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2020

Miércoles 01 de Enero de 2020

(2019) | 93 min.
Thriller español basado en la novela homónima de Juanjo Braulio. Se enmarca El silencio del pantano en ese tipo de filmes violentos y realistas, que muestran con aspereza las oscuridades humanas, un submundo asfixiante en donde la maldad adopta diversas formas: crimen organizado, corrupción a diversos niveles e incluso una simple y malsana arbitrariedad patológica. Tras las cámaras se sitúa Marc Vigil, que ha adquirido oficio gracias sobre todo a series televisivas como Águila roja o El ministerio del tiempo. Ofrece aquí un potente thriller criminal con cierto estilo, pero al que le falta una historia a la altura. Q es un exitoso escritor de novela negra, cuyo personaje emblemático es un asesino que actúa sin aparente motivo. Lo que no está claro es si Q escribe historias reales o ficticias, propias o ajenas. En su ultima novela el asesino protagonista se verá involucrado en los intereses del crimen organizado de la ciudad de Valencia, que implica a las autoridades a diferentes niveles. Una lástima. La impresión es desigual porque había medios para hacer algo grande y la cosa se queda a a medio camino. Narrativamente la película es poderosa, al estilo realista de thrillers como La isla mínima, violentos y contundentes, que denuncian la corrupción social y política, con seriedad y sin siglas. Pero, aunque se aprovecha de modo parecido el peso denso del ambiente natural –aquí el substrato de la podredumbre son las marismas de la albufera valenciana–, en este caso la diferencia es que no hay ningún lado humano éticamente aceptable y acaba pesando demasiado la ausencia absoluta de personajes atractivos, mínimamente ejemplares. Esa visión sesgada y sórdida de la sociedad es parte de la esencia de un film que, por otra parte, también acumula demasiados elementos en el guión y se excede con algunas escenas sumamente violentas, entre las cuales el inicial ataque a los negros es seguramente la más espeluznante. Quizá fieles al original literario los guionistas Sara Antuña y Carlos de Pando entregan una historia premeditadamente confusa, desconcertante en su juego de realidad y ficción, pero lo cierto es que esa elección acaba por descentrar mucho el interés de la trama. Entre el reparto, hay probablemente un error de casting al darle el papel de matriarca mafiosa a Carmina Barrios, que a pesar de su innegable carisma no resulta muy creíble, algo que sin embargo logra con creces su lugarteniente, un magnífico y pavoroso Nacho Fresneda en su rol de sanguinario sicario de los bajos fondos. También hace un trabajo eficaz Pedro Alonso en la piel del escritor impávido y sin escrúpulos.
4/10
(2020) | 93 min.
Tras perder a su marido, como consecuencia del cáncer, la agente de policía Muldoon trata de sacar adelante en solitario a su hijo. Con su nuevo compañero, Goodman, investiga la aparición de un cadáver en un coche. La víctima provenía de una casa que Goodman conoce muy bien, pues fue el escenario de otro crimen que investigó en su día, y además, allí ocurren fenómenos inexplicables. Y es que años atrás, se mudó al inmueble el matrimonio formado por Peter Spencer y Nina, que esperaba su primer bebé. Nicolas Pesce ha destacado por su originalidad con sus dos primeros trabajos, Piercing y The Eyes of My Mother. Ahora, le han reclutado para un proyecto más convencional, el reinicio de la franquicia compuesta hasta ahora por el subproducto para vídeo Ju-On (La maldición) (2000), su remake para salas de cine, La maldición (Crudge) (2002), y la versión de Hollywood, El grito (2004); las tres –incluso la americana– estuvieron dirigidas por el japonés Takashi Shimizu. El propio Pesce ha escrito el guión con Jeff Buhler, especialista en terror no demasiado solvente, a juzgar por títulos como Cementerio de animales y The Prodigy, cuyo punto flaco precisamente era su libreto. Tampoco en esta ocasión la trama es demasiado sólida, se diría que entrecruza las peripecias de los diversos personajes que han pasado por la casa porque ninguno de ellos da mucho de sí. En realidad, los filmes precedentes tenían el mismo defecto, si bien Shimizu sabía suplir las carencias argumentales a base de sustos bien compuestos, lo que no sabe hacer tan bien su sucesor. Al menos, al realizador se le da bastante bien la ambientación sugerente, y dirigir a los solventes actores de diversos países con los que ha contado. Éstos logran el prodigio de superar el escollo de que, sobre el papel, sus personajes son meros estereotipos. Es el caso de la británica Andrea Riseborough (Muldoon), el mexicano Demián Bichir (Goodman) y la australiana Jacki Weaver (dudosa especialista en eutanasia).
5/10
(2018) | 106 min.
Fortuna, una adolescente de origen etíope, ha terminado recalando como refugiada en un monasterio en los Alpes suizos, donde los monjes tratan de buscarle una familia que la acoja. Ella todavía alberga la esperanza de encontrar a sus padres, seguramente ahogados en el mar, y reza con fe a la Virgen María en una ermita. E ingenua ella, cree que el adulto Kabir la ama, aunque la reacción de él cuando le comunica su embarazo, que no se atreve a contar a nadie más, le va a causar un inmenso dolor. El desconocido Germinal Roaux escribe y dirige un poético y delicado film, en ascéticos blanco y negro y formato 4:3 de pantalla, de pocas palabras, denso y contemplativo, para aportar su grano de arena a la denuncia del drama de la inmigración, especialmente duro para aquello que no tienen papeles, no ha sido reconocida su condición de asilado. Pocas cosas ocurren en la película, de arduo visionado para el espectador convencional, más allá de la inesperada maternidad que aguarda a Fortuna, y la reacción de los que poco a poco se van enterando, con una actitud en que precisamente esa vida en gestación es la que puede mantener esperanzada y con fortuna a Fortuna, más allá de las visiones despiadadas y “sensatas” que consideran que terminar con el no-nacido sería la mejor solución para ayudar a la muchacha. De todos modos, hay tiempo para abordar los interrogantes acerca de su vocación que pueden plantearse los monjes, que se retiraron a las montañas para vivir una vida contemplativa en soledad, pero a los que Dios con su mano providente ha puesto en el camino a unas personas, los refugiados, que necesitan de su caridad y misericordia. Bruno Ganz, en uno de sus últimos papeles en la gran pantalla, interpreta al abad, que tiene dos grandes escenas, en la reunión comunitaria con los otros hermanos, y con uno de los responsables del centro de inmigración. La desconocida casi niña Kidist Siyum aguanta bien los muchos planos en que ella es la protagonista.
6/10
(2019) | 126 min.
El llamado “Caso Dreyfus” es uno de los hechos más vergonzantes de la historia del ejército francés, cuya repercusión fue mucho más allá de lo estrictamente militar y se extendió a todos los estamentos de la sociedad. Más de un siglo después, aquella vileza antisemita perpetrada contra un oficial del ejército, condenado injustamente, sigue siendo un perpetuo e ignominioso recordatorio de lo que hay que evitar. El cine vuelve sobre los hechos cada cierto tiempo, como puede verse en este film y en otros anteriores, como La vida de Emile Zola, Yo acuso, El caso Dreyfus o Prisioneros del honor. En El oficial y el espía el reputado Roman Polanski hace una impecable recreación histórica de los sucesos que envolvieron el caso. Se centra en la figura del teniente coronel Georges Picquart, quien tras la condena por espionaje y alta traición del Capitán Dreyfus en 1895, confinado a cadena perpetua en la remota Isla del Diablo, fue nombrado jefe de información en el ejército. En el curso de otra investigación sobre un posible espía que pasaba información militar a los alemanes, Picquart comprobó que se había acusado a Dreyfus sin pruebas y que los mandos militares se habían conducido con un claro antisemitismo contra el acusado. Desde su posición privilegiada como alto cargo del ejército, Picquart se propuso entonces sacar a la luz la verdad, aunque aquello le supusiera a él mismo el deshonor. La historia del Caso Dreyfus nunca pasará de moda porque habla de cosas que siempre estarán presentes en el mundo mientras haya seres humanos: los prejuicios, el odio, la cobardía y la injusticia contra el inocente, pero también la búsqueda de la verdad, la valentía, el heroísmo y el poder de la conciencia. Con una dirección académica pero no por eso tediosa, Polanski ofrece una trama que atrapa, basada en la novela de Robert Harris (coautor también del guión), que habla de la entereza de algunos corazones y la mezquindad de otros y de cómo un hecho aislado puede dividir a una sociedad entera y mostrar su verdadero rostro, a veces vergonzoso. El ritmo no se pierde nunca y seguimos con interés a Picquart en sus andanzas, en su misión de ir uniendo piezas y encontrar pruebas, mientras visita a unos y otros personajes, militares, abogados, amigos e incluso acudiendo al cuarto poder con literatos como Émile Zola, quien tomó serio partido por Dreyfus en su célebre artículo “Yo acuso”, desencadenante social de la crisis. La ambientación y la fotografía, casi siempre en interiores, son excelentes, así como la adecuada banda sonora de Alexandre Desplat. Y es un acierto retratar al protagonista muy alejado del maniqueísmo. Picquart no es precisamente un dechado de virtudes, como le dice con sutileza su amante (magnífica Emmanuelle Seigner), y tampoco siente una especial inclinación por el condenado Dreyfus (más bien se muestran claramente distantes en las dos escenas en que se encuentran). Pero no es eso lo relevante en El oficial y el espía: La verdad y la justicia nada tienen que ver con apreciaciones subjetivas. Todo el peso del film recae prácticamente en Jean Dujardin, que hace una composición muy correcta y oficial (por seguir con el símil militar). Está bien acompañado por un variado elenco de actores que tienen quizá escaso papel, aunque sean tan conocidos como Louis Garrel, Vincent Pérez, Mathieu Amalric o Melvil Poupaud.
7/10
(2019) | 80 min.
Amable película de animación familiar, coproducción de España y Argentina, que se diría que ha nacido al calor de la célebre canción homónima de "La gallina Turuleca", popularizada por los payasos de la tele Gaby, Fofó y Miliki, por supuesto suena esta canción en el film, al igual que la popular "Hola, don Pepito". En efecto, la trama arranca con un vendedor de gallinas ponedoras, entre las cuales la que menos destaca es Turuleca, de aspecto escuálido. Sin embargo, cuando la maestra jubilada Isabel la compra, porque nota que en ella hay algo especial, para acompañar a los animales de su granja, una vaca, una oveja y un cerdo, descubre que tiene un talento especial. La gallina Turuleca puede... ¡hablar! Y también cantar. Desgraciadamente, Isabel sufre una emergencia médica y pierde la memoria, y sólo el aviso telefónico de la habilidosa gallina Turuleca, la salva in extremis, pero una ambulancia se la lleva a la gran ciudad. El animal no tiene claro que hacer, pero encuentra inesperados amigos en el circo Dédalus, donde podría convertirse en la estrella del espectáculo gracias a sus habilidades parlanchinas. El peligro reside en Armando Tramas, un personaje maquiavélico que quiere sumar el circo a sus muchas propiedades, no es un secreto la envidia que corroe a este antiguo contorsionista hacia el actual dueño cargado de deudas. Dirigen el film el debutante Víctor Monigote, que ha colaborado en cintas de Javier Fesser en el departamento artístico, y Eduardo Gondell, que tiene en su haber la película animada Valentina, la película. De todos modos, quizá la persona cuya sombra se nota más en el terreno creativo sea Juan Pablo Buscarini, que se dio a conocer con Pérez, el ratoncito de tus sueños, que combinaba la animación 3D del roedor con personas de carne y hueso. Logran sobradamente el objetivo de entretener con una trama dinámica, con muchos pasajes de acción logrados, la animación 3D tiene una calidad más que aceptable. Y funciona la moraleja de no juzgar por las apariencias, y del desarrollo de los diversos talentos sin prisas, todo puede llegar en esta vida pero hay que dar tiempo al tiempo. Seguramente habría ganado con un guion más pulido, porque desconcierta cierta brusquedad en la narración: al principio creemos que vamos a seguir la vida en la granja de la gallina, luego nada nos prepara para que Turuleca se ponga a hablar, y el paso de la vida con la abuela a la incorporación al circo sucede como si fuera lo más normal del mundo, lo que puede chocar al espectador. Pero en, se acaba aceptando todo esto y disfrutando más o menos de la función.
6/10
(2019) | 129 min.
Richard Jewell sueña con formar parte de la policía, e incluso se diría que tiene cualidades naturales para ello, pero debe conformarse con trabajos como el de guardia jurado, en los que despierta suspicacias por lo que algunos consideran como exceso de celo. Podría llegar su oportunidad durante la Olimpiada de 1996 en Atlanta, en que las fuerzas de seguridad deben reforzarse. Su actuación en un atentado con bomba durante un concierto en el Centennial Park, que permite salvar muchas vidas, le convierte en héroe... por poco tiempo, pues el FBI y los medios de comunicación acaban poniéndole en el punto de mira de la opinión pública, al considerarle sospechoso principal de un ataque que ha causado dos muertos y un centenar de heridos. Formidable película de Clint Eastwood, quien a punto de cumplir 90 años demuestra una libertad creativa absoluta, rueda lo que le da la gana y sin complejos, y lo hace maravillosamente bien, sin efectismos facilones. Como viene ocurriendo en sus últimos trabajos, parte de hechos reales, y han servido de base al guion de Billy Ray el artículo “American Nightmare: The Ballad of Richard Jewell” de Marie Brenner, y el libro “The Suspect” de Kent Alexander y Kevin Salwen. Ray ha demostrado su solvencia para este tipo de relatos en sus libretos para El precio de la verdad y Capitán Phillips, entre otros, y aquí entrega un relato modélico, que a Eastwood le sirve para perfilar una historia al estilo de Sully, pero con un protagonista que más fácilmente se puede convertir en chivo expiatorio para quien busca rápidamente un culpable. En efecto, Jewell no ganaría un concurso de popularidad en redes sociales: blanco y con sobrepeso, no cuida demasiado su aspecto, y se toma tan en serio su trabajo que puede molestar a los que tiene a su alrededor; es soltero, tiene 34 años y aún vive con su madre, y le encantan las armas y la caza. Sorprende lo bien que funciona la narración, entregada al estilo clásico, y con un arriesgado protagonista, por su falta de atractivo, que le sirve al desconocido Paul Walter Hauser para entregar el trabajo de su vida, puede que no tenga otra oportunidad como esta para descollar, y es que se mimetiza con el auténtico Jewell, si comparamos una foto suya con el auténtico personaje, sería difícil acertar quién es quién. Compone muy bien a alguien corriente y moliente, algo friki y buena persona, pero gris y algo bocazas, que desea sinceramente ayudar a los demás haciendo bien su trabajo. Y funciona a la perfección la relación con su madre, también muy bien interpretada por Kathy Bates. Estamos ante una película profundamente humana, con una estructura bien armada alrededor del modo en que se tratan las personas, y el peligro de dejarse arrastrar por el orgullo y los prejuicios, ignorando la presunción de inocencia. Richard Jewell puede aguantar la presión gracias a su madre Bobi, su abogado Watson Bryant –gran trabajo de Sam Rockwell– y su ayudante Nadya, y su amigo Dan, que son un firme apoyo en las horas amargas. En cambio, quien no ve personas, sino primeras páginas en los periódicos o casos resueltos, caso de la periodista que publica de modo irresponsable una noticia, filtrada por un agente federal con aún más irresponsabilidad, puede causar daños difícilmente reparables. El film pone en la picota a la cultura del éxito, que piensa que cualquier medio sirve para triunfar, aunque se lleva a personas concretas por delante. Quizá los personajes de Olivia Wilde y Jon Hamm podían haber sido más sutiles, pero con ellos se ha querido mostrar arquetipos en una sociedad paradójica, que quiere héroes y villanos, a los que alza y vapulea con lamentable despreocupación y sin solución de continuidad. El film contiene momentos cinematográficos maravillosos, como los de los atentados, pero sobresalen dos de los interrogatorios del FBI, en que se impone la dignidad de la persona frente a los atropellos, señalados por quien hasta entonces admiraba y deseaba ser como uno de esos agentes de la ley.
7/10

