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Adiós a Pedro Antonio Urbina

Ayer 31 de julio murió Pedro Antonio Urbina. Conocido sobre todo como escritor, fue también un gran crítico de cine. Cuesta escribir de un amigo que acaba de morir, con quien se han compartido tantas cosas, y cuya forma de abordar la crítica cinematográfica fue, para mí y para tantos, una fuente de inspiración. Intentaré hacerlo.

Pedro Antonio Urbina nació en Lluchmayor, Mallorca, en 1936. Encuentro la fecha precisa en su web personal, que recomiendo visitar para sumergirse en un rico perfil biográfico y tener noticia de su vasta obra literaria, ensayística y de traductor. Y me viene a la memoria que en los libros colectivos de cine que compartí con él (los anuarios fílmicos de Palabra –“Cine 93”, “Cine 94”, “Cine 95”, “Cine 96”, “Cine 97” y “Cine 98”– y Dossatt –“Cinefórum 2000”–), en la ficha de los autores, él no incluía el año de su nacimiento, detalle que traslucía su sempiterno espíritu juvenil. No eran los años terrenales los que contaban, sino la mirada con que se contemplaba el mundo. Y él, un artista, se pasmaba ante la Belleza, que plasmó en su obra y procuró comunicar a los demás. En efecto, él tenía un sexto sentido para reconocer lo bello, y también, claro está, para crearlo.

Mi colaboración profesional y conocimiento de Pedro Antonio llegó a través de la agencia periodística Aceprensa, donde ambos escribíamos como críticos. También en los citados libros. Además, tuve el placer de acudir a él en mi breve etapa de director de la revista Cinerama para que cubriera el Festival de Cannes en el año 2000. Últimamente se podían leer sus valiosas reseñas en Fila Siete. Y había publicado en Dossatt “Historias mínimas”, una recopilación de críticas de películas pequeñas en apariencia, pero de gran enjundia.

Una de las más valiosas cualidades de Pedro Antonio es que en sus comentarios sobre cine, verbales o escritos, decía lo que pensaba. Su actitud nunca fue la de contemporizar y quedar bien, si su percepción de las cosas no coincidía la de otros críticos lo decía. Y ello con vitalista pasión, nunca con avasallamiento. Un ejemplo de esto era la valoración que hacía del cine del británico Ken Loach. “Una vez más Ken Loach se atreve a hablar de lo que no sabe, o no sabe bien”, dijo en Cinerama a propósito de Pan y rosas, donde se aborda la situación de inmigrantes hispanos sin papeles en EE.UU. Y añadía sin disimulos que “su método de trabajo y su cine me parecen un rotundo error”. Algo parecido me había dicho antes a la salida de un pase de Ladybird, ladybird, donde me señaló con clarividencia el enfoque injusto que él detectaba en aquella historia en que a una madre el estado le retiraba la custoda de sus retoños.

Una de las grandes ilusiones de Pedro Antonio con sus críticas, era que la gente aprendiera a apreciar las películas, que cultivara su sensibilidad. Le apenaba que el público se adocenara y viera las historias de la pantalla sin espíritu crítico, ajeno a las aportaciones estéticas o al sentido moral de lo que se contaba, aplicando una actitud de “encefalograma plano” a veces no muy distinta de la de los creadores de esas películas. Sus reseñas eran pequeñas piezas artísticas, escritas de modo impecable. Le debo mucho al pulimiento progresivo de mi propia escritura, a la mejora en el esfuerzo por hacer inteligibles y atractivas las muchas líneas que me ha tocado escribir.

Era Pedro Antonio un hombre de fe. Él tradujo, por ejemplo, dos libros de Juan Pablo II, “Cruzando el umbral de la esperanza” y “¡Levantaos! ¡Vamos!”. Y escribió una estupenda biografía sobre una niña que murió de cáncer, “Alexia, un regalo del cielo”, cuyo contenido él describió así: “Muchos jóvenes buscan un camino que dé sentido a su vida. Alexia lo encontró incluso en la muerte. El Señor la llamó a sufrir para mostrar a otros el camino hacia Dios. Decimos que queremos cambiar todo, pero nos apartamos del Señor. Alexia no se apartó. Ella encontró el verdadero camino siguiendo a Cristo, que le dio fuerza, valor y amor, lo que los jóvenes de hoy necesitamos. La muerte de Alexia no ha sido en vano, su “sí” sin condiciones puede ayudarnos a descubrir que lo verdaderamente esencial es Dios. Me alegro de haber conocido su historia, de saber que, como Alexia, con la gracia de Dios se puede alcanzar la fuerza, el valor y el amor.” Pienso que sin duda ejemplos como el de Alexia han ayudado a Pedro Antonio a afrontar el trance de la muerte. Descanse en paz contemplando la Belleza al fin cara a cara.

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