de Dani Rovira, quizá porque no se cree en ningún momento el personaje. Mucho más eficaz se muestra María León en uno de esos papeles de mujer terremoto con una labia de aquí te espero. También Antonio Dechent ofrece algún momento salvable.
4/10
(2018) | 83 min.

Al final de la Edad Media, cuando las centenarias disputas entre cristianos y árabes llegaban a su fin en la Península Ibérica. Azahar, una niña árabe despierta e inteligente, recibe de su tío Amir -gran aventurero-, el mapa que señala la ubicación de un antiguo tesoro. La leyenda cuenta que el corazón de una montaña, se convirtió con el paso de los siglos en un poderoso y mágico diamante.

(2019) | 120 min.
La megacorporación Kaslan saca a la venta a Buddi, muñeco dotado de inteligencia artificial, que se hace amigo del niño propietario, y puede realizar tareas del hogar y hasta conectarse a la nube para encender la tele. Karen Barclay, que trabaja en unos grandes almacenes, no puede permitirse regalarle uno por su cumpleaños a su hijo, Andy, al que cría en solitario. Pero aprovecha que un cliente devuelve uno defectuoso para quedarse con él, con la esperanza de que más o menos funcione, y se lo entrega al chaval, con el que parece hacer buenas migas. Lo malo es que el avanzado juguete se muestra sobreprotector con su amo, al que defiende violentamente del gato familiar, o del egoísta individuo que sale con su madre… El noruego Lars Klevberg, que logró cierta repercusión con su corto Polaroid, reinicia por completo la saga iniciada con el film homónimo, dirigido por Tom Holland, en 1988. Pese a tratarse de una serie B muy menor, dejó un buen recuerdo entre los aficionados al terror, sobre todo por la impactante imagen del protagonista, hoy convertido en un icono del género. Ni cortos ni perezosos, sus productores estiraron el chicle, que dio para seis secuelas, todas ellas lamentables y clónicas, salvo La novia de Chucky (1998), donde predominaba el humor. Apoyado en un acertado guión del debutante en el largometraje Tyler Burton Smith, Klevberg acierta de pleno al apartarse por completo de su modelo; aquí la historia cambia, no va de un psicópata cuyo espíritu se refugia en el muñeco, sino que se trata de un aparato moderno, lo que da pie a ciertas críticas sobre la dependencia hacia las nuevas tecnologías. El director tiene muy claro que está rodando un entretenimiento menor, sin pretensiones, pero consigue un producto muy superior al original, introduciendo algún que otro elemento de fondo, por ejemplo describe a una típica familia desestructurada, en la que la madre parece más preocupada por un ligue que no la trata como debería, y el hijo se pasa el día mirando el móvil. Caben también sarcásticas críticas a las multinacionales, que abaratan costes fabricando sus productos en sitios como Vietnam, maltratan a los empleados, y si causan alguna tragedia la minimizan con ayuda del marketing. Pero sobre todo logra alguna carcajada, y el esperado suspense, que es lo  importante. En cualquier caso, su principal baza reside en que el personaje al que alude el título está bien desarrollado, no es un mero psicópata que mata porque está loco, sino una especie de moderno Frankenstein, que le coge cariño al niño. Los secundarios están bien trazados, no son meros arquetipos que aparecen en pantalla para ser escabechados; aquí importa el destino de los chicos del barrio, el vecino policía, la madre de éste, etc. Esforzado trabajo del joven Gabriel Bateman, con amplísima experiencia, pues llegó a estar en el reparto de un film sobre otra muñeca diabólica, Annabelle, y de Aubrey Plaza, conocida por la serie Legion, que encarna a su progenitora.
6/10
(2019) | 103 min.
