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2019

Viernes 04 de Octubre de 2019

(2019) | 118 min.
Original película centrada en Joker, el personaje archivillano de Batman que ha dado lugar a celebradas composiciones de Jack Nicholson para Tim Burton, y Heath Ledger para Christopher Nolan. Se sitúa en una ochentera e inhóspita ciudad de Gotham, degradada por la huelga de basuras y los graffiti, y en que cada uno va a lo suyo. Arthur Fleck cuida amorosamente a su inválida madre Penny, que trabajó antaño para el archimillonario Thomas Wayne, que tiene planes para presentarse a la alcaldía de la ciudad, y que no atiende a las misivas que ella le envía pidiendo ayuda, lo que produce el resentimiento del hijo, aunque ella le disculpa. Con un trastorno que le hace reír a destiempo y compulsivamente, Arthur acude a sesiones de psicoterapia, mientras trata de hacer realidad su sueño de dedicarse a la comedia. Le encantaría contar con el apoyo del cómico Murray Franklin, su ídolo, que tiene un popular programa televisivo, pero de momento ha de contentarse ejerciendo de payaso en hospitales infantiles o como reclamo callejero para invitar a entrar en una tienda. Solitario y enfermo, logrará conectar con una vecina, madre soltera, lo que podría ser un primer paso de reconciliación con la humanidad. Los coguionistas Todd Phillips y Scott Silver, el primero también director que se aleja del tono de su conocida Resacón en Las Vegas, no parten de un cómic concreto de DC a cuya adaptación más o menos libre se habrían aplicado, sino que han imaginado por completo los orígenes del personaje, logrando un resultado brillante. En vez de poner el foco en la faceta “traviesa” del personaje, o en su irracionalidad, como hacían las otras versiones mencionadas, aquí la mirada es de angustioso drama existencial, tratan de dar razón de la sinrazón en que cae el protagonista, cómo se convierte en psicópata influido por un entorno familiar, laboral y social hostil, trayectoria en que hay espacio para la sorpresa. El cuadro de Joker es complejo, y Joaquin Phoenix tiene el mérito de dar coherencia a los diversos elementos que han contribuido a configurar una personalidad hecha añicos, su interpretación es sensacional. Podría pensarse como referente en el célebre Travis de Robert De Niro –actor también presente en este film– en Taxi Driver de Martin Scorsese, ambientado más o menos en esa época, aunque los motivos de su deterioro elemental sean diversos. También Scorsese es una referencia para el papel de De Niro, comparable al de su antagonista en El rey de la comedia. El film usa con inteligencia la figura patética del payaso triste que tiene sin embargo que hacer reír y mostrarse alegre, una idea que aleteaba en Balada triste de trompeta de Álex de la Iglesia, pero a la que Phillips sabe sacar mucho mejor partido. Y con mirada decididamente pesimista muestra una sociedad insolidaria y quebrada en sus ilusiones, con una enorme brecha social entre ricos y pobres, y donde unos y otros tienen comportamientos deshumanizados –véanse los tres ejecutivos en el metro, escena que hace pensar en el personaje real de Bernhard Goetz, el justiciero de Nueva York en 1985, pero también los gamberros que estorban a Arthur en su trabajo–, lo que provoca el desquiciamiento personal –la deriva cuesta abajo del protagonista– y colectivo –las masas despersonalizadas que celebran las humillaciones de un programa televisivo, y que encuentran en la careta de un payaso el modo de dar rienda suelta a su ira y frustración–. En la mirada nihilista a la sociedad desnortada, que se deja guiar por consignas antisistema y actitudes de "yo contra el mundo", el film hace pensar en títulos como V de vendetta y El club de la lucha. Sorprende el vigor de la narración, que avanza todo el rato como un tiro, con múltiples elementos que contribuyen a la solidez del armazón. Pueden ponerse algunas pegas, algunos alargados momentos narcisistas del protagonista –aunque Phoenix maneja maravillosamente sus carreras y pasos de baile, como si fueran una endiablada coreografía–, la relación con la vecina que queda algo suelta, y sobre todo el paroxismo de violencia de una escena concreta, que podría haber sido mucho más contenida, con idénticos resultados. Pero logra avanzar “in crescendo” con la idea de olla a presión que inevitablemente tiene que estallar, a la vez que se enlaza perfectamente con lo que conocemos de Batman.
8/10
(2018) | 120 min.
En 1972, Sydney Pollack ya era un reconocido realizador, que tenía en su haber una larga trayectoria televisiva y largometrajes como Propiedad condenada o Danzad, danzad, malditos. Ese mismo año lanzaría Las aventuras de Jeremiah Johnson. Sin embargo, por razones inexplicables no usó claquetas cuando le reclutaron para filmar en vivo a Aretha Franklin, por lo que el material resultaba muy complicado de montar. De esta forma, ha permanecido inédito durante décadas, hasta que lo ha rescatado el productor Alan Elliott, que ha conseguido sincronizar la imagen con el sonido gracias a la tecnología actual. A continuación, se topó con la negativa de la propia protagonista, que no se sabe por qué estaba en contra de que se recuperase la cinta. Tras el fallecimiento de la misma, ha conseguido llegar a un acuerdo con los herederos, por lo que al fin se estrena en salas. Una pena que no hubiera llegado antes a los cines. Este pequeño tesoro muestra las dos sesiones de grabación que la diva llevó a cabo en una iglesia baptista de Los Ángeles. Tras revolucionar el soul, encadenando varios éxitos seguidos, la cantante abrirse a otros caminos, recuperando en un disco las canciones de góspel que ella misma entonaba durante su infancia. La selección musical no podía ser más impecable, todos los temas pueden ser considerados obras maestras, con letras profundas de temática religiosa, como corresponde al género. El posterior autor de Memorias de África logra sin grandes aspavientos capturar la magia de ambas veladas. Sobre todo se luce la propia Franklin, cuya voz no sólo se distingue por su potencia, y su prodigiosa técnica, sino que tiene algo especial que la hace única. Está bien acompañada por músicos de primera categoría y un sorprendente coro. Además, el film muestra al propio Pollack en plena faena y tiene momentos emotivos, como cuando uno de los coristas no puede evitar llorar, contagiando al resto de los presentes, o la intervención del progenitor de la estrella, que recuerda cuando entonaba estas canciones a una tierna edad.
8/10
(2019) | 124 min.
Año 1975, cuando se presiente que Francisco Franco está a punto de morir. Tras abandonar la policía, Germán Areta se establece como investigador privado, alquilando una oficina, con secretaria, y requiriendo los servicios de El Moro, antiguo delincuente, como ayudante. Pronto, requiere sus servicios una misteriosa mujer, que no quiere dar muchos datos, al estar casada, pero le requiere para averiguar quién mató a su amante, el sastre Narciso Benavides, pese a que la policía ha catalogado el caso como suicidio. Con El crack, de 1981, y su continuación, El crack II, de 1983, José Luis Garci trasladaba a la Gran Vía madrileña al típico detective de novela negra, muy al estilo de Philip Marlowe, creado por el novelista Raymond Chandler, que interpretó en la pantalla Humphrey Bogart. Recuperaba como protagonista a Alfredo Landa, con quien había rodado Las verdes praderas, que con su increíble transformación en el duro Areta demostraba por fin que daba para mucho más que para las comedias en las que perseguía suecas en la década anterior. A sus 75 años, el realizador ha acertado al recuperar al personaje, en una precuela de la saga, su mejor trabajo de los últimos años, que sigue el patrón de sus dos precedentes, pero rodado en blanco y negro, por primera vez en la filmografía del autor con cámara digital. Si dedicaba las dos primeras a Dassiell Hammett y al citado Chandler, en esta ocasión rinde tributo a un tercer maestro, James M. Cain, responsable de El cartero siempre llama dos veces. Ha dispuesto de un presupuesto muy reducido, por lo que la mayor parte de la acción se desarrolla en interiores muy reducidos, pero esto juega a favor del film, pues se logra una atmósfera de cine de serie B. Al parecer ha tenido que recurrir incluso a su propio despacho como localización, y hasta se ha visto obligado a utilizar algunos planos rodados para Solos en la madrugada del centro de Madrid, porque éste ha cambiado bastante desde la época que se pretende retratar, y no había dinero para retoques digitales. Precisamente, vuelve a ser una obra nostálgica, como ocurre en la mayor parte de la filmografía del cineasta, pues además los diálogos recuerdan a deportistas, músicos y figuras del cine de antaño. Garci ya no ha podido escribir el guión con su habitual colaborador Horacio Valcárcel, ya fallecido, así que ha reclutado a Javier Muñoz, director del sorprendente pero desconocido film Sicarivs: La noche y el silencio. El libreto versa sobre el desencanto, pero también sobre la capacidad de refugiarse en un pasado idealizado, donde cada uno puede sentirse a salvo porque lo conoce a la perfección. Este tema da pie a un desenlace emotivo. Logra intrigar al espectador, pese a que quizás el desarrollo de la investigación se alargue demasiado, lo que provoca un bajón de ritmo hacia la mitad, que después se consigue remontar. Como siempre, Garci recurre a los mejores actores, capaces de hacer creíbles diálogos en ocasiones demasiado literarios o con referencias un poco forzadas. Resultaba especialmente difícil sustituir al carismático Landa, ya fallecido. Ha sido una buena elección Carlos Santos, ganador del Goya al actor revelación por convertirse en Luis Roldán, en El hombre de las mil caras. Sorprende más, por inesperada, la caracterización de Miguel Ángel Muñoz, como El Moro, que actúa sobre todo como contrapunto cómico, en un rol que bordó en su momento Miguel Rellán. No desentonan Pedro Casablanc, como El Abuelo, comisario que antaño fue José Bódalo, y Cayetana Guillén Cuervo, como astuta proxeneta. Quizás desentona Macarena Gómez, un tanto sobreactuada.
6/10
(2019) | 100 min.
Héctor es un adolescente inteligente pero conflictivo y algo asocial, que tras varios hechos delictivos, termina en un reformatorio, algo de lo que culpabiliza a su hermano mayor Isma. Ambos se han criado con su anciana abuela Cuca, ahora enferma terminal. En el centro mejora su conducta gracias a una terapia en que los internos cuidan perros abandonados, Héctor se esmera con su can, al que ha puesto el nombre de Oveja. Pero cuando Oveja es adoptado, Héctor vuelve a las andadas, y acaba escapando del reformatorio, movimiento peligroso cuando está a punto de alcanzar la mayoría de edad. Con la ayuda a regañadientes del hermano, intentará recuperar al perro y llevar a la abuela a morir a su cántabro pueblo natal. Una agradabilísima sorpresa. Diecisiete es una película entrañable sobre la relación entre dos hermanos muy diferentes, que recuerda a los protagonistas de Rain Man, también por el maridaje de elementos dramáticos y de comedia, y por la benéfica influencia mutua que uno y otro se van procurando. También va en la línea de esas comedias francesas que tanto agradan al gran público, y que tienen como máximos exponentes al dúo Éric Toledano-Olivier Nakache, desde que entregaran la exitosa Intocable. Daniel Sánchez Arévalo, que coescribe la película con Araceli Sánchez, logra convertir el viaje de los dos hermanos con la abuela y perros de por medio, en una auténtica aventura, en que la convivencia forzada ayuda a restañar las heridas del pasado, a conocerse mejor, a ayudarse y quererse. Y todo se apunta en perfecto equilibrio, hay espacio para los emociones, y también para muchas peripecias punteadas de un humor suave, gags que se van sucediendo hasta la llegada al pueblo y el encuentro con el primo dueño de una vaca que es “la Messi de las vacas”, que propicia algún momento genial. Llama la atención que el cineasta en esta ocasión abandona el regusto algo amargo, habitual en su filmografía, incluso en títulos en clara clave de comedia, como La gran familia española, para decantarse por un optimismo esperanzado, donde el ocuparse de los demás amorosamente es una buena forma de encaminarse a la felicidad. Temas como la fraternidad, la paternidad, la atención a los mayores en declive, y el cuidado de los animales, conviven en perfecta armonía, formando parte natural de la historia. Los actores no son muy conocidos, pero funcionan perfectamente, se establece una buena química entre los dos protagonistas, Biel Montoro y Nacho Sánchez, y también están muy bien los secundarios, especialmente Chani Martín, que encarna el encanto del medio rural, la tan cacareada España vacía.