Viernes 10 de Enero de 2020

(2017) | 105 min.
A finales del XIX, Thomas Alva Edison se dispone a iluminar Nueva York, con su tecnología de corriente continua, que sin embargo encierra algunos riesgos, pues puede inflamarse con facilidad. Le sale un duro competidor, George Westinghouse, que fichará al revolucionario joven Nikola Tesla, que aporta la corriente alterna. Para imponerse al otro, ambos bandos lucharán con todas las armas a su alcance, incluyendo difamaciones de los contrarios, de cara a lograr las ansiadas concesiones de licencias. Sobre todo les interesa iluminar la Exposición Universal de Chicago de 1893, pues supone una oportunidad de consagrarse ante la opinión pública mundial. Tras la excelente cinta independiente Yo, él y Raquel, de 2015, el texano Alfonso Gómez-Rejón se puso al servicio de Harvey Weinstein, con una cinta concebida para arrasar en los Oscar que debía estrenarse a finales de 2017. Pero la caída en desgracia del magnate por culpa de sus escándalos sexuales, pospusieron el estreno de la cinta, que también cuenta como productores con el mismísimo Martin Scorsese, el guionista Steven Zaillian, y Timur Bekmambetov, responsable de Guardianes de la noche. Pese al interés que tiene el episodio histórico que se recrea, la expansión de la electricidad, el guionista Michael Mitnick (Vinyl), no consigue darle ninguna chispa. Abusa de diálogos explicativos, a veces demasiado técnicos, al tiempo que desaprovecha subtramas, y no logra secuencias que transmitan emoción. Gómez-Rejón no consigue arreglarlo con sus trabajados movimientos de cámara, una brillante banda sonora de los poco conocidos Danny Bensi y Saunder Jurriaans (autores de La autopsia de Jane Doe), un vestuario trabajado y un diseño de producción vistoso. Tampoco remonta la cinta el excelente reparto, con Benedict Cumberbatch correcto como Edison, y un brillante Michael Shannon, que logra insuflar humanidad a Westinghouse, un tipo sin muchos escrúpulos. Por su parte, los secundarios están totalmente desaprovechados, sobre todo Nicholas Hoult, lo que resulta especialmente lamentable, por el potencial que tiene su personaje, Tesla, Katherine Waterston, la esposa de Westinghouse, y Tom Holland, en su peor trabajo en la pantalla, ya que su ayudante de Edison se queda en mera comparsa.
4/10
(2019) | 92 min.
Historia femenina íntima, que bebe seguramente de experiencias personales cercanas a la directora y coguionista debutante en el largometraje Lucía Alemany. Sigue en verano a la adolescente Lis, con sus ganas de fiesta en el pueblo, compartidas con sus amigas, su primera relación con un chico, que parecen más ganas de probar que verdadero amor, su ilusión, que parece utópica, de formarse para ser artista de circo, y el baño de realidad que supone quedarse embarazada. Alemany sigue la estela de directoras como Celia Rico Clavellino con Viaje al cuarto de una madre, o de Carla Simón con Verano 1993, o sea, filmar historias con un punto nostálgico que buscan ser auténticas, bebiendo de la vida misma. Y ciertamente, la película está bien rodada y narrativamente se sostiene de modo razonable, con actores solventes, bien por los veteranos Laia Marull y Sergi López, la recién llegada protagonista Carmen Arrufat, y el resto del juvenil reparto. Puede sin embargo pesar cierta bisoñez, pues los personajes se antojan demasiado monolíticos, lo que se traduce en cierta pobreza antropológica, de la que hace gala el propio lema promocional del film, "la culpa no existe", una solemne tontería en toda regla, una cosa es admitir la inexperiencia como disculpa, y otra negar la responsabilidad que conlleva el uso de la libertad. De modo que el padre poco hace aparte de gruñir, y aunque la madre tiene algo más de recorrido, también se diría algo contradictoria, a ratos parece sumisa, aunque puede asomar cierta personalidad para adoptar sus propias decisiones. Aunque donde queda patente la mirada superficial a los desafíos de la vida es en Lis, y el modo en que afronta su inesperada y no deseada maternidad. La vemos sufrir, sí, con dudas acerca de qué hacer, a quién contarlo y cómo. Pero pese a los consejos que recibe, que implican asumir responsabilidades, no deja de ser una cría con la cabeza más en el circo, o en sus miedos, que en la vida que ha empezado a gestarse en sus entrañas. Y esta superficialidad, que se traslada al novio y a las amigas de Lis, y que parece también la de Alemany, resta interés a su propuesta.
5/10
(2019) | 119 min.
La Gran Guerra. En territorio francés, ocupado por los alemanes. El general británico Eninore encomienda a los soldados Schofield y Blake una importante misión. Deben atravesar el territorio enemigo, teóricamente despejado, para entregar a MacKenzie, comandante de otra división, una contraorden: la paralización del ataque que tenía previsto, pues en caso contrario, los mil seiscientos hombres que tiene a su cargo, incluido un hermano de Blake, caerán en una trampa y serán exterminados. En su octavo largometraje como realizador, Sam Mendes parece haber rodado la antítesis de su anterior incursión en la temática bélica. Si Jarhead, el infierno espera, de 2005, retrataba sobre todo a soldados descerebrados, que sólo pensaban en obscenidades y manifestaban poco apego a sus lazos familiares, aquí se recurre a dos protagonistas honrados, y afectuosos, que se convierten en auténticos héroes, pese a que hacer lo correcto a veces vaya en su contra. Como consecuencia, su mensaje en contra de las guerras resulta más sólido, unos jóvenes de buen corazón como sus personajes no merecen estar viviendo un auténtico infierno, pasando continuamente junto a cuerpos destrozados. Inspirado por el recuerdo de su abuelo, al que dedica el film, el propio Mendes ha escrito un guión sin fisuras junto a Krysty Wilson-Cairns –forjada en la serie Penny Dreadful, donde él ejercía como productor ejecutivo– que muestra que la Primera Guerra Mundial fue peor que la Segunda, mucho más recreada por el cine, porque aún se podían ver los ojos de los adversarios. Al estilo de La soga o Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia), el film está rodado en teoría en un único plano-secuencia. Todo indica que se ha hecho un poco de trampa, un par de momentos bien permiten haber cortado (sobre todo el desvanecimiento de uno de los soldados), pero el espectador tiene la sensación de que está viendo una cinta rodada del tirón. De hecho está acreditado como editor nada menos que Lee Smith, habitual asistente de Christopher Nolan en títulos como Dunkerque, otro de los más sobresalientes filmes del género de los últimos años, que esta vez se ha ganado a pulso el título de montador más sigiloso de la historia audiovisual. Habrá ayudado mucho a representar la función casi sin interrupciones la enorme experiencia teatral de Mendes, que triunfó como director de escena antes de pasar al cine con American Beauty, pero aún así impresiona mucho su cinta, porque no transcurre precisamente en un espacio limitado, sus personajes principales recorren toda la trinchera británica, para pasar después a campo abierto, a una aldea de la campiña, etc. Como resultado, el espectador no tiene la sensación de contemplar el relato desde fuera, sino de estar en medio de los acontecimientos, parece que los personajes pueden caminar hacia cualquier punto, y que se saldrán de un decorado, ni dejarán atrás a los extras. Resulta increíble la sincronización de intérpretes para estar siempre en el lugar justo, pero también la de aviones e incluso de ratas, y nada parece calculado, sino casual. También se supera a sí mismo otro ilustre técnico, Roger Deakins, director de fotografía habitual de los hermanos Coen, con el que casi siempre rueda también Mendes, que no sólo logra transmitir claustrofobia cuando la ocasión lo demanda, pues otras veces muestra escenas de masas, por ejemplo una carga de los soldados. En un momento de la historia del cine donde los efectos visuales por ordenador han avanzado tanto que pocas veces se consigue sorprender al espectador, Mendes deja boquiabierto a cualquiera, con más de un fragmento de pericia técnica asombrosa, como la del personaje enterrado entre rocas, el agua, el avión que se estrella, etc., donde no se adivina dónde acaban los gráficos, y empiezan a actuar actores de verdad. Otras veces uno se pregunta cómo habrá conseguido Deakins mover su cámara, para conseguir tomas inauditas. En esta coyuntura, lo tenían muy difícil los jóvenes relativamente desconocidos Dean-Charles Chapman (Juego de tronos) y George MacKay (hijo mayor de Viggo Mortensen en Captain Fantastic) para lograr empatía con sus personajes, apenas descritos, porque se pretende que sean representativos de cualquiera de los combatientes en el trágico conflicto. En caso de fracaso y que al espectador le importase poco lo que les ocurriera, todo el esfuerzo técnico no valdría para nada. Pero aprueban con nota, sobre todo MacKay, que sería un digno ganador del Oscar. Les apoyan actorazos que muestran su carisma, pero en apariciones bastante breves, que casi parecen cameos, como Colin Firth (Eninore), Benedict Cumberbatch (Mackenzie) o Mark Strong (un oficial que ofrece un importante consejo). Si Alfred Hitchcock admitió haber concebido Extraños en un tren a través de la imagen de los espectadores de un partido de tenis, mirando de izquierda a derecha la evolución de la pelota, mientras uno de ellos miraba fijamente a uno de los jugadores, 1917 tiene también un momento icónico. Un pelotón de soldados carga hacia el frente enemigo, al más puro estilo de Senderos de gloria, de Stanley Kubrick, mientras un hombre les atraviesa perpendicularmente, corriendo al otro flanco, necesitado de encontrar a quien les envía a la muerte.
8/10
(2019) | 100 min.
Una de esas películas pretenciosas en sus juegos metaliterarios y metacinematográficos, que se supone que quiere decir muchas cosas sobre la perversa naturaleza del ser humano y el narcisismo en boga, y que acaba siendo tremendamente hueca. Sigue a la psicoterapeuta Sibyl, que ha decidido dejar el ejercicio de su profesión para convertirse en escritora, únicamente mantendrá a algunos pacientes a los que no puede dejar de golpe. Sin embargo, empujada por la curiosidad, atiende a Margot, una actriz que la llama recomendada por el hospital donde colaboraba. El motivo es que encuentra en su nueva paciente material que le parece perfecto para la novela en la que anda metida. Aunque se obsesionará tanto con Margot, sus cuitas amorosas y su intención de abortar, que ella misma acabará enloqueciendo, traspasando todo tipo de fronteras deontológicas, lo que incluye acudir a uno de los rodajes de la actriz. Justine Triet, también coguionista, narra su historia de modo confuso, puede resultar irritante para el espectador su visionado, pues sólo avanzado el metraje se hará cargo de lo que se le quiere contar, que la protagonista se reconoce en parte en su paciente. Por otro lado el personaje de Sibyl se hace odioso en todo momento, y no acabamos nunca de entenderla. Por ejemplo, vemos que es madre y está casada, aunque nada nos aclara si acaso está separada, por el despego con que se mueve en todo momento. Acude ella misma a un terapeuta, pero tampoco sabemos las razones. En el fondo, todo el entramado argumental parece artificioso y gratuito, incluidos los tórridos encuentros sexuales de Sibyl. Los conocidos actores Virginie Efira, Adèle Exarchopoulos y Gaspard Ulliel poco pueden hacer con unos personajes inverosímiles.
4/10
(2019) | 110 min.