Centerville, un pueblecito de la América profunda. Dos policías, Robertson y Peterson, apatrullan la zona, en que afrontan denuncias como la de que, según el supremacista granjero Frank Miller, el sintecho Hermit Rob está matando a sus gallinas. Más serio resulta el salvaje destripamiento de dos mujeres en una cafetería, podrían haber sido víctimas de uno o varios animales salvajes. Aunque la culpa la podrían tener también los zombis, que comienzan a salir de sus tumbas, coincidiendo con el fracking de los casquetes polares. Curiosamente, algunos lugareños tienen sólidas nociones de cómo acabar con los muertos vivientes, lo mejor es cortarles la cabeza, según sabe bien Zelda, que regenta la funeraria, o Bobby, que se ocupa de la tienda de la gasolinera, y ha visto todas las películas de zombis que puedan imaginarse. En cambio, tres jovenzuelos de ciudad, que se alojarán en un motel, parecen carne de cañón para los zombis. Delirante película escrita y dirigida por Jim Jarmusch, que ha demostrado ya antes que las películas de género pueden abordarse de un modo “diferente”, ya sea el western (Dead Man), las cintas de sumuráis (Ghost Dog) o las de vampiros (Sólo los amantes sobreviven). En esta ocasión se encuentra lejos de las elevadas cotas de maestría alcanzadas en sus mejores filmes –con permiso de sus cintas de los 80–, Paterson y Flores rotas, que protagonizaron respectivamente Adam Driver y Bill Murray, presentes en el film, así como otros de los artistas con los que trabaja más a gusto, como Tilda Swinton y sus buenos amigos Tom Waits e Iggy Pop. Porque se limita a entregarnos un divertimento, donde entre guiño y guiño parece tomarse a cuchufleta el subgénero de terror de muertos vivientes, con un sentido del humor muy reconocible y surrealista, que apreciarán sus seguidores incondicionales. En cambio a los abonados a The Walking Dead o a las películas de George A. Romero, puede que les rompa el saque, y no perdonarán tal vez que se quite el hierro al supuesto sublime simbolismo del zombi, de una sociedad que se encuentra ya muerta en vida, o sea, no puede morir, como indica con guasa el tautológico título del film, citando una canción recurrente de Sturgill Simpson compuesta para la película. Y eso que Jarmush ha sembrado el film de homenajes y citas a películas de muertos vivientes. Aunque abundan las escenas de decapitamientos, no estamos antes una película de violencia gráfica y desagradable, se busca sobre todo ofrecer momentos de lacónico surrealismo, con intercambios dialécticos que no disgustarían seguramente al finlandés Aki Kaurismäki. El resultado, aunque simpático, es irregular, aparte de que Jarmusch no inventa precisamente el género paródico de zombis, que ya ha dado pie a títulos como Bienvenidos a Zombieland o Memorias de un zombi adolescente.
5/10
(2018) | 97 min.
Años 60. Las inseparables Alice Brunelle y Céline Geniot viven en contiguas casas unifamiliares, bastante lujosas, con setos elegantemente podados, de los suburbios de Bruselas, con sus respectivos maridos, Simon y Damien, y sus hijos, Théo y Maxime, de ocho años, unidos como si fueran hermanos. Pero Alice descubre que el niño de su amiga, Maxime, se ha encaramado al exterior de la ventana, para coger a su gato; por mucho que se apresura a entrar en el inmueble no llega a tiempo de avisar a la madre, ni de salvar al niño, que muere debido a la caída. Durante el duelo, Céline acusa a Alice de dejar morir a su hijo; y después empieza a comportarse de forma extraña, hasta el punto de que Alice sospecha que se quiere vengar por lo ocurrido. El belga Olivier Masset-Depasse, vuelve a tratar la maternidad tras Illégal, su anterior trabajo, poco conocido fuera de su país, sobre una inmigrante que trataba de encontrar a su retoño. Esta vez parte de la novela “Duelles”, de Barbara Abel, para componer una nostálgica mezcla del suspense de Alfred Hitchcock, con la estética de los melodramas de Douglas Sirk, según ha reconocido él mismo en las entrevistas. Lo consigue, sobre todo en el prodigioso arranque, con el que deja al espectador intrigado. Subyace también cierta crítica a la época desde el feminismo, donde la vida idílica de las amas de casa, en realidad esconde bajo la superficie un gran drama, lo que trae a la memoria la serie Mad Men. Prodigioso trabajo de la rubia, que hubiera apasionado al maestro del suspense, Veerle Baetens, de enorme prestigio en Bélgica, por títulos como Alabama Monroe, pero también de su rival en pantalla, Anne Coesens (No es mi tipo), el niño principal, Jules Lefebvres, que pese a su corta edad refleja muy bien la perplejidad infantil ante la muerte de su mejor amigo. Tienen menos papel los maridos, Mehdi Nebbou resulta convincente como cónyuge de Alice, pero Arieh Worthalter no logra remontar la poca profundidad de su personaje. Los compositores Frédéric Vercheval y Renaud Mayeur hacen todo lo posible para imitar las melodías de Bernard Herrmann para el Maestro del Suspense, y aunque logran un trabajo satisfactorio, a veces parecen exagerar demasiado el dramatismo de su partitura. El guión, coescrito por el propio realizador, no logra convencer del todo en su tramo final, pero el espectador saldrá más o menos satisfecho.
6/10
(2018) | 98 min.