7/10
(2018) | 90 min.
Simpática cinta de animación familiar, de nacionalidad alemana. Imagina un mundo en que Tierra Verde y Tierra Helada están enfrentadas desde tiempos pretéritos, y en que los dragones se han extinguido, excepto uno, Tabaluga, que es criado por un cuervo, y tiene simpáticos amigos como una mariquita. El problema es que no ha encontrado su fuego, y la idea para lograrlo es adentrarse en Tierra Helada. Allí conocen a la simpática Lili, la princesa del hielo, a los osos y a otras criaturas, y ven que no todos los terrahielenses son malvados. Incluso el muñeco de nieve Artos que que gobierna Tierra Helada, no es el monstruo que todos decían. O tal vez sí, el podría ser el responsable de que sólo quede un dragón sobre la Tierra. Aunque la animación es limitada, nada que ver con los altos estándares de Pixar, Disney y compañía, la trama está razonablemente elaborada, con unos pocos personajes con gancho. E incide en la idea del fuego como metáfora del amor que deben albergar los corazones para afrontar los desafíos de cada día. Dirige el film Sven Unterwaldt Jr., especialista en cine familiar, con títulos como Socorro, he encogido a la profe.
5/10
(2019) | 72 min.
Reconocida por su ópera prima, Yoyes (2000), que dramatizaba el periplo de la etarra Dolores González Catarain, asesinada por sus compañeros tras abandonar la banda terrorista, Helena Taberna ha rodado los documentales Nagore (2010), estremecedora crónica del asesinato de una estudiante de enfermería en los sanfermines, y Extranjeras (2003), sobre varias mujeres inmigrantes que viven en Madrid. Aquí, la realizadora navarra filma en Grecia a diversos refugiados que, como indica el título, se encuentran ‘varados’ en ese país, en espera de que se regularice su situación, en el campo de refugiados de Moria, en Lesbos, o en un piso ocupado. La autora se ha decantado por centrarse en el elemento humano, con entrevistas en las que los protagonistas comentan sus experiencias, o secuencias donde se puede observar cómo transcurre su día a día. Se mantiene un tono optimista, sin que se olvide que la gran mayoría de sus protagonistas sufrió los horrores de la guerra en Siria, se han visto separados de su familia, y han tenido que hacer frente a un viaje accidentado para llegar a Europa. En cualquier caso, aunque todos tienen un incierto futuro, parecen encararlo con esperanza. Sobresalen los testimonios de unas niñas, que aunque ni siquiera saben a qué país van a ir a parar, hablan de sus aspiraciones, o comentan que han aprendido varios idiomas, circunstancia que puede depararles un buen puesto laboral con el paso de los años. Resultan igualmente llamativos los que preparan raciones de comida para los internos, que viven su día a día con bromas entre ellos, el joven que se ha buscado una novia española que llama la atención entre sus compañeros, o el que consiguió viajar pese a su discapacidad, que espera con ilusión su nueva silla de ruedas. De igual manera, se acierta al renunciar a las reivindicaciones radicales, aquí no se buscan responsables políticos, ni se critica a los líderes de la Unión Europea, ni se buscan las causas de los conflictos que han llevado a esta situación. Eso no significan que no salgan a la luz sin aspavientos importantes problemas de los refugiados, como la lentitud en la tramitación del papeleo, o que se reúna a todos los que están en edad escolar en el mismo aula, pese a que deberían estudiar diversos cursos, como medida un tanto chapucera. Está editado con una gran capacidad de síntesis, pues pese a sus escasos 72 minutos de duración, parece que se ha mostrado una perspectiva amplia del asunto.
6/10
(2017) | 88 min.
Cuando su madre resulta gravemente herida en un tiroteo en la capital mexicana, el pequeño Andy se traslada a vivir a una finca en Cuernavaca, donde vive su abuela, madre del padre de Andy, ahora ausente. La abuela vive con otra hija con síndrome de Down y está al cargo de unos cuantos trabajadores con quienes elabora mermelada de guayaba. Primer largometraje de ficción del mexicano Alejandro Andrade, con amplia trayectoria en series y trabajos documentales, que indaga en el mundo de la infancia, cuando ésta se hace añicos por la tragedia. El guión narra el vacío que provoca la ausencia de padres, de referencias –una situación que según el director “es más frecuente de lo que creemos”–, de modo que el triste protagonista deberá poco a poco a aprender a vivir por sí mismo. Pero, antes, claro, irá dando tumbos, presa de sus caprichos y sin elegir bien sus relaciones. Formalmente el film está cuidado, con una fotografía sobresaliente, que realza el exotismo de la zona, y se miman algunas imágenes atrayentes –los sueños, las hormigas–. El problema de Cuernavaca es que hay poca desarrollo en los personajes y en la historia, que de por sí tiene escaso gancho. Como ejemplo de esta carencia se sitúa el personaje de la abuela, bien interpretado por la española Carmen Maura pero cuyo arco de evolución es mínimo. El espectador espera sin fruto algún avance, un giro, un guiño, pero su sequedad acaba aburriendo, al igual que las conversaciones de Andy con Charly y los escasos momentos que pasa con el bala perdida del padre. Está claro que el mundo de los adultos dibujado por Andrade a fuer de realista es bastante deprimente, ni uno sólo se salva. Y hacia el final parece como si las ideas se hubieran acabado y la historia quede a medias, con un desconcertante y seco desenlace, pese a que encierre un leve toque de esperanza. El trabajo del niño Emilio Puente es eficaz, aunque sus cuitas carezcan del suficiente atractivo.
4/10
(2018) | 137 min.
Años 20. Wilhelmina Wolthius, Willy, veinteañera que vive en Nueva York con sus padres, emigrantes holandeses, sueña con convertirse en directora de orquesta, pese a que nadie toma en serio sus aspiraciones, no conoce el caso de ninguna mujer que lo haya conseguido, y todo indica que les está vetado el oficio. Despedida de su trabajo como acomodadora, pide a un profesor que la prepare para entrar en el conservatorio, con el fin de desarrollar su habilidad con el piano, aunque para pagar sus clases necesita encontrar otra ocupación, al tiempo que surge poco a poco la atracción hacia Frank Thomsen, promotor de conciertos, de clase alta, lo que hace casi imposible una relación… La hasta ahora poco reconocida Maria Peters (Mike Says Goodbye!) dirige con solvencia esta ambiciosa producción holandesa, que pese a que no tiene ni de lejos el mínimo presupuesto, casi podría pasar por un largometraje de Hollywood, incluso está hablada en su versión original casi toda en inglés. En tiempos de auge del feminismo saca del olvido a una mujer interesante, Antonia Brico, primera que dirigió a la Filarmónica de Berlín y la Filarmónica de Nueva York, ciudad en la que también creó una orquesta de mujeres. Su vida ya dio lugar en 1974 al documental Antonia: A Portrait of the Woman. Modélico film sobre la capacidad de superación y el valor de la perseverancia, desarrolla con enorme elegancia su mensaje en pro de la igualdad femenina. Los más puristas podrían objetar que el guión se centra sobre todo en la historia de amor entre clases sociales, al más puro estilo de La Cenicienta, que vive la protagonista con Thomsen, sin embargo, parece que se ha tomado esta elección para que el film llegue a un público más amplio, da lugar a momentos emotivos, y permite reflexionar sobre el inevitable sacrificio, y el precio a pagar a la hora de luchar por una pasión. También se han añadido algunos elementos humorísticos, que contribuyen a hacer asequible la historia. Más forzada resulta la inclusión de una subtrama en la que la protagonista busca a su madre verdadera. Algún que otro crítico se queja de que la debutante en el largometraje de cine Christanne de Bruijn tiene escaso parecido con la auténtica Brico, y un mayor atractivo físico. Pese a todo, realiza una labor encomiable, retratando a su personaje como una soñadora llena de energía. Su ‘partenaire’ masculino, Benjamin Wainwraight realiza un trabajo correcto, pese a que no logre hacer creíble del todo su evolución de individuo distante y engreído a enamorado. Entre los secundarios, llaman la atención el actor transgénero Scott Turner Schofield,, que da vida a un músico, y el habitual villano Richard Sammel (Malditos bastardos), como el desquiciado profesor de la protagonista Karl Muck.
6/10
(2019) | 105 min.
El guionista francés Julien Rappaneau ha alcanzado una filmografía suficientemente notable como para que ya no nos refiramos a él como el hijo de Jean-Paul Rappaneau. En 2015 decidió emular a su progenitor y debutó como director con la estimable Rosalie Blum, una comedia dramática sobre la soledad y la necesidad de ser amado. En su segunda película, Una pequeña mentira, consolida su buen hacer tras las cámaras con una historia entrañable y sencilla sobre el amor entre un padre y su hijo y demuestra que sabe tocar la fibra y que lo suyo son las historias optimistas que hacen ser mejores a las personas. Desde que se cerró la fábrica donde trabajaba, Laurent no levanta cabeza. Recién separado de su mujer, malvive en casa de su tía y se pasa el día bebiendo. Su hijo Théo le adora pero nada parece ayudar a Laurent a cambiar de vida. Cuando un ojeador del Arsenal acude a un pequeño partido de fútbol en el pueblo, Théo, que es la estrella local, es finalmente rechazado. Sin embargo, como quiere ilusionar a su padre inventa la noticia de que ha sido elegido para jugar en el club londinense. Una pequeña mentira es la adaptación la gran pantalla del cómic “Dream Team”, obra de los españoles Mario Torrecillas y Artur Laperla, escritor e ilustrador respectivamente. Estamos ante una comedia dramática, amable y con encanto, donde el alma es el jovencito Théo –alias "Hormiga"–, de doce años, que rebosa bondad y responsabilidad. Resulta conmovedor cómo a pesar de las decepciones sigue creyendo en su padre, mientras todos a su alrededor lo dan por perdido. Hay un amor genuino, cuestión que nos queda clara ya desde la primera escena de la espera infructuosa. Y aunque a primera vista parezca un tema secundario, se toca así el mundo de la preadolescencia desde una perspectiva muy comprensiva: tanto el protagonista, como su amiga Romane y su colega friki son jovencitos con sus traumas y sus frustraciones, sus limitaciones y tristezas. Precisamente lo más llamativo del guión de Rappeneau es esa mirada afectuosa hacia los jovenzuelos, porque más que del amor de un padre por su hijo de lo que aquí se habla es ante todo de lo que el amor de un hijo puede hacer por su padre. Está bien medido el desarrollo de la historia, los leves hechos que hacen cambiar, las buenas influencias e incluso el pequeño toque casi capriano que dará lugar al giro final en el partido de fútbol. El director mima bastante a sus personajes, un puñado de hombres, mujeres y niños de buen corazón. Ahí están en primer lugar François Damiens en el papel del padre, su cansada madre (Ludivine Sagnier), la dulce y bondadosa trabajadora social (Laetitia Dosch), el entrenador (André Dussollier) e incluso el nuevo compañero de la madre (Nicolas Wanczycki). Todos ellos, junto con los amigos del protagonista, tienen su lugar importante en la trama y participan equilibradamente en la historia de Théo, bien interpretado por Maleaume Paquin.
6/10
(2019) | 85 min.