Una película absolutamente desconcertante, lo que no debería extrañar en su director Robert Eggers, que ya logró romper el saque a más de uno con su insólita cinta de terror La bruja, con la que debutó en la dirección. En esta ocasión ha escrito el libreto de El faro con el concurso de su hermano Max, debutante en estas lides. Por momentos se diría que tiene en la cabeza el cine de Ingmar Bergman, en lo que sería una obra de cámara sobre la maldad y la locura. A finales del siglo XIX, dos curtidos marineros son dejados en un islote donde deben ocuparse del cuidado del faro que ilumina y guía a los navegantes. El veterano Thomas Wake está al mando, y trata al otro, Ephraim Winslow, más joven, como si fuera un novato incapaz de manejarse en un entorno que es como para volverse loco. Porque en efecto, se encuentran aislados en un entorno de naturaleza salvaje, en que los vientos, el oleaje, las tormentas y el ruido del faro, taladran el cuerpo y el espíritu de los que deben compartir espacio durante varias semanas, sin mucho con lo que entretenerse. La relación entre Thomas y Ephraim deviene en un curioso toma y daca, en que el primero parece divertirse abroncando y humillando al otro, quien a su vez le va perdiendo el respeto y le contesta también sin muchos miramientos. No lleva además nada bien que Thomas le impida acceder a la linterna del faro. La película estéticamente es deslumbrante, con su fotografía en blanco y negro muy contrastada, y el inusual formato cuadrado de pantalla, que ayuda a intensificar la sensación claustrofóbica de la narración. Y los dos actores que llenan el film, Willem Dafoe y Robert Pattinson, dan el tipo de sus personajes, en lo relativo a su duro oficio, y también en su degradación moral, en que a veces parecen auténticos demonios, incluso con leves trazos de imaginería onírica, ya sea para mostrar a uno asemejándose a un diabólico Neptuno, o al otro con perversas fantasías sexuales con una sirena. Pero una vez definida la atmósfera opresiva, y la relación de odio con cortos lapsos de paz entre los protagonistas, la sensación es de cansina reiteración que se hace irritante, como si contempláramos el flujo y reflujo de las olas del mar. Y se repite una y otra vez la dinámica provocación-respuesta, con frecuencia estimulada por una borrachera.
5/10
(2019) | 96 min.
Chile, años 70. La vida en una cochambrosa cárcel masculina, donde la conducta homosexual campea por doquier, las violaciones y la promiscuidad conviven con la mugre y con todo tipo de vejaciones. Allí ingresa el veinteañero Jaime, llamado El Príncipe, tras haber matado a un hombre. Pronto será tomado bajo la protección de un preso veterano, El Potro, con quien convivirá en una minúscula celda, junto con otros tres presos más. El chileno Sebastián Muñoz adapta una novela de su compatriota Mario Cruz para debutar como director y guionista de ficción con este áspero largometraje de temática desagradable, marginal y arriesgada. La vida diaria en la cárcel no es desde luego muy atractiva, más si cabe con la puesta en escena realista y sucia, con ambientación repelente e insana, cuartuchos y estancias miserables, por donde deambulan hombres semidesnudos, en calzoncillos, con la dignidad por los suelos. Alterna el director esas cutres e impúdicas escenas carcelarias con momentos del pasado de Jaime, tampoco precisamente edificantes, con sus trabajos de gigoló y sus primeros escarceos homosexuales. El príncipe es un drama muy sórdido y duro, de vidas terriblemente arrastradas y sin horizonte, cuyo atractivo es bastante limitado y que contiene secuencias sexuales exageradamente repetitivas y obscenas, no aptas ni para los paladares más maleados. Entre el reparto destaca la presencia de Alfredo Castro (Tony Manero, Los perros), actor con una llamativa preferencia por historias de corte similar, donde el parecido con la belleza en cualquiera de sus formas sencillamente no existe.
2/10
(2020) | 70 min.
El maduro madrileño Fidel lleva una vida de casado normal. Pero una jovencísima compañera de la oficina le ha propuesto un encuentro sexual, para el que deberá reservar en un hotel de Toledo la carísima suite nupcial por dos noches. Así que parte a la ciudad de las tres culturas, donde mientras le corroen los remordimientos. Y se llevará más de una sorpresa, como encontrarse con un conocido amiguete ligón, o convertirse en el paño de lágrimas de la gobernanta del establecimiento en el que se va a hospedar. Cuarto trabajo como realizador de Carlos Iglesias –popular por series y programas televisivos– que debutó tras las cámaras con muy buen pie con la autobiográfica Un franco, 14 pesetas, pero que después no ha llegado a la misma altura con Ispansi (Españoles) y 2 francos, 40 pesetas. Tampoco en esta ocasión acaba de funcionar esta adaptación de su propia obra teatral, pese a sus buenas intenciones, pretende denunciar una sociedad hedonista, donde no sólo se le ríe la gracia al marido infiel, parece que se anima a los ciudadanos a ello, pobre de aquel ‘primo’ que pretenda ser honesto con su esposa. Pese a todo, sus diálogos supuestamente humorísticos se alargan demasiado; en su duda sobre el camino a tomar, el protagonista acaba resultando insoportable, no logra salvarlo pese a su talento el propio Iglesias, que se encarga de darle vida. El guión tiene algún hallazgo humorístico, como que el protagonista desconozca algunos textos del teatro clásico español, pero se les trata de sacar demasiado jugo y no dan tanto de sí. Cae en saco roto el trabajo de actores brillantes, como Eloísa Vargas (la gobernanta), Ana Arias, conocida por su rol de Paquita, en Cuéntame cómo pasó, que aquí da vida a la amante, o Ana Fernández, que protagonizó Solas, como salerosa esposa andaluza. Cabe salvar de la quema a José Mota, o a Santiago Segura, este último en una aparición brevísima, más por la gracia natural de ambas figuras que por otra cosa.
4/10
(2019) | 114 min.
Si Luciano Pavarotti (1935-2007) no ha sido el tenor más importante del siglo XX desde luego sí fue el más popular y famoso. Dejó una impronta imposible de olvidar entre los amantes de la ópera, pero sobre todo su voz y su personalidad traspasaron el mundo exclusivo de la música clásica y abrió horizontes insospechados a todo tipo de público. Hombres y mujeres, jóvenes y ancianos empezaron a conocer la hermosura de la voz lírica gracias el enorme talento y carisma del cantante italiano. El norteamericano Ron Howard hace su tercera incursión en el documental biográfico y vuelve a fijarse para ello en el mundo de los músicos, tras Made in America(con Jay-Z) y The Beatles: Eight Days a Week - The Touring Years. Ofrece aquí una hagiografía sobre el más querido de los cantantes de ópera de las últimas décadas, un hombre de gran humanidad (también en el sentido literalmente corporal), amante de la comida, que gozaba sobremanera con la amistad, que rehuía la soledad, siempre con una enorme sonrisa en el rostro y que sobre el escenario era capaz de transmitir una emoción impresionante, amparado también por una voz extraordinaria que alcanzaba las más altas notas y por la que fue llamado “El rey del Do de pecho”. Pavarotti hace un recorrido no estrictamente cronológico por la vida del genio italiano. Nacido en Módena en 1935, Luciano aprendió pronto a cantar pues su padre era tenor aficionado y con él realizó sus primeros conciertos y giras. Pese a que sus primeros años estuvieron marcados por las penurias de la posguerra, vivió una infancia feliz, con una familia unida. Empezó a trabajar como profesor pero a los 19 años decidió dedicarse por entero a la música y su carrera operística comenzó siete años más tarde, cuando debutó en 1961 como Rodolfo en La bohème, en el Romolo Valli Municipal Theatre, en Reggio Emilia. A partir de ahí su ascenso fue colosal. Howard toca otros aspectos de su vida aparte de la música, el más significado de ellos su divorcio tras casi cuarenta años de matrimonio con Adua Veronesi, con quien tuvo cuatro hijos. Admirado siempre por ser un hombre de familia, de creencias católicas, el posterior matrimonio con su joven secretaria Nicoletta Mantovani (34 años más joven) supuso un gran escándalo para la opinión pública. También se habla en el documental de su amplia labor humanitaria con los más desfavorecidos, especialmente los niños, de sus amistades con Lady Di y con cantantes célebres de otras disciplinas musicales, como Bono, Sting, etc. Y por supuesto hay muchos minutos que recuerdan su iniciativa de unir a los tres tenores del momento –Plácido Domingo, José Carreras y él mismo– en una serie de conciertos que se hicieron célebres en el mundo entero. Todo esto lo narra Ron Howard con oficio, sin grandes originalidades, mezclando múltiples materiales de archivo, fotografías y grabaciones de las actuaciones de Pavarotti, con filmaciones recientes de entrevistas con sus familiares –mujeres e hijas–, con empresarios y gente de la industria –representantes, empresarios– y con colegas como los citados Domingo, Carreras, Bono y algunos más.
6/10
(2019) | 120 min.
Jonathan Green, revolucionario cartógrafo inglés, viaja a China para trazar un mapa que le ha encargado el zar Pedro el Grande de Rusia. Pero este mandatario, sustituido por un impostor, ha sido encerrado en la Torre de Londres, con una máscara de hierro que oculta su rostro. Comparte celda con el Maestro, anciano oriental que se ocupaba con su hija de recortar el te curativo que nace en las pestañas de un dragón, pero este ser ha sido secuestrado por una malvada bruja al frente de poderosos hechiceros. Por casualidad, Pedro el Grande intercepta una paloma mensajera que Green envía desde Oriente a su amada, Miss Dudley. Y la utiliza para enviar a esta dama su propio mensaje: si le ayuda a salir de la prisión, a su vez podrá salvar a Green, que va a ser ejecutado por quienes usurpan el trono de su país. La producción de aventuras ruso-checo-ucraniana Transilvania, el imperio prohibido –curioso el título en español, ya que no transcurría en Transilvania– adaptaba el relato conocido en España como “El viyi”, de Nikolai Gogol. Puesto que cosechó un enorme éxito en su zona de origen, el mismo director, Oleg Stepchenko, vuelve a ponerse tras las cámaras, y también ejerce como coguionista de una secuela, esta vez financiada entre Rusia y China, por lo que se mezcla mitología de ambos países. Quizás el arranque resulta un poco lioso para quienes desconozcan la primera entrega, pero una vez arranca la acción se puede seguir sin dificultad por los recién llegados. El conjunto parece mezclar los espectáculos clásicos de aventuras de Hollywood, con las cintas de acción y fantasía de Hong Kong al estilo de Una historia china de fantasmas. También se nota que quiere recordar a Piratas del Caribe, pero no cuenta con un presupuesto tan abultado como los filmes de la famosa saga, por lo que se tiene que recurrir para la mayoría de escenarios a gráficos de ordenador, un tanto rudimentarios. Puede parecer excesiva (mucha acción, muchos personajes, un metraje que se extiende demasiado, etc.) y algo ingenua, pero divertirá al público más joven y a quienes estén dispuestos a recuperar a su niño interior, sobre todo por las imaginativas coreografías de acción. Jason Flemyng repite al frente del reparto en la piel del aventurero Green, muy alejado de sus personajes más conocidos, como el ladronzuelo de poca monta de Lock & Stock, o el padre en El curioso caso de Benjamin Button. Entre los recién llegados resalta la actriz china Yao Xingtong, que muestra un gran talento para las escenas de combate. Los productores han recurrido como secundarios a dos viejas estrellas, Jackie Chan, como el Maestro, y Arnold Schwarzenegger, carcelero que promete la libertad a los reclusos que puedan derrotarle en combate, una tarea imposible. Ambos comparten una memorable escena de lucha, y además aportan humor.
6/10

