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2019

Jueves 05 de Diciembre de 2019

(2019) | 119 min.
Cuando vuelve a incorporarse a su puesto después de haber dado a luz a su hijo, la inspectora de la Policía Foral de Navarra Amaia Salazar se entera de que Jasón Navarro, al que detuvo por asesinato, se ha suicidado en su celda, dejando escrita una palabra en la pared de la misma, Tarttalo, que remite a un monstruo de la mitología de un solo ojo. La investigación desvela que a lo largo de los años se han producido otras muertes de mujeres a manos de sus parejas, que también acabaron con sus vidas, dejando idénticos mensajes. Al mismo tiempo, se produce una inquietante profanación en una iglesia, cuyos autores se identifican con los agotes, minoría navarra acusada de herejía, y de rechazar la autoridad de la Iglesia. Éstos han dejado en el altar huesos del brazo de un bebé, que según las pruebas de ADN está relacionado con la inspectora. Fernando González Molina ha arrasado con sus adaptaciones literarias protagonizadas por Mario Casas, 3 metros sobre el cielo y Tengo ganas de ti, basadas en novelas de Federico Moccia, y Palmeras en la nieve, a partir del libro de Luz Gabás. No le fue tan bien sin este actor con El guardián invisible, translación de otro best-seller, en esta ocasión de Dolores Redondo, que inicia la llamada “Trilogía de Baztán”. Pese a todo, reincide con la segunda entrega de la misma, Legado en los huesos, a la que seguirá Ofrenda a la tormenta, pues se han encadenado los rodajes de ambas. Buen profesional, Molina imprime ritmo al relato, y aprovecha las privilegiadas localizaciones navarras, con pueblos encantadores, y bosques envueltos en bruma, y los elementos que distinguen el libro de Redondo, mezcla de thriller a la escandinava con personajes del folclore del norte de España. Repite como guionista Luiso Berdejo, que cambia levemente algunos acontecimientos del original para darle más fluidez, pero mantiene la esencia de la trama, muy bien enlazada con su predecesora, pues todo lo ya visto tiene su porqué, no se trata de una continuación forzada. Afloran toques siniestros y morbosos, y se deslizan torpedos contra la Iglesia, representada por Sarasola, sacerdote del Opus Dei, a quien se pinta como un tipo que tiene razón en su cruzada contra el mal ancestral, pero siniestro y prepotente. Al estar trazado con trazos gruesos, no logra insuflarle humanidad Imanol Arias. Lo mismo ocurre con la gran mayoría de secundarios, que corresponden a arquetipos, como Colin McFarlane, que no parece un padre moderno, involucrado en la crianza de su bebé, sino un pelele, o el que le ha correspondido a Leonardo Sbaraglia, mucho actor para un juez sin apenas relevancia en el desarrollo, enamorado de Amaia un poco ingenuamente, ya que no se sabe bien si es consciente de que ésta mantiene una sólida relación con su marido, y que acaba de ser madre. Lo mismo ocurre con los ayudantes de Salazar, las hermanas, etc. Resultan llamativamente planos sobre todo los villanos, unos majaderos que cometen un error absolutamente disparatado. Al menos, se salva Marta Etura, cuya Amaia Salazar es la única que tiene entidad.
5/10
(2019) | 145 min.
Meticulosa reconstrucción de la trayectoria de Tommaso Buscetta, auténtico miembro de la mafia siciliana, que decide en los 80 abandonar su carrera criminal y establecerse con su familia en Brasil. El asesinato de varios miembros de su familia a manos de “la cosa nostra”, que no aceptan que Tommaso haya roto con la organización y se encuentre en paradero desconocido, van a resultar determinantes para que resuelva colaborar con la justicia italiana, tras ser detenido en Brasil y extraditado. La ruptura por primera vez de la no escrita “ley del silencio” mafiosa, le lleva a estrechar lazos con el juez instructor, Giovanni Falcone, aunque siempre asegurará que él no es un “arrepentido”, sino que considera que son sus antiguos socios los que se han corrompido, dejando atrás el código de honor que imperaba en los inicios, por ejemplo traficando con heroína. El octogenario Marco Bellocchio, especializado en historias inspirados por hechos reales de la historia reciente con componente político –Vincere, Buenos días, noche– logra imprimir a la narración un ritmo dinámico, en que la fascinación por el personaje protagonista no le ciega, hay un esfuerzo por entregar un dibujo objetivo del “traidor”, un “Judas” para sus antiguos compinches, de lo que es ilustrativo uno de los planos finales, en que se recuerda una de sus acciones criminales, ejecutada a sangre fría. También hay contención a la hora de recrear la comparecencia en sede judicial de quien fuera primer ministro, Giulio Andreotti, a quien Buscetta incrimina en la actividad de la mafia, aunque será siempre de modo indirecto. Pierfrancesco Favino encarna bien al protagonista, tiene mérito ese rostro que a veces parece inexpresivo, pero que en realidad está expresando muchas cosas, desde el miedo a que le maten en cualquier momento, al dolor, manifestado cuando escucha el modo en que se produjo el asesinato de sus hijos. Los años y escenarios narrativos avanzan y cambian suavemente, con acierto. Y se da con el tono justo para escenificar los juicios, en que los mafiosos tras mamparas de cristal montan un grotesco circo, hasta dar al conjunto un aire surrealista, que muestra adónde conduce la inmoralidad y el abandono de los principios básicos. Hay momentos visualmente potentes –el atentado a Falcone–, otros en cambio podían haberse omitido, la escena de la prostituta en prisión, que nada aporta.
7/10
(2019) | 84 min.
Una pequeña ciudad belga. A sus doce años, Ahmed se ha dejado seducir por el peligroso discurso de un imán que le lleva por el camino de la radicalidad. De esta forma, pasa de preocuparse sólo por los videojuegos a afear a su madre que beba alcohol, y a criticar de malas formas los vestidos de su hermana mayor. Además, se enfrenta a la profesora que antaño le ayudó a superar su dislexia, la afectuosa Inès, pues se niega a darle la mano por ser mujer y por tener un novio judío. A sugerencia del imán, tratará de interrumpir los planes de la maestra de montar una actividad extraescolar, en la que enseñará árabe usando canciones, porque se supone que se trata de un sacrilegio. Undécimo largometraje de los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne, especialistas en cine social, que tras dos Palmas de Oro en Cannes, por Rosetta (1999) y El niño (2005), han vuelto a triunfar en el certamen, llevándose a casa por este título el premio a la mejor realización. En esta ocasión, vuelven a poner como protagonista a un menor de edad, como en Rosetta, o El niño de la bicicleta, para abordar un tema de desgraciada actualidad: el terrorismo árabe. Así, se intenta entender el proceso por el que un chico normal, con toda la vida por delante, se puede echar a perder cuando está a punto de convertirse en adulto; o cómo los yihadistas consiguen lavar el cerebro a quienes pasan a obedecerles sin rechistar. Y se describe ese momento tan delicado, donde por inseguridad un adolescente puede vincularse a un grupo para sentirse protegido, aunque a veces puede acabar en sectas, pandillas juveniles y hasta grupos terroristas. Los cineastas belgas también muestran que en esta tesitura, el chaval se niega a comunicarse con adultos que puedan devolverle al buen camino (tanto profesores como educadores), y que incluso el amor, con su capacidad redentora, puede resultar insuficiente en estos casos. Los hermanos siguen fieles a su propio estilo, filmando cámara en mano, en un estilo cercano al documental, sin añadidos musicales, y muestran de nuevo las condiciones de vida de los más humildes. Como en el resto de su filmografía, no ocultan el lado más áspero de la realidad, pero tampoco renuncian a buscar cierto optimismo en el ser humano. Quizás tienen esta vez un protagonista más complicado de entender que los de otros trabajos, pero el debutante Idir Ben Addi, seduce al respetable, pues logra transmitir que el personaje tiene un lado siniestro (aparece preparándose para ejercer la violencia), pero también que sigue teniendo corazón y humanidad en el fondo. Está bien acompañado por un compañeros eficaces, como la actriz también de corta edad Victoria Bluck.
7/10
(2019) | 118 min.
La serie televisiva de Los ángeles de Charlie, dentro de su asumida modestia propia de la pequeña pantalla, hizo las delicias de los telespectadores de los años 70, con la combinación de chicas guapas, casos detectivescos y escenas de acción, con un misterioso jefe, el famoso Charlie. Con el cambio de siglo y milenio, llegó a las salas la versión cinematográfica de la serie, en que se repetía fórmula, adaptándose a los tiempos actuales. Aunque carecía de la frescura y oportunidad del original, funcionó medianamente, por lo menos dio lugar a una secuela, donde ya quedó claro que la fórmula estaba agotada. En realidad no debió quedar tan claro para algunos productores, pues los ángeles resucitaron en una nueva serie rápidamente cancelada. Pero el hombre (¿o habrá que decir la mujer?) es el único animal que tropieza una y otra vez en la misma piedra, así que ahora tenemos la versión de Elizabeth Banks, donde ella escribe el guion y hasta se reserva un personaje, no de ángel, sino de Bossie femenina. Como cinta que trata de ajustarse a la fórmula del original, la película tendría un pase, aunque sea más de lo mismo. De modo que seguimos a Elena Houghlin, inteligente científica que ha contribuido a desarrollar un invento que generará energía limpia a espuertas. Aunque hay un problemilla, pues también puede convertirse en arma que los malos podrían usar con fines perversos. Como su jefe no le hace ningún caso, acaba contactando con la Agencia Townsend, donde asignan a dos de sus agentes o ángeles, Sabina Wilson y Jane Kano, para que se ocupen del caso. Así se verán envueltas en una trama conspiratoria muy peligrosa, que las lleva a salto de mata a Hamburgo, Berlín y Estambul. La película, como venimos diciendo, ofrece lo que cabía esperar, o sea, escenas de acción espectaculares, y a las ángeles usando todas sus armas, incluidas las de seducción. No faltan los guiños retro a entregas anteriores, se quiere confiar en los nostálgicos, y como gran novedad, se nos indica que Bossie no es una persona concreta, sino una categoría como lo es la de ángel, por lo que hay Bossies diseminados por todo el mundo. De ahí comienzan a introducirse otros conceptos un tanto risibles como el de que la Agencia Townsend es una ONG altruista, uno de los motivos por el que se preocupa de la nueva fuente de energía limpia. Y en fin, mencionemos discretamente, por no hacer sangre, al amanerado dietista y psicoterapeuta Santo, o el vestidor con ropita y zapatos que vuelve locas a las chicas. Donde la trama se sumerge a fondo en el ridículo es en su discurso feminista. Los títulos de crédito iniciales con niñas y jovencitas emponderadas en todo tipo de actividades, o Sabina combinando su numerito de seducción con palabrería sobre la superioridad de la mujer, son el botón de muestra del arranque, aunque la idea persiste hasta extremos vergonzantes, bien se puede decir parafraseando una frase que se suele atribuir al general Custer, que aquí "el único hombre bueno es el hombre muerto", o casi, véase el desenlace, o el destino de un Bossie y de un pobre guardia jurado tontorrón. De las interpretaciones poco se puede decir. Da la impresión de que Patrick Stewart se siente un tanto ridículo con su Bossie jubilata, mientras que los ángeles cuentan con la veterana Kristen Stewart para hacer de chica machote, y con Naomi Scott para interpretar a la chica ingenua aspirante a ángel, mientras que la esbelta Ella Balinska acredita necesitar algunas lecciones de actuación, el momento en que se echa a llorar es de vergüenza ajena.