El Rey León, el monarca de la jungla, ha decidido jubilarse y, para dar credibilidad a su sucesor, su consejera Miss Fina y él han decidido convocar elecciones. Mangu, un feliz y humilde burro lavandero, termina siendo accidentalmente el candidato popular, el cual deberá enfrentarse a Superbus, el sucesor legítimo del Rey León. Sin embargo, Mangu no sabe que su candidatura es parte de un macabro plan de Miss Fina, la cual pretende destronar al Rey León y evitar que su hijo lo suceda para poder controlar ella misma el trono a través de un candidato que se deje llevar por sus órdenes.

Viernes 11 de Octubre de 2019

(2018) | 92 min.
Gatsby (Timothée Chalamet) y Ashleigh (Elle Fanning) son novios, estudiantes en una pequeña universidad. Ella proviene de Tucson, Arizona, mientras que él es un niño bien de Nueva York. Ambos harán un viaje relámpago a Manhattan con motivo de una entrevista que Ashleigh ha concertado con un prestigioso director de cine y que publicará en el periódico de la universidad. Aunque la cita iba a durar tan sólo una hora, las cosas se complican y cada uno acabará pasando el día por su cuenta. Tras dar rienda suelta a su pesimismo en Wonder Wheel el gran Woody Allen regresa a su faceta más ligera y menos molesta para las mentes poco cínicas, una de esas fruslerías románticas que tanto le gustan al genio de Nueva York y que acostumbra a intercalar en medio de sus dramas y de otras películas humorísticas que destilan mayor acidez. Por supuesto, eso no significa que abandone su particular toque crítico y que desborde talento con sus continuos diálogos y sus divertidas réplicas, tan mordaces y agudas, en ocasiones tan picantes, a veces tan desternillantes. Vuelve el cineasta a tocar el mundo de los artistas y más concretamente el del cine, temas que inundan su filmografía, en ocasiones de modo más directo como en Desmontando a Harry, Un final Made in Hollywood o Café Society. Aquí, el pretexto –la jovencita reportera que espera realizar su primera entrevista de éxito– le sirve a Allen para poner a los cineastas –un director, un guionista, un actor– a caer de un burro, personas inseguras que lejos de la pantalla dan bastante pena y resultan vulgares, aunque deslumbren con su fama a incautas universitarias del medio oeste. Por contra se situaría el lado más reflexivo e inconformista de Gatsby, neoyorquino pintoresco (como dice su novia), un tipo desconcertado con la vida que le ha tocado vivir y que descubrirá que no es oro todo lo que reluce en las clases altas y forradas de dinero, incluida su propia familia. Un poco de maldad no podía faltar. La puesta en escena de Día de lluvia en Nueva York es inconfundiblemente alleniana, estampas idílicas de impecable fotografía, escenas completamente definidas, con gusto clásico por la cámara fija o con movimientos elegantes y sutiles que siguen a los personajes (magnífica la escena inicial) mientras escuchamos ese sempiterno sonido de las techas del piano, sobre todo en este caso los saltarines acordes jazzísticos de Erroll Garner. Pero especialmente estamos aquí ante el Woody Allen de los diálogos continuos, llenos de humor, de las conversaciones y flirteos rápidos, con personajes que hablan y hablan y hablan, con continuas citas a autores, directores, pintores, cine clásico, etc., todo un compendio cultural. El variado reparto está muy ajustado, con grandes nombres que apenas tienen unas líneas de guión y otros más jovencitos que hacen un trabajo espléndido (impresionante en verdad Elle Fanning) y que sirven para demostrar una vez más la maestría de Woody Allen como director de actores. Y por supuesto destila el conjunto una querencia y romanticismo por Nueva York que se echaba de menos. Para Allen un día en la Gran Manzana puede cambiarte la vida.
6/10
(2019) | 117 min.
Henry Brogan es uno de los activos secretos más importantes de Estados Unidos. Todas sus misiones se cuentan por éxitos, porque a la hora de eliminar –asesinar– a sus objetivos nadie lo hace mejor que él. Sin embargo, tras más de 70 trabajos en su haber su conciencia no puede más y le exige algo de paz, así que ha decidido retirarse. Pero justo en ese momento se entera de que ha sido manipulado en su última misión para eliminar a un bioquímico que estaba relacionado con un programa secreto de investigación promovido por su gobierno. Y pronto Brogan se convertirá en el objetivo. Película de acción medianamente entretenida, cuyo título hace clara referencia a la mitología griega, en concreto a los hijos gemelos de Zeus, Cástor y Pólux, que en el firmamento conforman la constelación Géminis, donde para siempre permanecerán unidos. Dirige con brío el director taiwanés Ang Lee, que adquirió enorme prestigio con su película Tigre & dragón y más tardé consolidó su carrera con títulos potentes –Sentido y sensibilidad, Brokeback Mountain, La vida de Pi–, en donde el aspecto visual y la originalidad eran piezas claves de la narración. En Géminis, sin embargo, la sensación es que la historia es cosa muy liviana: una vez asimilada la prometedora premisa inicial hay poco más que un simple juego del gato y el ratón, sin grandes sorpresas, aunque no por eso despeguemos los ojos de la pantalla. Esto llama la atención si consideramos que detrás del guión está David Benioff –colosal triunfador de Juego de tronos– junto a otros nombres importantes como Billy Ray (Capitán Phillips) o Darren Lemke (¡Shazam!). Con temas como la clonación y la codicia del poder, semejante terna podría haber entregado sin duda una historia más potente pero tanto el tono peliculero, como los diálogos y el desarrollo de los hechos asombran poco porque suenan a vistos, mientras que los conflictos personales tienen escasa entidad dramática, poco matizada, con personajes tan esquemáticos como el interpretado por el malo de la función, Clive Owen. El punto fuerte del film es claramente la acción, que resulta espectacular en algunas escenas, como la de la persecución por las calles de Cartagena de Indias o la del combate final en tierras americanas, en donde la versión en 3D realza de modo sobresaliente la impresión de las explosiones o el efecto de las balas trazadoras. Otros momentos fuertes, sin embargo, como la lucha cuerpo a cuerpo entre el protagonista y su némesis, derivan peligrosamente hacia el videojuego. Funciona como siempre Will Smith como absoluto rey de la función, aunque su personal desdoblamiento juvenil-digital no resulte convincente y desdibuje su ¿doble? interpretación. El universo femenino está bien representado con la inclusión de Mary Elizabeth Winstead, una actriz que derrocha naturalidad y simpatía.
5/10
(2019) | 119 min.
Futuro próximo, paisaje postapocalíptico. Un padre viaja con su hija Rag, vestida de chico, por parejes boscosos, evitando en lo posible el contacto con otras personas. Una epidemia ha diezmado la población femenina, y el mundo se ha convertido en un entorno más hostil de lo que solía, donde las mujeres, que escasean, son víctimas propicias. El progenitor hará lo que sea para proteger a su pequeña, tal y como prometió a la esposa y madre, aunque puedan parecer exageradas sus medidas de prudencia, sobre todo a los ojos de la inocente Rag. Película escrita, dirigida, producida y coprotagonizada por Casey Affleck, el todoterreno cineasta logra crear la deseada atmósfera de incertidumbre distópica donde conviven el temor y el amor, un tipo de desasosiego muy contemporáneo. Puede hacer pensar en títulos como The Road (La carretera), que adaptaba una novela de Cormac McCarthy, o en menor medida en Hijos de los hombres, también con fundamento literario, la obra homónima de P.D. James. Affleck ha dado con una niña muy expresiva, Anna Pniowsky, que sabe encarnar una viva inteligencia, junto al desconcierto por el tipo de existencia que le toca llevar, y las dificultades de mantener la conexión con una madre que para ella se reduce a poco más que una arrugada fotografía. La relación con el padre protector, desencantado por el destino del mundo y la ausencia de su esposa, al que mantiene en pie sólo el amor por su hija, a la que querría dar algún tipo de futuro, aunque no sepa cuál, está bien dibujada. Affleck actor hace un buen trabajo, y también, aunque con mucha menor presencia, la “doncella” Elisabeth Moss. De modo que en un mundo brutal, asoman también las actitudes que hacen mejor al hombre, con su entrega condicional y disposición para el sacrificio, la generosidad de quien es capaz de arriesgarlo todo, movido por su fe cristiana, el ejemplo luminoso de Jesús, su maestro. Con tempo tranquilo, y muchos silencios, Affleck sabe contar su historia y convertir en cine una trama de esperanza en tiempos oscuros, hay que confiar en la providencia y en el prójimo. Y demuestra que no hacen falta discursos grandilocuentes de feminismo rampante para hacer eficaz su sobria propuesta.
7/10
(2019) | 95 min.
Un futuro sin determinar. Uma se despierta en un lugar desconocido de la noche a la mañana: un misterioso islote en medio del mar que se asemeja a un vergel, en donde otras mujeres pulcras y vestidas de blanco pasan las horas en los jardines como si de diosas se tratara, servidas por elegantes jóvenes. Allí se respira una extraña paz. Pronto sabrá Uma que está en ese lugar para ser reeducada obligatoriamente durante dos meses, el tiempo necesario para que acepte la proposición de matrimonio que ha rechazado. Al poco tiempo se hará amiga de otras jóvenes que está allí encerradas por otros motivos. Tenía buenas hechuras este film de ciencia ficción distópica con elementos de terror y misterio. El punto fuerte es el planteamiento y una ambientación recargadísima al estilo jardín del Edén, verdor y flores por doquier, personajes envueltos en gasa y maquillaje, colores límpidos, luz clarísima, aspectos que dan como resultado una cárcel de seda, enigmática e inquietante. Se trata del primer largometraje de la española Alice Waddington (Bilbao, 1990), que rueda en inglés con actores extranjeros, aunque la producción es enteramente española. Desde luego, audacia no le ha faltado, aunque el resultado final no alcance cotas demasiado altas. La sensación con Paradise Hills es que se malogra una buena oportunidad de causar impacto. Se genera gran interés al principio, pero poco a poco la cosa se vuelve blandita, con un desarrollo más lento de lo conveniente y un giro de los acontecimientos que se ve venir, aunque el guión –en donde ha participado la propia Waddington y Nacho Vigalondo– no deje de ser original, con ideas que funcionan, como la de la división social en Uppers y Lowers, a la que por otra parte podría habérsele sacado mayor partido. Pero en general falta emoción y la tensión acaba estando muy por debajo de las expectativas. El conjunto es poco consistente. También se antoja un error de bulto la introducción de un importante elemento fantástico que desconcierta y resta credibilidad, además de ayudar a que la pesadilla distópica se diluya y tome derroteros más efectistas. Con todo, la película se deja ver. Aunque lo mejor, acaba siendo seguramente el cuidado diseño de producción a cargo de Laia Colet. Mientras que el trabajo de las actrices, en donde destaca una convincente Emma Roberts, es correcto, aunque probablemente se echa de menos una mayor presencia de Milla Jovovich.
5/10
(2019) | 97 min.
Yi es una adolescente china que vive en Shanghai algo despegada de su madre y su abuela, que la quieren mucho, la muerte del padre la ha vuelto introspectiva, y ya no toca el violín, algo que le encantaba a su progenitor. Lo único que la mantiene ocupada es la asunción de múltiples trabajos temporales en vacaciones, con idea de algún día haber ahorrado bastante dinero para emprender un viaje por los maravillosos paisajes de su enorme país. Tal proyecto podría conocer un adelanto inesperado, pues de un laboratorio clandestino se escapa Everest, una cría de yeti que había sido capturada por la doctora Zara, a instancias del anciano millonario Burnish. Yi le esconde primero, y luego decide ayudarle a volver con los suyos en el monte Everest, en el Himalaya, aventura para la que contará con la ayuda de sus primos Jin, un guaperas algo presumido, y el pequeño Peng, un niño apasionado del baloncesto, y que logra una conexión muy especial con Everest. Seguramente la mejor de las películas recientes de animación sobre el abominable hombre de las nieves o yeti, Smallfoot y Mr. Link: El origen perdido eran bastante decepcionantes. Dirige y firma el guión una mujer, Jill Culton, que mejora tras su debut en la dirección con Colegas en el bosque, donde estaba acreditada como codirectora, y que seguramente para el yeti se ha inspirado en Monstruos S.A., película cuyo argumento original era suyo y de otros colegas de Pixar. Funciona bien la idea de que la vuelta a casa de Everest, supone también, de algún modo, la de Yi a la suya. Aunque la trama de esta producción de DreamWorks no es perfecta –una vez puestas las bases, lo que es el viaje resulta un tanto previsible–, introduce ideas muy interesantes para sus potenciales jóvenes espectadores: la aceptación de la muerte de los seres queridos, la atención a los primos y hermanos, aunque sean de menor edad, el saber abrirse y contar lo que te pasa, la vanidad sobre el aspecto físico o la presencia en redes sociales, la mala praxis en la investigación científica, la belleza de la música... Quizá la parte fantástica se antoja algo postiza –el yeti tiene una conexión especial con la naturaleza, con su canto especial–, pero permite la introducción de escenas de acción vistosas, como aquella en que un campo florido se convierte en una suerte de océano con imponentes olas. Está muy conseguidos el desarrollo de los personajes y la animación, y conviven bien la acción trepidante, el humor y el punto de emoción para la lagrimita.
5/10
(2019) | 98 min.
Isidro está jubilado pero siente que aún puede hacer mucho más que gastar sus días como canguro de su nieto. Acude con ilusión a entrevistas de trabajo pero pronto se da cuenta de que ése no es ya el camino hacia su futuro. Desesperado, tendrá por fin una lúcida idea: la de fundar su propia empresa con ayuda de sus dos inseparables amigos, Desiderio y Arturo. El objetivo será crear una guardería. Magnífico debut en el largometraje del extremeño Santiago Requejo (1985), que cuenta con una larga y exitosa trayectoria en cortometrajes y piezas audiovisuales. Ofrece con Abuelos una mirada divertida, fresca y reconfortante a la edad madura, en tiempos en los que las virtudes propias que da la experiencia están rebajadas por el predominio tecnológico y la inmediatez de los negocios. Requejo enseña en este film que la juventud y el éxito no dependen tanto de la edad como de las ganas de emprender nuevos caminos y desafíos, no sólo profesionales, sino sobre todo interiores, personales, esos retos que precisamente los años y las dificultades nos pintan por imposibles. Hay que tener empuje para asumir ese planteamiento, sí, quizá haya que tomar decisiones arriesgadas y las dificultades –tedio, rutina, falta de autoestima, cansancio, escasez económica, familia– no se van a esfumar, pero hay que lanzarse y está en la mano de cada uno llevarlo cabo. El guión de Javier Lorenzo y el propio Santiago Requejo no da puntada sin hilo. Se ve que hay detrás una labor depurada de precisión, donde los diálogos nunca suenan a relleno, ayudan al avance de la narración, enriquecen la trama. Pero aquí interesan las personas y sobre todo se percibe un encomiable trabajo a la hora de perfilar a los personajes, muchos y muy variados. Resulta especialmente llamativo que hasta los más secundarios –el matrimonio de Carlos y Lola, la hija de Arturo, la mujer de Isidro- tienen su tiempo y su arco de evolución, nada se olvida. Y no digamos ya los tres amigos protagonistas, cada uno con sus cuitas y dudas, sus miedos y cobardías, sus afanes y alegrías, donde la fuerza de la amistad siempre ejerce de tapiz de fondo. La narración se desarrolla con soltura y, aunque los conflictos poseen entidad dramática, la historia se disfruta constantemente con una media sonrisa, si bien es cierto que en algún momento puede asomar la carcajada. Rodada con corrección y cierto clasicismo, el film está acompañado de un aparato técnico a la altura, con tonalidades cromáticas elegidas sin arbitrio en la fotografía de Ibon Antuñano y con la excelente música de Íñigo Pirfano, que envuelve de sentido las imágenes en escenas escogidas. Todo el reparto brilla en su trabajo, pero quizá destacan especialmente los españoles Ramón Barea, Ana Fernández y Roberto Álvarez y la argentina Clara Alonso.
7/10
(2019) | 90 min.
Potente película, Premio del Jurado en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes. Con impresionante verismo e imágenes hipnóticas, seguimos la trayectoria del pirómano Amador, puesto en libertad tras cumplir dos tercios de su condena en prisión, el hombre vuelve a sus tierras lucenses en medio del campo, junto a su madre octogenaria Benedicta, dispuesto a cuidar de sus cultivos y sus tres vacas. Obligado a llevar una vida solitaria, los lugareños gallegos le miran con explicable recelo, que se intensificará cuando se produce un nuevo incendio. Gran mérito del film de Oliver Laxe, coescrito con Santiago Fillol, es la sensación permanente de realidad, el espectador se preguntará con frecuencias si estamos ante un documental, o al menos un documental de creación, o ante un drama de ficción con trazos de “cine verité”. El caso es que con el ritmo adecuado, y una preciosa fotografía –no sólo del fuego, también del paisaje envuelto en la niebla, o de las actividades cotidianas de los personajes–, nos sumergimos ante algo que parece real como la vida misma, y podemos entender cómo es la vida en el medio rural en Galicia, el carácter parco en palabras de sus habitantes, y lo desafiante que es el día a día de alguien que se gana la vida en el campo. Es bonita la relación entre hijo y madre, y también los lazos que Amador trata de establecer a su regreso, difíciles, muy difíciles, ya sea con la veterinaria con la que empatiza, o con los visionarios que están construyendo una casa rural, pensando que atraerán a la zona este tipo de turismo. Volver a empezar, alcanzar el perdón, es difícil de conseguir entre personas endurecidas. En muchas escenas a Laxe le basta sugerir, para transmitir emociones, como con los bomberos animando a un anciano a que se ponga a salvo del fuego, o la entrada en una casa en que los recuerdos fotográficos están siendo pasto de las cabras. Estamos ante una película tranquila, que algún espectador impaciente considerará, nunca mejor dicho, de “arduo” visionado, pero que transpira sensibilidad y delicadeza por todos sus poros, también en el desenlace en que asoma la rabia más o menos contenida. Amador Arias y Benedicta Sánchez, los actores principales, se muestran tremendamente naturales.
7/10
(2019) | 95 min.
A Grace le inquieta la adinerada familia de su novio, Alex Le Domas, sobre todo su hermano Daniel, con problemas con el alcohol, y que se le insinúa, y su protectora madre, Becky, a la que no parece caerle bien, como si temiera que la joven fuera una cazafortunas. Empieza a relajarse cuando contrae al fin matrimonio, en la mansión Le Domas, pero durante la noche de bodas, aparece de súbito por una puerta secreta la tía Helene. Les indica que todo el clan está esperando a que los recién casados acudan a una especie de ceremonia de iniciación, en la que Grace –que hasta ese momento no ha escuchado hablar del asunto– tendrá que participar en un juego para ser aceptada en la familia. Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett ya hablaron de recién casados en El heredero del diablo, su ópera prima –tras uno de los segmentos del film colectivo V/H/S–, donde tras su luna de miel, una mujer se queda inesperadamente embarazada de lo que todo indica que será una terrorífica criatura. Aquí, siguen en el terreno del terror, con algunos sustos bien resueltos y algo de suspense, aunque predomina un humor negro, que recuerda a producciones británicas como Un cadáver a los postres. Por desgracia, no mantiene la elegancia de aquélla, con un final en el que se abusan de excesos gore de mal gusto, que empañan algo la cinta. Pese a todo se trata de un film fresco, dirigido con dinamismo, que pese a su asumida ligereza parece lanzar dardos envenenados contra la clase alta, a la que se acusa de estar arriba por pura suerte, no por sus méritos, y de tratar poco menos que como objetos a los que están por debajo en la escala social. Al parecer, el guión está inspirado en la historia de familias de la industria juguetera, como los hermanos Parker, y Milton Bradley, creador de MB. Por supuesto, habrá comentaristas que señalen una crítica a Donald Trump, y a su política con los países más pobres. Elevan el nivel unos actores bien escogidos, sobre todo Samara Weaving (Tres anuncios en las afueras), espléndida como novia indefensa, que tiene que endurecerse rápidamente. Pero la rodean secundarios muy resultones, sobre todo Adam Brody (O.C.), el cuñado borrachín, una madura Andie MacDowell como madre inquietante, y sobre todo Nicky Guadagni (El cuento de la criada), como la espeluznante tía.
5/10
(2019) | 151 min.