Viernes 17 de Enero de 2020

(2019) | 108 min.
Johannes "Jojo" Betzler es un chaval alemán de diez años y medio, que en plena Segunda Guerra Mundial se encuentra fascinado por toda la parafernalia e imaginería que rodea al nazismo, está muy orgulloso de pertenecer a las juventudes hitlerianas, aunque su incapacidad para matar a un conejo en un campamento de verano le haya valido el apelativo de Jojo Rabbit. Vive con su madre Rosie, el padre está ausente por la guerra, y su hermana murió. Todo contribuye a que se haya fabricado un amigo imaginario con el que departe con frecuencia, que es nada menos que Adolf Hitler. El descubrimiento de que Elsa Korr, una adolescente judía de la edad que tendría su hermana, está escondida en su casa –la oculta Rosie, pero Jojo lo ignora–, comenzará a alterar tan ingenua y deformada percepción de la realidad. El neozelandés Taika Waititi logró llamar la atención con A la caza de los ñumanos, una singular película con adolescente abandonado por sus padres al nacer, y adoptado por unos granjeros. Luego en Hollywood le vieron adecuado para el cine de superhéroes, y dirigió Thor: Ragnarok. Probablemente se encuentra más cercana a sus intereses esta adaptación de una novela de Christine Leunens, que aborda la locura del nazismo desde la perspectiva de la inocencia infantil, una idea que ha dado pie a un buen puñado de películas, a menudo envueltas por una relativa polémica, en lo que se refiere a la acusación de que se estaría trivializando la cuestión con elementos humorísticos o satíricos. Sea como fuere, títulos como La vida es bella, El niño con el pijama de rayas y La ladrona de libros, han gozado de una buena acogida del público, y sirven para introducir al público más joven en el peligro del fanatismo ideológico y los totalitarismos. Waititi, que además de ser director y guionista, se reserva el papel de Adolf Hitler, logra una película interesante, original y atrevida, pero algo desigual, porque en algunos pasajes se torna reiterativo, y la acción no avanza. Pero tiene a cambio momentos muy logrados, como el del registro sorpresa de la Gestapo, o el del terrible descubrimiento en la plaza que supone, definitivamente, el final de la inocencia de Jojo, sutil y delicado. Las relaciones del niño protagonista con su madre Rosie, y la progresivamente amiga y amor platónico Elsa, tienen encanto, al igual que espanta y divierte el libro de la historia de los judíos que está componiendo Jojo, con ilustraciones propias. Las surrealistas escenas con el Hitler imaginario en cambio acaban cansando, aunque tengan la gracia de ser como el reverso tenebroso de las que vivía James Stewart en el clásico El invisible Harvey, donde precisamente tenía un amigo al que nadie más veía, y que era un... conejo. Respaldado por buenos actores adultos como Scarlett Johansson y Sam Rockwell, aguanta bien el tipo el niño debutante Roman Griffin Davis, y también tiene gracia Archie Yates, que interpreta a su amigo gordito Yorki.
6/10
(2020) | 96 min.
Simpática cinta familiar, previsible, pero que puede apagar el fuego de una tarde aburrida con buenas dosis de diversión y buenos sentimientos. Sigue al heroico pero algo cuadriculado jefe de apagafuegos (mucho más importante que “bomberos”, según se nos explica en el film) Jake Carson, que con sus hombres salva a tres chavales cuya casa en el bosque arde por completo, los padres estaban ausentes. Hasta que vengan a recogerlos se quedan en el cuartelillo, donde arman un buen desbarajuste entre los hombres de Carson, pero también ayudan a encauzar la inclinación amorosa que el tipo siente hacia la doctora Hicks, estudiosa de las ranas. El film contiene bromas con los simpáticos pequeñajos, alguna al más puro estilo “cartoon” de Solo en casa, mientras que el musculoso John Cena da el tipo de fortachón que se esfuerza en hacer comedia, como hiciera antaño Arnold Schwarzenegger en Poli de guardería. Dirige Andy Fickman con profesionalidad, pero le falta chispa, con perdón.
5/10
(2019) | 103 min.
Alice Heimann es una joven filósofa que cambia de ciudad, la ha fichado el alcalde socialista de Lyon Paul Théraneau, teóricamente para el departamento de comunicación, aunque en realidad su rol es bastante atípico. Théreneau, que siempre ha sido dinámico en sus propuestas políticas, experimenta un vacío creativo de acciones que verdaderamente marquen la diferencia para el bienestar de sus ciudadanos. De algún modo las viejas distinciones de izquierdas y derechas se dirían carentes de validez, en tiempos de marketing y pura fachada. Y su esperanza es que Alice aporte ideas frescas que supongan un estímulo. Es inteligente esta película escrita y dirigida por Nicolas Pariser, que cuestiona el mundo de la política occidental, donde los planteamientos de los diversos partidos son muy parecidos, en realidad la diferencia la marcan las siglas políticas que hacen la propuesta, y en cambio se ha perdido el sentido auténtico de servicio al ciudadano, de mejorarle la vida de verdad, véase la añoranza que despierta en Alice el proyecto de editar libros de un tipo al que conoce en el trabajo. De modo que las pequeñas indicaciones de Alice pueden ser una verdadera corriente de aire fresco, frente a proyectos megalómanos como el de celebrar un aniversario redondo de la histórica ciudad con inversiones millonarias de dudoso interés. La película es sutil, no ha buscado las risas fáciles, aunque en más de una ocasión provoca la sonrisa, por el modo en que giran los engranajes del poder, a veces de modo algo irracional. La química que se establece entre el alcalde y su consejera, maravillosos Fabrice Luchini y Anaïs Demoustier, ayuda a que todo lo que vemos nos interese, incluidos los celos de otros colaboradores de Théreneau, ante la posición privilegiada que ha alcanzado la recién llegada en muy poco tiempo. A Alice también le toca cuestionarse si de verdad está marcando la diferencia, y si dedicar todo su tiempo al trabajo, en detrimento de otras aspiraciones, como la de formar un día, una familia, son acertadas, y es que no tiene más que ver en qué se ha convertido la vida de un Théreneau con aspiraciones presidenciales.
6/10
(2020) | 104 min.
1976. Manolo y Candela abandonan su pueblo para instalarse en un piso del barrio de Malasaña en Madrid, donde él trabajará en una fábrica de camiones y ella en unos grandes almacenes. Les acompaña el abuelo, Fermín, que empieza a mostrar síntomas de Alzheimer, y tres hijos, el mayor tartamudo por culpa de varios traumas, la responsable chica mediana, Amparo, y el benjamín de la casa. Después de que este último esté a punto de caer por la ventana, la familia empieza a darse cuenta de que en su nuevo hogar ocurren sucesos sin ninguna explicación. Tras numerosos cortos y el largometraje prometedor (pero no del todo eficaz) Matar a Dios, el barcelonés Albert Pintó se consagra con este relato de terror a medio camino entre Poltergeist y las películas de terror de James Wan, pues aunque se deben salvar todas las distancias, por ejemplo le da mucho protagonismo a los objetos, en la línea de Expediente Warren. El realizador español demuestra conocer al dedillo los mecanismos del suspense, y cómo asustar al respetable con secuencias bien construidas, sin necesidad de recurrir a los excesos de casquería. Pero además, sin estropear la lograda atmósfera fantaterrorífica, se saca mucho juego a los elementos nostálgicos de la historia, desde el típico televisor en blanco y negro al telesketch, y otros componentes del atrezzo que avivarán los recuerdos de quienes hayan vivido aquella época; lo mismo ocurre con canciones de la banda sonora, interpretadas por Raphael o Julio Iglesias. Se nota que firman como guionistas Ramón Campos y Gema R. Neira, artífices de historias sobre otras épocas, como Gran Hotel o Las chicas del cable, que también ejercen como productores a través de Bambú, su compañía. No reconstruye ninguna historia real (la calle Malasaña no llega al número 32), pero se inspira en varios acontecimientos extraños de la zona. Pese a que hace añorar el momento histórico, éste se presenta de forma un poco tópica, como una era de oscuridad, donde España empezaba a despertar; se denuncia con mucho énfasis la represión de entonces, pero se apunta a que la Transición conducirá a décadas más felices. A Pintó se le tiene que reconocer por encima de todo que ha dirigido muy bien al reparto. Tiene mayor peso la relativamente desconocida pero con un futuro más que prometedor Begoña Vargas (Alta mar), como Amparo, pero no desentonan su progenitor (Iván Marcos, conocido por Fariña), Bea Segura (Candela), o los jóvenes Sergio Castellanos (La Peste) e Iván Renedo. El icono del actual cine de terror español Javier Botet (la niña Medeiros en [Rec]) tiene dos papeles, pues se convierte en estrambótico vendedor de pisos, y en un personaje más acorde con su currículum. Y hay sorpresa en el reparto, una veterana no anunciada en los títulos de crédito, que realiza un buen trabajo, pero cuya presencia no descolocará del todo a quienes conozcan las producciones de Bambú.
6/10
(2020) | 123 min.
Los agentes Marcus Burnett y Mike Lowrey se han convertido en los dinosaurios del departamento de narcóticos. El primero –que no termina de aceptar que necesita gafas–, acaba de ser abuelo, por lo que ya piensa en la jubilación para pasar más tiempo con los suyos. El segundo ya se tiñe las canas, y será objeto de un atentado, orquestado a modo de venganza por la esposa de un traficante que en el pasado Mike ayudó a meter entre rejas, recién escapada de la cárcel, y su hijo. Les ayudará a dar con los malos la división AMMO, formada por Rita, Rafe, Kelly y Dorn, que utilizan nuevas tecnologías, como cámaras ocultas o drones. Por regla general, Dios nos libre de las secuelas a destiempo, como Bridget Jones: Sobreviviré, Star Wars: La amenaza fantasma, Fantasía 2000, Tron: Legacy, Independence Day: Contraataque o Blues Brothers 2000 (El ritmo continúa). Contra pronóstico, Bad Boys For Life forma parte de la reducida lista de casos que logran vencer la maldición, como El regreso de Mary Poppins, o Creed, la leyenda de Rocky, pues rodada diecisiete años después de la última entrega, llega a superar a sus predecesoras, lo cual no significa mucho, pues Dos policías rebeldes no pasaba de ser una sucesión frenética de pirotécnicas secuencias de acción, mientras que Dos policías rebeldes II resultaba tan caótica como ridícula, sobre todo cada vez que salía el villano, interpretado por Jordi Mollà. Resulta un acierto que se haya confiado la realización a los belgas Bilall Fallah y Adil El Arbi, autores del drama criminal Black y del film de acción Gangsta, que inician su singladura en Hollywood. Sustituyen al responsable de las dos anteriores, Michael Bay, ocupado en dirigir para Netflix 6 en la sombra, que sin embargo está presente aquí en un breve cameo. Quizás sus persecuciones y escenas de acción tengan menos garra y personalidad que las de su predecesor, pero funcionan, y por otro lado saben sacar tajada a un guión que da un poco de entidad a los personajes, y algún conflicto dramático que genera un mínimo de interés por lo que les ocurre a éstos en el desarrollo de la trama. Los cuatro libretistas, entre ellos Joe Carnahan (Narc), aciertan al no tomarse demasiado en serio sus giros de culebrón televisivo. Will Smith demuestra que conserva su habitual carisma, mientras que Martin Lawrence aprovecha el potencial de las secuencias de humor, alguna con gracia, como la que tiene lugar en un avión. Están rodeados de secundarios que también le sacan algo de partido a sus personajes, como Paola Núñez (La reina del sur), moderna y dinámica agente, el nórdico Alexander Ludwig (Vikingos) como policía con problemas para controlar su ira, o Vanessa Hudgens (High School Musical), la luchadora Kelly. Repite un exagerado pero divertido Joe Pantoliano, como capitán. Y hasta le da personalidad a la villana, una bruja que rinde culto a la Santa Muerte, nada menos que Kate del Castillo, más popular por su relación real con el narco El Chapo que por su carrera.
6/10
(2018) | 76 min.
En medio del páramo castellano, en las cercanías de un pequeño y antiguo villorrio, se levantan un par de viejas carpas de circo. Por las cercanías deambulan los cinco componentes del llamado Circo Indómito, cuatro hombres y dos mujeres. Cantan a coro, hacen imitaciones, ensayan números y presentaciones, dialogan, contrastan puntos de vista y preparan un nuevo espectáculo titulado “Derechos del hombre”. Un producto muy singular, de dudoso interés, la verdad. Para muchos espectadores se tratará de una serie de escenas sin ningún atractivo, en donde una serie de artistas circenses atípicos –a priori parecen bastante colgados, por cierto–, se mueven, declaman palabrerías insulsas, hablan y hablan, ensayan algunas performances y hacen… nada. Para otros quizá sea una apuesta audaz que se acerca, casi al modo documental, a un conjunto de raros outsiders y a un modo de hacer arte bastante marginal y que hoy en día resulta anacrónico. De cualquier forma, como película la propuesta de Derechos del hombre resulta surrealista y marciana y no acaba de enganchar por ningún lado, también por la lentitud de la narración, con tramos bastante pesados. El director y guionista Juan Rodrigáñez rueda casi todo al aire libre y probablemente lo mejor sea precisamente la ambientación natural, el paisaje bucólico de la zona, servido con bella iluminación natural.
2/10