4/10
(2019) | 138 min.
Roland Emmerich es un cineasta alemán que ya desde el inicio de su carrera mostró su fascinación por el cine estadounidense, siguiendo los parámetros de un Spielberg en títulos como El secreto de Joey. Luego, ya en Hollywood, demostró una sorprendente atracción hacia títulos que rendían pleitesía al amor de los yanquis por su país, con Independence Day  y El patriota, a la vez que manejaba enormes presupuestos, sin duda que se movía como pez en el agua a la hora de armar superproducciones. Por ello no resulta extraña que ahora dirija Midway, sobre la Guerra del Pacífico en los años de la Segunda Guerra Mundial, concediendo el espacio principal a la batalla del título, aunque ampliando el marco con los prolegómenos que conducen a ese punto culminante de la contienda. Por supuesto, no es la primera vez que el cine la aborda, en 1976 tuvimos La batalla de Midway de Jack Smight, con un reparto plagado de estrellas, Charlton Heston, Henry Fonda, James Coburn, Glenn Ford y Toshiro Mifune, entre otros. En realidad podríamos decir que el film de Emmerich combina lo contado ahí con lo que mostraba la película de 1970 Tora, Tora, Tora. De modo que la trama arranca con el oficial de inteligencia Edwin Layton detectando que Japón podría sentirse fuerte para intentar imponer su dominio en el Pacífico, pero sin que sus advertencias sean escuchadas, lo que conduce al desastre de Pearl Harbor, el ataque japonés inesperado y que destruye gran parte de la flota. Con el nombramiento del almirante Chester Nimitz, Estados Unidos se prepara para dar una respuesta contundente, el audaz bombardeo de Tokio, coordinado por el teniente coronel Jimmy Doolittle. Para llevar a cabo la operación es necesario que inteligencia, con Layton detrás sea escuchada, en sus intentos de descodificar los mensajes nipones. Y pilotos como Dick Best se jugarán la vida, pues las operaciones tan lejos de un lugar para repostar, y sin apenas portaviones, son de altísimo riesgo. Todo conducirá a la batalla de Midway, que podría convertirse en una trampa mortal para unos y otros, decidiéndose el destino de la guerra. El film de Emmerich, coproducción con China que cuenta con un guion del más bien desconocido Wes Tooke, es riguroso a la hora de ceñirse a los hechos históricos, y se sigue con interés. Los efectos visuales digitales siguen perfeccionándose, de modo que todas las escenas de acción bélica resultan impactantes. Como es de rigor en una cinta de guerra que sigue las pautas de la vieja escuela, resulta importante el reparto, casi exclusivamente masculino, donde destaca Woody Harrelson, un actor igual se enfrenta a los zombies con guasa en Zombieland. Mata y remata, que se lanza a interpretar con enorme dignidad y clase al almirante Nimitz. Hay muchos rostros reconocibles, como el de Nick Jonas, uno de los hermanos Jonas, el valiente piloto Bruno, o los de Dennis Quaid, Aaron Eckhart y Luke Evans, correctos aunque no tienen la fuerza de los clásicos. El bando japonés es retratado con respeto, se evita caer en el trazo típico de la caricatura.
6/10
(2019) | 93 min.
Una cinta un tanto cansina, que combina intercambios dialógicos y lecturas de cartas con imágenes contemplativas del paisaje gallego. Trata de ofrecer una mirada a la España de la postguerra, impregnada de tristeza y grisura, tanto entre los vencedores como en los vencidos, unos en su triunfalismo un tanto vacuo, otros en las penalidades de la represión. Aunque se trata de una propuesta cinematográfica, también en el ritmo, las intervenciones de los actores podían constituir una obra de teatro a modo de retablo de las maravillas. La película está dirigida con oficio por Eloy Enciso, con la "larga noche" del título como metáfora de la situación, encarnada por personajes como los mendigos que piden en la puerta de la iglesia, o en Antxo, que regresando al pueblo ejerce de aglutinador con su mirada silenciosa, que no sabe a qué carta quedarse, mientras observa y escucha a unos y otros.
5/10
(2019) | 109 min.
Roy Courtnay y Betty McLeish son dos ancianos que viven en Londres, ambos viudos, que conciertan una cita tras conocerse en internet. Aunque escépticos acerca de que el encuentro pueda resultar bien, congenian casi al instante. Y poco a poco van estrechando lazos, disfrutando de la compañía mutua. El que desconfía de Roy es Stephen, el nieto de Betty, a quien no deja de recordarle que es un desconocido. Y hay motivos para recelar, pues Roy es un estafador profesional, que con su socio Vincent acaba de orquestar un timo para inversores ambiciosos. En el caso de Betty, la meta es hacerse con el control de sus abundantes bienes. Bill Condon adapta una novela de Nicholas Searle con guion de Jeffrey Hatcher, que ya escribió un libreto con célebre detective entrado en años, Mr. Holmes. El film se ve con agrado gracias a su genial pareja protagonista, Ian McKellen y Helen Mirren son dos actores estupendos. Por lo tanto, todo el juego envolvente de Roy, junto a la credulidad de Betty, se acaba aceptando, aunque algo se subleve en el imaginario del espectador, al que dan ganas de gritar en más de un momento a la protagonista, "pero por favor, ¡no seas idiota!". En los tiempos que corren, como es de suponer, no se puede concebir que una mujer con papel principal en una película sea tonta, por lo cual, se adivina que en algún momento Condon se sacará algún conejo de la chistera y se volverán las tornas. Y quizá aquí radica el principal problema del film, que tal conejo resulta bastante tramposo. Se supone que el hecho de que el nieto Stephen esté escribiendo su tesis sobre un conocido nazi anticipa la sorpresa del pasado de timador y timada, pero verdaderamente está traído todo bastante por los pelos, y al final acabamos asistiendo a la enésima historia de venganza –en Hollywood y alrededores desconocen palabras como "perdón" o el concepto de "pasar página" o de "acudir a los tribunales"–, en que uno acaba tomándose la justicia por su mano.
6/10
(2019) | 85 min.
El mundo de Bayala está habitado por diversas tribus élficas que viven en armonía. Hace años se ocupaban de proteger los huevos de dragones, criaturas amigables de colores brillantes que no molestan a nadie. Pero Ophira, Reina de los Elfos de las Sombras, los robó todos, un acto que destruyó la armonía del planeta, y acabó con la magia. Eyela, que acaba de pasar de princesa a reina de los Elfos del Sol, otro de los clanes, ha encontrado uno que ha aparecido mágicamente. Deberá llevárselo en secreto a los dragones, sin ser descubierta por Ophira. Tras el éxito de La Lego película, Hasbro vende más cajas de su popular juego de construcción que nunca. Rápidamente surgieron imitaciones, como Playmóbil, la película, que no alcanzó la misma repercusión, y esta cinta alemana basada en una línea de figuras de plástico de Schleich, empresa de ese país cuyos personajes de plástico causan furor entre los niños germanos, y que ya habían aparecido en libros infantiles. Visualmente trabajada, a los muñecos protagonistas de la cinta les falta algo de expresividad, y sus movimientos resultan bastante artificiosos, por lo que no se puede hablar de animación digital de primera fila precisamente. Tiene gran protagonismo un mapache que recuerda demasiado a Scrat, la ardilla prehistórica de dientes de sable, de Ice Age: La edad de hielo, pero no llega a tener la misma gracia. Y se desconoce por qué los elfos tienen que cuidar de los huevos de dragones, los animales que se reproducen de esta forma se ocupan ellos mismos de semejante tarea. Pese a todo, el film tiene un tono amable, y algunos golpes de humor que funcionarán con el público infantil. A este sector se dirige también el mensaje, de claros tintes pacifistas y ecologistas, por lo que se trata de un producto positivo, muy en la línea de Campanilla, y sus secuelas, producciones de animación digital de Disney para formato doméstico protagonizadas por la célebre hada de Peter Pan.  
4/10
(2018) | 80 min.
Cinta de animación noruega, hecha con técnicas de stop-motion, que supone una gratísima sorpresa. No tiene nada que envidiar a las películas británicas de la Aardman, y puestos a comparar, es bastante superior a la reciente y también con elementos espaciales La oveja Shaun. La película: Granjaguedón. En el guion, rebosante de ingenio, e incluso técnicamente, por su encantador aspecto artesanal. Las marionetas, los objetos, cobran vida de verdad. El film parte de los personajes creador por el escritor e ilustrador noruego Kjell Aukrust en los años 60 del siglo XX. Se trataba de libros infantiles protagonizados por Reodor Felgen, un inventor, Solan, un pato, y Erin, un puercoespín, y en 1975 fueron llevados a la pantalla en una película titulada Grand Prix en la montaña de los inventos. Ahora, más de cuatro décadas después, llegan nuevas aventuras, inteligentemente concebidas alrededor del 50 aniversario de la llegada del hombre a la Luna. El cumplimiento de la célebre efeméride supone también el cumplimiento del plazo que se dio Naciones Unidas en su resolución de que la Luna era patrimonio de la humanidad, y por tanto ningún país podía apropiársela. Como se supone que pasarán tres meses hasta que se apruebe una resolución para prolongar "sine die" esa decisión, todas las naciones del mundo tratan de poner a punto una nave que pueda tomar la Luna en su nombre. Pero sólo Noruega está preparada gracias la inventiva ingenieril de Reodor Felgen, que ha puesto a punto a El Polo 1. En principio solo Solan el pato, va a volar, pero un funcionario del gobierno de Noruega, que respalda la expedición, exigirá también viajar a la Luna. Por supuesto los medios de comunicación siguen atentos los acontecimientos, y también la alcaldesa de Flåklypa. Desde ahí, desde cabo Flåklypa, despegará la pareja que volará a la Luna, aunque podría ser que a bordo hubiera otros viajeros. La trama sabe combinar aventuras con un afilado sentido del humor, donde se critica con ingenio a diversos países, lo que incluye la basura que arrojan al espacio, convertido en vertedero, o la explotación de los recursos de la Luna, o al ego de los periodistas, siempre deseosos de chupar cámara. Y tiene su encanto ver diversos hogares desde los que se sigue la aventura espacial desde los televisores, como en aquella mítica noche del 20 de julio de 1969. Además se pone en valor la amistad y camaradería de los protagonistas, bien definidos, que acaban conformando un conjuntado equipo.  
7/10