Simpática película familiar sobre una banda musical. Los adolescentes Grim y Aksel siempre han soñado con tener su propia banda de rock. Hasta el punto de que el primero inscribe a Los Bando Inmortale para el concurso que va a tener lugar en la ciudad de Tromsø, al norte de Noruega. El primero toca la guitarra, pero aunque canta, desafina bastante. El otro maneja la batería. Encontrarán a una bajista en la niña Thilda, que toca la viola. E inesperadamente, en el chico que conduce la furgoneta que les transportan, descubren a un portento como vocalista. En el camino saldrán a la luz los problemas de sus familias desestructuradas, sus cuitas amorosas, y la importancia de esforzarse para hacer realidad los propios sueños. Con formato de “road movie”, los chavales deben superar el obstáculo de la persecución que lleva a cabo el dueño de la furgoneta, que la utiliza para dar a conocer a su personal modo que Jesús nos ha salvado. También les pisa los talones la policía, pues a mitad de camino descubren que Thilda no cuenta con el permiso de sus padres para viajar a Tromsø. La cinta, amable, sabe combinar con sabio equilibrio el humor, la aventura y pequeños dramas, que sirven para fortalecer y estrechar los lazos de amistad de los protagonistas componentes de la banda Los Bando Inmortale. No faltan las canciones, bien introducidas, jugando al contraste con la horrible voz de Grim cuando intenta cantar. Dirige la función el especialista en cine de chavales Christian Lo.
6/10
(2019) | 94 min.
Cuarto largometraje de Carlos Marques-Marcet (10.000 Km, Noble Earth, Tierra firme), gran vencedor del Festival de Málaga en 2019, al hacerse con la Biznaga de Oro a la mejor película, y los reconocimientos a la actriz (María Rodríguez Soto) y al realizador, el Premio Signis, y el del Jurado Joven. Parte de una idea muy positiva, pues a Vir no le llega la regla, recurre a un test de embarazo y anuncia a Lluís, su pareja, con la que no le unen lazos matrimoniales, que el resultado ha sido positivo. En un primer momento optan por abortar; quieren tener un hijo algún día cuando llegue el momento, pero no ahora. Contra pronóstico, a Lluís le entran los remordimientos, habla con su pareja de que aunque no desea ser padre, lo prefiere antes que deshacerse del bebé; ella acaba estando de acuerdo, por lo que siguen adelante… No se pretende ni de lejos realizar un alegato pro vida, parece que Marques-Marcet defiende la libre elección, pero al menos reconoce que el aborto no es tan sencillo. En un momento determinado, los personajes se preguntan si se puede fumar, cuando el humo será inhalado por el feto del que se supone que se van a deshacer, porque no lo consideran un ser humano todavía, ¿o sí? Viene a la memoria la famosa frase “la vida se abre camino”, de Parque Jurásico, pues en el mundo moderno que llegue a nacer un bebé parece casi un milagro, pues los jóvenes andan más preocupados por su futuro laboral, y otros asuntos que en formar una familia, no parece que la sociedad apoye la maternidad, ni mucho menos el gobierno. Por otro lado, se exponen algunas ideas más discutibles, por ejemplo los personajes no creen en el amor, piensan que se trata de una convención social, creada para justificar la reproducción, que sería un impulso natural. Quedan muy desdibujadas las líneas entre ficción y realidad. Esta vez, el realizador barcelonés ha compuesto un experimento, cercano al docudrama, que aprovecha que la citada Rodríguez Soto (El ministerio del tiempo), pareja de su actor fetiche, David Verdaguer, se ha quedado realmente embarazada para seguir el proceso hasta la llegada del bebé. Sin embargo, ambos no interpretan exactamente a trasuntos de sí mismos, pues Vir, el personaje al que ella da vida ejerce como periodista, mientras que su compañero encarna a un abogado. Viven situaciones ficticias urdidas por el propio Marques-Marcet, y sus cinco coguionistas, que recogen la euforia inicial, la negociación para encontrar un nombre apropiado para el bebé, la planificación de asuntos como el colegio al que le enviarán y si arreglarán los papeles aunque no se casen, y sobre todo los desencuentros entre los protagonistas, tema este último recurrente en la obra del autor, esta vez causados por el embarazo. Se incluyen también fragmentos en los que Vir visiona su propio nacimiento, que en realidad corresponden a un vídeo en VHS del momento en el que su madre dio a luz a la actriz. Resulta llamativa la naturalidad de los actores, que parecen haber improvisado en numerosas ocasiones. La hasta ahora poco conocida Rodríguez Soto se revela, ofrece un recital interpretativo, por encima de Verdaguer, que sin embargo tiene mérito, pues logra hacer atractivo a un personaje al que en el libreto se le han dedicado menos esfuerzos. Quizás acaba alargándose demasiado, se dedican planos un tanto explícitos sobre la sexualidad de la pareja durante el embarazo y algún desencuentro se podría eliminar del montaje final para que el conjunto mejorase. Pero en cualquier caso, se trata de un film de interés.