Lunes 20 de Enero de 2020

(2019) | 90 min.
Interesante documental sobre el pintor Jacopo Robusti, más conocido como el Tintoretto, nacido en Venecia en 1518 y muerto en la misma ciudad en 1594. En el siglo XVI la ciudad-estado más célebre de Europa reunió a numerosos pintores, pero ninguno de ellos se identifica tanto con ella como Tintoretto, un pintor que pronto tuvo fama de rebelde, de postular diferentes modos de ver la pintura y del propio oficio de pintor. En muchas ocasiones se le ha calificado de “terrible”, pues sus pinturas provocan una fuerte impresión; no por casualidad el artista buscaba una reacción anímica en el espectador. El documentalista Giuseppe Domingo Romano estructura Tintoretto. Un rebelde en Venecia a partir de la propia obra del pintor, la mayor parte de la cual se reparte en diferentes lugares de la ciudad costera. Se trata sobre todo de obras de tema religioso, de escenas bíblicas, a menudo de gran tamaño. Los guionistas se centran asimismo en las distintas rivalidades pictóricas de Tintoretto, especialmente las que tuvo con el gran Tiziano y más tarde con El Veronés, y también en su audacia a la hora de “colocar” sus pinturas. Muchas veces no cobraba por su trabajo (lo cual estaba mal visto por sus colegas de oficio) y otras llevó a cabo proezas increíbles para llevarse el gato al agua, como cuando pintó el techo de la Scuola Grande di San Rocco, saltándose las normas del concurso convocado para la ocasión. Pero su osadía tuvo premio, pues la obra quedó allí para siempre y además le sirvió para encargarse de pintar todo el edificio, el cual ha quedado como la obra magna del artista. El documental ofrece valiosas informaciones de otra índole al hilo de la obra de Tintoretto. Tienen su interés las ideas que hablan de la forma de concebir el espacio de sus pinturas, en donde el uso de la profundidad de campo y las perspectivas mostrando el techo hacen pensar en el cine de Orson Welles. También es curiosa su querencia por captar el momento de la acción y por la verticalidad, en contraste con las obras de Tiziano y compañía, algo que él llevó a la máxima expresión en dos pinturas monumentales ubicadas en la iglesia de la Madonna dell’Orto, “El juicio final” y “La adoración del becerro de oro”. Y llama la atención el tamaño impresionante de algunas de sus últimas obras, la extraordinaria “Crucifixión” ubicada en la Sala dell'Albergo de la Scuola Grande di San Rocco, o la asombrosa “Paraíso”, situada en el Palacio Ducal y que con sus más de 22 metros de largo por 9 de alto fue considerada en su momento la mayor pintura hecha sobre lienzo. Bien rodado, con una eficaz banda sonora que acompaña la contemplación de las obras, ésta se sucede al hilo de los inteligentes comentarios de varios expertos del artista. El conjunto es sin duda estimulante y ayuda a formarse una idea certera de la magnitud de Tintoretto y de su legado.
6/10