The Forest of Love explora la cara más oscura del comportamiento humano a través de Jo Murata, un hombre sin escrúpulos que utiliza su carisma para manipular a la gente de su entorno. Este conoce a Shin y a un grupo de cineastas principiantes que eligen la turbulenta relación entre Murata y Mitsuko como el tema de su película. A medida que el grupo va intimando durante el rodaje, las mentiras se confunden con las verdades y los límites morales se ponen a prueba con actos tan chocantes como espantosos.

Jueves 17 de Octubre de 2019

(2018) | 106 min.

¡Elvis como nunca antes lo habías visto! Revive el clásico Elvis'68 Comeback Special desde una nueva perspectiva, con imágenes inéditas y momentos míticos que relanzaron la carrera de Elvis. Este nuevo evento cinematográfico incluye entrevistas exclusivas dirigidas por el crítico musical del LA Times Randy Lewis, en las que conversa con el actor/músico Dennis Quaid, el prometedor cantante/compositor Jade Jackson y el legendario productor/director Steve Binder sobre la influencia de Elvis en la música de hoy, y sobre el impacto que el rey del rock tuvo en sus vidas.

Viernes 18 de Octubre de 2019

(2019) | 99 min.
Diez años después de la gamberra y salvaje comedia de muertos vivientes Bienvenidos a Zombieland, su opera prima, Ruben Fleischer reincide con una historia situada en el mismo universo en que toca sobrevivir a toda costa, en que repiten los personajes protagonistas reunidos para la ocasión, Jesse Eisenberg, Emma Stone, Woody Harrelson y una ya crecidita Abigail Breslin, no es lo mismo tener once años que veintiuno, qué duda cabe. El temor de que se nos va a ofrecer más de lo mismo, el plato de antaño recalentado en el microondas de un Hollywood poco imaginativo, se disipa enseguida, pues Zombieland: Mata y remata muestra un fantástico dinamismo, idea algunas situaciones nuevas, y sobre todo, resulta completamente desternillante. Ya desde el arranque, Columbus, Tallahassee, Wichita y Little Rock como inquilinos de la Casa Blanca tras sortear a los zombies de turno –a estas alturas ya sabemos, véase el actual presidente, cualquiera puede llegar a vivir allí–, advertimos que los guionistas originales Rhett Reese y Paul Wernick, y el recién llegado Dave Callaham, se han ganado su sueldo, hay ingenio a la hora de idear los distintos gags. De entrada, hay ideas fáciles, aunque sean eficaces: Tallahassee ha desarrollado una relación paternofilial con Little Rock, y ésta reclama independencia, Columbus decide pedir matrimonio a Wichita, a lo que ella reacciona agobiada; esto provoca tensiones en el grupo e indeseadas separaciones. Pero enseguida entran nuevos personajes en liza, el hippy partidario de la no violencia, también con los zombies, Berkeley, o, auténtico hallazgo –está fantástica Zoey Deutch–, el prototipo de rubia buenorra y descerebrada Madison que se defiende de los muertos vivientes con su spray de pimienta. Lo que propicia que viajen hacia donde se supone que existe una comuna que vive pacíficamente, a salvo del peligro zombi. No es cuestión aquí de hacer la enumeración completa de las abundantes ocurrencias, como el recurso a las reglas de Columbus –una, la del título– o la clasificación de los zombies, baste subrayar que asoma con frecuencia la agudeza de ingenio. Y aunque se juegue con los dobles sentidos y el humor grueso, se procura no rebasar ciertos límites, claramente se advierte un esfuerzo de contención, también en la abundante violencia paródica, muy tarantinesca, como era la del original.
6/10
(2017) | 86 min.
El pequeño Harvie vuelve a casa a toda velocidad en bicicleta, acompañado de su perro Jerry, para jugar a un popular videojuego, pues está ansioso por superar el último nivel. Dedica toda la noche a la tarea, pese a que Mónica, su vecina y amiga, insiste en que baje para hacer los deberes. El padre del muchacho trabaja en un antiguo museo de títeres, situado en un edificio que inesperadamente ordenan derribar. La bola de demolición causa un corrimiento de tierra que provoca que Harvie, Mónica y Jerry caigan al sótano del inmueble, quedando atrapados. Allí, encontrarán un mando que controla a las marionetas que se exhiben en el mismo, pero que también sirve para resucitar a Bastor, antiguo muñeco con oscuras intenciones. Largometraje familiar que proviene de la República Checa, donde no son excesivamente comunes. El especialista en comedias que no salen de su país Martin Kotík, y la animadora Inna Evlannikova (Space Dogs: Aventura en el espacio) dirigen este producto de animación digital bastante cuidada, pues los fondos están llenos de detalles, mientras que los personajes destilan atractivo, sobre todo Mónica, en principio secundaria, pero que ensombrece al protagonista. Versa sobre la importancia de las relaciones paternofiliales, que están por encima del deseo de tener éxito a cualquier precio. Positiva, y recomendable para el público infantil, a sus responsables les queda por aprender –como ocurre en otras muchas ocasiones– que si quieren competir en el terreno de Pixar tienen que esforzarse porque el guión tenga interés también para el público adulto. Quizás con un esfuerzo añadido hubiera quedado un film que perdurase en el recuerdo.
6/10
(2019) | 119 min.
Una película de época, ambientada en el siglo XVIII, pero con contenidos que claramente pretenden incidir en las ideologías del siglo XXI, donde al fin se habría alcanzado la libertad para construir la propia identidad a la carta, el radical triunfo de lo dinosíaco sobre lo apolíneo si seguimos la dualidad griega que inspiró a Friedrich Nietzsche, aunque el precio sea el del angustioso vacío existencial. La mirada de la guionista y directora Céline Sciamma a la pasión amorosa que se va a desarrollar entre las dos mujeres protagonistas no se encuentra muy lejos de la que arrojó 25 años antes otra mujer, Jane Campion, en El piano, aunque en este caso se nos hablara de la relación entre un hombre y una mujer, eso sí, curiosamente en ambas películas había al fondo un matrimonio concertado. Marianne, una mujer pintora, asume en una casa perdida en la costa de la Bretaña la misión en la que previamente un colega fracasó: pintar un retrato de Heloïse, que iba para monja, pero que tras la muerte de su hermana en circunstancias poco claras, ha sido exclaustrada para casarse con un joven milanés, siguiendo los planes que ha trazado para ella su viuda madre, una condesa. Debe ocuparse del encargo disimuladamente, fingiendo haber sido contratada como dama de compañía. Y en efecto, en los frecuentes paseos, capta todos los detalles posibles del físico y personalidad de Heloïse, para hacer el cuadro. Pero al mismo tiempo se enamora de ella, un sentimiento que también hace mella en la modelo. Estamos ante una película de indudable militancia feminista radical, incluso con la muy consciente decisión de que la presencia de los hombres brille por su ausencia, hasta el último tramo no se deja ver ninguno; aunque con la inteligente decisión de no forzar hasta el límite lo que sería aceptable socialmente en la época descrita. La narración está articulada con habilidad en su primer tramo, en que se juega con los silencios y lo que no se dice para hablar de la falta de libertad de entonces, con unas Marianne y Heloïse que ocultan lo que bulle en su interior, y que da pie a un retrato pictórico que ambas consideran superficial; aun así, ya se apunta un burdo rechazo de la trascendencia en las referencias al convento, ni una mención a lo que ha podido suponer Dios para Heloïse en ese período, donde lo más interesante habría sido frecuentar la biblioteca y la música “para muertos” en la capilla. Sea como fuere, el film patina en su segunda parte, más lenta y obvia, en que la condesa sale de viaje y deja solas a las dos mujeres con la sola compañía de la sirvienta Sophie, lo que sirve para hacer el discurso ideológico más explícito, tanto en lo relativo a la relación amorosa entre las dos mujeres, como en su decisión de ayudar a abortar a la encinta Sophie, que no quiere tener a su criatura. La idea es mostrar este período de recién descubierta libertad como una auténtica “montaña mágica”, una suerte de hermandad femenina con fecha de caducidad. Probablemente lo más grotesco es el pasaje en que una mujer debe ayudar a Sophie en su propósito abortivo, rodeada de niños. De todos modos, una Sciamma esteticista y primorosa sabe imprimir cierto ritmo a la narración, y sacar partido al hieratismo de los personajes, de modo que cuando se tornan más comunicativos, nos interesan. En el apartado “artístico” destacan la progresión en los retratos, el paisaje costero de la Bretaña, la metáfora de las llamas ardientes y la casi completa ausencia de la música que hace que, cuando surge –una reunión nocturna de mujeres, y la escena final del teatro, eco de un momento compartido por Marianne y Heloïse– se muestre harto elocuente. Las actrices Adèle Haenel y Noémie Merlant están bien, y se establece la necesaria complicidad entre ellas, también en su juego de miradas arrobadas.
5/10
(2019) | 118 min.
En 2014, dentro de la política de revisar sus clásicos de animación con actores de carne y hueso, acompañados de deslumbrantes efectos visuales, Walt Disney decidió abordar el cuento de “La bella durmiente” de Charles Perrault centrando su atención en la villana Maléfica, que no habría sido siempre tan mala, y que hasta podría ser que tuviera su corazoncito. Maléfica sorprendió agradablemente, hasta el punto de que la compañía del ratón vislumbró que había espacio para planear una secuela, Maléfica: Maestra del mal. Todo pivota en el nuevo film alrededor del romance entre la princesa Aurora –que se ha convertido en una hija para Maléfica– y el príncipe Philip, perdidamente enamorados. De producirse el enlace matrimonial, idea que no agrada a Maléfica, esto supondría el aparcamiento definitivo de las diferencias entre su reino de las ciénagas y el reino del castillo. Una cena concertada para que se conozcan las familias políticas, termina en desastre cuando el rey y padre de Philip queda en estado durmiente, hecho del que todos culpan, incluida Aurora, a Maléfica. Pero en realidad se trata de un oscuro plan urdido por alguien más maléfica aún que Maléfica, su futura consuegra y reina Ingrith, que ha visto la ocasión de terminar definitivamente con todas las criaturas del reino de las ciénagas, para tomar ella las riendas del poder. Linda Woolverton, la guionista del film original, repite en esta tarea respaldada por dos escritores, Noah Harpster y Micah Fitzerman-Blue, cuyos principales logros no están precisamente en cintas disneyanas familiares, sino en la serie para adultos de Amazon Transparent. En cualquier caso la nueva entrega maléfica discurre por parámetros semejantes a los de su predecesor, incluido un arranque empalagosamente saturado de efectos visuales, con los dos tortolitos enamorados Aurora y Philippe acompañados de criaturitas voladoras y florecillas sin fin, que invita a los peores presagios. Pero por fortuna, idear a una villana a la altura de Maléfica, una Michelle Pfeiffer que casi acaba robando la función a Angelina Jolie, permite desarrollar una trama con el justo punto siniestro para no asustar a los niños y complacer a los adultos, lo que incluye algún momento espeluznante, especialmente el encierro de las criaturas de las ciénagas para ser gaseadas, un movimiento audaz que inevitablemente nos evoca las siniestras cámaras de gas de los campos de exterminio nazis. En tal sentido parece haber sido una buena idea confiar la tarea de dirigir la cinta al noruego Joachim Rønning, quien parece sentirse cómodo con las dimensiones de los rodajes de Hollywood tras rodar para Disney tras su entrega de la saga de Piratas del Caribe. El resultado es una cinta muy entretenida, con guión novedoso, y donde se sabe sacar partido a múltiples personajes secundarios. Quizá alguna idea resulta un tanto peregrina y no excesivamente desarrollada, como la de imaginar un linaje de criaturas maléficas con cuernos como ella, pero sirve para apuntalar la idea de que pueblos con culturas diferentes deberían poder ser capaces de convivir en armonía conservando su particular idiosincrasia. Las escenas de batallas son muy vistosas, y no desmerecerían en una saga tolkieneana de la Tierra Media.
