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Entrevistas Una intensa mirada al conflicto de Oriente Medio

Lorraine Lévy nos da las claves de "El hijo del otro"

Abordar en una película el conflicto que separa a palestinos e israelís, y ofrecer una visión equilibrada, no es una tarea sencilla. Pero Lorraine Lévy consigue que así lo parezca en "El hijo del otro", una película que roza la perfección. Ofrecemos a continuación una jugosa entrevista de Patrick Fabre cedida por Surtsey Films, en que la directora nos ofrece las claves de su film.

Lorraine Lévy nos da las claves de "El hijo del otro"

¿Cómo comenzó a gestarse el poyecto de El hijo del otro?

Un día Eric Amouyal, el productor asociado de Virginie Lacombe, trajo una sinopsis escrita por Noam Fitoussi, que contenía la gran idea de estos dos chicos, uno israelí, el otro palestino, intercambiados accidentalmente al nacer debido al caos de un bombardeo en la maternidad. Como Noam no es guionista, Virginie pidió a Nathalie Saugeon que escribiera una primera versión del guión con él. Una vez disponible una versión que pudiera interesar tanto a los productores como a un director, Virginie me la envió. Es la primera vez que recibo un proyecto por correo que realmente me atrapa. Pensé inmediatamente que era una historia para mí, porque remite automáticamente a mis propias obsesiones: el lugar que ocupamos en nuestras vidas y en las de los otros, los vínculos con la infancia, las relaciones padres-hijos, etc. A partir de ahí, trabajé con Virginie y Nathalie Saugeon, y después yo sola, para dar al guión la forma de la película que quería hacer.

La familia era un elemento importante en tus primeras dos películas, y es también uno de los temas centrales de El hijo del otro, ¿es lo que más te atrajo del proyecto?

La familia es un microcosmos donde se encuentra la génesis de quiénes somos. ¿Qué significa ser un niño? ¿Qué significa ser adulto? ¿Podemos decidir seguir siendo lo uno, o convertirnos en lo otro? Me gusta la definición dada por el personaje de Kenneth Branagh en Los amigos de Peter: “Los adultos son sólo niños que deben dinero.”

Obviamente, en El hijo del otro, nos adentramos en la raíz de este tipo de cuestiones. Los dos chicos han llevado vidas tan diferentes que uno ya ha recorrido el camino a la madurez, mientras que el otro lo tiene todavía por delante. Habiendo abandonado el caparazón familiar para estudiar en Francia, Yacine se da de bruces con la realidad, lo que le obliga a convertirse en un hombre. Entretanto Joseph, que vive en un entorno muy protegido, sigue siendo un niño. Quería que esta diferencia saltara a la vista, y que se encarnara en los actores. Quería que los restos de la infancia se pudieran ver en Joseph (Jules Sitruk) como una máscara de cierta blandura, mientras que Yacine (Mehdi Dehbi) proyecta una imagen sólida, madura.

La familia es un tema que te es querido, y sin embargo, tenías que situarlo en el contexto del conflicto palestino-israelí.

Eso es lo que enfrió un poco mi entusiasmo al hacerme cargo del proyecto. Pensé que no sería capaz de involucrarme en una aventura como esto, dado que no soy ni israelí ni palestina. No quería hacer una película en la que pareciera estar pontificando. Para mí, el único modo de aproximarme a este tema era adoptar una posición de humildad desde fuera, y primero contar la historia personal.

El contexto histórico más amplio sirve entonces para exacerbar las emociones y las tensiones. Ciertamente, no creo que haya hecho una película política. Puede que lo sea, pero esa no fue nunca mi intención. En cuanto al guión, una vez que estuvimos en Israel para la preproducción, los productores y yo nos dimos cuenta que, en muchos aspectos, no se correspondía con la realidad sobre el terreno. Ni Noam, ni Nathalie ni yo habíamos vivido en Israel, y tienes que vivir en un país para conocer las pequeñas cosas que se convierten en enormes cuando te suceden a ti. Tuvimos que rehacer el guión, deconstruirlo y volverlo a ensamblar para que resultara verosímil.

Todos los miembros del equipo, que estaba formado por judíos israelís y palestinos que vivían tanto en Israel como en la Franja Oeste, aportaron, en un momento u otro, información al guión. Estaba deseando oír sus comentarios porque nos proporcionaron un nivel de veracidad que ni yo ni mis coguionistas podríamos haber conseguido nunca. Todas las mañanas tomaba notas y todas las tardes reescribía las escenas del día siguiente. Los actores, que recibían las escenas nuevas o modificadas unas horas antes del rodaje, colaboraron de buena gana. Todo eso me inspiró y ayudó a traspasar los clichés. Eso era lo que más me preocupaba: moldear los clichés de acuerdo con la realidad.