7/10
(2019) | 75 min.

Se centra en dos familias muy distintas con un punto en común: en ambas, un menor transgénero. Violeta lleva una vida normal en una familia acomodada, con todo lo que el corazón de una chiquilla de 11 años podría desear. Pero no siempre fue la hermosa niña que es hoy: nació niño. A los 6 años desconcertó a sus padres (las famosas estrellas de cine adulto Nacho Vidal y Franceska Jaimes) al decirles que quería llamarse y vestirse como una niña. Tras el shock inicial, ellos decidieron apoyarla y, por ahora, el tránsito de Violeta está siendo relativamente plácido. Alan no tuvo esa suerte: víctima de acoso en el instituto, el cariño de su familia no fue suficiente para evitar un final que conmocionó su ciudad natal. Centrada sobre todo en estas dos historias, la película, profundamente emotiva, muestra que nuestra sociedad está avanzando en la aceptación de los menores trans pero que aún queda mucho camino por recorrer.

(2019) | 109 min.
Nuevas aventuras perrunas kármikas, en la secuela de Tu mejor amigo, que siguen explotando la idea original de la novela de W. Bruce Cameron. En esta ocasión dirige Gail Mancuso, con experiencia en series televisivas como Roseanne y Modern Family. En esta ocasión Bailey vive con Ethan y su esposa Hannah ya abuelos en su granja, tienen con ellos a su nieta CJ, y a la madre de ella, Gloria, que parece incapaz de superar la muerte en accidente de su marido. De modo que se refugia en el alcohol, alimenta sueños quiméricos de llegar un día a ser una estrella, y desfoga su frustración con sus suegros, pues tiene la sensación de que silenciosamente le reprochan ser una mala madre. Hasta el punto de que un día se lleva a CJ y corta la relación con los abuelos de la pequeña. Pero Ethan ha pedido a su perro Bailey, antes de sacrificarlo, que en sus sucesivas vidas en otros canes, cuide de su pequeña CJ. Y así ocurre, milagrosamente, siempre hay perros cerca de CJ mientras crece, en los que aletea su espíritu perruno. Como se ve, el film insiste en la mágica idea del original, que ya entonces resultaba algo forzada, y aquí desde luego la continua voz en off del perro acaba siendo cansina. Pero en fin, la película es lo que es, debes aceptar la premisa de partida si quieres disfrutarla mínimamente, y luego dejarte llevar en una trama que viene a ser círcular, CJ se separa de sus abuelos, y al final volverá a encontrarlos. En el camino está la trayectoria de la chica, desde niña, con su vecino asiático siempre enamorado de ella, aunque ésta no quiere o no puede verlo. Y situaciones diversas, ninguna demasiado bien desarrollada, como la de un acosador de CJ, el pelma de Shane, o la madre que no sabe querer a su niña. Pero todo es muy simple, al final la gracia está en los diversos perros, bien amaestrados para actuar. Los actores hacen lo que pueden, con Kathryn Prescott como protagonista, e ilustres secundarios como Dennis Quaid.
5/10
(2019) | 79 min.
El día que tiene que ejercer de fallera mayor, Virus y su amiga Palo, el hermano de ésta y otras conocidas marchan a una casa rural a las afueras de Valencia. Como hace tiempo que no se ven y quieren estar juntas deciden pasar un rato sin móviles. La situación se irá crispando poco a poco. Debut como guionista y director de Javier Artigas. Imagina una especie de historia que quiere inspirarse en las películas distópicas. Aquí parece que la atmósfera entre las personas se ha vuelto tóxica debido a las altas temperaturas generadas por el cambio climático y por el ambiente social de disturbios y violencia que se ha generalizado en la ciudad. Pero en Lejos del fuego no vemos nada de eso, solamente presenciamos cómo malviven unos cuantos personajes en una casa rural, en medio del pueblo fantasma en donde han quedado aislados. Llama la atención la tirantez constante que hay entre ellos, sin una mínima empatía cada uno es más antipático que los demás. El resultado no interesa demasiado y no sólo por su deficiente aspecto visual, de trazas muy amateur. Artigas maneja correctamente la cámara y planifica competentemente, pero la puesta en escena es excesivamente anodina, de nulo atractivo. Lo peor es sin embargo que la historia interesa muy poco, los diálogos son insulsos y no se sabe en ningún momento hacia dónde se dirige la trama. La falta de tensión es evidente y unos cuantos flashbacks no son suficientes para aclarar la narración. Finalmente la cosa parece una mera ocurrencia alargada hasta el capricho para crear un largometraje. Las interpretaciones, a menudo sobreactuadas por actrices debutantes, tampoco son para echar cohetes.
2/10