6/10
(2019) | 100 min.
David Fincher logró una estupenda y perturbadora película sobre asesinos en serie, imaginando uno que ejecutaba sus crímenes con una puesta en escena inspirada en los siete pecados capitales. Seven era magnífica y creó escuela, en series y películas, pero no basta repetir esquema –un motivo ornamental que une una cadena de salvajes asesinatos–, algo que deja bastante claro El asesino de los caprichos. Y si bien Gerardo Herrero no es un novato en este terreno –ya dirigió antes Silencio en la nieve y La playa de los ahogados–, en la cinta que nos ocupa no logra sacar partido a la idea de una serie de crímenes en el madrileño barrio Salamanca, que afecta a gente bien de la zona, y donde el modus operandi del asesino se inspira en grabados de los caprichos de Goya, que las víctimas coleccionaban. De entrada, resulta sugerente un film de caza del asesino con estos elementos goyescos, y en que visitamos distintas escenas del crimen, aunque a estas alturas ya estemos saturados de cintas que nos muestran a la policía científica recabando pistas con guantes y pinzas. En cualquier caso, no se acierta en el dibujo algo grotesco de una inspectora de policía con perpetua cara de mala leche –toca a Maribel Verdú apechugar con tan antipático personaje–, más aceptable es de la compañera más ingenua con la que le toca trabajar, a la que da vida Aura Garrido. Es una lástima, porque se podía haber explorado algo más la idea de la maternidad, lograda o frustrada, y que apenas queda apuntada. También resulta un tanto caricaturesco el dibujo de la alta burguesía madrileña, incluso con la insistencia en mostrar banderas de la llamada España de los balcones, no está claro con que propósito: por supuesto que hay mucha gente adinerada que resulta patética, pero varios personajes familiares de las víctimas caen sin disimulo en el cliché, por no hablar de la presidenta de la comunidad ávida de atención mediática, y a la que resulta inevitable asociar al partido popular, aunque no se cite explícitamente. Además, algún giro de guión quizá pretende ser sorpresivo, pero lo cierto es lo que tenemos en el desenlace se ofrece con extrema brusquedad y sin garra. Es una lástima, porque Herrero, además de un productor con olfato, ha sabido entregar en el pasado un buen puñado de películas en que demuestra que le viene bien la descripción de “estupendo artesano”; pero claro, necesita buen material, con una buena estructura de guión. Y la que le ofrece Ángela Armero, curtida en series –Velvet, Cita a ciegas– resulta a todas luces insuficiente.
4/10
(2019) | 124 min.
Cine social y político del especialista en el tema y ya octogenario Costa-Gavras. Comportarse como adultos describe la misión imposible del tándem Alexis Tsipras-Yanis Varoufakis, ganadores de las elecciones griegas, por desembarazarse de las condiciones draconianas impuestas por Europa para gestionar la crisis económica que padece su país, una deuda impagable, que no hace más que crecer por los intereses. Piensan que la ilusión despertada en la ciudadanía les va a permitir dictar las reglas del juego a Bruselas, pero la realidad va a resultar muy diferente, como se va a demostrar con la convocatoria de un referéndum. El veterano cineasta griego sabe imprimir un ritmo envidiable a la narración, sin que decaiga el interés por las vueltas y revueltas de unas negociaciones kafkianas, se sabe acudir a recursos delirantes, como la escena surrealista de bailoteo de los líderes de los países europeos. La idea es que partiendo de un libro escrito por el propio Yanis Varoufakis donde muestra su desencanto, se van a conocer las interioridades de un modo de hacer política donde apelar a la responsabilidad, a comportarse como adultos, tiene bastante de cínico, pues no se tiene en cuenta, a la hora de imponer duras condiciones económicas, el bien de los ciudadanos que las soportan. El film, donde Costa-Gavras ha contado con el apoyo de Varoufakis, deja en muy buen lugar a éste, que habría hecho lo posible para poner en marcha una determinada política, pero se habría visto ahogado por supuestos apoyos manifestados en privado pero negados en público, o aceptación de determinados puntos de vista en una reunión que luego son ignorados en la siguiente. Desde luego queda claro el complicado entramado que une a los países de la Unión Europea, en que se impone un deshumanizado modo de gobernar que acaba pasando factura a los más débiles.
6/10
(2019) | 140 min.
Enrique, o más abreviadamente, Hal, debería ser el heredero del trono de Inglaterra, pero al rey, su tiránico padre Enrique IV, no le agrada el carácter indolente y juerguista del joven, ni tampoco que desapruebe el modo que en que conduce los asuntos de estado, sin pensar nunca en las personas. Por eso ha decidido que le suceda su otro hijo, Thomas. Sin embargo los planes del moribundo monarca se torcerán, así como también la idea de Hal de llevar una vida disipada con sus amigos. A Enrique le toca inesperadamente ejercer la función real, lo que supone asunción de responsabilidades. Y con sorprendente madurez, se marca como objetivo prioritario la paz, hasta el punto de no responder a las provocaciones de Francia. Pero cuando se descubre un complot para asesinarlo de la nación vecina, Enrique no tiene otro remedio que montar una expedición de castigo, donde la diferencia de fuerzas juega en su contra. Producción de Plan B, la productora de Brad Pitt, y la segunda para Netflix con David Michôd como director, tras Máquina de guerra. Ayudado Michôd en el guion por el también actor Joel Edgerton, se marca el objetivo de ser fiel a los hechos históricos más sobresalientes de Enrique V de Inglaterra, que reinó de 1413 a 1422. Lo cual no quita para que su narración aproveche la estructura dramática ideada por William Shakespeare en la narración de las andanzas del monarca; de algún modo sigue la senda de Gabriel Axel, que quiso mostrar los hechos reales que habían dado lugar a “Hamlet” en su film La verdadera historia de Hamlet, Príncipe de Dinamarca. El inconveniente de este enfoque es que en el camino se queda la magia del poderoso texto del bardo inglés. Para entendernos, la arenga de Enrique V a sus hombres antes de la batalla de Agincourt, a pesar de que se le intenta imprimir un aire épico de gran elocuencia, palidece en la comparación con el discurso shakespereano. Además, después del hito bélico, la cinta se desinfla un tanto, con una coda acerca de quién estaba detrás de la supuesta provocación francesa a la que le falta garra, y que parece introducida para conceder importancia al único rol femenino de entidad del film. Señalado esto, hay que reconocer el enorme esfuerzo de producción del film, que sabe explicar la estrategia militar en el campo de batalla, aprovechando que el terreno se ha convertido en un lodazal, que da lugar a escenas muy vistosas, o nos presenta un sorprendente cuerpo a cuerpo entre dos combatientes ataviados de armadura, a guantazo limpio. Y hay ideas curiosas como la de imaginar a Falstaff, a quien estamos acostumbrados a ver como alguien divertido, ingenioso y frívolo, como un inesperado consejero de Enrique V, todo lo que dice respira sentido común y lealtad a su amigo convertido en rey, a pesar de haber sido antes compañero de francachelas. El joven Timothée Chalamet confirma que es uno de los actores jóvenes más prometedores del momento, a su Enrique V le concede gran dignidad; en cambio, el delfín francés de Robert Pattinson tiene un punto grotesco, aunque habrá quien disfrute con su interpretación. El film dispone de un buen reparto, con acertados secundarios, entre ellos Edgerton como Falstaff.
6/10
(2018) | 100 min.
Exploración sobre las consecuencias de una dura realidad que afecta cada vez más a la juventud, sobre todo en los países occidentales: la falta de unidad familiar, en sus múltiples variantes. La directora Claire Simon, que anteriormente estrenó Las oficinas de Dios (sobre la planificación familiar en adolescentes), ofrece aquí otro documental de sesgo profundamente sociológico y centrado en el mundo de la juventud, especialmente en el ámbito femenino. La cámara de Simon recoge multitud de conversaciones que mantienen alumnos de un instituto de los suburbios parisinos. La mayoría de ellos son franceses, aunque también aparecen estudiantes provenientes de Nigeria, Camboya, etc. A excepción de algún caso en que se habla con una profesora, los diálogos se mantienen entre compañeras y compañeras de clase, en el exterior, en los pasillos, en el aula, en un autobús, una cafetería, por las calles de la ciudad, e indagan en la soledad que sienten, especialmente con respecto a su vida familiar. La causa suele ser siempre la distancia entre sus padres, la mayoría de ellos divorciados, separados o distantes hasta el punto de no relacionarse apenas con sus hijos. Los sentimientos salen a relucir entonces, estados dominados por la tristeza y la soledad que les lleva a un aislamiento provocado tantas veces por la ausencia de comunicación en sus propias casas, comunidades sin amor, sin apenas vida en común. Los jóvenes hablan de las consecuencias de su experiencia, concretadas en el miedo al futuro, en la desmotivación, en el desinterés por conocer sus raíces, etc. El contenido del documental –que más allá de su aspecto sociológico puede resultar aburrido y bastante reiterativo en su planteamiento visual– está claramente provocado y determinado por la directora Claire Simon, que incita a hablar sobre los sentimientos de soledad que abruman a los jóvenes de familias desestructuradas, aunque también hablan de hobbies, música, deseos, relaciones, recuerdos, ilusiones. Sin embargo, aunque se trate de escenas preparadas, llama la atención la naturalidad de los alumnos, capaces de hablar sin cortes ni atolondramiento con la cámara fija sobre ellos. Hay sonrisas, lágrimas, abrazos y consuelo mutuo y destaca la fluidez y el verismo al contar las cosas propias y hablar de sentimientos y cuestiones personales y familiares que normalmente no salen a la luz.
4/10

Lunes 21 de Octubre de 2019

(2017) | 97 min.
Apasionante recorrido por la vida y obra del genial artista Michelangelo Buonarroti (1475-1964). Para ello se recurre al logrado artificio del doble relato dramatizado, con dos protagonistas principales, el propio Michelangelo, encarnado por Enrico Lo Verso, y su biógrafo de la época, Giorgio Vasari, interpretado por Ivano Marescotti. Aunque al principio parece que este enfoque va a dar pie a un documental architípico, el caso es que la narración va "in crescendo" a la hora de mostrar el alma de Buonarroti, las pulsiones que le atrapan cuando se enfrenta al bloque de mármol, que previamente ha tenido que seleccionar, o al deber afrontar la pintura al fresco, una técnica de la que no se consideraba, ni mucho menos especialista. También se refleja su honda fe cristiana, ya sea a la hora de hablar de La Piedad de San Pedro, o de otra, menos conocida e inacabada, o en la plasmación del terrible juicio final, que impresionó, con razón, a sus coetáneos. Emanuele Imbucci sabe mostrarse muy pedagógico, con el guión donde también han intervenido Sara Mosetti, Cosetta Lagani y Tommaso Strinati, a la hora de explicar las virtudes de cada obra, escultórica o pictórica, y las imágenes de Maurizio Calvesi que las muestran, permiten descubrir mil y un detalles en la delicada piedra, o en las paredes donde se aprovechan relieves o inclinaciones de muros con efectos asombrosos. Especialmente lograda está la explicación de la Capilla Sixtina. Además, se ha sabido usar con imaginación y sin buscar llamar desmesuradamente la atención los efectos visuales, a la hora de colocar las obras que está trabajando Michelangelo en su estudio, reflejadas en el agua, o en el techo y las paredes, inacabadas, mientras el artista se mueve como puede por el andamio.
7/10