Viernes 06 de Diciembre de 2019

(2019) | 126 min.
Película que imagina un supuesto encuentro en Roma del papa Benedicto XVI, con el cardenal de Buenos Aires Jorge Bergoglio. Éste tiene la intención de presentar su renuncia al pontífice como obispo, pero el otro le tiene reservada una sorpresa, dar paso a un nuevo Papa haciendo historia. El guionista Anthony McCarten se ha especializado en historias basadas en carismáticos personajes reales. En el haber de sus libretos figuran el científico Stephen Hawking (La teoría del todo), el primer ministro británico Winston Churchill (El instante más oscuro) y el legendario vocalista de Queen Freddie Mercury (Bohemian Rhapsody). Ahora, con el esquema de “habría podido ocurrir así”, arroja su mirada al papa Francisco y a su predecesor emérito, y el resultado combina momentos brillantes junto a otros que no lo son tanto. Desde el punto de vista de la producción, la película resulta más que notable. Realmente parece que nos movemos por las estancias vaticanas, incluido el imponente marco de la Capilla Sixtina, donde se desarrollan los dos cónclaves en que uno y otro papa acabarán siendo elegidos, con la consiguiente fumata blanca y el ritual del “habemus papam” en la Plaza de San Pedro en Roma. Y se sabe dar aire cinematográfico –mérito de Fernando Meirelles, que sin embargo nunca ha superado el vigor de la obra que le encumbró, Ciudad de Dios– a lo que podría haber sido una obra de teatro. Pero por supuestos estamos ante una historia de dos personajes, que de entrada tienen un carácter bien diferente, Joseph Ratzinger es alemán, Jorge Bergoglio argentino, y con los que se quiere jugar al contraste, para lograr intensidad dramática. Y el film está estructurado alrededor de las conversaciones que ambos mantienen, en Castelgandolfo y en el Vaticano, intensificando las diferencias. Y es aquí donde a ratos la trama resulta un tanto fallida, pues dentro de que se puede entender que hay discrepancias en la forma de entender el servicio ministerial dentro de la Iglesia, se acaba cayendo en simplismos, con el estereotipo “conservador versus progresista”, y también en la personalidad “sabio solitario en las nubes versus hombre del pueblo”. Para el que haya seguido de cerca a ambos personajes, sabrá que Ratzinger tiene muchos y buenos amigos, y que le caracteriza una dulce timidez, y que a Bergoglio el papado le cambió y le volvió inesperadamente risueño y cercano, pues antes era muy adusto. Y pretender que la renuncia de Bergoglio como obispo podía caer mal ante la opinión pública y dejar mal al Vaticano es pretender que Bergoglio era muy conocido por la gente de a pie, lo que no era el caso, incluso en Argentina. En parte estos inconvenientes los salva la interpretación de los dos protagonistas, en que sobresalen Jonathan Pryce, muy conseguido como Francisco, y Anthony Hopkins, que lo tiene más difícil, por ser un actor tan reconocible, y porque su personaje tiene menos matices. De Francisco se ofrece un background, incluso con flash-backs donde le da vida un actor más joven, Juan Minujín, pero Benedicto no tiene el mismo trato. De todos modos sería injusto no señalar que existe un esfuerzo por mantener el equilibrio, y de hacer amables a ambos personajes, como en la escena final de la final del mundial de fútbol, muy simpática. Pero la premisa del film parece clara, hay uno que se ha quedado anclado en el pasado, y que hasta se deja llevar por la vanidad, mientras que el otro está en diálogo con el mundo, y es un hombre sencillo y humilde. Se intenta que esto no sea demasiado evidente, ninguno de los dos es perfecto, pero pueden cargar los planos insistentes de miradas perplejas de Bergoglio a Ratzinger, como si se estuviera diciendo a sí mismo, “pero este hombre qué pasa, que no tiene los pies en el suelo”, o algo semejante.
6/10