Viernes 24 de Enero de 2020

(2020) | 101 min.
Tras disparar por accidente a una ardilla, el joven Tommy Stubbins decide llevarla a la mansión del Dr. Dolittle, reputado veterinario que posee el don de hablar con los animales. Le atiende, pese a que tras la muerte de su esposa se ha recluido en su mansión con amigos de todas las especies imaginables, menos humanos, con los que se siente desencantado. Se planteará salir al exterior porque una mensajera, Lady Rose, que ha llegado junto a Tommy, le explica que la reina necesita su ayuda porque está gravemente enferma. El británico Hugh John Lofting escribió en 1920 “La historia del Dr. Dolittle”, que inició una saga de libros infantiles que comprende otros doce títulos. El personaje dio lugar en 1967 a la correcta El extravagante doctor Dolittle, con Rex Harrison, a la imaginativa serie animada Doctor Dolittle, de 1970, y a las prescindibles Doctor Dolittle (1998) y Dr. Dolittle 2 (2001), con un histriónico Eddie Murphy en la piel del protagonista, que ya no aparecía en las siguientes tres secuelas destinadas al mercado doméstico. Resulta curiosa la elección como realizador de Stephen Gaghan, ganador del Oscar al mejor guionista por Traffic, que compone un aceptable espectáculo familiar, con valores positivos, como el respeto a los animales, la necesidad de relacionarse con otras personas, pese a que el hombre no sea perfecto, o las ventajas del trabajo en equipo. Pero el conjunto podría estar mejor rematado. Para empezar, no todas las combinaciones de animaciones CGI con actores resultan convincentes (véase la entrada en avestruz en palacio), pero sobre todo falta alguna secuencia brillante, el humor parece un tanto simplón y el metraje se alarga demasiado. Especializado en personajes sarcásticos, a Robert Downey Jr. no le va nada el protagonista; pero es que el guión no da con diálogos o situaciones en las que pueda demostrar el carisma exhibido en títulos como Iron Man. Algo similar ocurre con actores del nivel de Antonio Banderas, Jim Broadbent y Michael Sheen, cuyos personajes están tan desdibujados que saben a poco. Por no lucirse, ni el director de fotografía, Guillermo Navarro, ni el compositor Danny Elfman están a la altura de otras ocasiones.
5/10
(2019) | 90 min.
Cuando Marcos pide a su novia Ana que se case con él después de siete años de noviazgo, ella le da calabazas. Para colmo es despedido del trabajo. Marcos quedará en shock, volverá a casa de sus padres e intentará reemprender una nueva vida, con los sexuales consejos de su obsesionado amigo Diego. Tras conseguir un trabajo de comunity manager, Marcos empieza a quedar con mujeres por internet con el único objetivo de acostarse con ellas y a la vez se reencontrará Raquel, con una amiga del colegio a quien le hará sus confidencias. Comedieta española escrita y dirigida por Laura Mañá, quien tras ponerse seria con interesantes biopics televisivos sobre mujeres punteras de la historia de España, como Clara Campoamor o Concepción Arenal, ha sentido la necesidad de irse al otro extremo, al de la película ligerita ambientada en los tiempos de la depilación, los tattoes y las apps para ligar. Te quiero, imbécil es un producto de planteamiento bastante frívolo, que abusa de vocablos soeces y de groserías varias hasta agotar. Todo disfrazado, claro está, de comedia modernilla, simpática y sin demasiadas pretensiones, con un guión que también ofrece romanticismo más clásico pero que desde luego no es el colmo de la originalidad, aunque incluya interesantes críticas a ciertas moderneces de moda. El punto fuerte está, no podía ser de otra manera, en el actor Quim Gutiérrez, que encarna como pocos al tipo perdedor, calzonazos, inexperto en casi todo, inseguro de sí mismo y que ve con estupor como el mal fario se apodera de él. Destacan también en la trama las surrealistas apariciones on line del gurú interpretado por un alocado Ernesto Alterio. Sobre él y Gutiérrez pivotan los gags más divertidos, muchos de ellos cuando el protagonista mira a cámara y explica lo que acontece, un poco al estilo José Mota. El resto de secundarios, con Alfonso Bassave (el amigo obseso) y Natalia Tena (la amiga) a la cabeza, están correctos.
3/10
(2019) | 100 min.
Petrunya es una treintañera que vive en el pueblo de Shtip, Macedonia. Es una mujer triste, arrastra una indolencia que es fruto de un futuro sin alicientes. Vive con sus ancianos padres, no se cuida físicamente, no tiene trabajo pese a ser licenciada en Historia. Una día, de camino a casa tras un vano intento de conseguir un empleo, es testigo de una tradición del lugar, en donde unos jóvenes se lanzan al río para recuperar una cruz de madera lanzada por el pope. Quien la consiga tendrá un año de suerte. Petrunya siente el impulso de arrojarse al río y será ella quien logre la proeza de coger la cruz. Como nunca antes una mujer había participado en el evento, el revuelo se adueñará de la comunidad hasta el punto de que Petrunya será detenida por la policía. Una mínima historia, casi una anécdota, sirve a la directora y guionista macedonia Teona Strugar Mitevska a hacer una inteligente y severa crítica social de su país o mejor de un sector de su país aferrado a viejas tradiciones. En este caso, es un evento local de la iglesia ortodoxa el que provoca la intolerancia de algunos seguidores, el sacerdote incluido, que no aceptan que una mujer entre en escena, pero únicamente porque nunca antes lo habían hecho. La oposición se debe por tanto al estupor causado por los hechos más que a cualquier razonamiento medianamente sensato, desconcierto al cual se suma la policía, incapaz de manejar la insólita situación. Dios es mujer y se llama Petrunya denuncia, claro está, el inmovilismo social y religioso, y, por ende, el fanatismo estúpido que puede generar en mentes poco cultivadas. Por extensión se ofrece un marco más amplio de la inferior posición social de la mujer, especialmente desagradable en el abuso y desprecio machista que sufre la protagonista en la fábrica, pero también en las reivindicaciones y cuitas de la periodista que quiere dar voz pública a la noticia. Al final, de todas maneras, hay detrás algo mucho más humano y enternecedor en las vivencias de Petrunya (buen trabajo de Zorica Nusheva), pues el mero azar la convierte por una vez en una mujer visible, por fin es considerada alguien aunque sólo sea para ser vituperada y odiada. Llega así un momento en que la propia Petrunya disfruta de su detención pues se siente renacida, querida (esa madre, ese policía), capaz de contar en una sociedad que le había negado prácticamente su existencia. Por eso tiene tanto sentido el gesto final, sencillísimo y adecuado colofón a la historia.
5/10
(2019) | 73 min.
Hipnótica película del sueco Roy Andersson, quien con una propuesta minimalista de apenas hora y cuarto de duración, es capaz de ofrecer con enorme sensibilidad una penetrante reflexión tragicómica sobre la condición humana y el sentido de la vida. Le valió el León de Plata al mejor director en Venecia, festival donde ya se hizo con el León de Oro gracias a la aún más valiosa Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia. El cineasta se mantiene fiel a su estilo de planos secuencias o “tableaux”, con la cámara anclada en el suelo, y aguantando la duración del plano todo lo que considera conveniente hasta que algo ocurre, o se mueve, o una voz en off de una narradora –¿Dios, tal vez?– arroja una lacónica y atinada consideración, llena de verdad, pero atravesada también de ironía, sobre lo que estamos viendo. Tratar de hacer un resumen de la trama del film no es sencillo, pues cada plano es como el hilo de un tapiz, que al final ofrece una imagen de conjunto. Algunos de los personajes de los “tableaux” se repiten, pero sin ninguna intención de dar protagonismo a alguno, o tratando de mostrar una evolución o crecimiento interior. Así pues, tenemos situaciones. La mayoría cotidianas, relativas a gente normal y corriente, aunque haya una nada menos que dedicada a Adolf Hitler, o al ejército derrotado en una guerra y destinado a Siberia. Tenemos al tipo que se encuentra con aquel de quien se burlaba en clase, después de mucho tiempo, y que le niega el saludo. El pastor luterano en crisis, debe predicar a su congregación, pero ha perdido la fe, y tiene enigmáticas pesadillas en que lleva una cruz a cuestas. El dentista que se harta de que su paciente no quiere anestesia, y grite dolorido. La mujer a la que se le rompe el tacón en la estación, y nadie le hace caso. El joven que se fija en una chica que riega un árbol mustio, y que aún no ha descubierto el amor. Y hasta la imagen onírica de una pareja de amantes sobrevolando el cielo de la ciudad. El milagro de la propuesta de Andersson es que lo que parece inconexo, no lo es en absoluto. Toda forma parte de una realidad, fotografiada de un modo muy bello, y recurriendo a efectos a veces invisibles. Y se incide recurriendo al humor del absurdo en lo ridículo de muchas reacciones del hombre y la mujer, o en la indiferencia ante lo que les ocurre a los demás, como la demoledora escena en un tranvía, con un tipo llorando desconsolado, ante la incomodidad general, y las protestas de alguno que siente perturbada su inanidad.
7/10
(2019) | 102 min.
La historia de una familia en descomposición, y la peculiar e incendiaria manera de volver a armarla con piezas nuevas, centrada en el personaje de Ema. Ella y Gastón están casados, ella es bailarina, especializada en regatón, él su temperamental coreógrafo. No han podido tener niños, y adoptaron a Polo, pero el imprudente chaval, jugando con fuego, quemó el rostro de la hermana de Ema. El traumático hecho les llevó a “devolver” al pequeño, y desde entonces todo se ha vuelto disfuncional. Ema se queda sin el trabajo de profesora en un colegio, y se centra en los pasos de baile con otras compañeras, y en establecer extrañas relaciones, aparentemente inmotivadas más allá de su creciente desequilibrio, con un bombero casado y con una mujer. Lo que deja el campo abierto a Gastón para que también busca satisfacer sus necesidades sexuales y afectivas. El cineasta chileno Pablo Larraín entrega una historia insana y decididamente incómoda, de amplia carga sexual. Su puesta en escena está muy cuidada, y demuestra poderío visual en las imágenes. La mirada al mundo de la danza puede interesar a los conocedores de esta disciplina, aunque la consideración de que forman una gran familia, no encuentra correlato con lo que se nos cuenta. Llaman la atención sus retorcidos y desnortados personajes, chamuscados incluso, con los que resulta difícil empatizar, y que se asemejan a juguetes rotos, que usan al otro egocéntricamente para servir a sus ocultos intereses, de un modo que puede sorprender pero no emocionar. Amor, sacrificio y compromiso, no son palabras que formen parte del vocabulario de Ema y alrededores, y el desenlace quizá alguno lo vea como ingenioso, pero a otros nos suena a tomadura de pelo en torno a la nueva "ingeniería familiar". Lleva el peso del film, como puede imaginarse, Mariana Di Girolamo, que interpreta a la protagonista. Sorprende un contenido Gael García Bernal como su hermético marido, un papel claramente secundario.
3/10
(2019) | 113 min.
El enfrentamiento entre dos bandas que roban motos termina con la muerte de un policía a manos de Zhou Zenong, que a partir de ese momento se convierte en objetivo prioritario. Escondido en la zona de vacaciones del Lago del Ganso Salvaje, y convencido de tarde o temprano caerá en manos de los agentes que le buscan, decide que sea su esposa, a quien no ve desde hace años, quien le entregue. Así cobrará la recompensa para proveer a ella y a su hijo. Como contacto tendrá a una de las llamadas “bellezas del lago”, señoritas de compañía para turistas en busca de placer. El director chino Diao Yi'nan (La ducha, Black Coal) entrega un policíaco violento pero estiloso, con una puesta en escena impecable, y maravillosa fotografía, nocturna casi todo el tiempo, pero perfectamente iluminada ahí donde lo exige la historia. Quizá se prolonga demasiado, cuando en realidad los mimbres del relato son bastante claros, pero se logra así definir a algunos personajes interesantes –Zhou y el policía que trata de darle caza, la chica de contacto y la esposa–, que se mueve con un código moral típico del cine negro. Los criminales rivales son bastante más elementales, y la violencia en algunos pasajes resulta algo gratuita, aunque se intenta evitar el regodeo de otras cintas del género.
6/10
(2019) | 126 min.
La historia real de la lucha durante casi veinte años de un abogado de Cincinnati (Ohio) contra el gigante de la industria química DuPont. Todo comienza en 1998, cuando Robert Bilott, recién nombrado socio del prestigioso bufete Taft, recibe la visita de un rudo granjero de West Virginia, que le dice que todas sus vacas se están muriendo. Bilott comienza a investigar el asunto y descubre alarmantes datos que hablan de un envenenamiento masivo de la población. Una de esas películas inspiradoras que invitan a luchar por la justicia, aunque la esperanza de éxito se presuma casi inexistente. Aguas oscuras se inspira en el artículo de Nathaniel Rich “El abogado que se convirtió en la peor pesadilla de DuPont”, publicado en New York Times Magazine en 2016. Con ese material, el guionista Matthew Michael Carnahan (Leones por corderos, Marea negra), en colaboración con Mario Correa, ha pergeñado una historia poderosa, sencilla en sus planteamientos pero que posee un gran poder de implicación en el espectador, que inevitablemente seguirá con interés las andanzas del abogado, hombre de familia cristiana, casado y con niños en camino. Se irán desplegando así sus investigaciones, sus hallazgos, sus estrategias, sus miedos, su horror, su frustración al comprobar el entramado de contaminación ecológica y toxicidad a la que los ciudadanos se ven expuestos y los obstáculos casi insalvables para evitarlo y lograr que la justicia se abra camino. El tema de fondo no es nuevo y hay películas de referencia, las más claras quizá Acción civil y Erin Brockovich, ambas espléndidas a la hora de mostrar la tozudez de los abogados contra empresas contaminantes. No les va a la zaga Aguas oscuras, cuyo resultado es similar, si no superior. Todd Haynes (Carol), un director que sabe crear atmósferas intensas como pocos, sea cual sea el tema del que habla, adopta aquí un tono dramático y aun siniestro para conseguir transmitir fidedignamente la heroica lucha de un simple hombre contra un imperio empresarial sin escrúpulos. Su camino es el habitual: del seguimiento de un simple caso rutinario hasta el más firme compromiso personal, un itinerario para el que el trabajo de Mark Ruffalo resulta formidable, especialmente impactante a la hora de transmitir su vulnerabilidad, incluso físicamente. Mientras que Anne Hathaway, en su papel de esposa abnegada y madre de familia, le secunda magníficamente con algunas de las escenas más conmovedoras de la película.
7/10
(2019) | 110 min.
Ruka, una jovencita solitaria y reflexiva, comienza la vacaciones de verano. Cuando acude al acuario de su ciudad, en donde trabaja su padre, tendrá un singular encuentro con Umi, un niño misterioso que necesita estar casi siempre en contacto con el agua. Pronto se enterará que Umi y su hermano Sora fueron criados por los dugongos (animales de la familia de las sirenas) y están siendo estudiados por investigadores marinos. Ruka sentirá con ellos una conexión especial y poco a poco se irá introduciendo en los misterios de sus vidas. Anime que adapta el manga creado por Daisuke Igarashi, quien ofrece una historia ecléctica sobre la creación de la vida y la unión del mar y las estrellas. La historia que ofrece el guión de Hanasaki Kino se divide claramente en dos partes, pues se desarrolla al comienzo de modo convencional –una niña aburrida que quiere distraerse en verano– y poco a poco va transformándose en una especie de fábula cósmica. El atractivo de Los niños del mar es alto al comienzo, la personalidad de la protagonista es atrayente y las aventuras que se insinúan al conocer a Umi tienen una inocencia que entronca muy bien con los elementos poéticos y visuales que ofrece el director Ayumu Watanabe, con dibujos muy expresivos y elaborados y una paleta de colores estudiada y realista. Sin embargo, no está bien resuelta la evolución del fantasioso argumento, como tampoco la identidad y relación entre personajes, no sólo de los tres principales sino de otros muchos secundarios, como el investigador Jim, su ayudante, los padres de Ruka, etc. Pero el gran hándicap de Los niños del mar es la acumulación de elementos confusos y dispersos. La última hora es una suerte de mejunje cósmico-existencialista demasiado raro, un cúmulo de brillos marinos, estrellas, existencias oníricas o no que se desarrollan en dimensiones desconocidas, fuerzas y misterios vitales que pretenderían dar explicación al origen del mundo y de la vida pero que apenas aportan una sola idea clara. Visualmente los dibujos se transforman en relámpagos, luminiscencias, transformaciones de color, constelaciones submarinas rosas, azules, verdes que unidas a su difuso sentido ‘new age’ acabarán agotando al más paciente de los espectadores. Lo mejor del film, por eso, acaba siendo la banda sonora del gran Joe Hisaishi, habitual de las películas de Ghibli, que a veces se sirve de un lírico piano y otras de una magnífica orquestación.
5/10
(2019) | 109 min.
Drama de romanticismo sublimado, inspirado en hechos reales novelados en la obra homónima de Jessica Koch, una de los protagonistas. Sigue a Jessica, una chica atractiva que acaba de cumplir los 18 años, y mientras se plantea qué hará con su vida, trabaja en la empresa de catering de su familia. Una noche de ensueño conoce a Dany, con todos los elementos propios del chico ideal: guapísimo, atractivo, modelo de revistas, con dinero... El enamoramiento es instantáneo, pero Danny tiene un lado oscuro, un pasado traumático que le he marcado a fuego. Cuando Jessica lo conozca deberá enfrentarse al dilema de cómo continuar la relación con él. La película dirigida por el desconocido Tim Trachte tiene las virtudes y defectos de historias similares, tan empalagosas como el algodón dulce que toman Jessica y Dany en la fotografía que acompaña estas líneas. La mencionada golosina puede gustar, pero es vaporosa y sin sustancia, y nadie en sus cabales la calificaría de manjar, ni la consideraría como alimento suficiente para el cuerpo. Del mismo modo, este film aborda cuestiones de entidad como el amor y el sacrificio, las dificultades y obstáculos que pueden surgir en una relación, y los motivos por los que podría valer la pena soportar el sufrimiento y encontrar con tal actitud la felicidad. Pero se hace con superficialidad antropológica, domina un sentimentalismo epidérmico, donde no se pone en todo su valor el sentido de pelear por un amor en una situación límite como la que se describe. También, sintomático de gran parte de la sociedad occidental contemporánea, está ausente una visión trascendente de la vida, sólo la metáfora del "horizonte" del título sugiere ligeramente la cuestión. Todo gira alrededor de los protagonistas, encarnados con corrección por los jóvenes Luna Wedler y Jannik Schümann. El precio que se paga de poner el foco en sus cuitas amorosas es que el resto de personajes se encuentran muy desdibujado: Tina, la "compañera de piso" de Danny, el entrenador de kickboxing y el tutor de Danny, los padres y las amigas de Jessica... Además, cuando comienzan a exponerse las aristas del pasado de Danny, se acumulan elementos tremendos, que por muy reales que puedan tal vez ser, tienen el efecto de acercar la narración al culebrón, además de que la información se da con puro diálogo, no muy cinematográficamente por tanto. También existe una rara ambigüedad en la naturaleza de la relación de Danny con Tina, que cuando menos resulta chocante.      
4/10

Viernes 31 de Enero de 2020

(2020) | 95 min.