Jueves 24 de Octubre de 2019

(2019) | 95 min.
Documental sobre el músico Ara Malikian (1968), uno de los violinistas más famosos y originales de la actualidad. Nacido en Beirut, Malikian es de origen armenio, pues su abuelo huyó milagrosamente del genocidio perpetrado por los turcos a comienzos de siglo XX. Heredó de su padre el gusto por el violín y en plena guerra civil libanesa, con tan sólo 15 años, marchó sólo a Alemania para formarse académicamente en Hannover. Más tarde completaría estudios en Londres, antes de recalar en España, su lugar de residencia desde principios del siglo XXI. Ha trabajo en multitud de formaciones musicales y llegó a ser concertino en la orquesta Sinfónica de Madrid durante siete años. La directora y guionista Natalia Moreno, a la sazón esposa de Malikian (con quien tiene un hijo), es la responsable de este sentido biopic sobre un músico que poco a poco ha encontrado su lugar en la escena musical y que se ha ganado el cariño del público internacional. Pero el documental deja claro que el camino hacia el éxito ha sido extremadamente duro y sacrificado. Malikian es un artista singular y aquí nos damos cuenta de que huye de las etiquetas, de los encasillamientos, de las imposiciones y de que necesita dar rienda suelta a su talento con total libertad. En este sentido, es significativo el modo en que abandonó su trabajo, digamos, en la orquesta clásica –“salir del foso”, lo llama él– para emprender el camino en solitario, así como el estilo casi circense que han ido adquiriendo sus conciertos, con diálogos con el público propios de monólogos cómicos, esos saltos en el escenario, su vestuario y su maquillaje… Una puesta en escena absolutamente heterodoxa para un violinista que es capaz de embelesar al público mientras pasea por las butacas interpretando el Ave María de Schubert. Ara Malikian: una vida entre las cuerdas está estructurado a base de entrevistas con el protagonista, contemporáneas o antiguas, en donde habla de su pasado, la historia de su familia, sus padres, etc.; de entrevistas con sus amigos y conocidos; y de material de archivo de conciertos, de fotografías antiguas, de vídeos caseros, etc. Con todo ello, la directora compone una convincente narración más o menos cronológica en donde se entrevé a la persona de Ara Malikian, a pesar de que comprendemos también su natural timidez, su reserva al hablar sobre su intimidad, sus pocas palabras, su falta de presunción. Queda claro, a la vez el inmenso talento y oficio que posee Malikian, algo que él atribuye casi machaconamente a la cantidad de tiempo que ha dedicado a ensayar, un total de doce horas al día durante 30 años. Y se agradece ese final en donde sus palabras empujan a los jóvenes a perseguir sus sueños, a no rendirse ante las dificultades y a trabajar con esmero para así contribuir a hacer un mundo mejor.
6/10

Viernes 25 de Octubre de 2019

(2019) | 85 min.
La adolescente Marta pasa unas vacaciones en Senegal con su padre, Manel, que regenta una agencia de viajes, y con su hermano pequeño. El matrimonio se separó, y se trata de una de las escasas ocasiones en que el progenitor convive con sus hijos. Pero Marta se aburre con las “turistadas”, safaris, danzas tribales y baños en la playa o en la piscina de su hotel. Le atrae más relacionarse en francés con los lugareños, como Khouma, que hace vídeos para vender a los viajeros, y Aissatou, una chica de su edad, que limpia las habitaciones. Neus Ballús es una más de las directoras formadas en Cataluña que se suma a la aventura de contar historias-experiencia sencillas, quizá vividas en primera persona, o casi, sigue así la estela de sus compañeras Lucía Alemany (La inocencia), Carla Simón (Verano 1993), Celia Rico Clavellino (Viaje al cuarto de una madre) y Laura Jou (La vida sin Sara Amat). El resultado tiene la ventaja de cierta autenticidad, de transmitir emociones reconocibles, aunque toca pagar el precio de un cierto cansinismo lánguido, y eso que las duraciones de las propuestas están muy controladas, en el caso que nos ocupa no se llega a la hora y media de metraje. El film permite explorar la idea de hasta qué punto se conoce un país cuando se está en el mismo por poco tiempo y motivos de placer, escapándose de la mirada la realidad social y personal de los que viven ahí. En efecto, Marta aprenderá con su actitud adolescente que trata de escapar del control paterno, algunas lecciones vitales interesantes: sus acciones pueden tener consecuencias, en primer lugar en ella misma –hacer algo mal, daña en primera persona–, pero también en otros, los famosos “daños colaterales”, que con frecuencia se pasan por alto o se consideran como mal menor; y los consejos del progenitor, aunque puedan ser deslizados de modo lacónico y sin excesiva convicción, pueden tener debajo algo de verdad. Con gran naturalidad se muestra el egoísmo adolescente que busca la autocomplacencia y gratificación inmediata, también en pequeños detalles, como en el modo en que Marta utiliza a su hermano Bruno para que le cubra, sin ocuparse nunca sinceramente de él. También el daño que puede hacer un padre con su mal ejemplo, o con su poca habilidad para tender puentes de comunicación, lo que implica esforzarse por entender a los hijos. Los actores están muy bien, Elena Andrada resulta muy creíble, y Sergi López da a la perfección el tipo de padre no mal tipo, pero despistado. También funcionan los más secundarios Diomaye Augustin Ngom, Madeleine C. Ndong y Ian Samsó.
6/10
(2019) | 105 min.
Adaptación de la primera de las novelas de Eva García Sáenz de Urturi que componen una trilogía sobre su “ciudad blanca” natal, Vitoria. Describe la investigación policial en torno a los macabros crímenes cometidos por un psicópata, que mata a sus víctimas por parejas, con distintas edades separadas por cinco años de distancia, y que se recrea en la composición del escenario con los cadáveres: los cuerpos desnudos, con sus partes íntimas tapadas con motivos florales, un telón de fondo histórico ligado a Vitoria. Se suponía que el asesino –el arqueólogo Tasio Ortiz de Zárate– ya estaba encerrado en prisión hace tiempo, pero un nuevo crimen –aparecen los cadáveres de dos jóvenes en la cripta de la catedral vieja– dispara las alarmas. Podría tratarse de un fan de Tasio en las redes sociales, motivo por el que el inspector Unai López de Ayala –conocido en su cuadrilla como Kraken– va a visitarle a la cárcel, con su ayudante, la inspectora Estíbaliz Ruiz de Gauna, mientras recibe presiones de la recién llegada subcomisaria Alba. Thriller inquietante que sigue la estela marcada tan brillantemente en los 90 por El silencio de los corderos. Es posible que la obra original tuviera más consistencia, pero la adaptación de Roger Danès y Alfred Pérez Fargas, ejecutada por Daniel Calparsoro, tiene bastantes agujeros y avanza a indeseables trompicones, con reiteraciones tontas, como el “running” de madrugada donde coinciden Unai y Alba. Y es una lástima, porque la apuesta de producción de Atresmedia es ambiciosa, el reparto es correcto, y el marco de la ciudad de Vitoria resulta sencillamente fantástico, por ejemplo con la persecución nocturna en el tejado de la catedral. El caso es que las muertes se suceden caprichosamente, y sin que ayuden verdaderamente a la progresión de la narración, y los detalles escabrosos, como las abejas que han sido una tortura para los asesinados, son puro morbo, en realidad importan un bledo; las inserciones de programas televisivos, o la explicación ancestral de unos frescos del jardín del Edén, con Adán y Eva, serían otros ejemplos de información mal integrada, que pide a gritos su omisión o una correcta conexión con la narración. Además, conocer pronto la identidad del asesino, y su cercanía a algunos personajes, no ayuda al deseado efecto de dar más emoción a la trama.
5/10
(2019) | 112 min.
2003. Katharine Gun trabaja para el ministerio de exteriores británico. La labor de su departamento es espiar e inspeccionar mensajes y ella se dedica especialmente a los que están redactados en chino. Su vida es tranquila, está casada con un turco que aún no posee la nacionalidad británica y que trabaja por en una cafetería. Pero la vida de Katharine va a cambiar cuando se entera en su trabajo de las sucias maniobras de los estados británico y estadounidense para cambiar los votos en la ONU y conseguir vía libre para atacar Irak. Katharine no podrá callar y filtrará la información a la prensa. Correcta película sobre la manipulación, la mentira y la integridad en torno a la Guerra de Irak, con toda esa parafernalia de fondo de las “armas de destrucción masiva” que tanto dio que hablar. El director sudafricano Gavin Hood, que ha mostrado su valía con filmes como Tsotsi o Espías desde el cielo, vuelve aquí a poner sobre el tapete las vergüenzas de ciertos gobiernos y gobernantes expertos en engañar a su población y capaces de llevar a cabo cualquier inmoralidad con tal de lograr sus objetivos. Para denunciar esta situación, el guión de Hood, escrito en colaboración con el matrimonio formado por Gregory y Sara Bernstein, se basa en la historia real de Katharine Gun, recogida en el libro de Thomas y Marcia Mitchell. El desarrollo de la trama es bastante clásico y no hay momentos especialmente vibrantes (la escena del aeropuerto parece la única concesión, algo forzada por lo demás). En realidad hay poco material, digamos, cinematográfico, pues estamos ante la denuncia de unos hechos bastante simples, contados escuetamente, con una trama que entronca con películas periodísticas (las dudas sobre la información recibida, las decisión sobre si publicar o no) y las judiciales (la estrategia de los abogados, la integridad de la acusada). Al resultado le falta algo de mordiente, aunque no dejan de tener fuerza las motivaciones de Katharine, su actitud valiente y responsable (magnífico el abrazo de su compañera), así como el planteamiento de fondo a la hora de afrontar el delito de traición. El reparto cumple, con una Keira Knightley contenida, un convincente Matt Smith en la piel del periodista de The Observer y un Ralph Fiennes al que le sobra oficio.
6/10
(2019) | 86 min.
Tras contraer matrimonio, Gómez y Morticia deben salir huyendo de aldeanos furiosos. Se refugian con Cosa, la fantasmagórica mano que les acompaña, y Largo, el peculiar mayordomo, en un manicomio abandonado de Nueva Jersey, donde más de una década después han sido padres de Miércoles y Pugsley. Mientras el primero se prepara para su mazurca, un rito que señala el paso a la adultez en la familia, la segunda tiene curiosidad por matricularse en el instituto. La ‘desapacible’, ‘terrorífica’ y ‘despreciable’ existencia de los Addams se verá amenazada por la llegada de Margaux Needler, promotora inmobiliaria que ha comprado Asimilación –el pueblo cercano–, y se dispone a vender todas las casas, si bien cree que la tétrica mansión de la peculiar prole ahuyentará a compradores. La familia Addams retoma su formato ilustrado, pues el siniestro clan procede del cómic publicado a partir de 1938 en The New Yorker, por el dibujante Charles Addams, que les brindó su apellido, mucho antes de la célebre serie televisiva de 1964, y de las dos adaptaciones cinematográficas, dirigidas en 1991 y 1993 por Barry Sonnenfeld. Se ocupan de la versión en animación digital Conrad Vernon y Greg Tiernan, responsables de La fiesta de las salchichas, si bien esta vez prescinden del humor grosero y escatológico de aquella cinta, para firmar un producto dirigido a toda la familia. Han contado con el suficiente presupuesto para lograr la calidad media de producciones similares, y se anotan un tanto al dar a los protagonistas un aspecto muy parecido al que tenían en las viñetas. Como suele ser habitual se incluye un mensaje positivo, dirigido sobre todo a los niños, en esta ocasión a favor de la tolerancia con las personas diferentes, pues todos los humanos tienen sus peculiaridades. Lo mejor: denuncia también que las antiguas cazas de brujas se han transformado en noticias falsas a través de grupos de whatsApp que pueden acabar con cualquiera. En cambio, los realizadores no logran que el producto destaque frente al aluvión de competencia. Le faltan secuencias hilarantes, y se diría que el film ha llegado tarde, pues el conjunto desmerece si se compara con Hotel Transilvania, que paradójicamente robaba sus mejores ideas de los Addams, pues también contraponía los personajes macabros sacados del género de terror con la gente normal.
5/10
(2019) | 71 min.