Lunes 09 de Diciembre de 2019

(2019) | 92 min.
El Museo del Prado de Madrid ocupa un lugar privilegiado entre todas las pinacotecas repartidas por el mundo. Probablemente ningún otro museo de pintura tiene su prestigio, y aunque quizá le iguala el Louvre en celebridad pocos más pueden competir con el conjunto arquitectónico creado por Juan de Villanueva y que se levanta en el corazón de la capital de España. Pintores y reyes del Prado, coproducido por España e Italia con motivo de su segundo centenario, hace un recorrido por diversos aspectos referentes al museo, no sólo puramente artísticos, sino también sociales, políticos e históricos. Hay que reconocer que se trata de un trabajo impecable de la debutante Valeria Parisi, quien ha contado con un personaje de excepción para conducir el hilo narrativo, Jeremy Irons. La voz del actor británico subyuga en todo momento y sus parlamentos amenizan un desarrollo eminentemente discursivo. Ya se nos capta la atención con ese inicio en donde Irons habla del cuadro que miraba el emperador Carlos V antes de morir, “La gloria” de Tiziano. A partir de ese momento asistimos a una crónica histórica acerca del Museo del Prado, de su creación, de los reyes y personalidades que tuvieron que ver con sus orígenes, de los pintores representados –Velázquez, Goya, El Bosco, Tiziano, Brueghel, Rubens, Ribera, El Greco, etc– y por supuesto de muchas de las obras que le han dado fama universal. Hay originalidad en el guión, escrito por Sabina Fedeli y la propia Valeria Parisi, que escapa a lo convencional, mezclando historia, sociología, arte y una serie de temas que pueden extraerse de los cuadros y que a veces nos llevan fuera de las paredes del edificio. Varios expertos, responsables de diversas áreas del museo en su mayor parte, hablan de esos aspectos y abren caminos hacia la reflexión o al menos sugieren enfoques diferentes. Rodado con gran elegancia, quizá por su propia concepción se echa en falta mayor orden en la exposición, a veces demasiado saltarina en el tiempo, pero el resultado de este documental es siempre entretenido y ambicioso, una invitación excelente para volver a disfrutar de este fascinante tesoro artístico.
6/10

Viernes 13 de Diciembre de 2019

(2018) | 100 min.
Isabelle vive en París, está casada y tiene dos hijos adolescentes. Es una persona generosa, que dedica todo su tiempo al voluntariado, a las personas necesitadas, pero ha llegado a un punto en que esa obsesión por los más excluidos de la sociedad le ha hecho perder el favor de los suyos, de su familia, a los que descuida de modo llamativo. Así las cosas decidirá llevar a cabo un nuevo propósito: que los miembros de su clase de alfabetización se saquen el carnet de conducir. El francés Gilles Legrand (Malabar Princess) dirige esta comedia que goza de buen andamiaje y sin embargo no acaba de completar un buen acabado. Por hacer un juego de palabras, aquí hay muy buenas intenciones, pero los hechos son otra cosa. En efecto, la historia sobre el papel podría funcionar a las mil maravillas, con la tragicómica protagonista desbordada en su insistencia por sentirse útil hacia los desfavorecidos y un grupo de familiares alrededor que sufre las consecuencias. Asimismo hay secuencias enteras que tendrían que haber sido mucho más contundentes en su concepción cómica, como la llegada de la familia al piso inundado de extraños o las distintas situaciones en la autoescuela. El film se ve con una media sonrisa y hay gags graciosos que funcionan sin duda, pero el conjunto se hace largo y no es redondo. Lo mejor de Las buenas intenciones es su mirada descomplicada hacia la diferencia, a la que se llega desde el absurdo y que supone una clara crítica hacia lo políticamente correcto (véase el familiar protocolo solidario en la cena navideña, un verdadero horror). En primer lugar, dice la película, los tópicos lo son muchas veces porque son verdad, y, en segundo lugar, si se quiere mejorar la sociedad más vale comenzar por la gente más cercana, por escuchar a los seres queridos, por comprenderles, por compartir con nuestros allegados la vida que vivimos. Es el primer peldaño en el orden social si no queremos empezar la casa por el tejado. Aunque algo de eso ocurre también aquí, pues están desdibujados algunos personajes de importancia, como la abuela y su influencia en la protagonista, o la situación con su madre o con su hermano, capaces de aguantar hasta el extremo las excentricidades de Isabelle, encarnada con mucho oficio y activismo por Agnès Jaoui (Háblame de la lluvia), pese a que sus motivaciones no acaben de calar tanto en el espectador.
4/10
(2019) | 107 min.
Las películas de astronautas están de moda, tal vez tenga algo que ver con ello el 50 aniversario de la llegada del hombre a la Luna, y la nostalgia por las emociones de gestas y descubrimientos de antaño, que hoy en día brillan por su ausencia. Sea como fuere, a títulos com El primer hombre o Ad Astra hay sumar la llegada de esta película europea, Proxima. Alice Winocour, directora de Augustine y coguionista de Mustang ofrece una historia centrada en mujeres, la astronauta Sarah y su pequeña hija Stella. Sarah, que está separada de su marido, ha sido seleccionada para el primer viaje espacial tripulado a Marte, un magnífico logro profesional, pero que le supondrá no estar con Stella durante un año, una prueba difícil de sobrellevar. La película describe el período de duro entrenamiento previo al despegue del cohete que la llevará a la Estación Internacional junto a otros dos compañeros astronautas, uno ruso y el otro estadounidense. Junto a la presión de los ejercicios pesa la reacción de la pequeña, que aunque encantadora tendrá que acostumbrarse a vivir con su padre, a un nuevo entorno de amigos y escuela, y a ver a su madre sólo en plasma. Winocour opta por una vía realista a la hora de abordar su historia, con un equilibrio muy de agradecer. Pone en valor el esfuerzo, y no sólo físico, que también, que una mujer tiene que hacer para descollar como cosmonauta, pero evita acertadamente convertir el film en algo asimilable al panfleto feminista. Y pinta bien las relaciones con los otros astronautas, con el ex marido, con los trabajadores de la Agencia Espacial Europea, o del centro de entrenamiento en Moscú. También evita los sentimentalismos fáciles, porque las reacciones de madre e hija ante la inminente separación son muy naturales, e incluso el único “extraordinario” que se permite en el último tramo de la película, lo acepta el espectador sin rechistar, porque no se ha abusado de la petición de que suspenda su incredulidad. La sobriedad funciona, y los actores lo hacen muy bien, tanto la pequeña Zélie Boulant, como sobre todo Eva Green, que lleva casi todo el peso de la historia. Respaldan bien ellos, Matt Dillon, Lars Eidinger y Aleksey Fateev.
7/10
(2019) | 126 min.
Spencer y sus amigos Martha, Fringe y Bethany, que vivieron tan increíbles aventuras metidos en el videojuego de Jumanji, se van a reunir con motivo de las fiestas de Navidad, pues la vida les ha llevado a estudiar o trabajar en distintas ciudades. Pero Spencer está un tanto alicaído, la distancia ha despertado sus antiguas inseguridades, y piensa que el amor que le unía a Martha se ha apagado. De modo que comete la imprudencia de activar Jumanji, añorando los tiempos en que tenía el imponente aspecto del doctor Bravestone, su avatar en el juego. Enterados sus amigos Fridge y Martha, se introducen en el videojuego para rescatarle, pero arrastrando a Eddie, el abuelo de Spencer, y a su amigo Milo, con el que tenía un restaurante. Nuevamente les toca afrontar complicados desafíos para completar una misión, que les obliga a atravesar desiertos y montañas heladas, y aguantar el tipo ante manadas de animales salvajes y a brutales guerreros. Y por supuesto, sólo cuentan con tres vidas para salir bien parados. La película da lo que cabe esperar, y resulta entretenida. Tomando como base el libro de Chris Van Allsburg, y por supuesto olvidando el juego de mesa original  del primer Jumanji cinematográfico, para apostar nuevamente por el videojuego de aventura, que se supone enganchará más al público juvenil, la trama sigue el esquema narrativo clásico de este tipo de ocio. De modo que la meta es puro “mcguffin”, lo que interesa son espectaculares efectos visuales, emoción y momentos divertidos. Estos últimos vienen propiciados por la idea de los avatares que adoptan los protagonistas dentro de mundo de Jumanji, una idea que ya estaba presente en el original con Bethany bajo el aspecto de un hombre, el profesor Oberon (Jack Black), y que aquí se lleva al extremo, con intercambios de personalidades de múltiples personajes. Además resulta todo un acierto el avatar de Ming, una experta ladrona, que interpreta con mucha gracia Awkwafina, capaz de dar el pego a la hora de ser el inseguro jovencito Spencer, y su abuelo, que en el mundo real tiene el aspecto de Danny DeVito. No estamos ante un prodigio de imaginación, el director Jake Kasdan, también responsable de Jumanji: Bienvenidos a la jungla, repite con dos de sus guionistas, Scott Rosenberg y Jeff Pinkner, y confía en la vistosidad de determinados pasajes con avestruces y mandriles de aspecto muy realista, las acrobacias de Karen Gillan, o las peleas a mamporro limpio de Dwayne Johnson, que tienen doble gracia cuando se sabe quién es la personal real que ha adoptado el avatar de su personaje. Quizá la novedad estriba en incorporara a abueletes -aunque en el mundo de Jumanji DeVito y Danny Glover tendrán un aspecto juvenil con otros actores, sus avatares–, y la cosa multirracial, que incorpora a blancos y afroamericanos una oriental.
5/10
(2019) | 107 min.
1897. El padre de la joven Marie de Heredia acumula numerosas deudas, por lo que arregla un matrimonio de conveniencia de ésta con el adinerado Henri de Régnier. A ella no le disgusta, pero tampoco le resulta atractivo, por lo que iniciará una relación adúltera con Pierre Louÿs, el poeta decadentista obsesionado con la fotografía erótica, que a su vez mantiene un idilio con la argelina Zohra. Debut en el largometraje de Lou Jeunet, hasta ahora directora y guionista televisivo, que reconstruye la tórrida relación real entre Louÿs y Régnier, como es sabido dos grandes figuras del decadentismo francés, como excusa para posicionarse a favor de quienes desafían a la moral de su época, no sólo la que se retrata, se diría que habla también de cualquier otra. Sobre todo se centra en la figura de Marie, a quien presenta como una heroína feminista por no resignarse a adoptar el papel que le tenía reservada la sociedad, en un momento histórico en el que la mujer tenía muy restringidos sus movimientos. Cuenta con correctos trabajos actorales, sobre todo por parte de Noémie Merlant, que protagonizó Retrato de una mujer en llamas, y Niels Schneider (Un pueblo y su rey), pese a que sus personajes se diría que avanzan poco pese a lo que les ocurre. Por desgracia, la anécdota histórica da poco de sí, por lo que no hay mucho que contar, más allá de la infidelidad, y la pasión por retratar a modelos desnudas del protagonista masculino. De hecho el film se detiene bastante en mostrar cuerpos femeninos y masculinos, se diría que con vocación de escandalizar, aunque más bien las imágenes producen hastío.
4/10
(2019) | 92 min.