Un equipo de investigadores deberá luchar para sobrevivir después de que un terremoto destruya su laboratorio submarino.

(2019) | 118 min.
1969. A la antigua superestrella Judy Garland la expulsan del hotel en que se aloja junto a sus dos hijos menores, Lorna y Joey, por no haber podido afrontar los pagos. Después de que su ex marido, Sidney Luft, le quite a los dos pequeños, acepta dar una serie de conciertos en Londres, donde aún ostenta el rango de mito, como primer paso para recuperar su vida. Allí encontrará inesperadamente el amor. Rupert Goold debutó en la dirección con la interesante Una historia real, sobre la auténtica relación entre un periodista y un asesino convicto. Ahora afronta otro capítulo de la vida real en su segundo trabajo como realizador, un biopic que en la línea de otros títulos recientes no trata de abarcar toda la vida del personaje, sino que se centra en un momento concreto, en concreto aquí se abordan los últimos días de Judy Garland. Adapta la obra teatral de Peter Quilter, traducida como “Más allá del Arcoiris” en España, donde estuvo protagonizada por Natalia Dicenta. Se han añadido numerosos elementos, sobre todo unos interesantes flashbacks con la artista en la época en que rodó El mago de Oz. Vender su alma al productor Louis B. Mayer, el león de la Metro, a cambio de protagonizar el musical más famoso de todos los tiempos, explicaría las adicciones y problemas psicológicos de la estrella. Se suma a otras cintas sobre el lado oscuro de la fama. Capaz de deslumbrar con su talento al público, éste sin embargo no tiene piedad para abuchearla, o incluso arrojarle objetos, si tiene un mal día. Así que se muestra a una Judy Garland vulnerable, que pese al cariño que tiene a sus hijos, no puede mantenerlos a su lado por su estilo de vida –nunca se le ha permitido comportarse como una persona normal–, por su dependencia del alcohol y las pastillas, y por estar en un mal momento profesional. Pero lo mejor de la cinta estriba en la interpretación de Renée Zellweger, que acierta al no mimetizarse del todo, mediante maquillaje protésico, para convertirse en un clon de su personaje, al estilo de Gary Oldman, como Winston Churchill en El instante más oscuro, y otros. Pero canta “Somewhere Over the Rainbow” y el resto de canciones y realiza un trabajo excelente en escenas de gran intensidad dramática, como cuando escucha por teléfono que su hija quiere quedarse con su padre, o su primera salida desmotivada al escenario, cuando de repente aparece la energía que la solía caracterizar. Parece que sabe lo que siente su personaje, una estrella en decadencia, pues ella misma ya no tiene el tirón de los tiempos de El diario de Bridget Jones, los medios sólo parecen hablar de su decadencia física. Quizás algún componente del reparto resulte discutible, como la adolescente Darci Shaw, que encarna a la protagonista en su juventud, pero en general Zellweger cuenta con el respaldo de sólidos compañeros como el gran Michael Gambon, como dueño de un night club, o Rufus Sewell, el ex marido, pintado con humanidad, cuando podría haber sido el malo de la película. La pareja de fans homosexuales, está bien interpretada por Andy Nyman y Daniel Cerqueira, pero parecen un guiño metido con calzador al público LGTB –que tiene a Garland como su estandarte–.
7/10
(2019) | 119 min.
Adú, un niño de Camerún, inicia un largo viaje para llegar a España junto a su hermana mayor. En Mozambique, un activista medioambiental que trata de detener las actividades de cazadores furtivos de elefantes, tiene que hacerse cargo de su hija, enviada por su madre desde España porque ha tenido un problema de drogas. En Melilla, un joven guardia civil es procesado con otros compañeros, tras la muerte de un emigrante que trataba de saltar la valla de la frontera. Segundo largometraje del profesional con extensa experiencia en capítulos televisivos Salvador Calvo. Tras mirar a la Historia de España en 1898. Los últimos de Filipinas, ahora se centra en la realidad actual de la emigración, a través de tres historias casi paralelas, pues tienen una conexión mínima. Con ellas se pretende ilustrar las diferentes caras de la crisis migratoria: la realidad de quienes viven una situación dura en su país de origen y se lanzan a una aventura compleja con tal de buscar una nueva oportunidad, la de quienes tienen que vigilar que no entren de forma ilegal, y la de quienes han pasado del primer mundo al tercero por propia voluntad. Siempre que se mezclan relatos variopintos se obtiene un conjunto irregular. Aquí sobresale sobre todo el capítulo del pequeño camerunés, con el que resulta fácil empatizar. No se ocultan las partes más horribles del tema tratado, como los mafiosos que se lucran pero dejan a quienes transportan abandonados a su suerte a las primeras de cambio, los depredadores sexuales que tratan de aprovecharse de su situación y el riesgo de muerte. Alguna secuencia resulta especialmente dura, sobre todo la que tiene lugar en un avión. Se luce especialmente el pequeño pero prometedor Moustapha Oumarou, debutante que procede de Benin, país poco cinematográfico, pero donde nació toda una estrella, Djimon Hounsou. No alcanza la misma altura el fragmento paternofilial, salvo por el buen hacer de sus protagonistas, Luis Tosar y Anna Castillo; su desenlace no provoca la emotividad que se espera. También se resuelve de forma demasiado apresurada el fragmento sobre el guardián de la ley, si bien permite indagar en cómo se sienten quienes deben afrontar las oleadas de cientos de atacantes que no dudan en tirarles cal viva si es preciso, y muestra los efectos de las terribles concertinas.
6/10
(2019) | 94 min.

Basada en la historia real de Enriqueta Faber, que en la primavera de 1819 desembarca al este de Cuba convertida en Enrique Faber, ya que en aquella época estaba prohibido que las mujeres ejercieran la medicina. Sus convicciones anti-esclavistas y su matrimonio con Juana de León, una mujer humilde a la que había curado, desatan un drama de dimensiones insospechadas.