¿Escribías con los actores en mente?

Necesito trabajar así. En cuanto comenzamos a hablar del casting con los productores. pensé en Emmanuelle Devos incluso antes de empezar a trabajar en el guión. Su participación fue aplaudida por los productores y los coguionistas. Emmanuelle tiene la comprensión inmediata de la emoción. Es cerebral y, al mismo tiempo, física. Es una actriz paradójica. Había trabajado con Pascal Elbé antes. Es un actor suntuoso con una psique magnífica y un halo de misterio a su alrededor, como si guardara un secreto escondido. Pensé que encajaban bien como pareja. Los dos se apuntaron muy pronto, lo que nos permitió ir a buscar al resto de actores.

Cuando haces una película sobre dos niños intercambiados al nacer, tienes que encontrar actores que se parezcan a dos parejas de padres distintos. ¿Fue un proceso de casting largo hasta dar con los adecuados?

Lo que necesitaba, sobre todo, eran buenos actores. Puedes trabajar el resto, incluyendo el parecido. Me encontré a Mehdi Dehbi en una tv movie en Canal +, L’infiltré. Me pareció sobresaliente, con justo lo que necesitaba para el personaje de Yacine, que quería que fuera nervioso, elusivo, y al mismo tiempo serio y ligero.

Para Joseph habíamos pensado buscar un actor local. Necesitaba un israelí que hablara francés, ya que habíamos decidido centrar la historia en una familia francesa que se ha mudado a Israel. Conocí a algunos actores excelentes allí, pero ninguno me conquistó realmente. Tras hablar con los productores, comenzamos a buscar en Francia. De pronto, el problema era el contrario: necesitábamos a alguien que hablara bien el hebreo. Conocí a Jules Sitruk, lo vi entrar para la reunión, tímido, inseguro, frágil pero muy elegante. Y después de tres minutos sabía que tenía que ser él. Tenía que pulir el hebreo, y trabajar con la guitarra, y le echó un montón de horas. Una vez que tuve a los dos chicos me sentí mucho más segura, ya sólo tenía que reunir a la familia palestina.

¿Qué tal fue?

Tuve un director de casting local para los papeles israelís y otro para los palestinos. Vi a un montón de actores y actrices, y hubo algunos momentos muy intensos. Recuerdo a un gran actor, Julian Mer-Khamis, que fue asesinado por un grupo extremista palestino poco después de nuestra reunión. Fue un shock terrible. Entonces conocí a Khalifa Natour, que me pareció increíble. Le había visto y me había gustado en La visite de la fanfare. Me gusta su humanidad, su encanto. Quería que el personaje de Said fuera poético. Me gusta cómo aborda al personaje, el mimo del que lo rodea.

Había que formar una familia homogénea. Cuando comencé el casting de las mujeres, hubo una explosión en Jerusalén, en una parada de autobús de una línea que va a los campamentos. Se cerraron todos los puestos fronterizos y un montón de actrices árabes no puedieron acudir. Las que acudieron a los castings en Tel Aviv tuvieron que pasar los puestos de control a pie. Areen Omari anduvo cuatro horas y media hasta llegar a donde estábamos. No tenía ni idea de cómo iba a regresar a Ramala. A pesar de su cansancio, superó la prueba con gracia y convicción. Había una gran fuerza y belleza en su interpretación. Había encontrado mi Leila, que gobierna sobre sus hombres con amor y astucia. Quería que fuera una familia matriarcal.

En la historia, los dos padres se consumen en la comezón de lo que para ellos es una verdad insoportable. Preferirían huir a hacerle frente. Su sufrimiento los paraliza. Las madres, por otro lado, enseguida se adaptan, lo que no quiere decir que no sufran, pero comprenden ciertas cosas muy rápido.

En primer lugar, que el hijo que han criado seguirá siendo su hijo, y en segundo lugar, que ahora hay otro hijo en sus vidas, y que bajo ningún concepto van a perdérselo, quieren llegar a conocerlo y aprender a amarlo. También se dan cuenta de que esto implica tender una mano a la otra familia, y que hay que tenderla cuanto antes. Y, finalmente, saben que tienen que convencer a los hombres de que no hay otra alternativa. Es una película que sostiene que las mujeres son el futuro de la humanidad y que, si ellas unen sus fuerzas, pueden empujar a los hombres a ser mejores.

¿Cómo te preparaste para la película?