La Universidad Hawthorne no tardará en cerrar sus puertas para las vacaciones. Riley Stone y sus compañeras de la hermandad femenina Mu Kappa Epsilon, entre las que están la atleta Marty, la rebelde Kris y la sibarita Jesse, están preparando una serie de fiestas cuando un asesino con máscara empieza a matar una a una a sus compañeras de hermandad. A medida que crece el número de víctimas, Riley y sus amigas empiezan a preguntarse si pueden fiarse de algún hombre, sea el que sea, incluso de Nate, el novio de Marty; o de Landon, el nuevo amor de Riley, o incluso del admirado Gelson, el profesor de literatura clásica.

(2019) | 84 min.
Documental producido por Enrique Cerezo, a través de FlixOlé, su plataforma de ‘streaming’ en la que se pueden ver numerosos clásicos españoles, gestado más o menos a la vez que otro de sus largometrajes, Historias de nuestro cine. Mientras que allí se rinde tributo a los títulos de prestigio, éste rescata del olvido a los que pertenecen a la serie B, y a diversos géneros. Nadie más indicado para estar al frente de este largometraje que Paco Limón, director de un film en esa línea, Doctor Infierno, y Julio Sánchez, que ha producido los largometrajes del mismo corte Scherzo Diabolico y Atroz (Atrocious). Recopilan testimonios de directores de la época, como Mariano Ozores, Javier Aguirre, Jorge Grau, y sobre todo Eugenio Martín, responsable de uno de los mejores títulos tratados, Pánico en el Transiberiano, y de interesantes westerns, y a actores como Lone Fleming (esposa de este último), Simón Andreu, Álvaro de Luna o Emilio Linder. Pero también se ha recogido el testimonio de creadores actuales que se declaran influidos por el espíritu de las cintas de las que se habla, en concreto los realizadores Álex de la Iglesia, Paco Cabezas, Miguel Ángel Vivas, Nacho Vigalondo, y el productor Enrique López Lavigne. Con mucho sentido del humor, los entrevistados hablan de Joaquín Romero Marchent, pionero del eurowestern, al que no le gustaba el término spaghetti-western para definir sus trabajos, ya que él había empezado antes que los italianos. Y se repasa el fantaterror de Paul Naschy y Jesús Franco, más celebrados fuera de España. Por supuesto se rinde tributo a los filmes de terror de Chicho Ibáñez Serrador (en uno de los mejores momentos López Lavigne recuerda que Quentin Tarantino le echó en cara que si era productor de cine en España, tenía que producir a Chicho). Posteriormente se avanza al destape y al cine quinqui de finales de los setenta y los años 80. Tiene aspecto de ser un trabajo bastante artesanal, pues a veces no da tiempo a leer los cartelones, o se han seleccionado fragmentos de muy baja calidad de alguna de las películas comentadas. Se ponen de manifiesto con entusiasmo las virtudes de aquel cine, como por ejemplo incluir mensajes sociales que en películas más sesudas no habrían llegado al gran público, pero se elude cualquier crítica a la violencia, y al machismo, más bien parece que se celebra la sangre y el erotismo, como símbolo de la ‘libertad’, y de haber esquivado a la censura, aunque habría que preguntarse si más bien se trata de libertinaje. Se dirige sobre todo a los ya convencidos, que adoran sin críticas esta clase de subproductos.
5/10
(2019) | 84 min.
Ocho (Juan Barberini) es un joven argentino que recala en Barcelona por vacaciones y se aloja en un piso de Airbnb. Súbitamente, mientras un día mira a la calle desde su terraza, invita a otro joven a subir a su piso. Y allí tendrán un encuentro sexual. Apenas despierta interés este ejercicio de estilo del bonaerense Lucio Castro, que narra un reencuentro homosexual que se despliega a lo largo de 20 años y que juega al despiste con los tiempos e incluso con hilos narrativos ilusorios. Durante los quince primeros minutos de película no se pronuncia ni una palabra; vemos tan sólo al protagonista deambulando por Barcelona, paseando, comiendo, durmiendo... hasta que llega el desfogue sexual, de sopetón y muy explícito, algo que se repetirá en diferentes momentos. Aunque entre los protagonistas hay un esfuerzo interpretativo en algunas conversaciones –la de la terraza, especialmente, rodada con plano fijo–, el conjunto es sin embargo tremendamente vacuo. Sorprende ver entre el reparto a la actriz Mía Maestro (Alias), en un papel, la verdad, bastante prescindible.
2/10
(2019) | 92 min.
El día del cumpleaños de su hija Lucía, Germán recibe una llamada desde Argentina y seguidamente sufre un infarto. Su hija descubrirá que su padre tiene un hijo en el país sudamericano y aunque su mujer Rosa prefiere no remover el pasado de su marido, éste se presentará en su casa madrileña en forma de Martín, el hijo Germán, que ha venido a conocer a su padre y a su hermana. Daniel Lovecchio debuta como director y actor en esta película sobre los fantasmas del pasado, donde también figura como autor de la banda sonora. Toca un tema doloroso, del que todavía restan muchas verdades que sacar a la luz: el de los desaparecidos durante la dictadura argentina del general Videla y que dio lugar a la asociación de las Madres de la Plaza de Mayo, en referencia a tantas mujeres que de la noche a la mañana dejaron de ver a sus hijos para siempre. Aunque se trata de un drama humano y que presenta un tema idóneo para generar conflictos dramáticos, familiares y personales, la pena de Moira es que hay numerosos aspectos que chirrían, comenzando por un guión un tanto simplón y directo, donde se incluyen diálogos poco reales, reacciones que no parecen nunca veraces (entre madre e hija esto es una constante, pero también entre marido y mujer) y una puesta escena donde falta imaginación y resulta poco atractiva, pese a que se cuiden las ambientaciones dependiendo del periodo de tiempo en donde tiene lugar la acción. A estas cuestiones, que quizá tengan que ver con la inexperiencia de Lovecchio, se une por último una deficiente dirección de actores. Salvo Malena Alterio, que demuestra tener tablas para hacer creíble a su personaje (aunque sólo cuente con unos minutos en pantalla), los además actores no pueden evitar la artificiosidad, pese a que se esfuerzan y tengan talento, como en el caso de Víctor Vidal.
4/10
(2018) | 92 min.

La Agente 00-Cat, Marnie, es una divertida gata doméstica, muy querida por su familia, que jamás ha salido de su casa. Aunque es muy curiosa, lo único que conoce del mundo es lo que ha visto por televisión y cree que todas las historias que aparecen en la pantalla son reales. Admirando las grandes aventuras que les pasan a los protagonistas de las películas, Marnie desea vivir una propia y alejarse de su rutina: dormir, comer, volver a dormir... Un día, el hermanastro de su dueña, que quiere deshacerse de Marnie, decide asignarle una importante misión, que la llevará al mundo exterior.