(2020) | 76 min.
Durante ocho años, José Vicente se ha volcado a estudiar una oposición, con la esperanza de establecerse con su novia, y abandonar la casa de los padres de ésta, que le mantienen. Al fin salen las listas, en las que aparece como aprobado, lo que desencadena una gran alegría en su entorno, incluso sus suegros adelantan para la entrada del piso todo su dinero. Por desgracia, una llamada advierte a José Vicente de que se ha producido un error administrativo, en realidad no tiene plaza, sino que ha quedado como primer suplente. De ahí que una siniestra idea le ronde la mente: ¿y si asesina al inmediatamente anterior para ocupar su puesto? Tercer largometraje dirigido por Alfonso Sánchez, que sorprendió gratamente con El mundo es nuestro, y un poco menos con El mundo es suyo, ambas protagonizadas por él junto a su socio, Alberto López, con quien forma el dúo cómico conocido como Los Compadres. Aquí ensaya un camino nuevo, no construye un film apoyado en los diálogos entre los dos humoristas, sino una comedia de tintes negros, pero con cierta elegancia, que por momentos se diría que aspira a imitar a Plácido, de Luis García Berlanga, y Arsénico por compasión, de Frank Capra. Por desgracia, no llega ni de lejos a esas alturas. Al guión le falta una vuelta de tuerca, pues si bien el arranque le saca mucha punta a la picaresca española, y a la desesperación por culpa de la precariedad económica que puede llevar a un individuo a cualquier cosa, con tal de asegurarse un puesto vitalicio, aunque sea como funcionario mileurista. Pero después pierde fuelle cuando la acción se encierra en un apartamento. Aún así, logra la carcajada por momentos; Sánchez ha decidido quedarse relegado en un papel secundario, cediéndole todo el protagonismo a López, que explota su gracia natural. No todo el reparto consigue el mismo nivel, aunque hay de todo.
4/10
(2019) | 113 min.
Hijo de padres separados, el preadolescente Thomas (Louis Vazquez) va a pasar dos semanas de vacaciones a casa de su padre, junto a unas marismas. Allí se aburre sin internet, sin cobertura, únicamente rodeado de campo, agua y animales. Pero poco a poco se implicará en el cuidado de los gansos que cuida su padre, quien ha planeado una acción muy audaz para crear una nueva ruta migratoria para los gansos enanos, una especie que está desapareciendo por culpa de la contaminación lumínica. Cuando las autoridades se oponen, el jovenzuelo decide sustituir a su padre como guía de las aves. Estupenda película familiar que narra una insólita aventura aérea que al parecer se inspira en hechos reales. Hasta qué punto lo que cuenta Volando juntos es estrictamente cierto queda a la discreción del espectador, porque desde luego la osadía y odisea del pequeño protagonista –al estilo del clásico literario “El maravilloso viaje de Nils Holgersson”– resulta poco creíble para un chaval de catorce años. Eso no quita, claro está, que el conjunto sea muy agradable y ofrezca momentos de gran emoción, como ése en que Thomas vuela con su cacharro en plena tormenta y desaparece de la vista su querida barnacla blanca. El francés Nicolas Vanier (El último cazador, La escuela de la vida) reúne a un pequeño grupo de personajes que resultan cercanos y entrañables y como es habitual en su cine, los mira con ternura, a la vez su guión hace hincapié en la armonía del ser humano con la naturaleza y con sus demás congéneres. Funciona en este sentido la historia familiar, el acercamiento entre los esposos (notables Jean-Paul Rouve y Mélanie Doutey), así como la mirada hacia personajes secundarios como el ornitólogo, la secretaria ministerial o tantas personas que ayudan al protagonista en su periplo. Y se ofrecen valiosas referencias a las bondades de una educación más humana y menos tecnológica, una apertura al mundo que nos rodea muy necesaria para el crecimiento personal. Por supuesto, destila Volando juntos un gran amor a los animales y subyace en toda la película una potente defensa ecológica, pues queda claro que el ser humano ha de hacerse cargo de su responsabilidad en los cambios del paisaje que tienen consecuencias devastadoras para los animales y sus medios de vida. Por lo demás, es meritoria la planificación de las bellas tomas aéreas de las aves y destaca la cuidada fotografía de Éric Guichard.
6/10
(2019) | 135 min.
Tyler Williams vive un momento dulce con su familia afroamericana en Florida. Está a punto de graduarse en el instituto, tiene una novia estupenda, Alexis, y se le presenta un futuro prometedor en la lucha libre, que le encanta, una disciplina donde le ha preparado su padre. Pero surgen nubarrones en el horizonte. Una lesión en el hombro, que no comunica a nadie, y el posible embarazo no deseado de Alexis. De pronto Tyler se ve sometido a una enorme presión, que no sabe gestionar y le conduce a tomar decisiones que le marcarán, a él y a su entorno, para toda la vida. En esta tesitura, su hermana pequeña Emily trata de manejar las riendas de su vida, cuando conoce a un chico que le gusta, Luke. Tras rodar la cinta de tintes apocalípticos Llega de noche, Trey Edward Shults escribe y dirige una película hondamente dramática, que aborda los altibajos que inevitablemente ocurren en la vida, en el seno de una familia, hay momentos en que todo parece marchar maravillosamente bien, y otros en que todo se viene abajo y caemos en la cuenta de lo frágiles que somos, con el corolario de que debemos prestar más atención a las cosas que verdaderamente importan. Quizá la película resulta excesivamente larga, y en el primer tramo comienzan a acumularse las desgracias y dificultades bordeando peligrosamente el culebrón. También resulta simplista el modo en que se pinta a unos activistas provida, se diría que el director está acomplejado de que alguien le identifique con esta postura, hasta el punto de que el argumento que maneja una chica para no abortar es que se trata de su cuerpo y ella hace lo que quiere. Pero en general Shults logra configurar un film sólido y equilibrado, donde aborda el riesgo del narcisismo al que todos estamos sometidos, tenemos demasiada tendencia a mirarnos el ombligo, sin pensar en los demás. Además, muestra cómo pueden convivir en paz afroamericanos, latinos y blancos; y en los momentos más duros, evita caer en tremendismos, transmitiendo credibilidad. Tienen fuerza los rasgos con que se describen los lazos familiares, y en el drama que sacude al hogar de los Williams se saben tocar con bastante equilibrio muchos problemas habituales: los padres que se proyectan en los hijos, prestando más atención a unos que a otros; la preocupación excesiva por el físico; los comentarios nocivos en las redes sociales; la incomunicación entre los distintos miembros de la familia, que dificulta la petición de consejo ante situaciones que pueden desbordarnos. El amor, el perdón, el saber pasar página, son cuestiones que asoman con habilidad, y dan solidez al conjunto. Tiene su encanto la descripción del enamoramiento de Emily, y su consejo de que Luke se encuentre con su moribundo padre, a pesar de que le falló en el pasado. El título original, Waves, olas, deviene en buena metáfora de cómo la existencia humana está atravesada de momentos de subidón, éxitos y alegrías, la cresta, pero también de caer y estrellarse hasta tocar fondo, fracasos y desgracias. Algo que también se subraya con el uso de distintos formatos de pantalla, en los momentos de bajón se estrecha la imagen, una forma muy gráfica de subrayar que sin tomar perspectiva nos quedamos sin horizonte. Los actores no son superestrellas, pero hacen un magnífico trabajo, tanto los jóvenes –Taylor Russell, Kelvin Harrison Jr., Alexa Demie, Lucas Hedge–, como los adultos –Renée Elise Goldsberry, Sterling K. Brown–.
6/10
(2018) | 91 min.
John Chester, realizador sobre todo televisivo, reconstruye su propio periplo, a partir del momento en que, tras casarse con su novia, la cocinera y bloguera Molly, ambos adoptan a un perro, Todd, al que él ha encontrado mientras filma uno de sus reportajes. Ocurre que su nueva mascota ladra sin parar cuando no están en casa, haciendo la vida imposible a los vecinos, por lo que sólo les quedan dos opciones, deshacerse del can o cumplir el sueño de Molly, mudarse al campo y vivir en una granja ecológica en la que cultivarían toda la diversidad de plantas posible, con métodos tradicionales, sin pesticidas. Optan por lo segundo, pero llevar a cabo este proyecto no será fácil para dos urbanitas… No se ha rodado con precipitación, sino que resume en noventa minutos siete años en la vida de los protagonistas, durante los que tienen que lidiar con numerosos problemas, por ejemplo, la poca fertilidad del terreno que han comprado en Moorpark, California, con tierra árida y agotada, y posteriormente la llegada de diversas plagas, desde caracoles que arrasan las cosechas, hasta coyotes que aniquilan a las gallinas. Sin embargo, en un ejemplo de perseverancia, aprenden que todo se puede solucionar con paciencia, y acudiendo a mentores adecuados. El film muestra además que los elementos de la naturaleza tienen partes negativas, pero también cumplen su función en un ecosistema; incluso los temibles depredadores al final sirven para algo. De esta forma, en este canto de amor a la naturaleza, subyace la moraleja de que no se debe luchar contra ella, sino jugar con sus propias reglas. Tiene un claro mensaje ecologista, pues se critican los monocultivos, y aboga por la agricultura ecológica, pero estos temas se abordan de forma inteligente, sin radicalismos ni mensajes apocalípticos. El idealismo de los Chester a veces puede parecer un poco ingenuo, y no se aclara muy bien cómo consiguen el dinero para hacerse con una considerable extensión de terreno, pero siempre resultan positivos. Tienen mucho valor las imágenes de especies naturales tomadas en la granja, aunque al final se acumulan tantas especies –no sólo animales de granja, sino búhos, ardillas y hasta serpientes– que a ratos parece un documental de National Geographic tomado en alguna zona remota. Esta obra tiene el mérito de que consigue despertar la curiosidad por el mundo rural, posiblemente en especial al público que más lo desconoce, que seguramente conectará con secundarios entrañables, como el citado Todd, o Emma, una cerda.
7/10
(2016) | 81 min.
Confusa cinta de animación coproducida por Rusia y China, cuyo arranque es un absoluta desconcierto, dos patos están enjaulados, y unos villanos parecen ocultar malvadas intenciones. Luego un letrero nos retrotrae a tres días antes, y vemos unas imágenes de un videojuego, en que unos patos deben escapar de los hechizos de una bruja. A esto siguen imágenes de un idílico valle donde retozan los patos mandarines –uno de ellos estaba jugando al mencionado videojuego–, mientras escuchan viejas leyendas sobre el sol, en las que ya nadie cree. Pero... oh, todo es real, y la bruja, con aspecto de mujer curvilínea despampanante, aparece por ahí, y se vale de dos ladronzuelos para intentar llegar hasta el legendario Pato del Sol, que se supone posee superpoderes muy especiales. En fin, el desconocido director kazako Viktor Lakisov pone ganas y oficio en el film, aunque la animación 3D es bastante elemental –poco partido se saca al exotismo chino–, y a los gags les falta chispa. Por ejemplo la bandada de patos que asoma con aires marciales invita a pensar en algún momento divertido, pero domina la sensación de “querer y no poder”. Pero sobre todo, se echa en falta una trama medianamente consistente que vertebre la hora y pico de metraje.
4/10
(2018) | 118 min.
Un doctor prepotente juega a ser Dios a finales del siglo XIX, en el contexto de la Rusia zarista y el imperio austrohúngaro. Sólo cree en la ciencia, y piensa que gracias a sus investigaciones con el éter y la capacidad de resistencia del cuerpo humano, la hará avanzar. Aunque no está exento de seguir las pulsiones de la carne, pues a una atractiva joven la duerme con este narcótico con intenciones poco nobles, causándole una muerte accidental. Su condena a muerte es conmutada por un destierro a Siberia, de donde por una serie de nuevos golpes de fortuna, regresa a Hungría como médico militar. Aún obsesionado con su afán de saber, busca modos de que el ejército financie sus experimentos, y logra la asistencia de un joven que le está muy agradecido por haber atendido a su padre antes de morir. Casi octogenario cuando ha escrito y dirigido este film, el cineasta polaco Krzysztof Zanussi continúa con la indagación de la grandeza y miserias del ser humano en que consiste su entera filmografía. Toda la narración gira alrededor de un antipático personaje cuyo nombre nunca llegamos a conocer, interpretado de modo convincente por Jacek Poniedzialek. El actor sabe componer a alguien muy inteligente, que mira en primer lugar sus propios intereses, y cuya rectitud resulta dudosa cuando parece que está ayudando a alguien. El doctor nunca se plantea dilemas morales, por ejemplo sus estudios en un burdel no le hacen asomar ni un ápice de compasión por las mujeres que ahí se ganan la vida de modo miserable, ni tampoco por los soldados que recurren a sus “servicios”. El hecho de que el film nos presente todo el rato a un personaje así, tremendamente cínico, y rodeado de personas no mucho mejores –sólo el joven ayudante tiene rasgos positivos, aunque es muy ingenuo–, convierte su visionado en un trago amargo, aunque el ritmo sea impecable, y la dirección artística y la fotografía, muy bellas. En su último tramo, la película ofrece un singular giro, que no es cuestión de desvelar en estas líneas, y que arroja luz sobre el espectador, hasta convertir la experiencia en una especie de complemento de uno de los títulos más tempranos y premiados de Zanussi, Iluminación, con el que guarda Éter bastantes puntos en común. De algún modo se nos recuerda la condición limitada del ser humano, que aunque es libre controla lo que ocurre a su alrededor mucho menos de lo que se cree, pues al tomar ciertas decisiones, acaba cegando su mirada, hasta autoengañarse y actuar casi inconscientemente en contra de sus propios intereses. El éter deviene así en eficaz metáfora del amodorramiento del alma.
6/10
(2019) | 80 min.
La joven pintora Dora Madison no logra superar una crisis creativa, que le impide progresar con un cuadro cuyo plazo de entrega está a punto de expirar. A su pareja no parecen importarle sus problemas, mientras que su agente renuncia a seguir representándola, porque no cree que pueda terminar a tiempo. Para evadirse de la realidad, se sumerge en todo tipo de fiestas salvajes y orgías, pero como esto no resulta suficiente, recurre a su camello habitual para ‘anestesiarse’ con alguna droga, más fuerte de lo habitual. Éste le ofrece “una nueva mierda” llamada Bliss, que por un lado estimulará su creatividad, pero por otro tiene peligrosos efectos secundarios. Tercer largometraje del realizador independiente Joe Begos, también productor y guionista, tras los poco conocidos subproductos Casi humanos y Poder mental, y cuyo rodaje ha encadenado con la siguiente, titulada VFW. Antes de comenzar el metraje, un aviso advierte del riesgo de sufrir ataques epilépticos durante la proyección, lo que adelanta que sus imágenes parecen alucinógenas, con muchos destellos, y luces de neón, a los que se suma una música estruendosa y un montaje desenfrenado, que cumplen su función de situar al espectador en la cabeza de alguien que ha perdido por completo el control. Falta indicar que deben abstenerse de ver la cinta los espectadores más sensibles, y amantes del cine elegante. En el primer tramo, Begos demuestra que tiene talento. Pese a su obsesión por recrearse en todo tipo de imágenes truculentas y turbias, capta el interés del público por su retrato de la decadencia de la sociedad occidental, mostrando los excesos lujuriosos de la desnortada protagonista; rememora la parte dedicada al infierno de la “Divina Comedia” de Dante (así se llama uno de los personajes, novio de la amiga de Dora), y a los desquiciados cócteles de violencia y sexo de Gaspar Noé, responsable de Irreversible y Clímax. Hacia la mitad, se produce un giro fantaterrorífico, más propio del cine de terror. La mezcla no acaba de estar bien hilvanada, por lo que los espectadores habituales del cine ‘indie’ se agobiarán con los abusos sangrientos del desenlace, típicos del ‘gore’. Por otro lado, quienes busquen este tipo de filmes no sintonizarán demasiado con el arranque. Pese a todo, cabe citar el convincente trabajo como protagonista de Dora Madison, procedente de la serie Chicago Fire, donde fue una paramédico. Todo indica que se ha comprometido con el personaje y se ha dejado la piel. Le acompaña un reparto poco conocido pero bastante eficaz.
4/10
(2019) | 84 min.
Una despistada cigüeña deja por error a un bebé de oso panda en el jardín del malhumorado oso grizzli Mic Mic. Éste emprenderá un viaje para entregar al recién nacido a sus verdaderos padres, en los bosques de bambú del sur de China, donde habita su especie. Aunque prefiere realizar esta empresa sin ayuda, acaba aceptando que le eche una mano una liebre que le ha destruido el jardín con un cohete de fabricación casera; por el camino, dejará también que se unan al grupo un lobo cobarde, un pelícano parlanchín y un tigre culto que cita a Shakespeare. La empresa rusa Licensing Brands está empeñada en abrirse su propio hueco en el concurrido mercado internacional de la animación digital dirigida al público familiar. Por el momento, han logrado cierto éxito con títulos como Animales en apuros (2018), o Pinocchio: A True Story (2020). Vasiliy Rovenskiy, uno de los fundadores de la casa, dirige esta cinta que ha coescrito junto al estadounidense Drake Bell, uno de los responsables del libreto de Madagascar, de DreamWorks. Ha tenido la suficiente repercusión en su país de origen como para dar lugar a una secuela, Big Trip 2: Special Delivery, de estreno en 2021. Los especialistas en CGI podrán poner objeciones, pero agradecerán el esfuerzo de los profesionales rusos por elaborar una animación digna. Desarrolla una historia positiva, dirigida al público infantil, de hasta 10 años, en la línea de Ice Age, la edad de hielo, donde también varios animales –en aquel caso prehistóricos– tratan de devolver a un bebé –humano en la conocida cinta– a los suyos. Se ha puesto un gran empeño en describir personajes peculiares, y su arco de evolución. Enseña la importancia de hacer frente a las inseguridades, y la necesidad de tolerar y comprender a quienes son diferentes.
5/10