LIBROS
"La exhibición cinematográfica en España", de José Vicente García Santamaría
La exhibición cinematográfica en España. Cincuenta años de cambios (José Vicente García Santamaría, Cátedra, Signo e imagen, 380 págs)

Entre los interesados por el cinematógrafo, podríamos decir que muchos son "poetas". Es decir, los amantes del cine de autor y numerosos cinéfilos de diversa jalea, desean ver obras maestras o del género o tipo que más les gusta, o se saben de pe a pa la filmografía de tal actor o director, pero no desean pensar ni caen en la cuenta de que la producción de las películas tiene un coste bastante oneroso, y desconocen al final cómo se explotan, estamos ante una actividad comercial, que debe generar ingresos que permitan una continuidad del negocio. Peor, por supuesto, es el caso del "pícaro" espectador compulsivo, que sin otras consideraciones que aprovecharse de las páginas de descarga ilegal de películas para calmar su sed de cine, no tiene en cuenta que, además de la injusticia cometida, si uno no paga su entrada de cine –o lo que toque, en las distintas ventanas de explotación de las películas–, está matando aquello con lo que tanto disfruta, impide que los distintos implicados puedan seguir trabajando haciendo obras audiovisuales.

Sirva el párrafo anterior de introducción a un libro necesario, que abre los ojos al interesantísimo sector de la exhibición cinematográfica, la proyección de las películas en salas de cine, que a la postre es el modo primitivo de ver los filmes, aunque luego hayan surgido otras formas de verlas, que junto a numerosas alternativas de ocio, le han afectado profundamente. José Vicente García Santamaría menciona el caso español en el título de su libro, y es cierto que lo mira con atención, pero también ofrece una completa panorámica de la evolución de la exhibición de todo el mundo, incluso introduciendo al neófito en la idea de que el dinero que se paga por una entrada no es sólo para amortizar la película y generar beneficios para la productora: el exhibidor se lleva su parte, así como el distribuidor, y hay que tener en cuenta otros gastos, como el marketing que rodea a un film, gastos de copias, transportes, seguros, etc. Por no hablar de los impuestos, ese IVA que en España ha llegado a elevarse al 21%, y que no facilitado las cosas a la industria fílmica.

Pero centrado en la exhibición, traza un completo cuadro, acompañado de muchas cifras y tablas, de cómo han evolucionado las cosas con el tiempo: desde las monosalas a los multiplexes y megaplexes, la consideración como inversión inmobiliaria, el traslado de los centros urbanos a los centros comerciales donde se convierten en locomotora para atraer a los otros negocios de restauración y tiendas, etc. Todo se puede leer en el clarificador capítulo dedicado a lo que denomina el autor “La economía de la exhibición”.

Siempre manejando cifras, aunque aclarando las dificultades sobre su fiabilidad en determinadas épocas en que había poco control de las entradas y hasta picaresca cara a la administración, explica los fenómenos de disminución de asistencia del público a las salas, las multisalas y la multiplicación de oferta, con un creciente número de pantallas, que logró frenar el descenso del número de espectadores, y los diversos enfoques, de tematización, o la modernización con el cine digital, buscando la mejor experiencia posible de sonido e imagen. Los interesados en la evolución histórica del sector en España, tienen en los capítulos 4, 5 y 6 un cuadro completo sobre los distintos propietarios, y la entrada de grandes grupos en el sector, y las particularidades de la burbuja inmobiliaria en el modelo patrio.

En sus conclusiones García Santamaría considera que el sector necesita pasar por lo que que llama una cuarta revolución, y explica la necesidad de ingresos alternativos, cómo ya se está haciendo en las salas, con espacios de videojuegos, o la programación de eventos deportivos u operísticos en vivo. Desde luego, como ventana de explotación del cine, el autor ve las salas en declive, los síntomas de agotamiento serían claros.
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