(2019) | 80 min.
Documental acerca del escritor de la Guinea Española independiente Juan Tomás Ávila Laurel, que desde 2011 vive en España para denunciar el régimen del sátrapa Teodoro Obiang. Nacido en la isla de Annobón, Juanto, como le llaman sus amigos, es el principal protagonista de la cinta, donde da la visión de las vicisitudes atravesadas por su país, desde la etapa del colonialismo –ilustrada con imágenes del NODO en que somos testigos de una de las visitas del general Franco– a la actual y larga dictadura de Obiang –subrayada con las ridículas celebraciones de su cumpleaños–, incluyendo la visita que hace a su país, para tomar el pulso a la situación actual. Marc Serena ha trabajado su film con indudable cariño, utilizando fragmentos de la obra del escritor, canciones de rap, e incluso el recurso a pasajes de animación bastante imaginativos. Pero esto no impide que el film sea algo arrítmico, no está claro hacia donde se dirige el relato, y algunos pasajes, como las entrevistas con algunos profesores y un opositor al régimen, o una presentación del escritor, se prolongan innecesariamente. Resulta interesante la idea de ofrecer una imagen de la situación cultura de Guinea, un país sin librerías, donde resulta difícil que se conozca la obra de Juan Tomás Ávila Laurel, un autor traducido a diversas lenguas, aunque curiosamente en español no se le conoce demasiado. En cualquier caso, se trata de un documental minoritario, para un escritor que intenta encontrar a sus lectores, sobre todo en su país de origen.
5/10

Jueves 19 de Diciembre de 2019

(2019) | 141 min.
La película que cierra la tercera trilogía de la saga Star Wars, La guerra de las galaxias. Georges Lucas triunfó en 1977 con el título con que arrancó todo, y tras su éxito aseguró que aquello estaba concebido como tres trilogías, luego se desdijo diciendo que eran dos, ocupándose de hacer tres películas precuelas de la original, y al final, ya cansado y jubilado, y dueño Walt Disney de los derechos galácticos, J.J. Abrams dirigió El despertar de la fuerza, comienzo de la tercera trilogía que él mismo se ha ocupado de rematar con El ascenso de Skywalker. La dificultad de la empresa era grande, pues se trataba de culminar una saga muy amada por los fans, y donde las expectativas se encontraban particularmente altas. Y aunque el nuevo film consigue ser muy entretenido y no deja un minuto de respiro, la acción es trepidante, y el cambio de escenarios, apabullante, también se tiene la sensación de que no se desea dar tregua al espectador al estilo de las películas de Indiana Jones con el objetivo inconfeso de que no se ponga a pensar un poco y descubra que le ofrecen mucho ruido y pocas nueces. Figuran acreditados en el guion y argumento original de la película cuatro nombres, de los cuales tres –Chris Terrio, Derek Connolly y Colin Trevorrow, están recién llegados a Star Wars, sólo Abrams tenía experiencia en la saga, y con un libreto donde contó nada menos que con Lawrence Kasdan –que estuvo en la trilogía original– y Michael Arndt. O sea, se ha optado por inyectar savia nueva para imaginar algo novedoso, aun con el riesgo de que las ideas propuestas no acabaran de encajar del todo con lo que resulta familiar y se da por sentado. Espero que el lector impaciente perdone todo el preámbulo anterior, pero lo considero necesario para poner las bases de mi juicio acerca de un resultado que no resulta del todo satisfactorio, tal vez porque con frecuencia se producen en la trama situaciones y avances de la narración un tanto arbitrarios y hasta desconcertantes, con supuestas revelaciones sorprendentes y amagos para no dar, e incluso apariciones de personajes varios que no aportan mucho a la trama, pero que se supone que quedan “cool”, concesiones a la galería. Y encima, te encuentras con que Disney, te ruega, te pide, te implora, que no desveles las sorpresas, por favor, nada de “spoilers” –quién se inventaría la maldita palabreja–, algo bastante difícil de cumplir para el cronista, cuando ya en las tradicionales letras flotando en el espacio con que se inicia el film, se nos plantea una sorprendente e inesperada premisa, un tanto gratuita, conejo en la chistera algo traído por los pelos. De modo que sin destripar la trama demasiado, digamos que la galaxia podría correr más peligro que nunca, y que si nadie lo remedia la Primera Orden restaurará el Imperio, más poderoso y malvado que nunca, pues invocaría a los muertos recurriendo al ocultismo. Por lo que Rey, impaciente, interrumpirá su aprendizaje de jedi, y con sus fieles amigos Finn y Poe, intentará dar respuesta a una misteriosa grabación que apunta a una amenaza muy seria, el resurgir de los sith. En el camino se topa con los esfuerzos de Kylo Ren por atraerla al lado oscuro de la fuerza, mientras se acerca cada vez más a resolver el misterio de sus orígenes. Y es que en efecto, todo se estructura en torno a este triple interrogante. ¿Quién es Rey? ¿Es recuperable el hijo de Han Solo y la princesa-generala Leia? ¿Se salvará la galaxia del amenazante opresivo dominio del lado oscuro de la fuerza? Y alrededor tenemos todo lo demás, a la carrera, vistosos fuegos de artificio, algunos golpes de humor (los mejores alrededor de C3PO), e invitaciones a pensar que a partir de determinados personajes se podrían armar más historias del universo Star Wars. El visionado se hace largo, sin lograrse toda la implicación emocional que sería de desear, también por la paradoja de querer aplaudir la importancia en la lucha galáctica de la unión del pueblo, la visión buenista del esfuerzo colectivo, cuando en realidad, todo acaba dependiendo de las acciones de una o dos personas, no más... El film vuelve a jugar con los sentimientos nostálgicos del espectador talludito, con muchos guiños a las películas precedentes, incluida la partitura de John Williams, que cuando mejor suena es con los acordes de antaño, aunque hay algún tema nuevo en torno a Rey y a la oscura oscuridad. Al mismo tiempo introduce nuevas criaturitas digitales sorprendentes y hasta un droide bastante artesanal. E igual nos paseamos por una pintoresca feria interplanetaria, que nos hacen navegar un rato por un proceloso y agitado océano, o se nos ofrecen imágenes propias de una cinta de brujas y magos en el enfrentamiento decisivo con el Villano con mayúscula, casi como si estuviéramos en el Monte del Destino de El Señor de los Anillos, la idea consiste en ofrecer algunas imágenes nunca vistas en este lado de la galaxia; y aquí se lleva la palma el modo en que Rey se enfrenta por primera vez con un Kylo que viene volando en su nave espacial. Con la confirmación de que Daisy Ridley aguanta los primeros planos como nadie, transmitiendo su sufrimiento interior, y que Adam Driver igual hace de sufrido marido en Historia de un matrimonio que de torturado hijo de sus padres en la saga galáctica, mientras que John Boyega sigue siendo el pánfilo ex soldado imperial buenazo, enamorado de Rey, pero al que se le apunta un posible nuevo interés romántico, mientras que el piloto y pronto general carismático de Oscar Isaac apunta en la dirección de un nuevo Han Solo.
6/10
(2019) | 99 min.
El matrimonio chapado a la antigua formado por Claude y Marie Verneuil ha acabado acostumbrándose a la idea de que sus cuatro hijas se hayan casado con maridos de diferentes etnias, el árabe Rachid, el judío David, el chino Chao y el africano Charles. Ahora que Claude se jubila, los Verneuil se ven viviendo su vejez feliz, en compañía de sus nietos. Pero reciben otra noticia inesperada por parte de las chicas, que amenaza con arruinar su felicidad, por lo que pondrán en marcha un ingenioso plan para evitar la tragedia. Se agradece que el realizador Philippe de Chauveron recupere a los personajes de Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho?, pues esta divertida comedia tuvo una buena acogida, y no sólo en Francia, ya que presentaba una realidad fácilmente reconocible en otros países, entre ellos España. Sigue teniendo gracia Christian Clavier en el papel protagonista, el conservador Claude, pero también los diversos secundarios, especialmente sus yernos, Frédéric Chau (Chao), Noom Diawara (Charles), Ary Abittan (David) y Medi Sadoun (Rachid) –que siguen debatiendo sin reparar en la corrección política espinosos temas, como la tensión entre Israel y Palestina–, y especialmente Pascal N’Zonzi, el irritable consuegro negro André Koffi, a quien esta vez se le saca todavía más tajada. No faltan los pasajes inspirados, como lo relativo al jardinero musulmán de quien Claude sospecha que se trata de un talibán. En su defensa a ultranza, con tono amable y ligero, de la diversidad, esta vez se ha incluido la temática gay, llamando a aceptar el matrimonio entre personas del mismo sexo, cuando la hija de André pretende casarse con otra mujer. También realiza una apología de las costumbres y la gastronomía gala, a veces con referencias que difícilmente se entenderán fuera de allí, como la alusión a una frase del general De Gaulle. Y sobre todo, se ha perdido esta vez el factor sorpresa de la primera entrega. No obstante, es de grato visionado.
5/10
(2019) | 98 min.