Un documental sobre la lucha contra la dictadura franquista desde el punto de vista de la abogacía. Se centra en la batalla por la libertad social y laboral, principalmente, durante las décadas de los 60 y los 70, años turbulentos de reivindicaciones sindicales, de reclamación de derechos fundamentales, de las famosas carreras frente a los grises en las universidades. Son años en que la dictadura ya da muestras de debilidad y en donde amplios sectores de la izquierda, como comunistas, socialistas, UGT, CCOO, etc. se hacen notar cada vez más en la opinión pública. La directora Pilar Pérez Solano vuelve a echar la vista atrás después de su éxito con Las maestras de la República, documental que obtuvo el premio Goya en 2014. Ahora lo hace haciendo un recorrido cronológico sobre una parte de la abogacía que se oponía al régimen y que poco a poco fue haciéndose visible en numerosos procesos judiciales o poniendo en marcha despachos de abogados que buscaban cambiar las cosas para tantas personas que veían coartadas sus libertades democráticas. Se habla así de ciertos hitos de esa parte de la historia: los comienzos de la lucha laboralista en el despacho de la Calle de la Cruz; la importancia capital del IV Congreso de la Abogacía en León en 1969; el llamado Proceso 1001, con la condena a prisión de la dirección de Comisiones Obreras; o la Matanza de Atocha en 1977, con la muerte de cinco abogados comunistas a manos de terroristas de extrema derecha. Como en otros de sus trabajos, La defensa, por la libertad es sobre todo una labor de recopilación de entrevistas realizadas por Pérez Solano a los protagonistas de aquellos sucesos, que se ilustran de vez en cuando con recortes de periódicos de la época o imágenes de archivo. Pese a su manifiesta limitación en el aspecto visual, sin lugar a dudas se trata de un valioso documento para los que quieran profundizar en ese aspecto de oposición al franquismo. Muchos de esos abogados provenían de diferentes ideologías pero a todos les unía la causa común de la lucha contra la dictadura y a favor de las libertades democráticas. Algunos de los que hablan en pantalla ya han muerto, como Gregorio Peces-Barba, otros aún viven e incluso se mantienen laboralmente activos, como, entre otros, Francisca Sauquillo, Óscar Alzaga, Miquel Roca, Cristina Almeida, Antonio Garrigues Walker, Manuela Carmena, Pablo Castellano, José María Mohedano, Fernando Ledesma o Alejandro Ruiz-Huerta, éste último herido en la Matanza de Atocha y cuyo testimonio es seguramente lo mejor del documental.
4/10
(2019) | 132 min.
La familia Kim, el matrimonio y dos hijos, malvive en un semisótano de condiciones insalubres. Ninguno tiene trabajo fijo, pero son especialistas en supervivencia y picaresca, desde conseguir wifi gratis a ganarse algo de dinero reciclando envases de cartón para pizzas. Un día asoma a sus puertas una gran oportunidad. Un amigo de Ki-taek le ofrece ser su sustituto en las clases de inglés de una adolescente, la hija mayor de una familia rica, los Park. Poco a poco los miembros del clan consiguen empleo en casa de los Park, sin que éstos conozcan sus lazos de parentesco. La película de tono tragicómico con la que el coreano Bong Joon-ho se ha hecho acreedor de la Palma de Oro en Cannes. Estamos ante un cineasta imaginativo e inclasificable, que se apropia de las reglas de géneros como el policíaco (Memories of Murder) y el fantástico (The Host, Snowpiercer), y que en Okja orquestó una sorprendente sátira social. Un planteamiento que vuelve a asomar en Parásitos, que se diría el reverso cómico y guiñolesco de la ganadora en Cannes el año anterior, la japonesa de intenciones más realistas Un asunto de familia. Coescrita con Han Jin Won, funciona como un tiro, con un ritmo endiablado. Nunca se produce el temido estancamiento, pues cuando Joon-ho parece que ha repartido todas sus cartas, logra sorprender con varios requiebros inesperados. Quizá el clímax resulte excesivo, pero se nota que pese a todo el director se contiene, y sabe entregar un buen final con doble capa. Funciona muy bien la crítica a las clases adineradas, que viven en su particular nube de preocupaciones artificiales, ajenas al mundo real, siendo por ello fácilmente engatusables. Pero tampoco faltan los reproches a quienes no disponen de recursos, pero que los ambicionan en tal medida que son verdaderos parásitos, no tan diferentes de aquellos a quienes envidian y de los que desean aprovecharse en perfecta simbiosis, incluso imitándolos en sus hábitos en lo que les resulta posible, no resulta fácil distinguir quiénes son los parásitos, unos y otros a su modo lo son. De modo que sí, los ricos pueden resultar ridículos, pero los pobres también, porque se mueven por las mismas pulsiones. Además, en una sociedad como la actual, en que nos gusta tener las coas bajo control, se apunta a la idea de la imposible pretensión de tenerlo planificado y previsto todo, hay que admitir el planteamiento de vivir al día, sin agobiarse por lo que traerá el mañana. Todos los actores están muy bien, incluido por supuesto Song Kang-ho, un habitual en el cine de Joon-ho.
8/10
(2017) | 105 min.
Apasionante documental que da cuenta de la producción cinematográfica alemana en los años del nazismo. Toma el estudio  “De Caligari a Hitler: Una historia psicologica del cine alemán”, de Siegfried Kracauer como uno de sus referentes, que le sirve para hacer un exhaustivo repaso de lo que dieron de sí las películas durante los años en que Adolf Hitler ocupó el poder en Alemania. La mayor parte del público está familiarizado con los sobrecogedores documentales de Leni Riefenstahl, que recogen la puesta en escena de la paraliturgia de masas nazi, una auténtica idolatría en que todos hincaban la rodilla ante el führer. Y los más conocedores saben que Joseph Goebbels asumió personalmente las tareas de propaganda del régimen que siguió a la República de Weimar, con el paraguas de UFA como sistema de producción en régimen de monopolio estatal, que trataba de emular a Hollywood. Pero quizá las películas concretas surgidas en esos años, sobre todo en el terreno de la ficción, han quedado un tanto relegadas al olvido, y Rüdiger Suchsland hace una encomiable tarea pedagógica con su film, dando visibilidad a títulos técnica y artísticamente valiosos, además de que eran representativos de las ideas de la época, y de lo que se pretendía inculcar al público alemán. De modo que se nos habla del carácter de ensoñación despreocupada, con atmósfera vaporosa y risas ligeras, de algunas producciones. De cierta obsesión algo morbosa con la muerte. De las historias románticas y las adaptaciones de revistas y operetas, como pura distracción. No faltan curiosidades, como la única película que Ingrid Bergman hizo bajo los auspicios de la UFA, El pacto de las cuatro, de la que se redimió sin duda con Casablanca. O cintas singulares como Paracelsus, de Georg Wilhelm Pabst, que pensó en abandonar Alemania y que con esta obra hecha durante la guerra parecía estar entregando una parábola contra la tiranía, situando su trama en el medievo. Se da cuenta además de cómo buenos actores como Ferdinand Marian, vieron truncadas sus carreras por haber hecho composiciones antisemitas durante el nazismo. O del caso del director Veit Harlan, que llegó a ser procesado como colaboracionista con los nazis, aunque sería absuelto y aún haría cine tras la guerra.
6/10
(2019) | 110 min.
Rémy y Mélanie viven en casas contiguas de uno de los distritos de París, coinciden en el metro y compran en la misma tienda de ultramarinos del barrio. Pero no se conocen, cada uno lleva su propia y alienada vida. Rémy trabaja en una empresa de logística, y pese a la reducción de plantilla, acaba de ser promocionado. Pero es infeliz, padece insomnio, y no acaba de encontrar pareja, por lo que comienza a acudir a sesiones de psicoterapia. Mientras, Mélanie es una mujer insegura, investigadora en tratamientos contra el cáncer, que se duerme en todas partes, y que trata de encontrar pareja a través de Tinder, todo lo cual también le lleva a la consulta de una psiquiatra. Cédric Klapisch, con un guión coescrito con Santiago Amigorena –con él trabajó en su anterior film, Nuestra vida en la Borgoña–, reincide en la temática de jóvenes que no acaban de encontrar su asentamiento existencial. Aquí lo hace de un modo amable, incluso con algún apunte humorístico, mostrando la vida de dos personajes que, pese a ser buenos profesionales, y contar con familia o amigos, no son felices. Y la solución no parece residir en fijar los ojos en las pantallas de móviles, ordenadores y tabletas, buscando relaciones a partir de una foto y una geolocalización cercana. La cinta invita a afrontar las causas de la desdicha, y a no enterrar los problemas o hacer como si no existieran. Está bien que la ayuda de un psicólogo, psicoterapeuta o psiquiatra ayude a abrir los ojos y reunir el coraje para afrontar la vida, pero no deja de causar cierta pena observar la soledad y el individualismo que nos atenazan, aunque estemos rodeados de gente con los que se supone que tenemos confianza. El film se sigue con agrado, y con la incertidumbre de cómo y cuándo los protagonistas interactuarán de algún modo, extremo que se resuelve con sencillez y eficacia. François Civil y Ana Girardot dan bien el tipo de indolencia algo alelada de sus personajes, mientras que Camille Cottin y François Berléand encarnan de modo convincente a los psiquiatras.
6/10
(2018) | 70 min.
Un documental español la mar de original, que indaga en los orígenes y la realidad actual de la celebérrima Ruta 66 de Estados Unidos, la carretera que une Chicago con Los Ángeles atravesando todo el oeste del país a través de 8 estados: Illinois, Missouri, Kansas, Oklahoma, Texas, Nuevo México, Arizona y California. En tan sólo 70 minutos, la directora y guionista Ana Ramón Rubio ofrece una mirada equilibrada, sensible y nostálgica acerca de la mítica carretera, inmortalizada por la literatura y la memoria norteamericana, con títulos tan emblemáticos como "En el camino", de Jack Kerouac o la película Easy Rider. La trama de Almost Ghosts se articula especialmente en tres puntos del recorrido físico, el correspondiente a las localidades de Erick (Oklahoma), Seligman (Arizona) y Red Oak II, en Carthage (Missouri). En esos tres lugares, tres hombres, verdaderos testigos de la Ruta 66 a lo largo de las décadas, nos hablan del pasado y del presente de ese camino que ha configurado el devenir de sus propias vidas. Harley Russell, en Erick, es un showman septuagenario, muy alocado y gamberrillo, que durante años ha ofrecido sus propias canciones a los turistas por medio del grupo que formó con su mujer Annabelle, ya fallecida, “Los músicos mediocres”. Cuenta con un negocio de souvenirs en donde se encuentran todo tipo de cachivaches y curiosidades en torno al camino. Angel Delgadillo, nonagenario de Seligman, fue testigo de niño cómo la Gran Depresión despobló la zona y cómo familias enteras transitaban por la Ruta 66 hacia una vida mejor en California. Fue Angel, barbero de profesión, quien tras comprobar el abandono de la carretera y sus pueblos aledaños tras la creación a finales de los 70 de la carretera interestatal (I-40), abanderó la iniciativa de crear una sociedad sobre la histórica Ruta 66 (que había sido descatalogada en 1985). Tras muchos fracasos logró que las autoridades acogieran la idea de conservar y mantener el camino, con lo que puede decirse que él fue el genuino fundador de la Ruta 66 tal y como la conocemos. Por último, Lowell Davis, octogenario de Red Oak II, artista y pintor, ha ido reconstruyendo las casas, construcciones, graneros del pueblo donde nació y se crió, que hoy es un lugar completamente abandonado. Para él la Ruta 66 era un lugar rebosante de arte, de belleza, de originalidad y ha querido mantenerlo así. Muchos de los carteles y señales que se pueden observar a lo largo del camino son obra de este magnífico artista. Con sencillez, la directora va pasando de un testimonio a otro para entregar un bello documento sobre estos lugares y personas pintorescas que han conservado el encanto a lo largo de los años. Poblachos pobres, anclados en el tiempo, solamente habitados por algunas personas del ayer (como se dice en el film), donde nunca pasa nada. Hay mucha belleza en los parajes que se muestran, casi fantasmas, fotografiados magníficamente por Carlos López Andrés y bien acompañados por la música blusera versionada por Don Joaquín.
6/10