En ciertos aspectos técnicos, pero también ideológicamente. Aunque no quería que fuera una película política, sí era una película con un tema ideológico. Busqué mentores. El primero fue Yasmina Khadra, a quién conocí. Quería que viera el guión, ya que estaba escrito por tres franceses, dos de ellos judíos, y quería el punto de vista de un intelectual y artista árabe para saber si estaba equilibrado. Yasmina Khadra aceptó leerlo y actuó como asesor. Revisó el guión, añadiendo algunos elementos de diálogo que utilizamos luego. Aportó su punto de vista a la historia.

El segundo mentor tiene un gran valor simbólico para mí. Nunca le he conocido y ni siquiera lo ha sabido, pero lo escogí como quien escoge a su familia. Me refiero al escritor israelí Amos Oz, fundador en 1970 del movimiento Paz Ahora. Su pensamiento guió mi trabajo. Cuando llegué al set, repartí entre los jefes de equipo un pequeño libro titulado “Imaginando al otro”, una transcripción de una larga entrevista con Amos Oz. Quería que mi equipo lo leyera porque este pequeño libro contiene el mismo mensaje de apertura que yo quería que tuviera la película. Para Amos Oz, la única solución al conflicto palestino-israelí es un compromiso histórico por el que ambos bandos conseguirían parte de lo que ellos consideran que les pertenece.

Amos Oz fue una especie de guía espiritual. Por eso figura en los agradecimientos de los créditos finales. También trabajé con una entrevista en la radio con él, que se escucha de fondo en una secuencia, y en otra se ve a Emmanuelle Devos leyendo uno de sus libros.

¿Había para ti, como mujer judía, algún tipo de compromiso político que hiciera que quisieras hacer El hijo del otro?

Me lo he preguntado. Mi herencia judía es parte de mí. No soy practicante. Soy atea, pero también soy judía y eso es algo que no puedo olvidar, porque buena parte de mi familia fue exterminada en los campos de concentración. Así que soy judía pero no israelí; son dos cosas distintas.

¿Qué recuerdos tienes del primer día de rodaje?

Es raro, pero no fue el primer día el que me dejó la impresión más fuerte. Mi recuerdo del primer día de rodaje es una mezcla de excitación, de prisa por comenzar al fin, pero también de miedo y aprensión. Es la primera vez que hago una película en cuatro idiomas (francés, hebreo, árabe e inglés) y sólo hablo uno y medio. Me preguntaba cómo iba a salir de ésta, cómo iba a dirigir a mi equipo y a comunicar lo que quería. Cómo iba a trabajar con los actores, cómo sugerirles ciertos matices. Al final, simplemente te lanzas a ello y todo va bien.

¿Qué día ha dejado una mayor impronta?

El día que rodamos junto al muro. Había estado en Israel varias veces pero nunca había visto un muro como ése. Nunca. Encontré el lugar donde construímos el puesto de control por casualidad. Estábamos localizando y, de repente, nos encontramos en un camino extraño con forma de “L” que iba en dirección contraria al muro, que se extendía ante nosotros hasta el horizonte como una cicatriz inmensa. Y justo al lado había un campamento nómada, que es un campamento nómada real, y tras el muro el pueblo palestino. Era un lugar increíble, que decía muchísimo en una sola imagen. Supe inmediatamente que teníamos que construir los decorados y rodar ahí.

A los pies de este muro pasaron algunos momentos intensos, como cuando filmamos la escena noctura en la que Pascal Elbé se acerca a pie en busca de Joseph. Eran la una o las dos de la madrugada. El ruido del equipo y de los generadores hizo que los habitantes del pueblo al otro lado del muro se preguntaran qué sucedía. Mientras ensayábamos, oímos gritos y vimos algo cayendo. Cuando miramos, vimos a algunos chicos que habían escalado el muro, aún no sé cómo, ya que tiene seis o siete metros en ese punto y está cubierto de alambradas. Se estaban balanceado allí arriba para ver qué pasaba. Los palestinos del equipo les dijeron que estábamos rodando. Yo estaba enferma, porque un muro evoca a otro, y ciertas imágenes inevitablemente surgen. Algunas del muro de Berlín, o, incluso más desasosegantes, otras del guetto de Varsovia. Las cosas se calmaron, los chicos se quedaron pero estuvieron callados. Apena habíamos empezado a rodar cuando nos interrumpieron las sirenas de la policía israelí. Me preguntaba si llegaríamos a rodar. Ahora fueron los miembros israelís del equipo los que suavizaron las cosas con la policía. Al final conseguimos rodar.

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