Juan, un sin techo alcohólico que malvive en las calles de Barcelona con la inseparable compañía de su perro Tuc, decide abandonar su rutina de alcohol y violencia y emprender un viaje sobrehumano hacia una destinación que sólo el conoce. La película está protagonizada por personas que han vivido en la calle, trabajando junto a actores profesionales.

5/10

Viernes 20 de Diciembre de 2019

(2019) | 137 min.
Una enigmática película sobre los destrozos que causa la guerra y la miseria, las difíciles condiciones de vida, un auténtico determinismo donde la libertad de actuación sería más escasa de lo que nos gustaría creer. Visualmente tiene condiciones hipnóticas, con una cuidada paleta de colores. Sigue a dos mujeres, Iya y Masha, que sirvieron juntas en el campo de batalla, y que vuelven a reunirse como auxiliares sanitarias en un hospital de veteranos. Iya tiene una extraña dolencia, que la paraliza dejándola en estado catártico, lo que va a tener terribles consecuencias en el bebé que está a su cuidado. Masha está tan unida a Iya que no le reprocha lo ocurrido, aunque le pide que le dé un hijo, pues ella, por heridas de guerra, ha quedado estéril. El ruso Kantemir Balagov (Demasiado cerca), director y coguionista, ganó el premio al mejor realizador en la sección Un Certain Regard en el Festival de Cannes, y ciertamente resulta innegable su habilidad por sacar adelante una trama insana y desasosegante, tremendamente pesimista, donde los personajes, la pareja protagonista y un pobre diablo candidato a prometido de una de ellas, se pasean por la pantalla como espectros en la lucha existencial por la supervivencia, buscando el placer efímero, o una felicidad un poco más consistente. En tal tesitura, la muerte forma parte de la vida, ocurrida trágica e inesperadamente, o, sin excesivas consideraciones morales, participando activamente en ella, asistiendo en el suicidio cuando se considera que una parálisis no puede ser sobrellevada por un padre de familia.
6/10
(2019) | 87 min.
El joven soldado Andrew Briggman está encantado de incorporarse a una unidad de élite en la Guerra de Afganistán. Le llena de orgullo servir a su país y la camaradería entre los demás reclutas parece reinar a su llegada a la Base de Operaciones Flintlock. Tendrán los ojos puestos en el sargento Deeks, un hombre curtido en mil batallas que poco a poco irá enderezando a esos adolescentes guerreros y convirtiéndoles en lo que deben ser, soldados de élite que se juegan la vida cada día. El problema es que han de estar dispuestos a matar sin contemplaciones. Coproducción entre España y Estados Unidos que supone el primer trabajo de ficción del documentalista Dan Kraus, que ofrece una dura e interesante muestra de iniciación en el ejército estadounidense inspirada en hechos reales. El guión de Escuadrón de la muerte, escrito por el propio Kraus, presenta a unos personajes creíbles, soldaditos recién alistados, inmaduros, para quienes la guerra parece ser poco más que un juego, una competencia de egos. Pero pronto las cosas tomarán otro cariz, cuando el heroísmo o los grandes ideales por los que supuestamente se encuentran allí se convierten en papel mojado. Más allá de algunos lapsus narrativos, mérito de Kraus es la rápida habilidad con que convierte una película bélica en un potente drama moral. No se trata del remordimiento por los males propios de una cruda situación bélica, sino de la posición que se ha de tomar cuando ésta pasa a ser una excusa para el asesinato. La guerra puede ensuciar las conciencias de modo terrible. Kraus rueda sin artificios y sabe definir con sencillez y con pocos trazos a los personajes, sobre todo a los dos protagonistas, Briggman y el sargento Deeks. Y muestra una convincente evolución entre ellos, sutil y realista, propiciada por sus experiencias, hasta el giro radical en su actitud. Están correctamente interpretados por Nat Wolff y Alexander Skarsgård.
6/10