Jueves 31 de Octubre de 2019

(2019) | 147 min.
Película dirigida por el terceto compuesto por Aitor Arregi, Jon Garaño y Jose Mari Goenaga, se trata de una película difícil a priori, de esas que por la trama de personajes encerrados no apetece mucho ir a verlas. Los directores han crecido desde Handia, que también era una película-río, la que nos ocupa llega a abarcar más de tres décadas. El punto de partida de La trinchera infinita lo tenemos en la realidad de un buen grupo de personas que permanecieron ocultas durante años, los de la guerra civil y los posteriores, para evitar represalias, primero del bando nacional, y luego del régimen franquista. Arregi, Garaño y Goenaga centran su atención en un matrimonio, Higinio y Rosa, casados hace poco y residentes en un pueblo de Andalucía. A las tropelías primero del bando republicano siguen las de los sublevados, e Higinio, que nunca estuvo muy metido en política, pero que es de los “sospechosos”, no tiene más remedio que ocultarse. Y el lugar más seguro resulta una oquedad en su propia casa, obligado encierro que esperan sea temporal, pero pasarán los días, los meses, los años... El metraje del film se acerca a las dos horas y media, tal vez excesivo, aunque pueda servir la coartada de que el espectador debe experimentar el mismo cansancio vital que los protagonistas. En cualquier caso gran mérito de los realizadores es que no decaiga el interés de su puesta en escena claustrófobica, lo que incluye una difícil fotografía en claroscuro de Javier Agirre, con planos que muchas veces son el punto de vista del encerrado Higinio. Se logra atrapar el drama que afrontan los cónyuges –gran trabajo de Antonio de la Torre y Belén Cuesta–, el amor que los sostiene, pero también un desquiciamiento compuesto de nervios destrozados y miedo, que hace que sus encuentros amorosos, mostrados muy carnalmente, tengan el sabor de la desesperación, de que quizá no puedan volver a tener otro. Y se van engarzando bien algunas peripecias –el hijo que engendran en la cautividad, el militar que quiere abusar de ella, el vecino receloso–, aunque otras están forzadas, como la de la pareja homosexual que aprovecha una ausencia de Rosa para convertir el lugar en su particular “picadero”. Tienen fuerza las escenas de persecución, y el clímax es muy emotivo, modélico en la asignatura de saber resolver una película.
7/10
(2018) | 116 min.
Con sus padres y sus dos hermanas, Nicolás acude a visitar a su abuela, interna en una residencia, aquejada de Alzheimer. En un momento dado, la anciana se las ingenia para quedarse a solas con el niño, con el fin de entregarle antes de perder por completo la cabeza un paquete que sólo puede abrir cuando tenga quince años. El chico no puede resistirse a la tentación, por lo que descubre que contiene una extraña moneda y un enigmático mensaje, grabado en una antigua cinta de vídeo VHS por el abuelo, fallecido años atrás. Tercer largometraje como director y guionista de Paco Arango, que tras dos gratas comedias dramáticas, Maktub y Lo que de verdad importa, retoma el tono infantil, el humor surrealista, los elementos fantásticos y la abundancia de efectos especiales de ¡Ala…Dina!, la serie televisiva con la que inició su singladura audiovisual, tras una larga carrera como cantante. Parece un producto concebido sobre todo para el público infantil, con un tono amable y un guión sin muchas pretensiones, al quizás se pueda reprochar que con una reescritura podría haber interesado más al público adulto. Esto no quiere decir que quien mantenga su niño interior no disfrute con una sonrisa, también porque parte de la recaudación va destinada a la labor solidaria para ayudar a los jóvenes enfermos de cáncer, como ocurría con los anteriores trabajos de su autor. Gracias a este encomiable objetivo, se ha conseguido atraer para los papeles secundarios al tenor Plácido Domingo (el abuelo) y a conocidos actores como Macarena Gómez o Santiago Segura. De cara a lograr tirón internacional, el reparto principal combina a estrellas de diversas nacionalidades, como la británica Geraldine Chaplin, la mexicana Mariana Treviño, y el español Edu Soto, que triunfó como El Neng de Castefa, en un popular show televisivo. Todos ellos ofrecen actuaciones acorde con el disparatado argumento, así como los niños, que tienen más presencia que los adultos, sobre todo el debutante Rodrigo Simón Prida o María Blanco (finalista en Masterchef Junior). Encierra un mensaje para los más jóvenes que advierte del valor de los familiares pese a que puedan tener sus rarezas, como todo hijo de vecino.
5/10
(2019) | 86 min.
Segundo largometraje propiciado por los personajes de La oveja Shaun, cuyas historias originales eran breves "cartoons" de apenas poco más de cinco minutos, cara a desarrollar divertidos gags. La fórmula que propició su salto a la pantalla grande es una trama vertebradora mínima, que permita encadenar los gags. En el caso de La oveja Shaun. La película, todo se focalizaba en los personajes de la granja, las ovejas entre las que destaca Shaun, el perro pastor Bitzer y el tosco granjero. Ahora en La oveja Shaun. La película: Granjaguedón se quiere ampliar la cosa con una trama de extraterrestre perdido, y agentes especiales propios de un expediente X, presididos por una mujer, que tratan de dar con su paradero. De nuevo estamos ante una película sin diálogos, que pone en valor el cine cómico mudo de antaño. La película dirigida por Will Becher y Richard Phelan es simpática y conserva las claves de la animación del estudio Aardman con el stop-motion; también el ordenador ayuda al grueso del trabajo, y el diseño de producción es ambicioso, pero se nota el toque artesanal de la plastilina. Aunque hay guiños graciosos a E.T., el extraterrestre, Encuentros en la tercera fase o Expediente X, lo más divertido de la película proviene de los gags "granjeros", y es que los personajes originales son sin duda los más genuinos. El alienígena es simpático, pero tiene más fuerza al principio, cuando apenas se le vislumbra fugazmente, que cuando finalmente cobra presencia. En cualquier caso el resultado es ampliamente disfrutable, en la línea de lo que cabía esperar.
6/10
(2019) | 128 min.
Cuando la joven Dani Ramos discute con el supervisor de la fábrica en la que trabaja, para que no echen a su hermano a la calle, sustituyéndole por un robot, aparece de improviso un individuo idéntico a su padre, pero en realidad resulta ser una máquina con la capacidad de cambiar de apariencia que pretende acabar con su vida. Le salva una mujer con fuerza sobrehumana que advierte a Dani que debe dejarlo todo y salir corriendo junto a ella porque el agresor no parará hasta lograr su objetivo. En su huida recibirán la ayuda de una madura mujer, con enorme experiencia en luchar contra asesinos llegados del futuro y de un extraño personaje arrepentido por un acto que cometió en el pasado. James Cameron vendió los derechos de su primer éxito, Terminator, a su ex mujer, Gale Anne Hurd, coguionista y productora de la emblemática cinta. A partir de 2019 ha vuelto a recuperarlos, por lo que ha aprovechado para impulsar una nueva entrega, que ignorase todas las que se han rodado desde la última que dirigió, Terminator 2: La rebelión de las máquinas, o sea prosiguiendo la trama como si no hubieran existido las desmejoradas Terminator 3: La rebelión de las máquinas, Terminator: Salvation y Terminator: Génesis, y recuperando a Sarah Connor, el personaje central. Pero anda enfrascado en sus secuelas de Avatar, así que ha decidido quedarse relegado a productor ejecutivo, y creador del argumento, cediendo la realización a Tim Miller, responsable de Deadpool. Este último demuestra su dominio de los efectos visuales en escenas de acción al nivel de lo esperado: la que tiene lugar en un avión resulta especialmente trepidante. Pero al final, Terminator: Destino oscuro queda lejos de la primera entrega, que en 1984 contribuyó a que las producciones de corte fantástico pasaran de subproductos a blockbusters de amplio presupuesto, y la segunda, que en 1991 revolucionó el uso de la CGI fotorrealista en pantalla. Aporta algunas ideas, pero básicamente se repite la jugada de Star Wars: El despertar de la fuerza y similares ‘reboots’ de sagas muy apreciadas por el público, o sea se recuperan elementos del original, e incluso se homenajea a los planos más conocidos, y se coloca como secundarios a los anteriores protagonistas ya envejecidos, en este caso Linda Hamilton –que con el paso del tiempo no conserva demasiada fotogenia– y Arnold Schwarzenegger, del que casi se podría decir lo mismo. En la escena inicial han sido rejuvenecidos por ordenador. Ambos veteranos le dan la alternativa a una nueva generación, compuesta por la colombiana Natalia Reyes, que demuestra la misma solvencia que exhibió como una de las actrices principales de Pájaros de verano, la también prometedora Mackenzie Davis, que brilló como niñera en Tully, y Gabriel Luna, visto en las series True Detective y Agentes de S.H.I.E.L.D., que logra inquietar, como corresponde al principal antagonista en cada entrega de la franquicia. Cameron, pionero en dar peso a las mujeres en el cine de acción, imprime su toque en que aquí también se concede el mayor protagonismo a las actrices. También vuelve a colocar como principal estrella a una latina, en tiempos de Donald Trump, después de haber hecho lo propio en la anterior cinta apadrinada por él, Alita, ángel de combate. Por supuesto se mantiene el leitmotiv de la serie, la advertencia del lado oscuro del progreso tecnológico.
6/10
(2019) | 100 min.
Las tribulaciones de la familia Turner, el matrimonio y dos hijos, un adolescente conflictivo con inclinaciones artísticas, la otra una tierna niña que sufre por las crecientes tensiones que desgarran el hogar. Y es que con una situación económica precaria, Ricky y Abbie, víctimas involuntarias de la crisis financiera de 2008, se dejan el alma a la hora de traer el jornal a casa, y no pueden prestar a su prole toda la atención que quisieran. El primero ha comenzado a trabajar en una empresa de mensajería como repartidor de paquetes, lo que supone empeñarse hasta las cejas para disponer de una furgoneta, y andar corriendo de un lado para otro para cumplir con los plazos de entrega. Mientras que ella, que ejerce de cuidadora de enfermos y discapacitados, muchos ancianos, ha tenido que renunciar a su automóvil. De modo que le toca desplazarse en autobús para atender a personas en situación de dependencia, a las que muchas veces falta un cariño que ella comportándose como si fuera su propia madre. Nueva muestra de cine social donde repiten colaboración el director Ken Loach y el guionista Paul Laverty. Con actores no profesionales muy convincentes, ponen el dedo en la llaga de una sociedad progresivamente deshumanizada, en que el trabajo esclaviza, con condiciones laborales a menudo indignas, que degradan y ponen en peligro lo que debería ser un oasis de paz y descanso al final de la jornada, el hogar familiar. La denuncia es oportuna, porque tiene una base real, pero no se logra sortear una sensación de que se cargan las tintas, con un efecto “bola de nieve” donde las dificultades y desgracias se acumulan de modo que se antoja excesivo, y con un personaje concreto, el jefe de Ricky, algo caricaturesco por su falta de consideración hacia sus empleados en la búsqueda de la máxima eficiencia. En cualquier caso, Loach y Laverty demuestran una gran habilidad narrativa, creando secuencias de gran calado dramático, que logran conmover, e introduciendo momentos en que se apunta lo que podría ser una feliz convivencia familiar en condiciones normales -la noche del sábado con emergencia felizmente resuelta, o la jornada laboral compartida por el padre y la niña casi como si fuera un juego–, o la humanidad de una paciente o un compañero de trabajo que trata de ayudar.
6/10
(2019) | 151 min.
Han pasado treinta años desde que el entonces niño Dan Torrance sobreviviera –junto a su madre, Wendy– a la furia de su progenitor, enloquecido por los horrores del hotel Overlord, donde ejercía como vigilante durante el invierno. Pero no ha logrado superar el trauma, ni tampoco consigue aceptar que posea la habilidad psíquica que él mismo denomina “el resplandor”, que le permite entre otras cosas comunicarse telepáticamente, por lo que ha caído en el alcoholismo. Tras tocar fondo después de estar a punto de robar dinero a la madre de un bebé, decide emprender una nueva vida en la pequeña ciudad de Teeny Town, donde recibe la ayuda desinteresada de un “buen samaritano”, Billy Freeman, que le consigue trabajo en un hospital para enfermos terminales. Pero contactará con Torrance la niña Abby, que le advierte de que corren peligro por culpa de El Nudo, grupo de personajes malignos que se alimentan de gente que posea “el resplandor”, y que acaban de asesinar a un chaval. Tras consagrarse con la serie La maldición de Hill House, adaptación bastante libre de la clásica novela de terror de Shirley Jackson, el especialista en terror Mike Flanagan escribe y dirige otra traslación literaria a la pantalla, en este caso la continuación tardía de El resplandor, que el autor original, Stephen King, publicó en 2013. El cineasta sigue con fidelidad el libro, salvo por algunos cambios puntuales, por ejemplo el guión no mantiene con vida a Dick Halloran, por la popularidad de la adaptación de la primera parte rodada por Stanley Kubrick, que mataba al personaje, por lo que aquí sale de nuevo, pero como una presencia fantasmal. Como cabía esperar, la sombra del que fuera uno de los directores más influyentes del cine moderno se alarga demasiado. Se agradece que se recuperen la banda sonora, la alfombra con hexágonos naranjas y marrones y hasta las gemelas diabólicas del film que redefinió el género, pero por otro lado se pone de manifiesto que las comparaciones siempre son odiosas, no se puede poner a la misma altura de aquella un film bien dirigido, que funciona, pero mucho más convencional. Se concluye que esta continuación tiene el mismo sentido que Wall Street, el dinero nunca duerme, T2 Trainspotting, o Los dos Jakes, donde Jack Nicholson recuperaba a su personaje de Chinatown. También juega en su contra que se alarga innecesariamente, pues dura 150 minutos, todo indica que porque su modelo se extendía a los 146. A Flanagan le viene al pelo el volumen, pues recupera temas de su trabajo inmediatamente anterior, como los lugares malditos, las personas con habilidades sobrehumanas, y la dificultad de rehabilitarse cuando se sufre una adicción. Aparte, toca otros temas de interés, como los cuidados paliativos, compone una atmósfera oscura, muy adecuada para representar en pantalla el universo del escritor de Maine, y logra una enorme tensión en el clímax final. En cuanto a los actores, a Ewan McGregor se le da bien interpretar a Dan, típico personaje en busca de una segunda oportunidad en la vida (el actor que dio vida originalmente al personaje, Danny Lloyd, retirado de la interpretación y ya crecido aparece en un breve cameo felicitando a un niño en un campo de béisbol). Resulta especialmente radiante Rebecca Ferguson, como la diabólica Rose, líder del Nudo, de apariencia escalofriante, al estar ataviada con un sombrero de mago y abalorios hippies, y también la debutante preadolescente Kyliegh Curran, como Abby. Mientras que la desconocida Alex Essoe (Oscuras intenciones) da el tipo en el papel de Shelley Duvall, así como Carl Lumbly (Hombres de honor) tomando el testigo de Scatman Crothers y Roger Dale Floyd, el nuevo joven Danny, no se puede sustituir el inmenso carisma de Nicholson; hubiera sido mejor que se hubiera recurrido al rejuvenecimiento de imágenes antiguas mediante tecnología digital.
6/10
(2019) | 100 min.

Beatrice celebra con sus amigos cercanos y familiares la publicación de su libro, que relata la historia del accidente de su marido que puso sus vidas patas arriba. Y es que Frederic perdió la vista y ahora no puede evitar decir todo lo que piensa. Aunque sigue siendo el mismo hombre divertido y seductor del que ella se enamoró, también se ha convertido en alguien impredecible, obsesionado con la comida y sin filtros. Por otra parte, el libro, un verdadero himno a la vida, acaba provocando un gran revuelo entre sus seres queridos porque aunque Beatrice cambiara los nombres reales, todos y cada uno de ellos se acaban reconociendo en sus personajes. El grupo de amigos y familiares se tambalea, pero hay ocasiones en las que ciertas tormentas pueden llegar a ser auténticos salvavidas.

(2019) | 82 min.

Interpretando el mito bíblico de Juan Bautista y Salomé, Love Me Not transcurre en un campamento militar en el desierto, en el contexto de una guerra contemporánea. Salomé (Ingrid García-Jonsson) es la hija de un comandante corrupto (Francesc Orella) y su mujer adúltera (Lola Dueñas), y el profeta (Oliver Laxe) está encarcelado en una cueva por sus predicciones subversivas. Como en la interpretación de Oscar Wilde, Salomé está obsesionada por el prisionero mientras todos los hombres del campamento lo están por ella.