Miércoles 25 de Diciembre de 2019

(2019) | 101 min.
El superagente Lance Sterling puede derrotar a decenas de enemigos sin despeinarse. Así que cumple con solvencia cualquier misión, sin importar su peligrosidad. Pero tras fracasar en la recuperación de un sofisticado artilugio, aparecen pruebas que demostrarían que él mismo lo ha robado para venderlo al enemigo. Convertido en un fugitivo al que buscan sus propios compañeros recurrirá a Walter Beckett, joven inventor que trabajaba en el departamento de innovación de su empresa, pero al que él mismo había despedido porque no le gustaban sus curiosos gadgets. Cuando Walter trata de ayudar a ocultarse a Lance, acaba transfiriendo su mente al cuerpo de una paloma. Film de la compañía especializada en animación digital Blue Sky Studios (Ice Age, la edad de hielo), que pertenecía a Fox. Este título supone su último trabajo antes de la absorción por parte de Walt Disney, que ya se ha ocupado de su distribución. Alargar un corto no suele ser una buena idea, como se puede comprobar en esta cinta, que parte de Pichón imposible, brillante pieza de seis minutos de duración de 2009, pues la idea central no da para tanto. Los realizadores Nick Bruno y Troy Quane, que debutan en el largometraje, suplen las carencias del guion con una animación notable, que da lugar a logradas secuencias de acción, en la línea de la saga de James Bond, y con numerosos golpes de humor, que parodian al célebre agente con licencia para matar. De ritmo frenético, sus personajes principales conquistan al público, sobre todo Sterling, que tiene un aspecto visual similar al actor que presta su voz en el original, Will Smith. Y aunque se les podía haber sacado más tajada, algunos secundarios logran la ansiada carcajada, sobre todo la bandada de aves que se convierte en cohorte del personaje central tras su transformación. Pese a tratarse de un espectáculo de pirotecnia, el guion integra una apología del idealismo, pues muestra que conviene luchar por aquello en lo que se cree, pese a que esto pueda traer problemas, o ser objeto de burlas o incomprensiones. También enseña –sobre todo a los más peques– a no infravalorar a los demás, pues aunque piensen de forma diferente, y a primera vista parezca que no tienen nada que aportar, pueden sorprender convirtiéndose en valiosos aliados, e incluso en amigos.
6/10
(2019) | 110 min.
Adaptación al cine del célebre musical de Andrew Lloyd Webber, estrenado en los escenarios de Londres en 1981, y que se inspiraba en unos poemas felinos de T.S. Eliot. La trama transcurre durante una noche, cuando la gata blanca Victoria es abandonada en un callejón por sus desaprensivos dueños. Allí conoce a los gatos jélicos, que viven entre cubos de basura, pero que se muestran orgullosos de quienes son por su triple nombre, el que les dan los dueños, el personal, y sobre todo el secreto que no se puede revelar. Uno de ellos ascenderá esa noche a la capa celestial, para gozar de una nueva vida gelical, y los aspirantes deberán mostrar los méritos que les hacen acreedores de tal privilegio. Quien no juega demasiado limpio es Macavity, que hace desaparecer a quien se interpone en su camino. Había grandes esperanzas en que Tom Hooper, que trasladó a la pantalla con éxito el musical Los miserables, hiciera otro tanto con Cats. Pero el resultado es tremendamente decepcionante, cabría parafrasear el refrán y asegurar que “gato maullador, poco arañador”, porque su film gatuno se muestra visualmente desvaído casi desde el principio, por el aspecto de los actores caracterizados para la ocasión y por una paleta de colores e iluminación que en muchos momentos contribuye a la atmósfera gris que recorre roda la narración. Tal vez hay que concluir que Hooper se encuentra más cómodo con historias de corte realista como la obra de Victor Hugo o El discurso del rey, que con la fantasía que maneja en esta ocasión. Da idea de sus problemas el número de Rebel Wilson con ratoncitos con rostro humano “The Old Gumbie Cat”, donde los efectos visuales son un poquito chapuceros y risibles, la gata Jennyanydots parece diminuta. El director no logra crear empatía con los personajes, porque aparecen y desaparecen sin que sus cuitas importen demasiado, unos y otros parecen inconexos, defecto que no se trata apenas de disimular. De modo que el que más emoción debía despertar, Grizabella, interpretada por Jennifer Hudson, que canta muy bien sus temas “The Glamour Cat” y “Memory”, sólo lo logra por la fuerza de la composición musical, pero no porque nos toque la fibra sensible la compasión que la ingenua Victoria –la más bien sosita Francesca Hayward– siente por ella. Lo mismo cabe decir de Bombalurina, que le sirve a Taylor Swift para debutar en la pantalla grande cantando un nuevo tema, “Beautiful Ghosts”, pero vamos, que lo suyo no ha sido como Lady Gaga en Ha nacido una estrella, no hay para ella un papel digno de ese nombre, todo indica que se ha querido añadir al tirón del musical el de la cantante, saliendo el tiro por la culata.
4/10
(2019) | 106 min.
En su primera película con actores internacionales, rodada en francés e inglés, y de sencilla puesta en escena, el cineasta japonés Hirokazu Koreeda opta por una trama de cine dentro del cine, aunque sin renunciar a su habitual interés por dibujar las relaciones familiares. Describe una reunión familiar en París, Fabienne, una célebre actriz ya anciana acaba de publicar sus memorias, lo que propicia el encuentro con su hija Lumir, guionista en Estados Unidos, casada con el actor Hank, con el que tiene una niña encantadora, Charlotte. El momento coincide con una breve colaboración de Fabienne en el rodaje de una película, donde pueden detectarse reminiscencias de la relación ambigua que mantiene con su hija, y en que asoman los celos por una actriz rival ya fallecida. Koreeda plantea una trama sutil, quizá demasiado– el espectador poco atento puede considerarla insulsa–, en que se pregunta por la verdad como actitud vital, ya sea en las relaciones afectivas o laborales, o en un texto autobiográfico supuestamente sincero. Incluso con las personas con las que supuestamente existe más confianza se puede evitar la franqueza, hasta dejarse dominar por el temor a la hora de pedir perdón, o pasar página, y encontrar más sencillo el recurso a la mentira y el disimulo; mientras que otras veces el comentario mordaz y peyorativo que se ajusta a la realidad, puede ser otra forma de adulterar la verdad, o hacerse con el escudo de que la otra persona no domina tu idioma, no te entiende. El trabajo de actriz o de guionista se presenta en este contexto como el arte de la impostura, en que se pronuncian o idean frases que pueden responder, o no, a lo que aletea en la conciencia de las personas. Las palabras pueden expresar sentimientos sinceros, o servir de disfraz que oculta lo que bulle verdaderamente en el interior. También la mención a un clásico del cine y la literatura juvenil, El mago de Oz, sirve para aludir a la cuestión. Los actores parecen encontrarse muy cómodos en sus papeles, con la gran dama del cine francés Catherine Deneuve y su hija en la ficción Juliette Binoche bien conjuntadas, apoyadas por estupendos secundarios donde rebosa naturalidad la niña debutante Clémentine Grenier.
6/10
(2019) | 134 min.
“Mujercitas”, la novela de Louisa May Alcott, ha resistido de modo maravilloso el paso del tiempo. Lo demuestran las numerosas adaptaciones cinematográficas a las que ha dado lugar, incluida la que nos ocupa, de cuyo guion y dirección se ha ocupado una mujer, Greta Gerwig que confiesa una especial deuda de gratitud, su dedicación artística la debe en parte a la obra de Alcott. De hecho el film, que muestra a una Jo March mujer fuerte y escritora, reflejo de Alcott, también reverbera en la propia trayectoria de Gerwig. El espectador que dude en acometer el visionado de esta película debería renunciar a los prejuicios, tal vez alimentados por una palabra en desuso –nadie habla de “mujercitas” en sus conversaciones en los tiempos que corren–, que puede sonar a ñoñería, pero que en realidad es muy hermosa, pues alude a niñas, adolescentes, que se están convirtiendo en mujeres adultas que toman sus propias decisiones. Quizá uno de los momentos más tiernos de Mujercitas es aquel en que el señor March, recién regresado de la guerra, se refiere a sus hijas como “mis mujercitas”. La trama transcurre básicamente en dos tiempos que se alimentan e influyen reciprócamente. Por un lado tenemos a las hermanas March ya convertidas en una mujercitas, cada una viviendo su vida: Jo vive en Nueva York, desarrollando su talento literario con relatos para la prensa; Meg se ha casado con un maestro, y lleva una vida modesta con sus dos niños; Amy ha viajado a París con su tía solterona, buscando encontrar un buen partido matrimonial; y Beth ha quedado en el hogar familiar, debido a su frágil salud. Las vicisitudes en este marco temporal, se entrelazan con las del pasado, cuando las cuatro hermanas viven con su madre Marmee, pasando con alegría y paz las estrecheces y penurias que tocan, y compartiendo con los más necesitados lo poco que tienen, el padre está en el ejército, son los tiempos de la guerra de secesión; son momentos de crecer y forjar el carácter, de desarrollar su imaginación con obras de teatro compuestas por Jo, y de comenzar a interesarse por los chicos, empezando por Laurie, el nieto y único heredero del vecino señor Dashwood. En tiempos de empoderamiento y lucha por los derechos de la mujer, se advierte con claridad meridiana que Alcott se adelantó a su tiempo con esta obra donde son ellas las más fuertes. No hace falta forzar mucho el original para mostrar mujeres independientes, con ilusiones y metas que persiguen con denuedo, también reconociendo con realismo las limitaciones sociales. Pero quizá vale la pena subrayar cómo en tiempos en que en aras a objetivos profesionales y de tocar poder, muchas mujeres se dejan el alma en el camino, Gerwig recuerda las satisfacciones que ofrece una vida familiar plena, madres y hermanos a los que querer, la aventura de fundar un nuevo hogar: metas que pueden y deben ser compatibles con una carrera laboral, que no debería ser una losa que aplasta todo lo demás. Y también se habla de la importancia de la educación en virtudes, encantadora Marmie de Laura Dern, que tiene su contrapunto en su hermana solterona rica de Meryl Streep. La directora sabe plasmar en la pantalla el gozo grande de querer y ser querido incondicionalmente. Tiene mucho mérito que Gerwig vuelva a abordar una historia que tan gratos recuerdos ofrece a sus admiradores, y que lo haga sin rutina ni cansinismos, con mirada personal y fiel. Sus más de dos horas se pasan en un santiamén, pues la narración es agilísima, por su acertada estructura de guion, y una interpretaciones de ensueño, incluso de los personajes más secundarios, aquí la tentación es ofrecer la lista completa del reparto, y cantar las virtudes de todos, pero en fin, destaquemos quizá a Saoirse Ronan y Timothée Chalamet, por aquello de que repiten con la directora tras hacer Lady Bird. Además es preciosa la dirección artística, la fotografía, el vestuario y la banda sonora, obra del compositor del momento, Alexandre Desplat.
8/10
(2019) | 116 min.
Akane es una jovencita incapaz de disfrutar. Vive en una estupenda casa con jardín, con una madre buena y atenta, pero ella es presa de una languidez exagerada. Un día que incluso finge tener una enfermedad para no ir al colegio su vida dará un giro de 180 grados. Mientras cumple un encargo de su madre en la tienda de Tía Chii, un extraño personaje hace aparición y Akane y Chii se verán trasladadas a un mundo paralelo. Allí tendrán que salvarlo de la escasez de lluvia. Tiene su encanto este anime cuyo argumento y no sólo su título rinde un homenaje a "Alicia en el País de las Maravillas". Aquí la puerta a ese mundo no es una madriguera sino un sótano, pero sin duda el universo de Lewis Carroll ha aportado más de una idea a la novela de Sachiko Kashiwaba en la que se basa The Wonderland. Por supuesto, el director Keiichi Hara, responsable de la entretenida El verano de Coo y de numerosas películas de Shin Chan, pone empeño de su parte para ofrecer la imaginación y el colorido excepcional propio de las historias japonesas, con algunos planos preciosos y ese tipo de denominaciones tan evocadoras como Diosa del Viento Verde, Pueblo de Cresta de Gallo, Región de la Primavera Temprana, Ceremonia del Corte de Gota, Pueblo de Puntainvertida, etc. De todas maneras, pese a esos elementos puramente orientales (también alguna transformación recuerda al sello Ghibli), conforme avanza la narración el relato se torna cada vez más clásico, un viaje de iniciación y madurez a través de una trama en donde hacen su aparición príncipes encantados, hechiceros y pruebas que superar. The Wonderland desprende una gran ternura y supone en definitiva una clara invitación a apreciar la belleza del mundo real que tenemos alrededor, aprender a ser felices con lo que tenemos y buscar el bien, con personajes dulces y entrañables entre los que destacan los cuatro principales: Akane, la adolescente aburrida y perezosa, incapaz de disfrutar; Tía Chii, joven alocada, inquieta y algo caradura; Sr. Hipócrates, el hombre serio y responsable que busca siempre el bien; y Pipo, el enanito alegre, despreocupado y juguetón.
6/10